Cuando la realidad supera la ficción

Opinión

En “Raffles and Miss Blandish” (1944), su ensayo sobre la novela policial norteamericana, George Orwell señaló que los nuevos héroes parecían encarnaciones de Al Capone: no contentos con golpear a su víctima, la pateaban cuando estaba inconsciente en el piso.


¿Qué diría Orwell al ver a Trump? ¿Qué opinaría al enterarse que incluso intelectuales de prestigio parecen seducidos por la frontalidad y desparpajo del magnate inmobiliario? Posiblemente no se sorprendería demasiado: en “James Burnham y la revolución de los directores” (1946), ya había señalado que el influyente pensador y ensayista -a quien Reagan premiaría, en 1983, con el mayor reconocimiento público posible: la medalla presidencial de la libertad- admiraba la crueldad de Stalin y su falta de límites:


Stalin demuestra ser un ‘gran hombre’ con toda magnificencia. El relato de los banquetes, celebrados en Moscú para los dignatarios de visita, marca el tono simbólico. Con sus enormes menús de esturiones y asados, y aves de corral, y dulces; sus ríos de licor; las decenas de brindis con los que terminan; los policías secretos, silenciosos e inmóviles, detrás de cada invitado; todo ello con el trasfondo invernal de las masas hambrientas por el sitio de Leningrado; los millones de muertos en el frente; los campos de concentración atestados; la muchedumbre de las ciudades, mantenida al límite de la vida con raciones ínfimas; apenas hay rastro de mediocridad anodina o signos de Babbitt. Reconocemos, más bien, las tradiciones de los Zaresmás espectaculares, de los Grandes Reyes de los medos y los persas, del Kanato de la Horda Dorada, del banquete que ofrecemos a los dioses de la Edad Heroica como tributo con la idea de que la insolencia, la indiferencia y la brutalidad a semejante escala apartan a los hombres del nivel humano… Las técnicas políticas de Stalin exhiben una libertad respecto de las restricciones convencionales que es incompatible con la mediocridad; el hombre mediocre está atado a las costumbres.


Las últimas encuestas sobre intención de voto muestran el crecimiento del candidato republicano frente a Hillary Clinton confirmando que como Burnham muchas personas prefieren un presidente inescrupuloso pero decidido, antes que un liberal demasiado empático con las minorías oprimidas; esa actitud permite entender tanto la popularidad de Underwood como el ascenso de Trump: ambos forman parte del mismo fenómeno: la fascinación que ejerce el abismo sobre el hombre común y su admiración hacia políticos que llevan “la insolencia, la indiferencia y la brutalidad” al nivel de los antiguos dioses del Olimpo.


En las películas y series tradicionales al final el idealista triunfaba y todo volvía a la normalidad; en “House of cards” y “Juego de tronos”, al igual que en la extraña pero adictiva política norteamericana, sucede exactamente lo contrario: la admiración popular y el éxito político parece reservado solo a quienes carecen de cualquier límite o escrúpulo.


La hagiografía convierte en santos a políticos mediocres y corruptos y reinventa sus gestos más oportunistas para hacerlos pasar por acontecimientos de gran peso moral. Nuestra línea narrativa desde entonces se ha difuminado hasta perder cualquier asomo de veracidad y sólo una descarada sinceridad puede rectificar esa línea y ajustarla de nuevo a la realidad… Es hora de descubrir a los hombres malvados de entonces y de averiguar el precio que pagaron para definir su época entre bastidores, en secreto.


El novelista James Ellroy fue quien mejor expresó la situación al hablar de la impunidad y prestigio del que gozan, desde hace tiempo, “los hombres blancos que hacen cosas malas en nombre de la autoridad”:


Maté hombres inocentes.

Traicioné juramentos sagrados.

Saqué provecho del horror.



Hoy, tanto la realidad como las mejores ficciones televisivas, confirman que Ellroy no exageró, ni siquiera cuando sintetizó, en apenas tres impecables líneas, el pensamiento secreto de hombres como Kennedy, Reagan o Clinton:


Suena a ficción pero es realidad, confirmando una vieja sentencia popular (“el camino al infierno está lleno de buenas intenciones”) que puede aplicarse, sin distinciones, tanto a íconos del progresismo (Lincoln, Roosevelt…) como a pícaros (Nixon, Bush Jr): después de todo, más allá del partido que representan, todos fueron políticos despiadados dispuestos a ir más allá que sus competidores para asegurarse la presidencia, personas para quienes el fin justificaba cualquier medio (Lincoln hubiera aceptado la esclavitud si eso hubiera mantenido unido el país; Roosevelt provocó a los japoneses continuamente para que atacaran bases norteamericanas e ignoró, deliberadamente, las advertencias sobre el bombardeo de Pearl Harbor; Kennedy, tras el frustrado ataque a Cuba, jugó con la idea de un enfrentamiento nuclear con Rusia para fortalecer su imagen de cara a la candidatura de 1964…); ante ellos, Frank Underwood y Twinn Lannister parecen simples principiantes, personajes que no alcanzan a reflejar la complejidad de los hombres reales en los cuales están inspirados, confirmando que solo escritores tan dotados y ambiciosos como el Mario Vargas Llosa de Conversación en la catedral o James Ellroy en su trilogía América pueden mostrar el mundo de la política en todos sus niveles y matices… (e incluso ellos parecen, ocasionalmente, superados por situaciones tan extravagantes que desafían la credibilidad: Kennedy haciéndose inyectar drogas por un doctor sin título bautizado “Feelgood” para combatir sus crónicos dolores de espalda: “Me da igual si es mierda de caballo, es lo único que funciona”; Nixon, paranoico incluso luego de ganar las elecciones por el margen más grande de la historia, dando órdenes que asustaron al duro general Alexander Haig: “Dios bendito, si hubiera hecho todo lo que Richard Nixon me dijo que hiciera, probablemente hoy estaría en la cárcel”; Reagan durmiéndose en sus reuniones de gabinete, aburrido de las discusiones de sus ministros; Clinton organizando en su mansión una fiesta encabezada por su brujo personal…).

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