Cinque Terre

América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

David Lynch: el regreso de la nostalgia

El instante que más cerca me he encontrado de David Lynch (héroe personal desde la edad media) coincide con la ocasión que más lejos me he encontrado de casa: Copenhague, Dinamarca. La cercanía a la que hago referencia no significa de ningún modo que haya tropezado con él en la cola de las palomitas del Tivoli. Ojalá, pero no. Gracias a vericuetos anecdóticos asociados a mi buena estrella, tuve el privilegio de acudir a su exposición “The Air is on Fire” montada en el bellísimo centro de arte contemporáneo danés GL Strand. Y cuando digo privilegio me refiero a que únicamente tres ciudades del mundo tuvieron la oportunidad de presenciar la primera exhibición individual del cineasta de culto: París, Moscú y la capital danesa.

Recorrí a pie las siete estaciones del metro que separaban mi temporal morada danesa del museo que albergaba la muestra a 8 grados bajo cero un 6 de diciembre de 2010. Cuando me encontré frente al antiguo edificio GL Strand Museum -que data del siglo XIX, rodeado del canal Thorvaldsens, la galería de arte Kunstforeningen y de las instalaciones del Ministerio de Cultura, en el centro mismo de la bulliciosa ciudad- tomé aire hasta llenar los pulmones. Había llegado ante las pequeñas escalinatas pertenecientes al siglo de oro danés para cumplir un deseo nunca antes pedido. Al planear aquel viaje, jamás estuvo incluida esa visita a la improvisada Meca Lyncheana. Entré en stop motion a comprar mi boleto absorta de mi puta buena suerte.

La exhibición contemplaba el universo artístico del cineasta desde sus primeros trazos de los años 60, a sus últimos cuadros creados días antes de la apertura. La introducción era poderosa e hipnótica. En los cuatro pisos de la galería se podían encontrar pinturas, dibujos, fotografías, litografías, acuarelas, escultura y un poderoso soundtrack que te acompañaba en cada piso (proveniente del cortometraje “Grandmother”). Todo lo que la vida me había quitado antes de ese día, me fue devuelto con intereses y recargos sin comisión. Amé descubrir en las obras de David Lynch ese inconfundible juego entre retorcidos estados mentales, emocionales, que mezclan los primigenios peligros de nuestra mente, que penden del hilo de nuestras inconfesables y terroríficas pesadillas; tocan conciencias por su irracionalidad, por lo intangible de su mensaje.

Traigo a la mesa aquella inolvidable experiencia danesa, porque siete años después de “The Air is on Fire”, 11 años después de “Inland Empire” y 25 años después de “Fire Walk With me”, irrumpe en la imaginería popular para entregar lo que muchos consideramos su obra maestra: “Twin Peaks: The return”.

David Lynch gusta de conectar todas las piezas aunque estas parezcan inconexas a primera instancia; además, disfruta diseñar intrincados mapas que sus fieles adeptos analizan hasta el delirio porque lo conocen, saben que cada color o figura perteneciente a su locura es deliberada.

Por ejemplo: El cadáver de Ruth Davenport fue hallado afuera de una casa abandonada, 2240 Sycamore en Buckhorn, South Dakota. La misteriosa casa donde Cooper fue traído de vuelta desde Black Lodge para convertirse en el inolvidable Douglas Jones se ubicaba también en Sycamore Street, Rancho Rosa, Las Vegas. El portal donde desapareció Cooper en la segunda temporada enclavado en la profundidad de Glastonbury Grove está rodeado de 12 sicomoros.

Los guiños son incesantes. Además, es indispensable que para apreciar la obra maestra en todas sus espectaculares tesituras, el espectador haya sido fiel seguidor de “Twin Peaks” temporada 1, 2 y por supuesto. “Fire Walk With Me”. De otra manera, el espectáculo puede parecer de manufactura impecable, pero inconexo y una pesadilla demasiado grande y un desafío de contemplación místico –para muchos– innecesario. Perseguir pistas abstractas para llegar al cofre del tesoro en un mapa roído y perverso, no es el sueño que todo televidente desee consumir con su
membresía Netflix.

