Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Conocimiento: la construcción común (parte 1)

Una de las nociones que generan mayor tensión en torno al conocimiento es la caracterización de su “propiedad”; particularmente en una sociedad, la humana, en la que ha prevalecido la noción de “competencia” como uno de sus únicos, cuando no unívocos, escenarios de desarrollo -por diversas circunstancias ligadas a su historia pero ligadas también a la construcción del discurso preeminente de la especie como tal. Progresamos porque competimos: contra la naturaleza, contra otras especies, contra otras naciones, contra otras personas y contra nuestras propias limitaciones” parecen querer contarnos el relato oficial de la historia, la impronta de superación personal inherente a casi todo discurso dominante y, claro, las crónicas deportivas del domingo.

Sería ridículo pensar que este escenario, peripatético por decir lo menos, es el resultado del “triunfo de la economía de mercado” o de todas las -pocas- líneas de pensamiento ligadas al generalmente triunfante sistema capitalista; en realidad, la noción de competencia tuvo también, en gran medida, una relación intrínseca con la creación de élites en la época en la que todavía había países que podían llamarse “producto de una revolución” (socialista, la mayor parte de las veces) y, si se mira con detenimiento, con la consolidación de grupos de poder, sistemas hegemónicos y formas de dominación en prácticamente toda la historia de la sociedad humana.

Aceptamos esa “verdad” con la misma parsimonia con la que aceptamos todas las ideas que le son inmanentes: principalmente y a saber, la de que para triunfar hay que “prevalecer” y la de que para prevalecer hay que “estar preparado”. Lo mismo para la guerra que para el amor; lo mismo para el desarrollo laboral que para la consolidación del propio prestigio; lo mismo si se es un atleta que si se aspira a vivir del presupuesto. En toda jerarquía civil, militar, eclesial, académica o de la naturaleza que usted guste hay implícita una dominación y una preeminencia; en toda preeminencia está implícita una superioridad conceptual y de conocimiento, aunque sólo sea la primitiva noción de “haber conocido mejor el terreno” (que constituye ya una forma de conocimiento y que muchas veces basta para que un esmirriado cualquiera nos gane una carrera, un puesto de trabajo o cualquier otra clase de disputa).

Hace poco, un trabajador particularmente humilde y enjuto compartía conmigo, una noción inquietante y poco tranquilizadora. Su patrón, en una plática cualquiera, le había regalado una máxima contundente: “yo estudié, te aclaro, para poder robar bien, mucho y a gusto”. No menos inquietante es la idea de que la persona de cuyo ronco pecho había salido ese de profundis bizarro ha sido una vez presidente municipal de la población donde este trabajador me contaba la anécdota de marras, y que ahora es un miembro muy visible del comité municipal del partido (ya se imaginará usted, amable lector o lectora, de cuál. Sí, adivinó; justo de ese). Lo importante para mí, sin embargo, fue la conclusión a la que mi interlocutor llegó luego de una serie de ideas que dejaban en claro que él mismo había sufrido, en carne propia, la praxis de ese “robar bien, mucho y a gusto”: yo, joven -me dijo-, prefiero ser ignorante que ser así.

Quisiéramos pensar que es particularmente contrastante con esta idea (o que está en sus antípodas, si se quiere) la noción de “secrecía” que en la antigu%u0308edad clásica se imponían a sí mismos y a sus colegas los usualmente autodenominados “sabios”. Partiendo de la idea de que el conocimiento no estaba destinado a “cualquiera”, se obligaban a sí mismos a un voto de silencio que evitara que las gravísimas conclusiones a las que se llegaba en los albores del pensamiento humano sistemático pudieran convertirse en vulgatis conocetia; es decir, en nomenclatura y moneda corriente del conocimiento popular. Hay quienes, defendiendo esta idea, afirmaban (y aún hoy, en plena posmodernidad, de diversas y veladas maneras lo dicen) que el conocimiento debería estar, como el poder, únicamente en manos de personas cuya probidad sea incuestionable y que le garanticen al desarrollo y uso de ese conocimiento resultados siempre beneficiosos para la humanidad.

