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Valeria Cuatecatl

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Contar una ciudad inagotable, una entrevista a Cristina Pacheco

Valeria Cuatecatl  /  Cristina Pacheco

“Termino una entrevista y no me puedo deslindar de las personas; no me desentiendo ni ellas de mí. Nos volvemos a encontrar siempre, ya que viven en mí y son parte de mí”. Así, Cristina Romo Hernández (San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, 1941), mejor conocida como Cristina Pacheco, comienza a platicar con etcétera acerca de “Aquí nos tocó vivir”, programa televisivo que, durante 40 años ininterrumpidos en Canal Once, ha dejado testimonio de “esa parte del tejido social que nadie ve porque no es glamurosa ni sensacional”.

Foto: MLT

Empeñada en romper con ese montaje en el que “las amas de casa salían perfectamente maquilladas y con pestañas postizas, los hombres lucían muy guapos y los niños eran traviesos, pero buenos en el fondo”, en 1978 Pacheco se valió de la pantalla chica para describir la realidad del entonces Distrito Federal y sus alrededores: “A través de la televisión se puede narrar y hacer una configuración; aparecen personas reales, cuyo peso no sólo radica en su testimonio verbal sino también en el ambiente que las rodea”.

Personajes, plazas, calles, edificios, negocios y vecindades son realidades que permanecen en la memoria gracias al trabajo de quien ha ganado dos veces el Premio Nacional de Periodismo, que así relata los orígenes de esta valiosa labor: “Cuando me inicié en la televisión, la ciudad y la sociedad eran muy distintas. Muchas construcciones desaparecieron y algunos de mis entrevistados fallecieron, por lo que el programa es un documento muy valioso para sus familias.

“Un encuadernador me dijo: ‘Usted platicó con mi abuelo y yo no tengo ni una foto de él; todo lo que me queda de él está ahí’. También entrevisté a una señora que cumplió 100 años, y su familia me comentó que si no fuera por el programa no quedaría de ella nada más que fotografías. Pero ahí está su voz, que todavía la tiene muy bien, al igual que una buenísima memoria pues recordó desde el día en que nació hasta ayer. ¡Eso es muy bonito! Son testigos de la historia con mayúscula y con minúscula”.

Cristina ha propiciado una conversación que desarrolla con absoluta naturalidad y mucha imprevisibilidad: “Nunca sé qué les voy a preguntar; si acaso les aviso por teléfono de mi visita en algunas ocasiones.

“Al principio la gente desconfiaba muchísimo; pensaba que era enviada del gobierno, que quería investigar algo. El programa les parecía extraño y alguna vez alguien gritó: ‘¡Ahí va esa vieja loca!’. Pero poco a poco se fue asentando y entró en las casas. Tiempo después fui a una tiendita, donde al verme, alguien se puso a silbar el ‘Mambo del Politécnico’”.

Considera que la charla que entabla con un entrevistado “es un encuentro mágico. Yo no sé qué voy a preguntar, sino que la conversación se va dando. Empieza de una manera y se va desarrollando con absoluta naturalidad”.

Aprendizaje

Con el paso de los años, Pacheco se ha reencontrado con muchos de sus entrevistados, quienes le han platicado e su vida desde el momento en que dejaron de verse, le ofrecieron su casa tras los sismos de septiembre pasado y le expresaron su dolor por la muerte de su esposo, el escritor José Emilio Pacheco. Al respecto afirma: “Creo que si aguanté ese golpe fue en gran medida por la gente, quien me dijo: ‘Comprendemos su dolor; nosotros la conocemos por el programa y la queremos acompañar’”.

Fotografía de la autora

Agradecida, la también columnista de La Jornada menciona que, tras la pérdida de su compañero de vida, durante seis meses amaneció con un ramo de flores blancas en la puerta de su casa, además de que hubo quienes ofrecieron una misa en Jerusalén o visitaron al Cristo Negro de Santander para pedir por el descanso de su marido. “Las personas me han dado todo: compañía, apoyo moral y lo más valioso: sus historias”, reitera.

Además de la vestimenta negra, el cabello rojizo y alborotado, y una mirada firme que se apacigua con su brillante sonrisa, Pacheco se ha distinguido por la inusitada empatía que genera, de la que dice que “es muy difícil que no la tenga”. Sin embargo, también se ha enfrentado con problemas: “Una sola vez, en la calle de Roldán, una persona me insultó cuando entré a su establecimiento. El local era muy oscuro y en él vendía frutas y algo más. Nunca me había pasado; no sé qué es lo que no quería que oyera o si mi presencia le pareció inoportuna, pero simplemente salí sin discutir”.

Hubo otra ocasión en la que a ella y a su equipo los alcanzaron las piedras de una trifulca entre los locatarios de un mercado: “Estacionamos la camioneta y nos cayeron algunas, aunque no eran para nosotros. ¡Cuando te toca, te toca! También hemos ido a lugares con fama de peligrosos, donde la misma gente nos ha protegido”, explica luego de mencionar parte de sus experiencias en el “barrio bravo” y la manera en que las personas los han cuidado desde sus ventanas y azoteas. “Es evidente que en Tepito hay inseguridad, pero yo no la he sufrido; también es un barrio fascinante con personajes encantadores”.

