Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

¿Computadoras confiables?

Hay un artículo muy bueno y muy claro de Richard M. Stallman, características muy difíciles de encontrar entre los programadores que suelen ser –yo soy uno de ellos, después de todo– bastante malos para explicarse ante públicos no especializados.

El artículo se llama “¿Puede confiar en su computadora?”, y aunque ha sido ampliamente difundido entre los especialistas, suele escapar al interés general aunque describe un futuro cercano donde inmensas corporaciones con la aprobación del gobierno controlarán, sin que nos demos cuenta, lo que hacemos, escribimos y leemos en nuestras computadoras.

La lucha de Stallman contra el “software privativo” (bajo licencia como Windows) comenzó en 1984, cuando creó la Fundación del Software Libre (FSF) aclarando que la palabra free no significa gratis (para él, es lícito ganar dinero distribuyendo programas, con la condición de que el código fuente esté disponible) y ese mismo año publicó el Manifiesto GNU estableciendo las cuatro libertades básicas del open source: libertad para utilizar un programa; libertad para estudiar cómo funciona y capacidad para adaptarlo a las propias necesidades; libertad para distribuir copias y, finalmente, libertad para mejorarlo y presentar dichas mejoras a la comunidad.

Para reforzar estas libertades, Stallman creó una herramienta legal, la General Public License (GPL), que sustituye el copyright por el copyleft. El software licenciado con GPL, así como los productos que se deriven de éste, no pueden convertirse en productos privativos y los códigos de programas GPL no pueden ser usados en ninguna combinación con software propietario a no ser que el nuevo software se licencie también con GPL.

Los programas de software libre pueden bajarse de la red o conseguirse en tres versiones: la alpha, para desarrolladores; la beta, para usuarios experimentados, y la estable, para usuarios finales. En la alpha se introducen las modificaciones que, una vez probadas, se incorporan a las versiones beta y estable. Como los programadores de código abierto no tienen la presión del mercado, la versión final suele presentar pocos problemas de funcionamiento.

El ejemplo más exitoso es el GNU/Linux, un sistema operativo creado en 1991 por el estudiante noruego Linus Torvald que, en agosto de 2006, según cuentas de la página http://counter.li.org, tenía 29 millones de usuarios.

Por el contrario, el software de propietario (como Windows) tiene la obligación de sacar modelos nuevos todos los años con funciones que lo hagan tentador para sus compradores y suele salir al mercado con problemas que deben ser resueltos posteriormente a través de parches. Uno de los chistes más conocidos de los últimos Windows era que “se colgaba más que una percha” y el 27 de diciembre de 2005 se descubrió un error que volvía totalmente vulnerables las versiones 98, Me, 2000, XP y 2003 server; sólo las computadoras con Mac y Linux estaban a salvo.

Los usuarios tomaron todas las precauciones posibles mientras esperaban la solución anunciada para el 10 de enero de 2006, finalmente el parche milagroso llegó el 5 de enero.

Con el creciente éxito de Linux, la barrera entre el software libre –desarrollado por comunidades de programadores voluntarios– y el software propietario creado por firmas comerciales se fue desdibujando: compañías como Red Hat distribuyeron paquetes Linux respetando las normas open source y ganando dinero a través de la prestación de servicios técnicos.

A principios de 2005, IBM anunció una inversión de 100 millones de dólares en su sistema operativo Linux. El objetivo: impulsar el uso del software abierto.

En América Latina, según un informe de La Nación (10/VII/05) titulado “Por costo y mayores facilidades de instalación, en el mercado argentino el software libre gana adeptos”, éste ocupa 20% del mercado, impulsado por pequeñas compañías que ofrecen soporte técnico mientras empresas como IBM, Hewlett Packard (HP) o SAP impulsan el uso del open source con programas propios.

Los ejecutivos de Microsoft desestimaron el avance de Linux y la tendencia open source, pero en Redmond, la ciudad natal de Microsoft, el ingeniero de la firma Vinod Valloppillil redactó un memorandum que se filtró a Internet el 31 de octubre de 1998, en el cual elogiaba “la habilidad del proyecto para reunir y aprovechar el coeficiente intelectual colectivo de miles de individuos a través de Internet”.

Valloppillil escribió que el software open source podía superar la calidad de los programas comerciales y que por eso constituía una

amenaza para Microsoft. El informe recomendaba tomar el control de la situación: estudiando los foros open source y contratando a los mejores programadores del movimiento.

¿A quién obedece mi computadora?Stallman comienza en este punto su artículo, con una pregunta que parece merecer una respuesta simple: ¿de quién debería recibir órdenes su computadora? La pregunta es simple pero la respuesta no lo es porque grandes compañías dedicadas al entretenimiento –especialmente de películas y música– unidas a Microsoft e Intel planean hacer que la computadora obedezca sus órdenes y no las nuestras.

