Cinque Terre

Salvador Quiauhtlazollin

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Estudió derecho; es periodista.

Confesiones de un escuincle tele adicto

El director de etcétera me solicitó rememorar las series televisivas que vi con ojos infantiles a lo largo de cuatro décadas: los 70, 80, 90 y la primera década del nuevo milenio. Dudaba en hacerlo, pues aunque adocenado por la caja idiota, pertenezco a otra generación, una que todavía escuchaba mucha radio, iba al cine compulsivamente y comparaba discos de acetato.

Pero entonces vino la epifanía. En la duermevela, cuando el mundo onírico se apodera con más facilidad de mi consciencia dándome lo mismo momentos de terror nocturno que deleites surrealistas, volví a mi reciente infancia, y sentí…sentí…;de nueva cuenta, la emoción de la espera de mis series favoritas de ese entonces: “Los Bugaloos” y “Los Banana splits”. Y entonces lo supe: fui un escuincle chilango tele adicto.

Los 70: un río amarillo
A inicios de los 70 oíamos una estación de AM que lo mismo pasaba a Christie con Yellow river que a Juanga con No tengo dinero. Éramos una familia de clase media que recibió con alborozo un horrendo conejote rosa que no recuerdo porque diablos nos envió Colgate. La radio FM llegó en una elegante caja de madera, y en ella escuchábamos una estación que transmitía desde la Zona Rosa y se identificaba con un cello interpretando Ícaro. Pero lo único que nos hacía diferentes es que tuvimos, fugazmente, televisión a color. Era el nirvana de mi padre, que veía joyas de las cuales después me hice fan: “El túnel del tiempo”, “Misión Imposible”, “Perdidos en el espacio”; y miles de horas de deportes, los cuales en su mayoría me aburren. Pero el gusto duró poco, porque el pesadísimo armatoste requirió, cuando se descompuso, de un bulbo inconseguible y que costaba lo que un diamante. Así que los siguientes diez años, mi lóbulo occipital se encargó de colorear las imágenes proporcionadas por una batalladora tele Admiral (recuerden el slogan compuesto en foquitos: “¡Mira!… ¡Admira!… ¡Admiral!).

Voy a tocar tangencialmente las caricaturas, pues sobre ellas ya escribí un texto en esta revista: “Las caricaturas no me hacen llorar”, (etcétera No. 31). Así que ustedes y un servidor nos sentaremos frente a un televisor en el que solamente se ve la barra cromática, o en ocasiones, el patrón con las siglas de identificación. Años después sabríamos que sólo eran un pinche cartón, pero en la infancia, hasta eso nos parecía maravilloso. Claro que no le cambiábamos al único canal que transmitía en vivo, y no puedo precisar si era el 2 o el 4, pero ahí pasaban el “Club del Hogar”, compendio de chistes malos, comerciales con efecto boomerang y desmadre slapstick a cargo de don Daniel Pérez Arcaraz y Fernando Fuentes Madaleno, programa patrocinado, entre otros, por Flores Matsumoto, y adonde se metían, sin ser llamados, los que en ese momento pasaban por el foro. Recuerdo una emisión a la que se coló Mauricio Garcés, que se vio, les caía en los huevos a los conductores, y aún así, sacaron una transmisión antológica.
Pero volvamos a esa barra cromática, que veíamos como un heroinómano ve el relleno de su jeringa. A las 14 horas en punto, era reemplazada por la identificación de la estación y comenzaba la diversión. Las caricaturas se sucedían unas a otras. Y en medio, los espacios muertos se rellenaban con supuesta cultura: documentales trucados como “Mundo Indómito” nos hacían repeler a las hienas y admirar a los leones, siendo que los felinos son bien huevones y los carroñeros dignos de una mención vaticana por su fidelidad familiar. Pero entre toda esta información equivocada, llegaba la serie, ya histórica, que nos sirvió a todos, menos a Lujambio: “Plaza Sésamo”.

Abelardo…; ¿qué era Abelardo? No lo sé, a mí me parecía dragón, pero nos enseñaba a ser amables. Mientras, Lucas el come galletas, nos hacía ver que la gentiliza abría las puertas. E increíblemente, Beto y Enrique nos enseñaron la tolerancia antes de que la palabra se pusiera de moda, y de que siquiera sospecháramos lo felices que eran como pareja gay. Pero lo que ha quedado esmerilado en el recuerdo son las canciones: “1,2,3,4..5”, “Una de estas cosas, no es como las otras, es diferente a todas las demás”, “Maná maná pa ti pi pi pi” , “Quisiera estar donde el pulpo tiene su jardín”, “Alrededor, alrededor, alrededor, arriba, abajo, a través”…;.Y hoy, siempre que escucho Amorcito corazón, visualizo a dos rinocerontes besándose, pues así ilustraban esta canción en la plaza.

