José Luis Peralta

Comisionado de la Cofetel.

Cofetel apuesta en capital humano

“Si el conocimiento es un factor de producción fundamental, el fomento de los procesos implicados en su generación y difusión se convierte, por tanto, en uno de los protagonistas de las actuales estrategias de desarrollo económico…”

El tono pausado y la exposición condicionada que la Agencia Española de Cooperación Internacional inyecta a la cita anterior indican que al conceptualizar el desarrollo económico y sus componentes conviene reflexionar con detenimiento sobre los objetivos a lograr y los pasos necesarios para alcanzarlos. En efecto, en el tema del crecimiento y la consolidación productiva son muchos los caminos que se han sugerido, tantas las recetas que se han utilizado, que parece necesario atender de comienzo las mismas bases y dinámicas que caracterizan a la economía, para después proceder a identificar las estrategias y acciones concretas que pueden fortalecerlas.

Al asumir la recomendación española surge una primera inquietud. Hasta no hace mucho, los pilares de la expansión económica reconocidos ampliamente eran el capital y el trabajo, y todos los países perseguían con ahínco aprovisionarse de cualquiera de ellos, convencidos de que así el segundo llegaría casi de inmediato y quizá con un menor esfuerzo. La combinación virtuosa y siempre incremental de los dos componentes fundamentales era la base estratégica para estructurar la producción, la circulación y el mismo consumo de los bienes y servicios que demandaba la sociedad. Con capital suficiente podían montarse las grandes cadenas productivas que caracterizaron a las industrias manufactureras y de transformación, propias del siglo XX. La fuerza de trabajo capacitada, preparada en las disciplinas científicas y técnicas, permitía a su vez que la maquinaria funcionara y generara las utilidades y provechos adjuntos. El Estado garantizaba este acontecer y mediaba entre los dos factores productivos para lograr la estabilidad político-institucional necesaria para abonar el desarrollo económico. A partir de esta configuración socioeconómica, en los 50 y 60 el sistema productivo logró un gran equilibrio y estabilidad. Los bienes generados eran los mismos porque los mercados nacionales comenzaban a integrarse y el comercio internacional cobraba cada vez mayor importancia. El consumo tenía permanencia y adoptaba los cambios con lentitud. En general el diseño de las mercancías producidas era estándar, y en los equipos e instalaciones requeridas para su fabricación y distribución igual prevalecía una organización formal, que claramente establecía las funciones de cada actor productivo, y con éxito se negociaban las condiciones laborales de la fuerza de trabajo para garantizar la continuidad del sistema.

La reflexión de la agencia española cuestiona la lógica anterior y altera sus principios. Introduce un tercer elemento que, afirma sin desvíos, se ha vuelto estelar en la dinámica económica de hoy. El conocimiento, su producción y distribución, el capital humano que lo genera y acumula, vienen a transformar la secuencia productiva porque intervienen en cada fase del ciclo y enriquecen su desarrollo.

Si se pone atención en el universo de bienes y servicios que hoy se generan, surgen evidencias que efectivamente soportan tales premisas. Quizá uno de los ejemplos insignia de ello sea justo el teléfono móvil. La funcionalidad que en la actualidad le permite ofrecer aplicaciones agregadas a la transmisión de voz -hoy, ¿cuántos de nosotros compramos un teléfono únicamente para hablar?- se asienta en el software que soporta y permite el uso de todas las aplicaciones emergentes. Con base en programas cada vez más sofisticados, de gran complejidad técnica, se producen dispositivos telefónicos cada vez con una mayor especialización que, paradójicamente, son más baratos que los menos avanzados. En la manufactura del dispositivo resulta sustantiva la contribución del conocimiento, que el experto programador aporta para que la innovación de los teléfonos no se detenga, se perfeccione y profundice, y cada vez pueda incluir más servicios. Así, cálculos conservadores indican que por lo menos 78% del valor agregado de los equipos telefónicos móviles se constituye por los servicios incorporados de software.

Así, pues, queda de manifiesto que el conocimiento es el principal insumo de generación de valor en la nueva economía y que aquellas organizaciones que lo sepan atraer y retener serán las más exitosas.

La Cofetel no puede estar exenta de esta nueva realidad, el conocimiento y la experiencia que se acumulan en el capital humano de la organización es lo que nos permitirá generar un entorno regulatorio idóneo para que la sociedad obtenga el mayor beneficio posible de los sistemas y de las aplicaciones a su alcance.