Ha tratado con personas de aquí y de allá, de quienes ha buscado exaltar su lado íntimo frente a la desigualdad: “Si están contentas, qué bueno; si no… Durante 40 años he visto que la situación sigue siendo muy dura y, pese a ello, conservan su ilusión y su esperanza. Le dan a uno su tiempo, cuando es lo que más valoran, porque algunos trabajan desde las cinco de la mañana. Hay quienes no tienen nada y te ofrecen un vaso de refresco o de agua. Es un detalle de generosidad que aprecio muchísimo”.

A diferencia de un investigador académico, la también productora y guionista asegura haber encontrado las respuestas a sus inquietudes entre la gente y con su lenguaje: “Una de las experiencias más bellas en mi vida es el aprendizaje; uno aprende muchísimo de las personas. Además, un periodista se hace con los ojos y con los oídos; si uno no sabe escuchar está perdido, no tiene nada qué hacer en este oficio”, enfatiza.

Al pedirle que haga un esfuerzo por destacar dos de sus interminables experiencias, menciona el programa titulado “Flor de piedra” y su segunda parte “El canto de la piedra”, cuando conversó con Ana María, de 96 años, pilar de una familia de canteros de Chimalhuacán, y con José, su hijo. “¡Jamás había visto algo así! No tiene idea de lo maravillosa que es esa casa, que además es laberíntica: todo es de piedra tallada: la cama, la cocina, la mesa, y hay una roca en medio del jardín, en la que esculpieron monos, dragones y otras figuras. La madre ya no puede picar y ahora dibuja para que sus hijos den forma a las rocas. José, en cambio, es un hombre que no ha ido a la escuela, que no ha hecho más que picar piedras y hablar de ellas y su espíritu con una poesía muy natural”.

Sobre aquel encuentro, recuerda: “Hacer una entrevista no es cosa fácil; parece, pero no lo es. Llevo muchos años haciéndolas y requiere de improvisación. Yo pensaba que José platicaría sólo de las piedras y su herramienta, y no: me habló de su canto. El señor se puso a filosofar y no me lo esperaba. Son encuentros maravillosos que no cambio por nada”.

La periodista también evoca a una pareja de ancianos que habitaban un local en desuso en el Centro Histórico, debido a que no los aceptaron juntos en un asilo: “Querían morir uno en compañía del otro. Lo único que tenían era una cama, dos jarros y una puerta de metal, que era la cortina. Llegaron ahí porque no pudieron pagar más la renta de una vecindad y subsistían gracias a la ayuda de sus vecinos”.

José Emilio

“Aquí nos tocó vivir” ha encontrado lo excepcional de personajes comunes, lo que lo ha hecho atractivo para el público. Al respecto Pacheco comenta: “Debería interesarme el rating, pero nunca ha sido así. Creo que cuando uno trabaja para ganarlo, lo está haciendo mal; uno tiene que realizar su trabajo porque le apasiona, para dar un servicio a la sociedad. El programa ha conservado un tono y tiene bastante de qué hablar como para deformarlo”.

También los televidentes le han hecho saber a Pacheco qué es lo que quieren ver y la han conducido hacia nuevas situaciones que deben ser relatadas: “Ahora ha ocurrido una cosa muy bonita: personas a las que entrevisté hace 30 años, por ejemplo, han llamado al canal para pedir que me comenten acerca de un vendedor que también es compositor y que está en tal lugar. ¡Es increíble!”.

Foto: MLT

De esta manera, la conductora rememora otra vez a José Emilio Pacheco, su más fiel espectador: “¡No se perdió ni uno solo de mis programas! Cuando iba a Estados Unidos a dar clases, buscaba la forma de verlo por Internet –cuando ya lo había–. Antes me pedía que le contara de qué se había tratado. ¡No exagero si le digo que nunca faltó a verlo!”, exclama tras destacar que los dos no se interferían en sus respectivos trabajos.

“Comentábamos después de las transmisiones. Una vez me platicó de una señora que vendía tlacoyos en la Plaza de Santo Domingo, con quien iban a comer muchos de los miembros de El Colegio Nacional. Me pidió que fuera a entrevistarla pues le parecía sensacional. Fui, aunque no quiso acompañarme porque le daba pena; pero allí estaban Rubén Bonifaz Nuño y otras luminarias que visitaban el puesto antes o después de sus juntas”.

Esas remembranzas traen a la conversación facetas de su relación con el autor de Las batallas en el desierto: “Me decía: ‘¡Qué personaje tan bello, qué bonito habla!’. Él admiraba mucho a los improvisadores huastecos, que nunca han estudiado y versifican: son unos poetas maravillosos. Le encantaban los boleros –creo que se sabía todos–, Mozart y la música cubana. Éramos muy felices en nuestra casa”.

