Cinque Terre

Melina Alzogaray Vanella

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Melina Alzogaray Vanella Lic. en Historia. Investigadora-creativa

Ciudad de México: la vida es calle

Historia de vida de una niña que soñaba con ser mariposa

“Todo lo tóxico de mi país a mí me entra por la nariz.

Lavo auto, limpio zapato, huelo pega y también

huelo paco.

Robo billeteras pero soy buena gente, soy una

sonrisa sin dientes.

Lluvia sin techo, uña con tierra, soy lo que sobró

de la guerra.

Un estómago vacío, soy un golpe en la rodilla que

se cura con el frío.”

(Fragmento de “Canción para un niño en la calle”

de Calle 13 y Mercedes Sosa)

Dicen que el mundo se acabó. Yo digo que inmediatamente después comenzó otro exactamente igual. En la vida no queremos sufrir: nacemos, crecemos, vivimos como nos toca. Calle más calle. Ponte en su lugar.

México enfrenta diferentes problemas sociales: pobreza, violencia y marginación. En el DF -como en tantas ciudades latinoamericanas- ha ido creciendo con el paso de los años la población en situación de calle. Los principales factores que originan la vida en la calle son los problemas económicos, la desintegración familiar, la violencia y las adicciones. Actualmente en el mundo más de 150 millones de niños viven en la calle y, según cifras oficiales, en México se estima que existen cerca de 13 mil niños en esta situación, de los cuales, alrededor de 18 mil se encuentran en la Ciudad de México.1

Es época de Reyes Magos, llego en metrobus a Parque Lira y busco la biblioteca donde desde hace dos años, jóvenes y seis niños que vivieron en la calle, se reúnen gracias al programa “Adiós a la calle” de CÓDIGO AYUDA A.C.2 para transformar su realidad, para crear otras alternativas y desarrollar su libertad.

12.15: ella llega muy guapa y sonriente: bien peinada y arreglada, con sus ojos pintados de azul. A su lado me saluda su hija, una niña preciosa de nueve años con sus colitas rosas en su pelo y su sonrisa de mariposa, llena de infancia y de luz.

Diana tiene 25 años, a los ocho años se fue de su casa y estuvo nueve años viviendo en la calle y alternando en albergues para menores. Sabe mucho de la supervivencia en el asfalto y de todo eso de lo que no queremos hablar. Desde hace seis años que no inhala nada de solventes, no bebe y desde entonces estudia y termina la primaria y la prepa y va por más. Su sueño es una casa propia con una familia que tenga una mamá y un papá; y tener su propia institución para ayudar a otros morritos como ella.

La niña de las “colitas” nos deja solas y se va a jugar, yo enciendo la grabadora mientras le platico del protocolo de la entrevista. Ella me ve a los ojos y allí se hundirá su mirada, comienza a reconstruir su vida y yo me quedo callada, inmóvil, hipnotizada. Parece que no hiciera falta preguntarle nada, sabe muy bien cómo relatarme su historia oficial.

Pero su historia no es como la tuya ni como la mía. Su cuento es de aventuras y es una historia triste donde una niña se convierte en mariposa y celebra tener por las noches todos los parques para ella sola y jugar en los columpios bajo las inmensas estrellas. Oye, en este mismo momento hay una niña en la calle… ¿Acaso te toca jugar a ti?

Diana, cuéntame cuándo y dónde naciste…

Yo nací el 14 de enero de 1987, aquí en el DF. Mis papás son de Pachuca, Hidalgo. Ellos se separaron cuando yo tenía seis años, fue una separación con pleitos penales. A mí me tocó quedarme con mi mamá y su esposo. Cuando yo cumplí nueve años opté por dejarlos en paz y salirme a la calle.

¿A qué se dedican tus padres?

Mi papá es carpintero de obras en construcciones. Mi mamá en ese entonces no trabajaba; ahorita está metida en eso de “los candidatos” y ese tipo de cosas.

¿Qué sabes de tus abuelos?

La mamá de mi mamá vive en el pueblo, es campesina. A los demás no los conocí: mi otra abuelita se que era artesana y su esposo se dedicaba al campo y a la construcción. De mi otro abuelo, el papá de mi mamá, no sé nada ni siquiera sé cómo se llama. Y yo a los nueve años opté por salirme a vivir a la calle, no me agradaban las circunstancias en las que se había ido mi mamá.