Con esta contribución se reconoce que independientemente de lo que pueda estar escrito en un manual de organización, en un reglamento o en un libro, el factor más importante en la conformación de nuestra institución es el conocimiento tácito con el que cada uno de los servidores públicos que trabajan en Cofetel ha contribuido, incluyendo aquellos que han dejado la institución en busca de nuevos retos profesionales. Sin duda alguna todos han sido fundamentales para que hoy la Cofetel cuente con las bases para transitar hacia un sector más competitivo.

Los análisis históricos del desarrollo económico1 indican que la injerencia del conocimiento en la producción social es un proceso de larga data, con raíces profundas y muy arraigadas. Desde el siglo XIX, los economistas clásicos ya reconocían en efecto la importancia del conocimiento para el sistema económico. Ya en los 40 se establece que el manejo de la economía de cualquier país debía estructurarse en el uso del conocimiento, por lo cual el sistema productivo más eficiente sería aquel que lograra su aprovechamiento pleno. En esta línea argumental se establecía una primera distinción del conocimiento: aquel que se clasificaba como científico, que no obstante su importancia representaba sólo una parte del total disponible; y el conocimiento no organizado, que generaba todo el conjunto social en tiempos y circunstancias distintas.

En los 50 surgen otras explicaciones académicas que ya enfatizan la importancia estratégica de considerar que el individuo posee un conocimiento natural que puede aprovecharse en la dinámica económica. El progreso material, señala por ejemplo Solow, se expresa en “niveles de trabajo calificado, es decir, en conocimiento”. Esta interpretación encuentra en la fórmula aprender haciendo, aprendizaje en acción, la premisa necesaria para resaltar que el conocimiento tiene un carácter acumulativo, cuya dinámica se centra en la experiencia individual y el aprendizaje ya no sólo curricular sino práctico, enraizado en el ejercicio laboral y la experiencia profesional. “Es evidente que la gente adquiere conocimientos y habilidades útiles, afirma Schultz a principios de los 60, y que este capital es una parte sustancial de la inversión productiva. El capital humano ha crecido en las sociedades occidentales, y puede explicar el creciente producto nacional y la superioridad productiva de los países tecnológicamente más avanzados…” (Citado en Rodríguez, 2009:30).

La relación que se establece entre la adquisición de conocimientos y de habilidades y la generación de riqueza permanece hasta nuestros días. Hoy se considera que la preparación académica representa un vector para el crecimiento que se complementa con las facultades innatas a la naturaleza humana y a sus capacidades como sujeto pensante. Polanyi abona en esa distinción y diferencia dos tipos de conocimiento: el tácito y el explícito. El primero es producto de las habilidades, de la experiencia humana y de sus facultades, y sobre todo se caracteriza por la dificultad para ser explicado o transmitido, ya que simplemente se posee como cualidad del individuo. El conocimiento explícito o codificado, a contraparte, es aquel basado en leyes y principios científicos que puede reproducirse y distribuirse con facilidad, como la curricula universitaria o las instrucciones de un manual de operación de una computadora. Según este autor, la combinación virtuosa de ambas modalidades de conocimiento permite tanto conocer y evaluar al mundo que nos rodea, como influir y actuar en su transformación mediante el trabajo y la actividad humana.

El desarrollo económico y sus requerimientos de personal han derivado en la aplicación intensiva del conocimiento tácito y explícito en la producción. Si, como se ha señalado, esta relación coadyuvó en la evolución de los procesos de fabricación masiva de mercancías hasta los 70; al agotarse la funcionalidad de estos esquemas en años posteriores se les desplaza y entran al relevo otros conceptos de organización y de estructura industrial que han demandado la renovación de la preparación y capacitación de los recursos humanos protagonistas. Ahora se busca contrarrestar la homogenización productiva de antaño con una especialización flexible, que se adapte con facilidad a los súbitos cambios en la composición del consumo y en las oportunidades de negocio. A la mercancía estándar que se vendía en el mercado mundial ha seguido el producto diferenciado, que se genera en pequeños lotes y con diseño y distintivos propios, desarrollados en ocasiones a la medida.