No sé qué haya opinado Oppenheimer al respecto, pero sí sé que a lo largo de la historia ha circulado también la idea de que el conocimiento es un patrimonio inherente a la naturaleza humana (en tanto producto de los diversos procesos del pensamiento, cuyo ejercicio no es patrimonio único de “los sabios”) y que ese conocimiento debería estar siempre a la mano de quien sea que quiera acceder a él; particularmente porque, sea por preparación, por obcecación o por casualidad, no hay ser humano que no albergue el germen de una nueva, aventurada, devastadora, excitante conclusión. Huelga decir, claro, que la expectativa de la existencia de seres humanos “cuya probidad sea incuestionable” forma parte de un imaginario mesiánico que hoy, éticamente, es injustificable e insostenible. Ya en la antigu%u0308edad clásica esa realidad le costó la vida, por ejemplo, a Hipaso de Metaponto y a otros pitagóricos, quienes extrañamente “se suicidaron, arrepentidos” luego de haber compartido con “el vulgo” importantes y enigmáticas ideas matemáticas, filosóficas, políticas, etcétera.

Si bien hoy vivimos en una era en la que, de inciertas maneras, el Estado “garantiza” el acceso al conocimiento a una abstracta “generalidad de la población” a través de los esfuerzos de la educación pública, lo cierto es que el conocimiento y su construcción colectiva enfrenta nuevas y, probablemente, aún más sofisticadas dificultades.

No es poco lo que aporta a esto, nuevamente, la noción de “propiedad” ligada al conocimiento. Las ideas (más allá de su caracterización como ideas “triunfantes”, “equívocas”, “útiles”, “estúpidas”, “centrales” o “prescindibles” ) y los bienes resultantes de esas ideas (tecnologías, infraestructuras, discursividades, metodologías, explicaciones y un inabarcable etcétera) se consideran hoy por hoy una “moneda de cambio” en el ámbito de la competitividad: como resultado de esto tenemos en la actualidad una construcción de entramados legales (legislaciones de derechos de autor, sistemas de patentes, incluso -de manera un tanto siniestra- cánones de preeminencia tecnológica dictadas desde el Estado como, por ejemplo, las normas oficiales) que pretenden, desde la lógica de la “propiedad irrenunciable de las ideas”, subrayar el derecho inalienable de quien “genera” una idea a obtener crédito por ella (idea moral que, si bien cuestionable, no le niega nada a nadie) y, muy principalmente, el derecho a controlar su difusión y el derecho a lucrar con ella (idea moral que, en tanto cuestionable, deriva en el debate que hoy nos ocupa -decir me ocupa sería darme un crédito que, en torno a esta idea, no me corresponde).

Cabe señalar que no todas las formas de relacionarse con el conocimiento han estado siempre ligadas a la lógica que hasta ahora he intentado caracterizar. Opuestas al concepto de “la propiedad de las ideas” (que, como toda idea de propiedad, se impone a sí misma un límite semántico al reducirse a una noción de materialidad, por decir lo menos, reduccionista y sujeta a su desgaste en el tiempo), otras formas de traspaso de saberes han tenido también su oportunidad y han demostrado ventajas y errores.

La tradición oral, por ejemplo, que no caracteriza en ninguno de los estadios de su línea de tiempo al “autor” de las ideas -a veces ni siquiera su origen geográfico o temporal- sino que se centra en sus implicaciones y significado, es aún hoy vigente y necesaria. Lo mismo ocurre con saberes (hoy caracterizados por la izquierda bienpensante como “milenarios”, como si de su caracterización temporal surgiera su valor) ligados a la agricultura, la sustentabilidad en relación con el sentorno, la medicina tradicional, el relato histórico y, en general, a la preservación colectiva del conocimiento caracterizable como propia de las comunidades, indígenas o no. Si bien no carecen de desventajas, incluso ligadas también con el uso de ese conocimiento para la creación de élites, estas otras formas de relación con el conocimiento demuestran que no hay un único modelo posible de entramado dialéctico (o si se prefiere, sistemático), semántico ni pragmático para el uso de los bienes (en el sentido de resultados, pero también de desarrollos, imbricaciones, tecnologías, etcétera). que surgen del pensamiento y el devenir experiencial humano: es decir, del conocimiento.

Ahora bien, ¿cómo caracterizar al conocimiento? ¿Forma parte de su construcción toda aquella información que somos capaces de obtener a través de la abstracción y la experiencia, o sólo aquella que es validada como conocimiento “puro” (verdadero, incontrovertible, científico, sistemático) por la autoridad de la tradición aceptada, del pensamiento hegemónico vigente, del estado como proveedor, o de quien sea que en vigencia y virtud de su poder tenga como función validarlo? En un momento en el que la repetición casi fractal de las ideas puede llevar, en la era digital, a un equívoco a convertirse en una verdad (gracias a su éxito viral o a la unanimidad que el entusiasmo y nuestra proclividad a los dogmas le garanticen), la caracterización del conocimientocomo una posibilidad de “verdad”, y con la seguridad que esa caracterización conlleva, puede resultar casi un absurdo.

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