¿Cómo fue eso?

Pues has de cuenta que nosotras estábamos pequeñas y mi papá desde hace años que tenía un fuerte problema de alcoholismo y nunca estaba en la casa. Entonces mi mamá yo creo que se enamoró de otra persona y a nosotras nos lo presentaba como a un amigo con el que siempre salíamos a pasear. Yo siempre crecí carente de un papá y lo reflejaba en este señor, a mi me agradaba pero porque ella nos decía que era un amigo. Y un diciembre nos llevaron a comprar unos regalos de navidad y nos dijeron que era la pareja de mi mamá. Eso de ser amigos se había acabado, yo pensaba que entonces se iba a llevar a mi mamá. Y así pasó, a los dos meses mis padres se separaron, y fue uno de los golpes más fuertes que yo tuve porque mi padre, aunque nunca estaba en la casa, él con sus hijas era siempre bien dedicado; aunque estuviese tomado siempre llegaba y jugaba con nosotras y además nos defendía de los golpes de mi mamá. Entonces ante la ausencia de mi papá y los golpes de mi mamá…no lo acepté y me fui. Así lo determinó un juez pero yo siempre quise quedarme con mi papá.

¿Cómo fue que el juez determinó el cuidado de ustedes?

El juez primero le preguntó a mi hermana, que es cuatro años mayor, con quién quería quedarse y ella les dijo que con mi papá. Entonces a mí, sin voz ni voto, me mandaron con mi mamá. Yo recuerdo que el juez dijo que como hermanas nos teníamos que frecuentar y que los padres se tenían que responsabilizar de ambas aunque no viviéramos juntos, cosa que nunca fue así; cada uno salió de la Delegación rumbo a su casa y no nos volvimos a ver. Mi papá y mi hermana vivían por Las Águilas y nosotras por la Clínica 8 en la Álvaro Obregón. Yo me fui con mi mamá tres años, de los seis a los nueve. Pero el hecho de vivir en otro hogar, con otra familia, queriendo visitar a mi hermana y mi papá y no pudiendo porque mi mamá no me lo permitía. Ella visitaba a mi hermana pero nunca me llevaba a mí. Luego mi mamá se embarazó de mi media hermana, que ahorita tiene 15 años, yo no entendía que ella pudiera tener otros hijos con otro hombre y me llenaba de coraje. Yo no quería al bebé, me la dejaban y yo ni la veía, no entendía cómo podía cuidar a alguien que no es de mi familia. Un día la niña se cayó y me pegaron muy feo. Empecé a ir a la escuela con golpes y moretones. De ser una niña alegre, que jugaba y todo, me volví una niña triste y callada, en la escuela detectaron que algo estaba pasando. Yo me dedicaba a estudiar pero no hablaba con nadie. Mandaban oficios para llamar a mi madre pero ella nunca fue.

¿Cuándo decidiste irte de tu casa?

Un día mi mamá me pegó muy pero muy feo y ese día llegué muy golpeada, me preguntaron qué había pasado y yo en ese momento sentí la necesidad de decirlo. Me dijeron “tú no puedes vivir así, vamos a la Delegación y que ellos se hagan cargo”. Ese día me tardé más de lo normal en llegar a mi casa, le tiré una piedrita a mi mamá por la ventana para que me aventara las llaves. Salió y me dijo “¡Ahorita que entres vas a ver cómo te va a ir a ti, qué horas son éstas de llegar!”. De mi casa a la Delegación eran como nueve cuadras, ese día no entré a mi casa, corrí muy rápido y les dije que ya no quería estar con mi mamá, sabía que me iba a pegar. Metí un oficio de demanda y me mandaron a un albergue temporal de la procuraduría y allí estuve ocho meses. Desde ese momento se convirtió mi vida en pura institución porque me mandaron para Toluca a un internado… Yo quería que me contactaran con mi papá y mi hermana pero mi mamá nunca daba direcciones de ellos. En el albergue mi mamá tampoco me visitaba.