La aparición y el sostenido avance tecnológico de los primeros dispositivos microelectrónicos para el tratamiento de la información han sido el elemento ideal para apoyar la flexibilidad del nuevo esquema productivo porque facilitan la rápida sistematización de datos y la obtención de resultados en tiempos cada vez más reducidos, y con ello se logra un mayor control del proceso y la retroalimentación necesaria que permite revalidarlo o corregirlo. La aplicación de los sistemas de información en las plataformas productivas coadyuvó a supervisar sus procesos en tiempo real y después a automatizar la manufactura para generar líneas de producción versátiles, que con la programación adecuada pueden cambiar su estructura y confeccionar bienes distintos sin grandes inversiones en equipos y montajes productivos. Ante tal flexibilidad, la innovación y el valor agregado han sido los elementos básicos para competir, porque la sociedad renueva constantemente sus patrones de consumo y urge satisfacerlos con una producción reanimada, que se adapte con facilidad al requerimiento que surge y lo satisfaga en el corto plazo.

El nuevo entorno productivo demanda entonces otras capacidades laborales al individuo. Si antes debía instruirse en las disciplinas involucradas en la producción, ahora es preciso que optimice esa formación y además debe ser capaz de aplicar el conocimiento codificado, aprovechar la experiencia generada por ese hecho y obtener de ello un conocimiento único, acumulado y reorganizado, que nunca será igual al de otro trabajador porque se ha forjado en la experiencia individual y es fruto de la destreza que cada persona posee como cualidad natural. Lograr la innovación productiva que efectivamente genera excedente económico demuestra, pues, no sólo que el conocimiento codificado ha logrado aplicarse con éxito en la producción, sino también que se ha acumulado el conocimiento tácito suficiente para redondear el ciclo productivo, y para renovarlo en forma permanente mediante una praxis laboral única, que otorga continuidad al esfuerzo económico y sustenta el crecimiento y la rentabilidad del sistema en su conjunto.

En resumen, el recurso humano de hoy no sólo se prepara en las universidades y centros de enseñanza tradicionales, sino igual debe capacitarse en la llamada universidad extendida (Elizalde, 2001), que considera la experiencia in situ que se obtiene en las fábricas; en las oficinas, en los laboratorios y lugares de trabajo en general; en las relaciones con sus usuarios y clientes, y¡ en la vida social misma, ya que cualquier lugar resulta adecuado para conjuntar nuevo conocimiento tácito que sea susceptible de integrarse a la cadena productiva y de revolucionar sus estructuras y procedimientos. Esta última condición remite entonces a todo un contexto de innovación, a un entorno socioeconómico y políticojurídico donde cada vector se aplica al mismo propósito de concebir y organizar conocimiento productivo, y de hacerlo evolucionar cuando ya se le conoce y maneja para profundizar su utilidad. Estos elementos son entonces imprescindibles para lograr el crecimiento económico en nuestros días.

Las premisas y consideraciones anteriores igual son esenciales para el suministro de los servicios de telecomunicaciones y, en el caso de Cofetel, para el diseño e implementación de regulación adecuada que beneficie a la sociedad en su conjunto. A la evidente preparación académica y curricular del capital humano que se requiere para impulsar las actividades de investigación, desarrollo e innovación (I D i) necesarias para solventar el avance tecnológico y el perfeccionamiento técnico del sector, corresponde un reservorio de habilidades, capacidades, e incluso facultades intuitivas a aportar por los recursos humanos dedicados, que complementa el esfuerzo productivo e indica los cambios y mejoras que pueden introducirse en la secuencia productiva para efectivamente innovar los productos y los procesos.

Para el órgano regulador las exigencias en el recurso humano no son diferentes. En la operación rutinaria de cualquier autoridad regulatoria en telecomunicaciones se privilegia la necesidad de disponer de conocimiento explícito en disciplinas técnicas y sociales para dotarse de un enfoque multidisciplinario que enriquezca su desempeño cotidiano. Si bien existen campos de conocimientos íntimamente relacionados con la operación del sector como la economía, el derecho o la ingeniería, el impacto generalizado de las TIC en todo el conjunto social obliga a considerar los puntos de vista y la conceptualización de distintas disciplinas como la sociología o la cultura.

Además de contar con personal preparado en lo académico y con altos niveles de conocimiento científico en sus áreas de especialización, emerge asimismo la necesidad de disponer de capital humano con habilidad y facultades para actualizar los esquemas de gestión del conocimiento, para sumar y potenciar la capacidad intelectual de todos los trabajadores disponibles, y para materializar sus saberes y habilidades para generar las resoluciones y acuerdos administrativos del caso y hacerlo con la solidez, oportunidad y velocidad que reclama la actividad regulatoria. Este requerimiento manifiesto en todos los niveles y componentes profesionales del regulador viene a ser un vector decisivo para configurar una actuación eficiente en el ejercicio de la función, y con ello corresponder a las demandas de la ciudadanía, destinatario último y razón de ser de la propia institución. Así, pues, tanto en el conocimiento formal como en los distintos frentes del conocimiento tácito, el regulador debe aprovisionarse a suficiencia.

