Cinque Terre

Sergio Octavio Contreras

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Doctor en Ciencia Política. Comunicólogo y master en sociedad de la información por la @UOCuniversitat. Profesor universitario. Consultor y conferencista en redes sociodigitales. Twitter: @Ciberpensador

Claroscuros de la red

Fotografía / MLT

Hoy en día es fácil darnos cuenta que Internet ha cambiado nuestra vida y gran parte del entorno material que nos rodea. Actualmente podemos realizar actividades que antes de la existencia de la red resultaban imposibles, o bien implicaban el uso de grandes recursos. Desde casi cualquier lugar con disponibilidad tecnológica y conexión a Internet se puede comprar ropa en línea, conocer el pronóstico del tiempo, consultar los estados bancarios, descargar libros, pagar impuestos, comunicarnos casi instantáneamente con otras personas, reproducir música, “participar” en actividades políticas, leer el periódico, atender los espacios personales de comunicación, etcétera. Estos cambios que nos parecen imperceptibles han dividido las opiniones respecto a los efectos de las redes sobre la sociedad. Algunos de estos impactos son concebidos como benéficos para la humanidad, y otros, en cambio, son vistos como aspectos negativos.

Desde las ciencias sociales se considera la información y la comunicación como factores fundamentales para la organización colectiva. Las sociedades contemporáneas se estructuran en redes –financiera, informática, política, productiva, de transporte, etcétera– que les permite a los seres humanos disminuir la complejidad social y llevar a cabo las metas programadas por las organizaciones. Una de estas redes, la red de comunicación, se ha convertido en las últimas décadas en un importante objeto de estudio para tratar de comprender la relación de la nueva tecnología con lo social. Algunas indagaciones llegaron a la conclusión de que tales cambios son parte de procesos culturales planetarios, económicos y políticos. Estos procesos han erosionando la hegemonía que ostentaban las instituciones clásicas del poder, lo que Hall (1981) y Triadins (1983) llaman la pérdida de la centralidad en las organizaciones. En este sentido las imágenes, las noticias, el arte, los deportes, las preferencias musicales, la publicidad, el cine, las historietas, las ideologías, etcétera, están condicionados –de cierta manera– por decisiones derivadas de estructuras capitalistas planetarias.

En uno de los estudios más difundidos sobre el impacto de internet como modo de comunicación sobre lo social, Wellman y Haythornthwaite (2003) registraron una gran cantidad de casos en tres áreas de la vida: la escuela, el trabajo y el hogar. Encontraron que a través de Internet, las personas se han vuelto flexibles –por ejemplo, pueden trabajar desde el hogar y al mismo tiempo cuidar a los hijos– y es posible conectarse con los demás de otros modos –cambia la manera en que se comunican los padres con sus hijos, la relación de las familias con sus vecinos, las amistades cercanas y lejanas, el compañerismo en el trabajo, etcétera–. Las prácticas que emergen de la disposición tecnológica son posibles porque las personas comparten un lenguaje común. Es por esto que a diferencia de los medios de difusión tradicionales, las tecnologías de la información y la comunicación dan la posibilidad a las personas de abandonar su rol pasivo como receptores de contenidos y construir sus propios mensajes (Zanoni, 2008). Tal vez el ejemplo más claro son los nuevos hábitos en las redes sociodigitales: los cibernautas gozan de un amplio margen de libertad para informarse y ejercer su derecho a la expresión. Si antes las personas prendían el televisor al momento de despertar para ver el noticiario, ahora consultan su teléfono para ver nuevas notificaciones.