¿Qué te encontraste cuando llegaste a estos albergues?

Bueno, el primer albergue era aquí en Balderas, eran puros niños pequeños hasta 12 años. Me gustaba el ambiente porque no había golpes pero igualmente estaba triste, a pesar de todo yo quería ver a mi mamá. Y también sabía que si regresaba me volvería a pegar porque yo no aceptaba a ese señor. Luego me llevaron a otro albergue en Toluca que había puras monjas de encargadas; y mi mamá les pagó un dinero a ellas para que yo me encargara de la limpieza de toda la casa y lavara la ropa de todas las niñas. Pidió que me trataran así, como una venganza por haberla denunciado. Ahí fue cuando yo empecé a conocer realmente lo que era el rencor y crecieron en mí muchísimos sentimientos desagradables hacia mi mamá y decidí que nunca más querría yo estar con ella. Conocí a éstas chavas que ya venían con situación de calle y drogadicción; y un día vi que se estaban brincando la barda para salir y me escapé con ellas, vinimos a parar al DF, por acá por el Metro Garibaldi.

¿Cuántos años tenías?

Nueve años y empecé a dormir en la calle y a convivir con los chavos de la calle. Yo decía que iba a vivir en la calle pero que no iba a drogarme. Yo quería esa libertad, no había golpes, no tenía que trabajar…me gustaba la libertad pero yo nunca pensé que yo iba a convertirme en una desastrosa por las drogas. No sé si la desesperación o la tristeza o lo que haya sido me llevaron a consumir por primera vez los solventes, el tíner y esas cosas, y el efecto me gustó.

¿Y cómo era el efecto?

Me gustaba porque no veía golpes ni insultos. Yo era una mariposa. Yo no recuerdo haber alucinado, yo viví en el panteón de la Basílica de Guadalupe y allí dormía y nunca vi muertos ni fantasmas. Me sentía libre y me gustaba estar bajo el efecto del tiner. Desde los primeros días que yo iba olvidándome de todo, sentía que iba flotando, donde yo pisaba era como si se me durmieran los pies, como un cosquilleo y apoyas y no pisas nada. Me dicen que un día iba yo a aventarme de un puente para sentirme como una mariposa, ya iba a volar hacia el periférico. Además con el tiner se te va el hambre, pierdes toda sensibilidad, todo sentido, me olvidaba de todo y eso me agradaba. Lo feo era cuando volvía a la realidad y entonces me sentía mal de nuevo y volvía drogarme, y así me pasaba todo el día. Con el alcohol me volvía muy agresiva y hacía tonterías pero con el tiner no: me sentaba en un rincón y allí me quedaba quieta sin frío y sin hambre, mientras tuviera yo tiner podía estar quieta. Sé ahora que era una forma incorrecta de vivir porque ahora río y lloro y puedo aceptar y reconocer lo que siento.

¿Y dónde lo conseguías?

En ese entonces no se lo vendían a menores, mandábamos a los chavos más grandes o en el centro hay el “tiner clandestino” que ya lo disuelven con aguarras y no sé qué otra cosa le echan. Nosotros mismos los vendíamos: comprábamos varios litros y lo vendíamos entre nosotros.

¿Y cuánto duraban dos litros?

Pues dependiendo de la adicción de cada persona porque había chavos que a medio día ya no tenían nada. A mí dos litros me duraban para dos días porque yo todavía no tenía tan fuerte la adicción. Llegué a la calle y me cambié el nombre, ya no me llamaba Diana, me llamaba yo Carla. Me cambié la identidad y cuando venían la gente e instituciones que se encargaba de ayudarnos, yo les decía que no tenía papás. Llegó un momento en que cambié toda mi historia y negaba a ambos, a pesar de que a mi papá yo lo quería buscar. Y así viví hasta los 13 años.

¿Y de qué vivías?

Pues pidiendo dinero en el metro o ayudándole a la gente a montar sus puestos y nos daban comida. Por Indios Verdes había una institución que nos daba comida y nos dejaba bañarnos y ya nos veníamos nuevamente a la calle. Así estuve de los diez a los 13.

¿Quiénes eran tus amigos?

