Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Conflicto y Desarrollo Tecnológico

Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad de Internet (XXIX y última parte)

Haríamos terriblemente mal en olvidar que las condiciones para la vida y para la existencia son eminente y primordialmente cataclísmicas. Las veleidosidades con las que se cumplen los ciclos de las condiciones para la vida (no únicamente las grandes conflagraciones del clima o de la geometría del universo, sino la existencia misma de la enfermedad o de la guerra), nos recuerdan que el anhelo por la armonía y el equilibrio son más bien ideales del pensamiento, de la razón y de su rechazo del conflicto, y tal vez ni siquiera de la razón toda, sino apenas de un pequeño porcentaje que entretiene la idea de la utopía como estado perfecto del ser, y al que podríamos llamar “iluminado” si, desafortunadamente, el iluminismo no tuviera sus propias, irremediables y grotescas oscuridades.

Si bien en el mundo de la tecnología la idea de “vida” como condición inherente al hecho tecnológico es intrínsecamente debatible, no ocurre lo mismo para la realidad pragmática y estadística de la existencia de este hecho, y sin temor a equivocarme puedo afirmar que estamos entrando a un momento en el que la razón humana necesita –y pronto estará obligada a– reconocer la existencia de la razón y, por tanto, del ser maquinal (y, en esta columna, no nos hemos detenido un segundo para afirmar que la singularidad por sí sola implicaría un carácter de “existente” innegable para el objeto/sujeto maquinal, lo que implicará el salto paradigmático más importante de la historia humana contemporánea).

La pregunta central es, como ocurre casi con cada cambio paradigmático y casi sin importar su tamaño o importancia: ¿es posible que éste se dé en una circunstancia primordialmente controlada, armónica y carente de conflicto?

En nuestros dos apartados anteriores hemos explorado las ideas de exclusión e inclusión en relación con este hecho particular lo que, aunque parezca lo contrario, no es necesariamente un afán por la abstracción, sino meramente un análisis pragmático y factual. No es gratuito que el año 2018 nos haya amanecido con un retraso significativo en los principios de neutralidad en Internet, por lo menos en lo que se refiere al marco normativo de una de las naciones con más nodos de Internet en el mundo (lo que convierte este retraso en algo que impacta a una significativa parte de la infraestructura de conectividad digital a nivel global). Tampoco es gratuito que uno de los principales argumentos para este retraso haya sido que, según afirmaban ciertos gigantes mediáticos, dicha neutralidad (que constituye uno de los principios fundacionales del Internet) “retrasaba el desarrollo de nueva tecnología y el avance de la existente” al no dar “certeza” a los grandes inversionistas.

Más allá del absurdo de que la lógica simplona del capitalismo sea la de exigir certeza a una infraestructura que en el centro de su naturaleza lleva implícita la ausencia de orden y jerarquía, este conflicto en particular dejaba entrever además una serie de malos entendidos y flagrantes oportunismos que no daban nunca en la diana. Quizás una de las más graciosas implicaciones fue la de escuchar argumentos que afirmaban que la neutralidad en Internet era (me niego a pensar en ello como algo pasado, así que corrijo), es algo “garantizado por el Estado”; la broma está implícita en el hecho de que han sido los Estados rectores los más acérrimos enemigos de esta característica sine qua non de la Internet; y en el hecho de que cada acción legislativa o ejecutiva que ha afectado a esta neutralidad ha tenido indefectiblemente afanes de control, reducción y obstáculo, aún las más favorables en principio.

No resulta tampoco menor que tanto en éste como en otros terrenos en disputa, el discurso sea tan paradigmáticamente contradictorio con los principios más básicos y pedestres de la competencia económica que son la base del capitalismo científico, al menos como los conocíamos hasta la etapa preneoliberal del problema.

Por supuesto, llevamos por lo menos un siglo asistiendo a la tormenta del capitalismo en conflicto consigo mismo (que ha sido, claramente, el resultado más patente de la muerte de las ideologías); y quizás en la realidad del mundo hipertecnológico esta tormenta está adquiriendo un carácter mucho más agresivo, mucho más focalizado y también mucho más pragmático.

En apartados anteriores, subrayábamos el hecho de que dos de los ámbitos que de manera contingente están apuntalando la inversión en la investigación y desarrollo de la Inteligencia Artificial (sobre todo en el que apuntala los avances ya alcanzados, fuera de la investigación de avanzada) son el Estado (principalmente en lo que se refiere a la milicia, el control infraestructural y la vigilancia interna) y la bolsa y la banca (principalmente en lo que se refiere al análisis de riesgos, evaluación de inversiones y movimientos de criptomonedas y criptoeconomías). Queda claro, incluso simplemente a un nivel nominal, que estos actores conllevan per se una conflictividad ineludible e inherente con el resto de los actores que se mueven (nos movemos) en la digitalia y, en ese sentido y quizás de manera más contundente, queda claro que ese conflicto no se reduce a las ideas de inclusión y exclusión (importantes de por sí), sino a la totalidad de las posibilidades reales de estos desarrollos y de su impacto en la realidad tangible.

A estas conflictividades nos hemos referido como guerras semánticas; ya porque la disputa se está dando en particular por el sentido y el significado; ya porque el sentido de la disputa se obvia, se oculta, se vacía, es decir, se pelea también con afán territorial.

Hace poco recordaba la idea paradigmática de que no existe economía sin víctimas, avanzada por múltiples críticos de la cultura pero quizás de manera más contundente por Gilles Lipovetsky. Por supuesto, y por cínica que pueda parecer esta afirmación, la historia la demuestra de manera palpable; y la economía relacionada intrínsecamente con el desarrollo tecnológico no es la excepción. Quizás ante el hecho incontrovertible del acceso universal, caracterizar a estás víctimas sea una tarea evanescente y casi imposible. Y, por tanto, tal vez sea entonces también mucho más necesaria.

Por supuesto, las respuestas fáciles casi nunca son las mejores. Imaginarnos víctimas por nuestra avasalladora dependencia de la tecnología sería simplón y contradictorio. Imaginarnos víctimas por nuestro afán de estar al día aunque nuestra realidad económica no alcance para abrazar un iPhone X, sería incluso ofensivo y grotesco. Imaginar a los más pobres como víctimas por su acceso tardío o por su analfabetismo digital sería miope, y ya hay suficientes ONG dedicadas a esa miopía.

Por supuesto, no es tampoco difícil intuir que es en el medio del conflicto donde quedamos más desamparados, más como víctimas propiciatorias, presas en una cacería que no alcanzamos a entender y para la que no tenemos herramientas de defensa u ocultamiento.

Y esa cacería está lejos ya de disputarse en el terreno del Estado, de la bolsa o de la banca, esos enemigos nuestros que están tomando en apariencia al toro por los cuernos, tomando ventaja, adelantándose a nosotros. Me atrevo a afirmar que comienza a delinearse un terreno nuevo en que somos víctimas potenciales, tal vez más fácilmente en la medida en la que lo ignoremos: El conflicto de la máquina y su entendimiento de nosotros.

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