Otros estudios sobre los nuevos modos de comunicación abordan esa obsesiva idea de separar lo real de lo virtual, aunque ambos conceptos no son opuestos. Es decir, lo virtual no representa la ausencia de lo real, sino una posibilidad de que aquello que no es real pueda convertirse en realidad algún día. En Canadá se realizó un experimento que demostró la forma en que la actividad online refleja comportamientos en el mundo real. Mediante perfiles falsos, se enviaron 5 mil 620 emails a renteros para preguntar sobre lugares que se alquilaban en Toronto. Los perfiles mostraban la imagen de personas de origen blanco, negro, asiático, árabe y judío. El estudio demostró una elevada discriminación contra hombres con nombres musulmanes, en segundo lugar, hombres de origen afroamericano y en tercero, mujeres árabes (Hogan y Berry, 2011). El estudio expuso algunos mecanismos que utilizan las personas para condicionar su comportamiento en la vida real a partir de la percepción que pueden tener de la vida en línea. Los autores del estudio concluyeron que si bien la comunicación a través de Internet, los videos y los mensajes son virtuales, no debe tomarse a la ligera, pues es un hecho comprobado que la virtualidad puede llegar a tener efectos sobre la conducta real de las personas cuando tal conducta es trasladada a la acción cotidiana.

Fotografía / MLT

Claroscuros

Toda nueva tecnología atraviesa un proceso social de aceptación y rechazo. En el caso de la nueva tecnología de la comunicación, existen posturas encontradas que transparentan este proceso. Para algunos optimistas, la red mejoró la economía de millones de personas, democratizó los sistemas políticos, dio mayores libertades, facilitó el acceso al conocimiento, etcétera. En este sentido diversos autores coinciden en que las nuevas tecnologías fortalecen el fenómeno de la globalización pues facilitan las relaciones entre diversos actores, como empresas, gobiernos y organizaciones civiles (Singh, 2009). Las redes también mejoran las políticas de los países mediante el reconocimiento de normas internacionales y la creación de políticas públicas para promover el desarrollo de tecnología para consumo interno (Donahue, 2011). En las sociedades conectadas a las redes electrónicas, la tecnología es importante para vincular a las personas con otras personas por encima de las fronteras: Internet derrumbó los muros simbólicos que dividían la comunicación entre los habitantes de los países. Las interacciones entre las nuevas y viejas generaciones cada vez están más mediadas por los artefactos (Appadurai, 2001). Las personas pueden estar aquí y allá al mismo tiempo: salir de lo local para formar parte de lo global. En la sociedad hiperconectada todos podemos estar interconectados a nivel mundial con nuestros semejantes. En la globalización o glocalidad –como la concibe Robertson (2000)– hay un intercambio de bienes políticos, sociales, culturales y comunicativos. En las redes tal acción funciona a través de la comunicación, lo que García (2004, 2007) llama “intercambio intercultural”. El carácter global que imprime Internet a lo social, es sin duda una de las características que identifican a nuestros tiempos.

Uno de los principales argumentos a favor de la nueva tecnología es su horizontalidad. Con Internet los usuarios son capaces de establecer comunicación con otros usuarios, de relacionarse con múltiples comunidades a las cuales no pertenecen, de mantener lazos locales o bien distantes, pueden unirse fuera de línea con las personas con quienes interactúan en línea y organizarse con otros para la realización de alguna actividad. Un estudio sobre el contacto y la interacción en la red se llevó a cabo en EU. El análisis efectuado a una red de 235 empleados concluyó que las relaciones en las redes se condicionan por varios factores que no son percibidos a simple vista por los miembros de dicha red. Uno de estos factores es si las personas se conocen o no. Es decir, si las personas se conocen físicamente la relación es más sólida que si sólo se conocen virtualmente. También descubrieron que las relaciones entre tres personas tienden a ser más estables que las relaciones con otras estructuras: dos, cuatro o cinco personas. De hecho las relaciones entre dos personas son las más frágiles: una diferencia entre alguna de las partes puede romper la relación. En las redes dichas relaciones son estrechas cuando hay pocas conexiones a otras redes. Las redes con menos miembros son más estables y durables. Pero cuando las redes son abiertas –es decir, tienen muchas amistades transversales– existe poco capital que las cohesione (Hogan, Ellison, Lampec y Vital, 2014). Alguien que tiene 5 mil amigos en Facebook por lo general no interactúa con la mayoría, incluso a muchos no los conoce y eliminarlos de la lista no será una decisión que le quite el sueño.

