Cinque Terre

Mario A. Campos

Periodista y consultor.

Cubrir a los indignados

¿Cómo cubrimos a los indignados? La pregunta parece estar latente en las redacciones de buena parte del mundo. Acostumbrados a cubrir partidos, congresos, gobiernos, o cualquier otra fuente institucional, los periodistas ahora tenemos que aprender a lidiar con estos nuevos actores que no sólo representan un desafío para los políticos, sino que implican un reto para los medios de comunicación. La gran duda está a la vista: qué peso darle a un grupo de manifestantes que no son una asociación estable, que no tienen líderes claramente identificables y que carecen de una representatividad formal. El problema no es menor.

Por un lado, los medios de comunicación corren el riesgo de no retratar oportunamente a un fenómeno social que puede tener serias implicaciones; por el otro, existe el temor fundado de otorgarle a esas protestas un peso que está lejos de ser real, y que fácilmente puede ser magnificado por la propia cobertura. Tradicionalmente, la salida a estos dilemas es que el periodista se limite a contar lo que ve. Que si son diez, cien o diez mil los manifestantes, eso es lo que debe retratar. Cuando vivíamos en un mundo exclusivamente físico esa podía ser una gran recomendación. ¿Y qué hacemos ahora que buena parte de nuestra vida transcurre en un mundo virtual? Los nuevos movimientos están en las calles pero también están -y quizá con más fuerza – en Internet. Están en las concentraciones públicas pero también en los llamados trending topic, hashtags y grupos en Facebook, es decir, en las nuevas plazas y en los nuevos indicadores de que algo se está moviendo en la sociedad. Por eso resulta tan difícil darle su justo valor.

Acostumbrados a la política tradicional los periodistas vivimos en la lógica de la atribución, del cargo que sucede al nombre y que valida una declaración: “Fulanito de tal”, Secretario del Interior”; del título de “experto” que colgamos a un entrevistado para legitimar nuestras pláticas, de los membretes que empleamos para saber cuánto vale un actor. Según el título, el puntaje periodístico. De ahí que debamos hacer malabares en esta nueva realidad. Frente al conocido rol de “director” o “líder”, ahora tenemos que hacer notas con el menos glamoroso título de “integrante del colectivo”, sin tener además la seguridad de que su postura sea la de todos los integrantes, ni que su palabra sea determinante en el futuro de su amorfa organización (si es que pueden existir juntos esos dos términos).

Sin programas claros, voceros autorizados o agendas de trabajo construidas con anticipación, estos movimientos están ganando un papel en la esfera política. Tal vez por que antes que ser actores son estados de ánimo visibilizados; sentimientos -de hartazgo, cansancio o indignación- que de pronto se materializan. De ahí que lo que a veces son pequeños grupos en un campamento luego se conviertan en grandes concentraciones. O que lo que parecen ser meras consignas de jóvenes, terminen convocando a los sectores más diversos de sociedades inconformes.

¿Qué hacemos entonces? Son visibles las resistencias y no sólo del gremio periodístico. ¿Quiénes son esos que impugnan al Presidente o sitian el Congreso y las bolsas de Valores? Para varias generaciones acostumbradas a la política institucional estos inconformes son seres desocupados, carentes de la legitimidad habitual. Bajo esta lupa es impensable darles las primeras planas, colocarlos como interlocutores del poder o asignarles reporteros para su cobertura.

En contraste no faltan los que ven en cada protesta una incipiente revolución, de ahí a colocarlos en el centro de la escena hay un paso natural, aunque en algunas ocasiones el otorgarles ese rol resulte desproporcionado, lo que se hace evidente al paso de los días cuando pierden presencia y se diluyen tal y como aparecieron. Vaya complicación.

Por lo pronto, si hay que optar yo me inclino por darles más juego y no por regatearles su ¿histórico?

papel. Habría que recordar al maestro Ryszard Kapuscinski cuando advertía del riesgo del cinismo, del que ya duda de todo y nada lo puede sorprender. Dejémonos entusiasmar y contemos esta historia, ya veremos hasta donde nos va a llevar.

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