La herramienta para hacerlo sigue siendo el software propietario donde el usuario no puede tocar el código fuente, por lo que no puede eliminar las trabas que coartan su libertad una vez que compra e instala dicho software en su computadora.

Windows, por ejemplo, dice Stallman, tiene una versión diseñada para reportar a Microsoft todo el software que tenemos en nuestro mdisco duro; mientras una de las últimas actualizaciones del Reproductor Multimedia de Windows obliga al usuario aceptar diversas restricciones si quiere instalarlo.

Es prácticamente imposible –o al menos muy difícil– eliminar estas barreras pues al estar construidos bajo código fuente cerrado –lo opuesto al open source– no se puede tocar nada: el usuario no tiene acceso al código y sólo puede verlo funcionar.

La nueva palabra de las compañías es “computación confiable”, refiriéndose a que las computadoras incluirán un dispositivo de cifrado y firma digital cuyas claves serán desconocidas para el usuario y estarán en manos de las empresas fabricantes: dicho de otra forma: los vendedores serán los que controlarán qué programas se ejecutan en nuestra computadora, qué documentos podemos abrir y cuáles no, etcétera.

Como todo esto funciona dentro un sistema que se retroalimenta: para actualizar estos nuevos programas, habrá que descargar paquetes que traerán nuevas reglas y restricciones que el usuario deberá obedecer. Si se niega, distintas funcionalidades de sus programas dejaran de aplicarse.

La idea de las compañías discográficas es usar estos mismos mecanismos de código cerrado para administrar los derechos de la música que se descarga: así, un video o tema bajado sólo podrá escucharse en una computadora y su comprador no podrá compartirlo con otros usuarios. Eso limita nuestra libertad para manejar algo por lo que pagamos; somos rehenes de la empresa que funciona como nuestro hermano mayor, decidiendo con quién nos juntamos o a quién podemos prestarle nuestras cosas, incluso cuando hemos pagado por ellas.

También existen planes para los mensajes de correo electrónico –que desaparecerán en un tiempo específico de nuestra cuenta– y documentos que sólo podrán ser leídos por una computadora determinada. Esto permitirá, por ejemplo, ocultar las prácticas ilegales de las grandes empresas. Como conjetura Stallman, si un empleado recibe un correo de su jefe diciéndole que haga algo y la cosa sale mal, una semana después, el mensaje –que seguramente no podrá ser copiado ni impreso– habrá desaparecido de la computadora sin dejar rastro y el único culpable será el empleado que no tendrá pruebas materiales que mostrar.

También, si alguien tiene en su computadora un documento con pruebas de corrupción o malos tratos, con estas nuevas limitaciones, podrá enviarlo a un periodista pero la computadora de éste se negará a leerlo.

La “computación traidora” se transforma en un paraíso para la corrupción, resalta Stallman, pues la información quedará en manos de unos pocos elegidos que seleccionarán quién puede leer tal o cual cosa.

De esta manera, un grupo de empresas del entretenimiento en combinación con gigantes de la informática y bajo el visto bueno del gobierno podrá censurar cualquier versión alternativa de la realidad, simplemente escribiendo dentro del código fuente de sus programas: una caja negra a la que sólo tendrá acceso personal autorizado de la empresa.

Una opción: Linux

La única respuesta ante este avasallamiento a la libertad es evitar el software tipo Windows y programas como Word o Excel, donde uno no sabe qué sucede con la información que introduce. La mejor solución es usar sistemas operativos como Linux, donde uno puede elegir la versión que le convenga, sin aceptar restricciones por parte del creador, con la ventaja adicional de conocer qué sucede con la información que introducimos en él.

Según Stallman, una nueva ofensiva contra Linux incluirá que el sistema operativo que se instale en la máquina esté autorizado por una compañía particular, impidiendo que estos sistemas sean instalados.

Mientras tanto, los gobiernos van cambiando de sistemas operativos. En su número de mayo de 2003, The Economist contó cómo la ciudad alemana de Munich pasó sus 14 mil computadoras de Windows a Linux y el director ejecutivo de Microsoft interrumpió sus vacaciones para ofrecerles ventajas adicionales con tal de que mantuvieran el sistema operativo en sus máquinas. “Lo que es más preocupante para Microsoft –dice The Economist– es que Munich no está sola en esa visión. A lo ancho del globo, muchos gobiernos están volcándose hacia el software de código abierto que, contrariamente al software propietario, permite a los usuarios inspeccionar, modificar y distribuir libremente sus programas. Cantidades de gobiernos nacionales y locales han elaborado legislación en la que se reclama preferencia para el software libre”

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