Casi éramos puras mujeres y todas eran de mi edad, nueve años. La más grande tenía 19 años, éramos nueve chavas que nos quedábamos con cuatro chavos, dormíamos en esas coladeras de la calle, metíamos cobijas y colchones y nos quedábamos ahí para que no nos encontraran otros chavos que venían de otros lados para estar entre comillas “más seguros”. Sandra era como mi hermana, otra se llamaba Mayra, Araceli, la hermana del papá de mi hija se llama Margarita, eran las que más frecuentaba pero solo en la noche porque de día andaba yo solita, solita, solita. Aunque estuviera con el papá de mi hija, cada quien se iba por su lado.

¿Me describirías cómo era un día tuyo en esa época?

Has de cuenta que… Araceli, la más grande, se enojaba porque apenas nos despertábamos ya nos queríamos drogar y nos decía “No han comido nada, cómo van a empezar a drogarse. Vayan a conseguir dinero”. Y ya conseguíamos dinero entre todos y cooperábamos e íbamos por comida y agua, primero comíamos todos. Y una vez que habíamos comido ya cada quien se iba: uno se iba al metro a pedir dinero, otro a limpiar camiones, otro a tirar basura, otro de puesto en puesto a pedir dinero o comida. Por ahí por Indios Verdes eran muy solidarios todos, había chavas muy pequeñas y con bebés, primero comen los más chiquitos. A mí me gustaba porque era como una familia y todos nos preocupábamos por todos. Lo malo era cuando algunos robaban y por culpa de uno nos correteaban a todos. Íban a la Basilica de la Guadalupe; los peregrinos que venían traían siempre oro, medallas y cadenas, había una persona que nos lo compraba muy bien y entonces robaban a la gente. Pero cuando estabas en la calle pidiendo comida y escuchabas “¡Córranle!”, había que salir corriendo sin comer ni nada y esconderse. Había veces que nos quedábamos como una semana sin comer ni nada por estarnos escondiendo por uno que robaba. Muchos de ellos hoy están en el reclusorio.

¿Y por qué en realidad no era tan seguro “estar allí abajo” con tu grupo, una vez que era de noche?

Porque los más grandes ya drogados se alocaban y a la primera chava que agarraban abusaban de ella. Entonces tenías que irte a dormir a otro lado. A veces nos cuidábamos entre nosotros pero una vez drogados perdíamos el control o no sé qué pasaba pero…al día de hoy sucede. Cuando yo tenía 16 años puse una demanda porque un señor que vivía por el Metro Garibaldi abusaba de muchas de nosotras. Lo denunciamos y finalmente logramos que lo metieran en prisión, quiero creer que a la fecha está detenido.

Mucha gente piensa que los niños de las calles están sometidos a mucha violencia. ¿Cómo lo viviste tú?

Ahorita es más feo que en ese entonces. Pero ya existía mucho abuso por parte de los hombres. Te terminaban llevando por La Marquesa y cositas así. Con las chavas era siempre abusar de ella, muchas chavas terminaban embarazadas hasta por los policías y no es divertido siendo niño. Todos nosotros tuvimos que dejar de ser niños muy rápido y crecer de repente, imagínate que a los 12 años no estás capacitada para ser madre pero ni modo, tienes que crecer y madurar. Y los señores también contagiaban mucho a los niños de VIH, pero a los niños hombres, y ellos a la vez contagiaban a las chavas. Y luego se discriminaba a las niñas que estaban enfermas: “No te juntes con ella porque tiene SIDA”. En la calle no se cuida una, casi todos tiene relaciones con todos, es un mundo de infecciones. Era desesperante saber si estabas o no enferma. Yo doy gracias de estar sana.

Mucha otra gente piensa que los niños de la calle están vinculados a la prostitución, ¿Qué piensas de eso?

Pues las niñas si no piden, roban; y si no roban se prostituyen. Hay zonas que hasta los niños se prostituyen. Yo he sufrido muchos abusos pero nunca me prostituí, he preferido limpiar o lavar ropa ajena pero mi mente en eso siempre ha sido diferente a la de otras amigas. También agradezco no haber hecho esas tonterías. Lo que sí he hecho con otras chavas era engañar a señores y robarles: una de ellas se lo llevaba a un cuarto porque supuestamente se iban a acostar con ellos y en realidad lo dormíamos y les robábamos.