“Twin Peaks: The Return” es una arriesgada evolución a los formatos televisivos de la actualidad. Las secuencias de algunos capítulos –especialmente el ocho– son auténticas provocaciones extravagantes y contemplativas. Lynch se encargó de mostrarnos cómo una bomba atómica fue capaz de crear una realidad alterna, bizarra y oscura. Nos mostró el llorar de los átomos. La angustia de la hecatombe ante el nacimiento del mal absoluto. Todo mientras la banda sonora ataca al televidente con Threnody for the Victims of Hiroshima de Krzysztof Penderecki. Otro detalle es que la estructura de TW está inspirada en dos de las pasiones más grandes de David: la meditación y el arte. La realización artística de la serie está inspirada en lienzos de Rene Margritte, Edward Hopper, Arnold Böcklin and Francis Bacon; pero el guión se estructuró a la manera de un poema budista, de métrica abstracta y preciosista. Un ejercicio de meditación.

La narrativa de esta serie es imposible de encontrar en ningún tipo de serial o formato adaptado a televisión actual. Cuando Lynch habla de retornos, no se refiere únicamente al regreso de la nostalgia de personajes icónicos en la cultura popular como Laura Palmer o Dale Cooper; TW también trata del regreso de los muertos. Catherine Coulson (The log lady), David Bowie (Philip Jeffries) y Miguel Ferrer (Albert Rosenfield) murieron hace poco más de un año. La participación de Catherine y Miguel Ferrer fue la última de su vida. La participación de Bowie era un hecho. Su enfermedad terminal evitó que la encarnación del agente del FBI Philip Jeffries fuera su último trabajo. Traerlos a todos de vuelta a la pantalla también significa un poderoso homenaje de Lynch a tres grandes.

Uno de los mayores atributos del cineasta es su facultad única para usar líneas narrativas contratantes y lograr que su público lo acepte a pesar de encontrarse rodeado de puñados de incoherencia. Transitar desde el páramo de lo ordinario hasta la salvaje abstracción en un instante es el sello de la casa. Se da por bueno y aceptable la incoherencia aparente del desarrollo de la historia porque quienes conocemos su obra, creemos en una verdad encubierta bajo la tonalidad rojiza y tibia de una lámpara de mesa.

Al momento de escribir estas líneas han transcurrido 15 capítulos y nos encontramos en la antesala del fin. En siete días se transmitirá el fin de temporada y el cineasta tiene nuevamente al mundo hablando de él después de que la modesta serie protagonizada por Kyle MacLachan y Sheryl Lee paralizara a la audiencia de la cadena ABC en 1990. La diferencia es que a estas alturas nadie se pregunta: ¿quién mató a Laura Palmer? Ahora sabemos que ella fue enviada al mundo como una fuerza bondadosa para reparar el equilibrio de un holocausto. Pero no está sola en esa tarea. Dale Cooper ha regresado y con él también la esperanza por la redención. Porque en el mundo creado por David Lynch en el que cohabitan Tulpas/Dopplegänger y seres de bondad perenne que sobrevivan 25 años en el infierno y aún así su corazón permanezca puro y colmado de valentía; la última y más grande vuelta de tuerca está por develarse. La que hará oficialmente al resto de la televisión completamente obsoleta.

El domingo 3 de septiembre estaré nuevamente ante las escalinatas de la espera por el final. Y aunque no habrá nieve a mi alrededor, como aquella tarde frente al GL Strand Museum, pienso que meditaré sobre algo que leí hace tiempo: “El trabajo de Lynch es similar al jardín zen donde se te indica que hay siete rocas, pero sólo seis son visibles. Sabemos que la séptima roca existe, pero debemos aprender a aceptar que nunca la veremos”.

Me gustaría pensar que encontraré la séptima roca.
De Dinamarca aprendí que existe porque pude ser capaz de tocarla.

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