El tiempo ha reivindicado totalmente el experimento que representó “Plaza Sésamo”. Investigando, encontramos denuestos por parte de pedagogos y educadores, que a inicios de los 70 afirmaron que la serie, por trasmitirse en televisión, sólo serviría para que los niños aprendieran a ver más televisión. Me parece acertadísimo el comentario, pero olvidaron acotar que, además de letras y números, “Plaza Sésamo” también nos enseñó, a tiernísima edad, a juzgar la tele…;.y a capotear a este monstruo y sus barbaridades.

Tal como lo hacía nuestro paladín favorito: un héroe venido del espacio que era igual de gigantesco que las quimeras amenazantes que atacaban a Japón, un adalid que además disparaba rayos desde el dorso de la mano, y a veces desde todo el antebrazo. Su nombre iba de acuerdo a sus capacidades: “Ultramán”. Durante años nos convencimos que había una Brigada contra monstruos con naves espectaculares; y que de otras galaxias seres de ectoplasma le otorgaban a humanos poderes alucinantes para defendernos de los cíclopes. E incluso supimos que en alguna bodega un niño tenía escondido un robot gigante con ribetes de esfinge. Uy, uy, uy…;.no era miedo, era como hacían los malos que se peleaban con un colosal androide rubio. Y allende el sistema solar, el capitán Ultra comandaba una nave que luchaba contra descomunales espantos para cagarse de miedo, recuerdo uno con cabeza de feto y alas vampíricas que por meses me produjo pesadillas.

Por suerte, había series para desempacharnos de titanes pesadillescos. En ellas, los animales daban un salto evolutivo que ofendería al mismo Stephen Jay Gould. Primeramente estaba “Lassie”, perrita que entendía los dramáticos escarceos de sus lacrimógenas tramas. Mmmm…;no, muy aburrido. ¿Qué tal “Flipper”, un cetáceo dotado de razón? No, siempre pasaba lo mismo. ¿O “Maya”, una elefanta cabalgada por una pareja de imbéciles, a los que ahora no podríamos ofender sin ser políticamente incorrectos? Qué hueva. Ah, pero de allá abajo llegaba una serie que nos tragábamos sin pensarla tantito, salto a salto: “Skippy el canguro”. Cualquier estudiante de biología de prepa está al tanto que los macropódidos no se distinguen por su inteligencia, más bien son estúpidos y agresivos en ocasiones. Pero Skippy desafiaba a cualquier zoologuillo siendo súper chingón: lo mismo tocaba la batería que usaba la radio. Y creo que a los guionistas sólo les faltó ponerlo a pilotar el helicóptero…;aunque creo que alguna vez lo hizo (por lo menos en mi alucine). Un triunfo absoluto de la televisión australiana, al que sólo podía compensar “Mi Oso y yo”, donde el gentil Ben acompañaba a un hiperquinético niño en larguísimas correrías a los largo de los manglares floridanos. Quien lo iba a decir, décadas después me apodan “El Oso”. Y también soy muy gentil. Y por cierto, Clint Howard, que hacía el papel del infante amigo del plantígrado, después sería la estrella de “Mensajero de Satanás”, una cinta que nos alucinaría a inicios de los 80 por vaticinar que al diablo se le podía contactar en una PC. Ahora lo encuentro en Facebook, pero esa es otra historia.

ALTOOOOOO! dirá el lector conocedor. Prácticamente todas las series que ha mencionado, me dice, son de los años 60. Claro, y aquí viene la explicación: la redifusión (también llamada sindicación) de las series televisivas apenas empezaba, y aunque muchas se estrenaron en los 60, fue en los 70, con el abaratamiento de los derechos, que pudimos atiborrarnos de estas maravillas. La mejor prueba es que en las tardes nos sumergíamos en el mundo mágico de Irwin Allen sin comerciales: entre cortes, sólo se pasaban videoclips. Así dijimos con Freddy que necesitábamos a alguien, y tal cual decía John: lo único que necesitábamos es amor.*

Irwin Allen…;..que series. Sus cuatro producciones para TV son maná para cualquier niño. De entrada, había que anotar que en todas ellas aparecían los mismos actores, diálogos, disfraces y naves. Y es que sus guiones se maquilaban de acuerdo a los accesorios disponibles. Así, los extraterrestres secuestraban al almirante Nelson que capitaneaba a su tripulación, y al golpeado Kowalsky, en un “Viaje al fondo del mar”. Esos mismos alienígenas después se encontraban con los “Perdidos en el espacio”, que siempre cometían alguna imprudencia, a pesar de que el gritón robot los alarmara chillando ¡peligro! ¡peligro! Y después, por razones rocambolescas, la tripulación extraviada los encontraba en la “Tierra de Gigantes”. Pero lo más sublime era cuando, por piruetas argumentales, los mismos aliens se las veían con Douglas Phillips y Tony Newman de “El túnel del Tiempo”, quienes siempre caían en el lugar incorrecto en el momento preciso. Hoy me precio de ser un amante de la historia, y sin lugar a dudas, fueron Tony y Douglas los que me alentaron a conocer sobre el pasado, para cometer los mismos errores en el presente, pero con mucha pedantería.