Todos los antecedentes señalados son importantes para considerar la situación y desarrollo de los trabajadores del órgano regulador mexicano. En efecto, al contextualizar su desempeño operativo en el escenario descrito, la Cofetel se encuentra sujeta al requerimiento imperioso de contar con recursos humanos preparados. Por su parte, la especialización sectorial que por necesidad debe cumplir el personal dedicado torna más difícil la selección y el reclutamiento de trabajadores. No sólo se requiere a un abogado, ingeniero o economista bien instruido en sus disciplinas de origen; es imprescindible que en el corto plazo cada quien pueda contribuir en la aplicación de los principios legales a las telecomunicaciones, en la definición de los costos en que incurre una red por terminar tráfico de telecomunicaciones, o bien en proponer las soluciones técnicas que habrán de observarse en un desacuerdo de interconexión.

El paso entre la preparación académica y la contribución profesional no queda asegurado contratando al recién egresado de las instituciones de educación superior, y todos los profesionales que laboran en el organismo debemos estar sujetos a una actualización constante, pero sobre todo debemos ser receptivos para aplicar nuestras habilidades personales para adquirir el conocimiento que no se enseña en la escuela o en los libros, el que solamente nos pueden transferir nuestros compañeros de trabajo y que es resultado de muchos años de experiencia en el sector, que cada vez es más compleja porque cada vez es más complejo el sujeto de regulación.

En materia laboral, el origen de la Comisión es ilustrativo. Los cuadros básicos que iniciaron la experiencia regulatoria en telecomunicaciones provenían en su mayor parte de las pocas empresas que ya operaban en el medio, y de las estructuras de gobierno que desde 1942, con la formación de la Dirección General de Telecomunicaciones, se dedicaban al diseño, implementación, cobro y mantenimiento de los servicios de telecomunicaciones, entonces monopolio de Estado. Con el tiempo, la desagregación de estas funciones generó unidades administrativas específicas que se enfocaban a trabajar y regular temas concretos de las telecomunicaciones. Como organismos dependientes del sector central surgieron entre otros la Escuela Nacional de Telecomunicaciones -encargada por mucho tiempo de las funciones de capacitación tanto en materias técnicas como en la administración y política del sector- y el Instituto Mexicano de Comunicaciones, que por ocho años realizó actividades de coordinación en investigación y desarrollo con instituciones terceras. El IMC tuvo también una labor destacada en la formación de recursos humanos para las telecomunicaciones. Uno de los temas que exploró a profundidad fue la normalización en telecomunicaciones, y hasta 1998 dispuso de nueve laboratorios de pruebas para equipos terminales; de radiocomunicación y comunicación alámbrica, y para el análisis y evaluación técnica de los componentes de las primeras redes de telecomunicaciones, segmento que apenas debutaba en el mercado nacional. La existencia del IMC ha sido decisiva en la preparación de muchos de nosotros. En lo personal, representó mi primer acercamiento formal con las telecomunicaciones y todo el entorno conceptual que implican y el cual también enriquecen.

La praxis profesional que lograron los recursos humanos adscritos en las instituciones estatales de suministro y regulación de las telecomunicaciones fue un elemento decisivo en la conformación inicial de la Cofetel. En el nuevo organismo confluyeron en efecto los trabajadores empleados entonces en las Direcciones Generales de Administración del Espectro; de Política de las Telecomunicaciones y del propio IMC, cuyos recursos financieros, humanos y materiales se integraron al patrimonio de la unidad administrativa emergente. Al conjuntarse no fue fácil atender las atribuciones y facultades que recién se habían adquirido. La regulación del sector era un tema que apenas emergía a nivel continental y la capacitación para entender todas sus aristas era tarea difícil porque no se tenían antecedentes ni referencias suficientes. La práctica fue entonces la mejor escuela, la instancia de excelencia para conocer y precisar la temática asociada que apenas nacía. No fue fácil atender todas las tareas que surgían, pero la voluntad de aprender en mucho ayudaba a contrarrestar esas dificultades laborales.

Al asimilar a los recursos humanos capacitados ya en las materias propias del sector de las telecomunicaciones se acortó la curva de aprendizaje imprescindible para operar la temática que germinaba. El uso y aprovechamiento del conocimiento acumulado y de la experiencia profesional del personal por parte del organismo permitió su capitalización inmediata, y al disponerse de esos recursos fue claro el potencial que tenían de generar nuevo conocimiento. Ello produjo un efecto positivo sobre la base laboral en su conjunto, ya que todos pudieron capitalizar el acervo de conocimientos ya integrado y el que constantemente se producía.