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Otros estudios concluyeron que las redes tienen el potencial para conectar a las personas con desconocidos (Sheldon, 2008). En la mayoría de los países occidentales, en especial en EU y en América Latina, los usuarios de las redes sociales suelen tener cientos o miles de contactos, pero en realidad sólo se conoce físicamente a una minoría. La investigación concluyó que la amistad en línea es practicada sólo “porque el amigo virtual es amigo de algún amigo mío real”. Añado o bien acepto a alguien como amigo por el siempre hecho de que tiene amigos en común conmigo. También se descubrió que la vinculación con desconocidos permite a los internautas crear círculos de relaciones donde se desarrolla la identidad y la diferencia con los otros. Estos círculos son en realidad casi imposibles de cohesionar en la vida real, más no en la virtualidad. Esto es debido al rápido crecimiento y la difusión de las telecomunicaciones y los sistemas informáticos que individualizó la comunicación interpersonal y la autonomía personal (Rainie y Wellman, 2012). Los investigadores descubrieron que en las redes sociales las identidades reales pueden convertirse en identidades ajenas a la realidad. Cualquier persona puede crear un perfil que no concuerde con su apariencia física, incluso los internautas pueden cambiar de sexo o convertirse en simples ideas que viven en el ciberespacio.

También como factor positivo está en el hecho de que las prácticas comunicativas predominantes en las redes son determinadas en gran medida por las prácticas que realizan las nuevas generaciones. La Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) desarrolló en 2012 un modelo para cuantificar a la población nativa digital: jóvenes entre 15 y 24 años de edad con cinco o más años de experiencia en redes. El nativo digital se define –según una discutida teoría de Prensky (2001)– como aquella persona nacida después de 1993 y que tiene facilidad para adaptarse y utilizar la nueva tecnología. El estudio de la UIT reveló que poco más del 30% de los jóvenes que habitan el planeta son nativos digitales. Este sector se mantiene conectado casi dos veces más que el resto de la población mundial. Islandia, Nueva Zelanda, República de Corea y EU, concentran el mayor número de nativos digitales. En países en desarrollo, el promedio de la población nativa digital es del 4.2%. La investigación también arrojó diferencias en el acceso a las tecnologías, principalmente por factores económicos: en Europa, el 79% de los jóvenes son nativos digitales, mientras que en África sólo es el 9.2%. El estudio concluyó que las prácticas globales de la red están determinadas en gran medida por el grupo poblacional que tiene la mayor conectividad. Por ejemplo, el uso de memes o selfies provienen de lenguajes que por primera vez en la historia de las tecnologías de la comunicación no es determinado por la cultura de los adultos.

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Sin embargo, no todas las visiones son positivas: es posible que la libertad del usuario para decidir sobre los fines de la nueva tecnología tenga consecuencias desfavorables tanto para la persona como para la colectividad. Por ejemplo, si bien las nuevas tecnologías desarrollan interculturalidad, también pueden promover el individualismo, la subjetividad del conocimiento y la evasión de la realidad. Hoy en día el conocimiento formal atraviesa por una profunda crisis, existe un claro enfrentamiento entre la cultura de la escuela y la cultura de los jóvenes. En lo global germina una cultura caracterizada por el hiperconsumismo de objetos, la unificación de gustos y el predominio del individualismo sobre lo social (Lipovetsky, 2003). Sobre el consumo expandido por la tecnología, Hall (2010) destaca la existencia de un sistema hegemónico de mensajes e imágenes de bienes y servicios para las audiencias. Los consumidores de la globalización y los usuarios de las redes padecen de nerviosismo e histeria, tienden a la autoexplotación laboral y siguen las reglas del rendimiento (Han, 2012). Esta forma de vida tiene repercusiones sobre la mente: la percepción del individuo es fragmentada y dispersa, mientras su actividad se orienta por una atención multitasking, es decir, multitareas. Internet y las innovaciones permiten lo que señala Han: la mente y el cuerpo se ocupan de múltiples tareas que se realizan al mismo tiempo. Esto es comprobable al observar a un estudiante realizar su tarea mientras ve una película, envía mensajes y actualiza su perfil en Facebook.

