Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

¿Cuál es tu estereotipo?

 

Cualquier persona que haya aparecido en una nota periodística sabe que entre el hecho sucedido y el hecho transmitido cae la sombra. Ya sea que se exprese por escrito o a través de la radio, la televisión o Internet, el reportero escoge, jerarquiza y discrimina; es decir, interpreta, y toda interpretación trastorna lo ocurrido, a veces en favor del protagonista, a veces en contra. Las transmisiones en vivo y en directo parecieran, en un primer momento, entregarnos loshechos sin alteraciones, pero un poco de reflexión nos muestra que no es así. No resulta lo mismo presenciar un partido del Abierto de Australia desde el estadio, que ante una pantalla de televisión. Y no sólo porque nos perdemos buena parte del ambiente que se vive en las gradas, sino porque desde una grada se aprecia de otra forma la increíble velocidad con que corre la pelota y se valora mejor la habilidad de los jugadores. A pesar de que no contemos con las repeticiones en cámara lenta, y se nos escapen numerosos detalles de lo ocurrido, resulta mejor asistir a un evento en vivo que frente a una pantalla por la misma razón que no es lo mismo el mar de la pantalla que el mar que tenemos ante nuestros ojos y dentro del cual nos podemos sumergir. Y eso aunque la cámara de la más alta tecnología apunte desde el mismo punto de la playa donde la persona contempla la inmensidad azul que parece mecerse en la eternidad. Algo esencial se pierde en la pantalla: lo vivo, que en automático deviene estereotipo. No por otro motivo las mejores imágenes de la pantalla nos impresionan por unos segundos, pero no por mucho más. Basta que las veamos un par de ocasiones para que nos vacunemos contra ellas y cambiemos de canal cuando vuelven a aparecer en la pantalla.

El arte evita que nuestra necesidad de representación se degrade en la insulsa producción de estereotipos. De ahí incluso ese juego, entablado desde la representación artística, que consiste en reciclar imágenes provenientes del propio arte. Imágenes que gracias a su infinita reiteración han acabado por estereotiparse, pero que pueden levantarse de la muerte del estereotipo y caminar de nuevo, así sea por un instante, gracias a la juguetona reiteración de la propia representación artística. Recordemos el incansable reciclamiento de El Grito de Munch o de la Última cena para clarificar lo que digo. Andy Warhol, por su parte, elevó el estereotipo al manido trono del arte para demostrar, entre otras cosas, que la abominación sistemática de los estereotipos puede convertirse en un estereotipo, una repulsa que le debe más a la envidia y el resentimiento que a un auténtico humanismo libertario. Ya años antes de Warhol, Duchamp emprendió una rebelión humanista y libertaria contra la Iglesia del Arte, y poco a poco esa rebelión se disolvió en receta rentable, cuando no en una nueva y esclavizada religión revolucionaria.

Otra vez, nada nuevo bajo el sol: en función de su fresca vocación crítica, el arte se reinterpreta constantemente a sí mismo para seguir dando lata. No obstante, autores y actores caen velozmente en la previsible cárcel del estereotipo. Pienso en José Agustín que publicó, muy joven, literatura protagonizada por jóvenes que se buscan a sí mismos en los insondables cenotes de las drogas, el sexo y el rock and roll. Con razón fue catalogado como protagonista de una nueva corriente literaria: la literatura de la Onda. Lo malo no fue eso. Lo malo fue que allí se estancó. Con los mismos temas, ensayando de adulto distintas variantes de la misma fórmula que le permitió el éxito cuando joven. En apariencia fiel a sí mismo, convencido incluso que no se traicionaba en su lucha pertinaz contra el sistema, pero adscrito como un esclavo al estereotipo del escritor de la Onda que todos sus seguidores incondicionales esperaban que fuera. Pienso en Jack Nicholson y su notable incapacidad para no representar otro papel que no sea el de un desquiciado obsesivo y memorable.

Pero no necesitamos ser artistas consagrados para degradarnos en la aburrida representación de un estereotipo. Resulta suficiente que nos atornillemos en una opinión que “nos define” para conseguirlo. Poco importa si esta opinión proviene de una persona que admiramos, despreciamos o aun de nosotros mismos. No hay más que casarnos con una idea de lo que somos y de lo que deseamos ser para no darnos cuenta de la realidad y transformarnos en un estereotipo. Cada quien puede optar por el que prefiera.

¿Cuál es el tuyo?

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