Bajo esta perspectiva es imprescindible suponer que la Cofetel fomente y procure que el personal humano que ha crecido en forma paralela con la institución permanezca en la misma y perfeccione y profesionalice sus conocimientos. Cabe enfatizar que nuestra institución es lo que es por el personal que ha participado en su conformación institucional, y en este sentido siempre será de lamentarse que se prescinda de colaboradores que por mucho tiempo han prestado sus servicios con profesionalismo y dedicación. El conocimiento que se llevan sin duda nos faltará en algún momento. El desinterés, o simplemente no privilegiar la experiencia que el personal acumula, castiga a la propia institución y retrasa el desarrollo y la investigación en los nuevos modelos y retos regulatorios. El conocimiento se construye por la acumulación de experiencias. Este ingrediente es clave para el fomento de nuevo conocimiento, es proceso intelectual de retroalimentación constante y progresiva.

La Comisión, en un sentido ajeno al formalismo, es de algún modo la suma de las personas que han dejado valiosas aportaciones durante su estancia desde distintos puestos y funciones. Con ellos se ha gestado una relación de enriquecimiento mutuo, del cual se evoluciona al sentido de pertenencia e identidad. Para el Estado en su integridad, la formación de cuadros con perfiles específicos y acordes con la función particular que se necesita en cada una de las actividades que realiza representa un gran esfuerzo en recursos materiales y temporales. No sólo en la Cofetel, lo mismo podría pensarse para el resto de la administración pública, federal o local, inclusive, para otros entes y órganos de derecho público. Se trata de una preparación acumulativa de experiencias que contribuye a definir la dirección, el curso de acción que pondere la viabilidad de los objetivos y establezca la ruta para su ejecución.

El desarrollo y formación de cuadros con alto potencial debe ser una apuesta de Cofetel. Para ello debe tomar en consideración que la experiencia lograda por el desempeño de una actividad como la regulación es básica porque las condiciones del sector cambian constantemente y todavía no se encuentran lo suficientemente desarrolladas. Muestra de ello son las perspectivas y prospectivas que los involucrados exponen de forma muy diferenciada. Es decir, se trata de una materia que hoy se encuentra en construcción, y por lo mismo, la experiencia ganada adquiere un potencial valiosísimo en la medida que nos permite crecer en conjunto y encontrar propuestas viables, sostenidas en conocimientos ya probados. La curva de aprendizaje en nuestro tema es costosa y no es sencillo superarla. No se trabaja en un campo ya labrado, y el regulador debe contar con cimientos humanos que se ajusten a los cambios innovadores de nuestro sector. Contar con personas que conozcan los antecedentes y desarrollos implica ya una elección entre lo que ha funcionado y lo que todavía debe prepararse mejor. Y esta decisión no se logra sólo con estudios académicos.

La conservación del personal experimentado permitiría a la Comisión intensificar la vinculación con sus destinatarios, desde los operadores hasta los usuarios finales. Es evidente que la ciudadanía requiere de una autoridad reguladora enfocada a la atención de sus necesidades en forma oportuna, eficiente y de calidad, y que sea acorde a las exigencias de las necesidades sociales. El personal de una institución representa la estructura que brinda continuidad y armonía a las políticas

que se pretenden emprender. La justa apreciación de la carrera y experiencia permite a una institución atraer, retener y formar servidores profesionales.

Las reflexiones que se han presentado se nutren de la buena fe y el optimismo que me han acompañado a lo largo de mi desempeño como profesionista y miembro de la Cofetel. Deseo lo mejor para mi institución. Y lo mejor habrá de llegar con los recursos humanos que hoy la constituyen y mañana habrá de fortalecerla, ello sin dejar de reconocer que como individuos, cada uno de quienes ya dejaron la institución serán irremplazables por su experiencia acumulada

Bibliografía

Agencia Española de Cooperación Internacional (2007). Ciencia, Tecnología y Desarrollo. Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

Polanyi, M. (1983). The Tacit Dimmension. Massachusetts, Editorial Gloucester.

Rodríguez Vargas, J. (2009). “El nuevo capitalismo en la literatura económica y el debate actual”. Dabat, A. et Rodriguez, J (Coordinadores).

Globalización, conocimiento y desarrollo. México, UNAMPorrúa

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