Otro aspecto considerado negativo es el anonimato, que si bien dota de cierta seguridad a la identidad del internauta también puede convertirse en un mecanismo para dañar a otros. En 2013, los académicos Buckels, Trapnell y Paulhus, aplicaron una encuesta a 418 visitantes de la página web www.mturk.com con el fin de conocer las prácticas que tienen las personas que asumen un rol falso en Internet para difundir mensajes provocadores y destructivos contra otros usuarios. La identidad de dichos usuarios conocida en la jerga informática como trolls, reveló que los individuos tienden a asumir actitudes maquiavélicas, narcisistas, sicópatas y sádicas solamente por diversión. En la vida real los trolls no se comportan como trolls, sino que asumen el papel real que desempeñan en sus vidas diarias.

Investigaciones recientes descubrieron que el hábito de publicar información privada en las redes puede estar relacionada con desequilibrios emocionales. De acuerdo a una investigación realizada en la Universidad Juan Pablo II, de Polonia, donde participaron 887 personas, existe una relación entre el número de revelaciones personales en las redes sociales y el nivel de sensación de soledad de los individuos (Blachinio, Przepiork, Balakier y Boruch, 2016). A través de un análisis comparativo entre el nivel de privacidad en Facebook y la escala de soledad, los estudiosos descubrieron que las personas dan a conocer más datos personales cuando sienten mayor soledad. Los hallazgos también demostraron que las personas jóvenes son menos precavidas en la protección de sus datos personales. Entre más edad tiene el internauta, menos datos personales difunde. En cuanto a los cibernautas jóvenes, otro estudio realizado por Croom, Gross, Rosen y Rosen (2016), consistió en presentar a 4 mil estudiantes de secundaria una lista de amigos que tenían en Facebook, sin mostrarles la fotografía. Sólo fueron reconocidos el 72% de los nombres de los “amigos”. Una investigación similar se desarrolló simultáneamente en EU y Alemania (Lönngvist y Deters, 2016): una encuesta demostró que las personas que tienen más “amigos” en dicha red social se sienten más queridas y valoradas. Tales investigaciones ponen énfasis en los estados psíquicos de los usuarios por encima de las estructuras racionales: parte de las prácticas en línea están supeditadas a la forma en cómo se “sienten” las personas a la hora de publicar contenidos.

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Algunos teóricos sostienen que las transformaciones tecnológicas también están modificando las identidades sociales y nacionales (Cucchetti y Mallimaci, 2011). Bajo esta perspectiva, lo planetario –por ejemplo las grandes agencias de noticias internacionales– tiene repercusión sobre las condiciones comunitarias. En la sociedad conectada a las redes lo local puede convertirse en un asunto global aunque desde lo global se defina el destino de la vida de millones de personas. Cucchetti y Mallimaci descubrieron que las comunidades rurales son propensas a sufrir variaciones en sus costumbres debido a la integración de contenidos culturales provenientes de otros contextos. Las nuevas tecnologías y los medios de difusión son portadores de dichos contenidos. Lo global es incluyente, pero también excluyente. El empleo y la riqueza individual no son iguales para todos, como tampoco las oportunidades. Un ejemplo de exclusión lo podemos ver en el acceso a Internet y las innovaciones. La exclusión de las nuevas tecnologías representa una brecha digital. Se trata de un “desfase o división entre individuos, hogares, áreas económicas y geográficas con diferentes niveles socioeconómicos con relación tanto a sus oportunidades de acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, como al uso de internet para una amplia variedad de actividades” (Galindo y Rover, 2009). La brecha digital puede ser concebida como una carencia en el acceso a Internet o bien como una exclusión al conocimiento generado por la vorágine tecnológica.