Vivir en la calle implicaba tener experiencias de ese tipo y no me agradaba… a los 12 años fui violada por dos hombres pero yo desde chiquita escuché de mi mamá que las mujeres habíamos nacido para eso, entonces para mí eso era algo normal, fue algo que a mí me tocaba. No me importó tanto porque las drogas estaban ahí para aliviar ese dolor y no lo sentí tan fuerte. Había muchas niñas que quedaban embarazadas y un programa del gobierno venía y se las quitaba para darlas en adopción.

¿Te enamoraste en la calle?

Posteriormente conocí al papá de mi niña, también es chavo de la calle y todo; pero es una persona que me sobreprotegía mucho. A pesar de que nos drogábamos juntos y robábamos juntos y cosas así, él siempre procuraba que yo comiera y estuviera bien. Fue la persona con la que descargué toda la carencia que me hacía falta de un padre, de una madre, la carencia de amor. A pesar que había golpes con él, o insultos, o abusos… a veces no comía y me seguía drogando…yo había generado una dependencia muy grande hacia él. Todo me parecía tan normal porque ese era el mundo que yo conocía. Hubo un tiempo en que me deprimí muchísimo siempre pedí algo que fuera mío y no lo tenía. A veces decía “¡Yo ya no me quiero drogar!”, pero a veces no era tanto que no me quisiese drogar sino que las drogas ya me habían vencido. (silencio) El papá de mi hija fue una costumbre, nunca estuve enamorada de él ni de nadie.

¿Qué te llevo a salir del alcohol y las drogas?

Cuando yo tenía 14 años llegué a una institución que se llama Villa Margarita y allí estuve ocho meses estudiando y comprometida con un programa que me ayudaba a dejar las drogas y a encontrar a mi papá. Entonces descubrí que toda la vida él había vivido en el mismo lugar y entonces fue cuando dije que para mí mi mamá había estado muerta. Porque yo siempre viví muchos abusos en la calle y siempre soñaba con que mi papá me protegiera. Hoy en día sé que siempre estuvo allí en la misma casa. Supe que no quería volver a saber nada de mi mamá.

Empecé a crecer más rebelde y más resentida con el mundo. Incluso a mi padre le agarré mucho resentimiento porque él como hombre podría haberme buscado; pero supe que siempre me había buscado y siempre preguntaba por mí pero mi mamá siempre le decía mentiras: que yo ya no quería verlo. Él no sabía en el mundo que yo había crecido, él solo sabía que yo estaba bien

¿Por qué te querías ir?

Porque quería yo buscarlo a él y ya me había acostumbrado al mundo de la calle. Y a pesar de que por dentro quería estar con mi papá y estar bien; mi drogadicción ya no me lo permitía y entonces me la pasaba dos meses en la calle, un mes en mi casa, tres meses en la calle, una semana en mi casa. Y mi papá siempre me ayudó, cuando ellos se separaron mi papá se dio cuenta que por su alcoholismo mi mamá se había ido y entró a Alcohólicos Anónimos para dejar de beber y lo logró, hasta ahorita tiene 29 años sin beber. A través de sus programa de AA él quería rescatarme y todo y de repente se enojaba de que me iba y me drogaba y me buscaba y me anexaba en centros de rehabilitación por 3 ó 4 meses. Pero en ese entonces yo no quería dejar de drogarme, yo decía que sí cuando me sentía mal, pero bajo el efecto de las drogas yo no las quería dejar. Estaba en esos centros por estar, pero no estaba con el verdadero deseo de dejar: salía y era exactamente lo mismo. Llegaba una semana a mi casa y mi papá estaba contento que yo estuviera en paz, se iba a trabajar y cuando volvía yo ya no estaba.