Pero mira como se mueve el esqueleto
La televisión de la tarde para nosotros los chamacos estaba acompañada por temibles censores. No sólo teníamos que soplarnos los Cincomentarios de Agustín Barrios Gómez -¿sabía usted?- también teníamos nuestros propios arrieros del pensamiento.

Uno de ellos era el Tío Gamboín y su terrible esbirro, Corcolito. Precedido por Rogelio Moreno, el Tío, además de presentar las caricaturas y sus horrendos juguetes entre los que se encontraban Pacholín y Salchichita (no sean mal pensados: no era el nombre de sus pobres atributos, sino un perrito de cuerda y felpa procedía a administrar fanfarrias para los mataditos y reproches para los que no lo éramos. El maldito Corcolito se las ingeniaba para hacerle llegar al Tío nuestras iniquidades, si bien cualquier mente perspicaz sabría que habían sido los padres o tutores los encargados de la delación (supongo que McLuhan hubiera sido feliz de poder estudiar esto). Recuerdo que en alguna ocasión, para poder cimentar este embuste, el Tío presentó al tal Corcolito, recreado con algún tablero de primitivos gráficos para pantalla. Y debo decir con pena, que ahora tales gráficas serían para que cualquier floor manager se orinara de risa, pero en ese lejano entonces…;.les creí.

Así como creía que la Calaca Tilica y Flaca hablaba. De niño, como es natural, me aterraban los esqueletos, pero éste en particular no sólo disipó mis temores, también me dio horas de diversión. Junto con Jorge Gutiérrez Zamora, este sistema óseo de utilería presentaba la programación del Canal 8, sin duda menor a la del 5, pero con la ventaja de presentar a Goldar. Además, la Calaca Tilica y Flaca no pontificaba, aunque a veces le daba consejos a Ciriaco, una calaverita de voz chillona y algo mamona.

Hablando del Canal 8, aquí fue donde tuve por primera vez contacto con las maravillas con que las inició Chespirito, no con la basura repetitiva y sin gracia que terminó haciendo. De sólo media hora, sus episodios del “El Chavo” eran geniales; pero sin duda con el “Chapulín Colorado” alcanzaba la excelsitud. Sus tramas atemporales, reforzadas por un coordinadísimo cuadro de simpáticos actores, lograban que El Chapulín se convirtiera en algo más que una parodia: un aventurero que lo mismo nos daba risa que nos emocionaba, como el Batman de Adam West. Y alcanzaba sus puntos más altos cuando hacía especiales, que esperábamos con emoción, especialmente en el que los dos cacos se cuelan a una fiesta de disfraces, dándole oportunidad a Chespirito de hacer sketches estupendos del Gordo y el Flaco, la Pantera Rosa y otros grandes del cine. Una televisión de altísima calidad. Para cerrar los años 70, se me ocurren dos preguntas obligadas: ¿Cuáles son las series que NO debía haber visto? ¿Y qué programa me sirvió más para lo que hago hoy en día?

La primera pregunta es fácil de contestar. Aunque recuerdo que algunos episodios de “Los Vengadores” me alteraron (no podía comprender sus alucinantes tramas de chestertianas y psicodélicas variantes), las series que me dejaron sin dormir fueron “Galería Nocturna” y “Sexto Sentido”. Ahora veo sus episodios que me parecen maravillosamente escritos, y aunque no soy padre, me pregunto si dejaría a mis hijos verlos, para que sintieran el mismo agobio que sentí (como ven, por lo menos me hicieron algo sádico estos programas). Sin embargo, sin aterrorizarme tanto, fui pronto atrapado por una serie mítica que en 1975, con sólo 20 episodios, cambió la forma de hacer televisión fantástica: “Kolchak”.

Carl Kolchak era un periodista de garra radicado en Chicago. Fiel al olfato propio de la profesión, prefería seguir sus instintos a las directrices marcadas por su apocado editor, sus banales colegas o las descoordinadas fuerzas de la ley. Y siempre tenía razón: detrás de la misteriosa desaparición, el alevoso homicidio o el inexplicable suicidio, había escondido un rasgo inimaginable que había dejado el anonimato para hacer de la ciudad de los vientos el escenario de sus atrocidades. Vampiros, hombres lobos, zombies, poseídos y Jack el destripador fueron las estrellas de los primeros capítulos. Pero las necesidades alimentarias del guionista en turno hicieron aparecer seres cada vez más demenciales. Un senador que vende su alma al diablo, un medico brujo, un robot asesino, un motociclista sin cabeza, unos diabólicos aztecas y un súcubo inmortal; adicionaron el catálogo de enemigos del reportero. Y el último capítulo trajo el rival que todos los niños soñaron: un ridículo reptil bípedo, de traje godzillesco, que asolaba los subterráneos. Maravilloso.