Conclusiones

Desde que Internet fue liberado en 1993 para que pudiera ser una tecnología de uso social, el mundo experimenta una gran cantidad de cambios tanto en las instituciones sociales como en las actividades diarias de las personas. Las transformaciones son más visibles en los modos de comunicación humana a través de la mediación tecnológica. Las consecuencias de las nuevas prácticas comunicativas pueden ser vistas a través de claroscuros. Por un lado, los efectos tecnológicos pueden ser positivos en determinadas circunstancias, por ejemplo como un motor para la educación o para promover la cultura de la participación social, pero en otros contextos, la misma tecnología puede derivar en resultados totalmente diferentes. Bajo los claroscuros es posible ver los cambios positivos en lo social pero también efectos secundarios que no estaban previstos y que continuarán apareciendo conforme avance el proceso de innovación. Lo cierto es que esta metamorfosis –parafraseando a Marx– es tan profunda que sus frutos serán irreversibles para las futuras generaciones, tanto en su vida diaria como en sus estructuras sociales.

Referencias

Appadurai, A. (2001). La modernidad desbordada: dimensiones culturales de la globalización. Argentina: Fondo de Cultura Económica.
Blachinio, A., Przepiork, A., Balakier, E. y Boruch, W. (2016). Who discloses the most on Facebook? Computers in Human Behavor, 55 (B), 664-667.
Carr, N. (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? México: Editorial Taurus.
Croom, Ch., Gross, B., Rosen, L. y Rosen, B. (2016). What’s Her Face (book)? How many of their Facebook “friends” can college students actually identify? Computers in Human Behavor, 56, 135-141.
Cucchetti, H. y Mallimaci, F. (2011). L’ Action Francaise en la actualidad: ¿Un nacionalismo en extinción? Trayectorias, representaciones, sociabilidades. En F. Mallimaci y H. Cucchetti (Comp.) Nacionalismos y nacionalistas. Debates y escenarios en América Latina y Europa (pp.169- 206). Buenos Aires: Gorla.
Donahue, J. (2011). Collaborative Governance: Private Roles for Public Goals in Turbulent Times. New Jersey: Princeton University Press.
Galindo, F. y Rover, A. (2009). Derecho, gobernanza y tecnologías de la información en la sociedad del conocimiento. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza.
Han, B. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder. Hogan, B. y Berry, B. (2011). Racial and ethnic biases in rental housing: an audit study of online apartment listings. City & Community, 10 (4), 351-372.
Hogan, B., Ellison, N., Lampec, C., y Vital, J., (2014). Assesing structural correlates to social capital in Facebook ego networks. Social Networks, 38, 1-15.
Lipovetsky, G. (2003). Metamorfosis de la cultura liberal. Ética, medios de comunicación. Barcelona: Anagrama.
Lönngvist, J. y Deters, F. (2016). Facebook friends, subjective well-being, social support, and personality. Computers in Human Behavor, 55 (A), 113-120.
Rainie, L. y Wellman, B. (2012). Networked: the new social operating system. Cambridge: MIT Press.
Robertson, R. (2000). Globalización: tiempo-espacio y homogeneidad. Zona Abierta, 92 (93), 213-242.
Sheldon, P. (2008). Student favorite: Facebook and motives for its use. Soutwestern Mass Communication Journal, 23, 39-55 Wellman, B. y Haythornthwaite, C. (2003). The Internet in Everyday Life. United Kingdom: Blackwelll Publishing.
Zanoni, L. (2008). El imperio digital. Argentina: Ediciones B.

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