De los 15 a los 17 años opté por irme con el papá de mi niña, allá a Veracruz con su mamá, supuestamente yo me iba a juntar con él pero fue cuando empezaron los golpes, las traiciones de parejas… Yo despertaba y decía “Yo no quiero esto para mí, dejé el alcohol y dejé las drogas pero esta dependencia a estar con una persona que no me quiere”. Algo que yo aprendí de mi papá es que él nunca le pegó a mi mamá, nunca. Ni a mí, al día de hoy nunca me ha tocado, entonces si mi papá nunca me tocó porqué otra persona va a venir a hacerlo. No tenía allá dinero porque no me dejaban trabajar ni nada pero conseguí un trabajo de tres días y mi pasaje de regreso y me escapé de la casa de mi suegra. Yo ya venía embarazada de cuatro meses de la niña que tengo ahorita, me daba miedo llegar a la casa de mi papá porque pensaba que con una niña no me iba a recibir. Fueron dos años que me ausenté, primero tuve dos amenazas de aborto porque me seguía drogando y no sabía que estaba embarazada de mi hija y me llevaron a Casa Alianza, otra institución que me ayudó mucho.

Yo no quería que mi hija naciera porque no me sentía capaz de dejar las drogas para cuidarla a ella, de ser madre: ¿qué vida le voy a dar con un mundo de alcohol y de drogas?, le pedía yo mucho a dios que no me la permitiera y me seguía yo drogando con el afán de que ella no naciera. Fui a buscar al papá de mi niña y él me dijo que no me iba a apoyar. ¿Cómo mi hija va a crecer sin papá? Yo no quería que ella repitiera la misma historia que yo… (silencio)

¿Y entonces qué decidiste?

Conocí una Institución que se llama SEDAC donde se dan los bebés en adopción y me alivié, era inevitable que ella llegara al mundo pero yo no me la quería quedar. Mi bebé nació y yo no quería verla, les pedí que se la llevaran. Me dijeron que tenía una semana para pensarlo. Yo veía a las demás chicas con sus hijos y eran tan cariñosas. Al tercer día me levanté y fui a ver al bebé, la cargué y algo pasó en ese momento que me hizo reaccionar y fue cuando les dije que no la iba a entregar. Me dijeron “los papeles ya están hechos, la niña ya tiene papás”; y yo les respondí “será otro el niño que se vaya porque la mía no se va”. Me costó mucho trabajo aceptarla, porque a pesar de haber decidido quedármela me costó mucho: sí la quiero, no la quiero. Descargaba mi ira con ella, incluso llegué a pegarle. Hasta que tuve que entender con psicología que el pasado era el pasado. Pude entender muchas cosas con mi mamá, entendí que uno a veces hace lo que cree conveniente para el bien de sus hijos aunque ellos no estén de acuerdo. Cuando la niña cumplió cuatro meses vine a la casa de mi papá. Y sí me aceptó, bautizamos a mi bebé y nos vinimos a vivir a la casa.

¿Y cómo fue para ti criar a una hija?

Hasta que mi hija cumplió un año yo misma paré el mundo del alcohol y las drogas. Pero cuando mi niña cumplió un año y medio volví a caer. Entonces me llevé a mi hija a la calle y estuve ocho meses con ella en la calle y fue muy triste porque yo quería estar allí, pero mi hija en ese momento me estorbaba porque no podía yo hacer lo mismo. Se me acababa la leche y los pañales y era desesperante porque primero era mi vicio y si me alcanzaba compraba para ella y sino mi hija se quedaba sin comer. En los lapsos de lucidez reaccionaba yo y decía que no quería eso para mi niña; bajó mucho de peso y se me estaba enfermando muchísimo, entonces fui a pedir ayuda a Casa Alianza y me mandaron aquí Casa Daia y me mandaron con mi papá. Durante dos años estudié y trabajé y terminé mi primaria.

Creo que fue la primera vez que empecé a verle realmente el sentido a las cosas en el mundo, fue cuando comencé a ver que allá había niñas de doce años que ya eran mamás y veía que querían muchísimo a sus hijos. Su situación era diferente porque por ser abusadas se habían convertido en mamás y a pesar de todo querían a sus hijos. Yo no te voy a decir que mi hija fue concebida con el deseo porque yo era una niña y sin darme cuenta me embaracé. Mi niña me da la fuerza, por ella dejé las calles, y la droga. Yo quería estudiar y trabajar para independizarme. Tenía 19 años. Entré a trabajar en un restaurante, me gusta mucho la cocina, me entretengo mucho.