Gran tesoro

En medio de una ciudad invadida por la contaminación visual y auditiva, Pacheco ha destacado el carácter cordial, amable y generoso de muchas personas que, al mismo tiempo, manejan cada vez menos la comunicación verbal: “Cada vez hay menos interacción; todo el mundo está ensimismado con su teléfono y los audífonos. Cuando salgo a caminar veo una especie de filas interminables de personas que van preocupados y a toda velocidad con sus dispositivos. ¡No me explico cómo no les pasa algo!”.

Así, la también galardonada con la Medalla al Mérito Ciudadano en 2000, lamentó la ausencia de matices en el lenguaje, ese con que “nombramos el mundo, le damos forma y podemos remitirnos al pasado y asomarnos al futuro”. Y de muchas personas dice que “fuera de ‘güey’ creo que no conocen otra palabra. Probablemente las próximas generaciones no manejen el lenguaje, lo cual me parece gravísimo. Pienso que los maestros deberían redoblar las clases de español y aplicar los ejercicios de conversación con los que nos preguntaban: ‘¿Qué hiciste el domingo? ¿De qué trató la película?’. Estábamos acostumbrados a hablar entre nosotros y a fijarnos en los detalles”.

De allí que Cristina Pacheco también ha dedicado una parte de sus esfuerzos a la creación literaria: por ejemplo, es autora de los libros de relatos Sopita de fideo (1984) y La última noche del tigre (1987), y de “Mar de historias”, que se ha publicado en La Jornada. Sobre la relación entre la faceta periodística que desarrolla en “Aquí nos tocó vivir“ y su trabajo literario, explica: “Uno escribe lo que vive y lo que ve; uno no puede ser ajeno, pero son dos ámbitos completamente diferentes: ‘Mar de Historias’ es una ficción total, un invento, no me apego a ninguna realidad: los personajes y lugares no existen, aunque tienen algo de lo que he vivido. La ficción es un terreno aparte, es lo mío, lo más íntimo; allí no se mete nadie”.

Cristina Pacheco ha sido una cronista de las intimidades más nobles y generosas de la capital: “Esta es mi ciudad. México me ha dado todo: familia, educación, casa, trabajo, amigos, esposo. Este país es muy noble por la educación pública, la cual creo que es un gran tesoro que tenemos los mexicanos y que es de una generosidad extrema”.

La vida

De iniciar con un plan de apenas 13 transmisiones cuando Pablo Marentes dirigía Canal Once, recientemente Pacheco celebró las cuatro décadas de emisión, primera emisión televisiva que, en 2010, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) registró en el Programa Memoria del Mundo de México.

El informativo nocturno y el semanario “Séptimo día”, del Canal 13, la serie “De todos modos Juan te llamas”, y el noticiario “Así fue la semana”, de Canal Once, fueron trabajos anteriores de Cristina Pacheco en televisión.

Foto: MLT

“En ‘Así fue la semana’ empecé haciendo comentarios políticos y literarios. De allí surgió la idea de que hiciera entrevistas, ya que antes las escribía para la revista Siempre!. Me invitaron a participar con De la Cabada y después con el arquitecto José Priani, para que él hablara con los maestros, albañiles y surtidores de materiales, y yo con otros arquitectos”, cuenta.

De esta manera, el 10 de mayo de 1978 salió al aire por primera vez “Aquí nos tocó vivir”, emisión enfocada en el problema de la vivienda desde el punto de vista arquitectónico: “Me preguntaron cómo me gustaría que se llamara la serie, y respondí: ‘Aquí nos tocó vivir’, porque aquí vive la gente”.

Pronto los compromisos de Priani le impidieron al arquitecto atender el programa. “En ocasiones no asistía a las grabaciones y me dejaba con la cámara parada, hasta que un día dije: ‘¿Por qué voy a estar así si puedo hacer algo por mi propia cuenta?’. Además, lo que me interesaba de la arquitectura es lo que contiene: la vida humana”.

Interesada por la historia de las mujeres de Santa Úrsula Coapa, quienes, con el delantal y los zapatos desgastados, luchaban por conservar sus terrenos y casas, Pacheco se acercó a ellas. “No podían creer que quería conocer su vida, pero les hice saber que el que nadie supiera de su lucha por conseguir agua después de largas caminatas o porque un policía les brindara apoyo, me parecía fascinante porque para mí eran héroes sin pedestal y sin medallas”.

Así inició este proyecto de televisión, el cual, afirma la periodista, le ha dado un sentido de pertenencia y le ha recordado su propia memoria, su origen modesto: “Muchas de las personas que encuentro son migrantes que vinieron del campo a la ciudad. Cuando veo a alguien recién llegado que busca una dirección, me reflejo en él. La vida de esos hombres y mujeres que habitan esa casa, esta colonia o aquel barrio, es también la mía.

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