Y sin temor a equivocarme, debo decir que, como hoy, para mí los domingos eran de celuloide, pero en casa: “Cine Permanencia Voluntaria”, que ha contribuido tanto a mi sustento como la UNAM. Con este mosaico de películas, escogido sabiamente por un programador con tino infalible, me recargué de cine de todos los niveles: desde las cursísimas cintas de la “Sissi” de Romy Schneider, hasta la locura demencial del final de la primera “Casino Royale”, pasando por las hormigas que depredaban en “Marabunta” la plantación de Charlton Heston, hasta llegar a esa amenaza llamada Andrómeda, o a las dos orugas que le dan una lección a Godzilla cubriéndolo de espesa baba, como pasaría en un sueño erótico de Ron Jeremy. Años después, mi mamá descubriría que en los cines Estadio y Maya daban tres películas por cinco pesos, y ahí pasaría los siguientes domingos de mi vida hasta inicios de los 80. Pero mientras tanto, debo agradecer a los que programaron “Cine Permanencia Voluntaria”, por, involuntariamente, haberme educado.

Los 80, 90 y 2000
Tuve la suerte de escapar de los 70 sin haber visto “Mundo de Juguete”, sólo vi un episodio y me pareció repugnante por su sevicia deleznable: no sé porqué, a alguien le queman su vestido de primera comunión. En los 80 llegué a la adolescencia, y gracias al cielo, tuve “A toda música” y “Video rock de medianoche”. Como ya no era niño, no vi tele infantil, aunque estuve al tanto de que se desarrollaron telenovelas para chamacos, para que el proceso de idiotización empezara más temprano. Pero a finales de los 80, recuerdo una serie que no me perdí, porque me parecía sintomática: “Corre, GC, corre”.

Imaginen al gato GC jugando maratón con niños de distintas escuelas, siempre contra la Ignorancia disfrazada, cada semana, de un tópico infantil. Mientras, Ginny Hoffman hace preguntas elementales, de esas que nosotros aprendimos cuando hacíamos la tarea recortando monografías. ¿Quién ganó en la mayoría de los casos? Es obvio: la Ignorancia. Así que si quieren saber porque ahora el secretario de Educación alaba las telenovelas como vehículo de aprendizaje, recuerden que “Corre, GC, corre” ya nos había mostrado las raíces de esa pudrición cerebral, anclada en la reforma educativa delamadridista.

Como dije, no siendo niño no pude apreciar en los 90 las ventajas de ser amigo de un dinosaurio púrpura llamado “Barney”. Tampoco pude apreciar si los “Teletubbies” cerraron la década con éxito. Pero viendo a los jóvenes adultos criados bajo esas series, no soy muy optimista. Sin embargo, la única prueba es la del tiempo: después de todo, el antipático “Howdy Doody” fue la guía moral de millones de gringos babyboomers que después se convertirían en la generación más productiva de la historia estadounidense. Nosotros no lo hemos hecho tan mal con la educación ética que nos legó la “Señorita Cometa”, exceptuando el hecho de que aún consideramos la coprofilia una opción política. Y, quien sabe, quizás los niños educados por los babeantes “Teletubbies” nos den una vida de pelos cuando seamos ancianos.

Al escribir estas líneas, reflexiono que finalmente, por nuestra inevitable madurez, los adultos establecemos una relación amor-odio con la caja idiota, que nos atrae irremediablemente como la mierda a las moscas, y que sin embargo, como a esos dípteros, nos llena con un banquete. Trabajé en un programa infantil, “Estudio 7”, y sé el inmenso y ultra estresante trabajo que constituye darle a los niños segmentos interesantes a cargo de la guapísima Erica García Lau (aunque debo decir que para nosotros, interesantes significaba lograr que los escuincles no botonearan a otro canal). Pero como ustedes leyeron, también fui un niño adicto a los tubos catódicos, para él que la televisión fue una parte importantísima de su formación. Y de nueva cuenta, mientras se humedecen mis ojos, vuelo al pasado y recuerdo una encapotada tarde sentado frente a la tele de mi abuelita, mientras veo “Batman” y mi mamá me pone un plato de kremel al frente, mientras besa mi cabecita…;. ¡Verdaderamente era la gloria!

Para los que no gusten de la música en inglés, me refiero a los temas Somebody to Love y All You Need is Love de los grupos británicos Queen y Beatles, respectivamente.

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