Había una psicóloga y empecé a trabajar con ella el abandono de mi mamá, el abandono de mi papá. Ella me proponía que me planteara mis metas día por día, ¿mañana que piensas hacer?: pienso despertarme, dejar a mi niña en la guardería e irme a trabajar para ahorrar y comprarme una casa. Ese siempre fue mi sueño, tener una casa. Y ella decía, pues con ese sueño te levantas todos los días, cuando sientas que no puedes más, piensa en eso.

El apoyo de mi papá también fue muy importante para que yo dejara el alcohol y las drogas. Estudié muchos cursos de computación y otras cosas Tuve un tiempo de mucha ansiedad y me dieron tratamiento psiquiátrico. Me internaron 40 días, sola, sin mi hija. Fue muy importante para mi ese tiempo para mi recuperación. En el 2004 me inscribí en la secundaria y luego de unos años la terminé.

¿Cómo te vinculas a la Fundación Código Ayuda?

Tengo un año en CÓDIGO y me ayuda muchísimo, son personas maravillosas las que trabajan allí. A mí la palabra esa de “los sueños” no me gusta nada cómo se oye, no me gusta que me hablen de los sueños porque muchas veces me la pasé soñando en querer tener una familia y nunca llegaba, prefiero que me hablen de metas pero no de sueños. A través del grupo donde voy es que yo he conocido los estados de ánimo el nombre de las sensaciones o sentimientos. Por ejemplo la palabra frustración no la conocía. Ahora sé bien de qué se trata y cuándo lo sentí.

¿Quiénes te han ayudado en todo este tiempo?

Mi padre y muchas personas, maestros, mi hija, Angela y Claudia. El padre Chichachoma siempre nos hablaba de “regresar lo que se nos había dado”. Y había una Licenciada que también fue niña de la calle y era “la psicóloga de la institución”. Y créeme que de todas las personas del mundo creo que fue la que más me ha ayudado. Hablando con ella sabía que de verdad me entendía, sabía de qué le estaba hablando. Siempre ha sido mi sueño tener mi propia institución para ayudar a los niños de la calle. El hecho de que yo hoy en día no me esté drogando, que mi hija esté bien, que tenga una familia, que tenga un baño limpio, se debe a tanta ayuda que he recibido. Fue a raíz de que yo dije basta y tuve la voluntad pero también gracias a toda la gente que me alentó y me ayudó a poder hacerlo. Guardo todos los cuadros de reconocimiento por aprobar la prepa, de Alcohólicos Anónimos, de la escuela, de todo.

¿Un aprendizaje que quieras rescatar?

Algo que aprendí es que cuando uno quiere sí se puede. La palabra “yo no puedo” no existe en mi vida. Es “no sé” o “no lo he intentado” o “no lo conozco”.

¿Sientes que eres un ejemplo?

Al día de hoy no me gusta que me pongan de ejemplo porque como ser humano puedo volver a recaer. ¿Qué será de la gente que confía en mí? Pero puedo hacer algo y aunque no me guste mencionarlo estoy empezando a cumplir parte de lo que son mis sueños: participo en un programa para ayudar a niños de la calle y voy como asistente de las psicólogas y las trabajadoras sociales.

¿Hay algo en especial que rescatas de aquéllas experiencias, algo bonito?

Yo siempre he dicho que las cosas pasan por algo, fue una experiencia ni muy bonita ni muy fea. El ser niña a las dos ó tres de la mañana y estar sola en un parque y tener todos los juegos para ti solita bajo las estrellas imaginando ser una mariposa. Un parque para mí solita y eso me gustaba. Cuando yo me drogaba yo decía que era una mariposa, libre, libre.

¿Y tú eres feliz?

A mi modo sí. Mi niña está sana y a mi modo de creer soy feliz. En aquéllos tiempos me reía mucho por la droga, si un niño se caía de un árbol me mataba de risa pero no era feliz. Ahora sí lo soy.

Notas

1 Estadísticas del GDF. http://endirecto.mx/?p=51017

2 El contacto con Diana se realizó gracias a la labor de la Lic. Angela María Morenos Barros, Directora de la Zona Metropolitana de Código Ayuda.

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