Cinque Terre

Andreas Kurz

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Profesor de Literatura del ITESM.

Cinco años de horror con Abu Ghraib

Quizás las imágenes de Abu Ghraib nos demostraron que la posmodernidad no es sólo una teoría abstrusa elaborada por algunas mentes francesas y estadounidenses, sino desgraciadamente Qf rancesas también una realidad tangible, un modus vivendi. En una de las fotos publicadas, se ve a un soldado cuya juventud el espectador tiene que percibir como una ofensa. Atuendo militar tipo Rambo, el pelo largo al estilo de los jóvenes Beatles, algo parecido a un cigarro entre los dientes que simulan una risa alegre. Posa al lado de cinco prisioneros desnudos con bolsas sobre sus cabezas. Uno está de espaldas, tres de ellos cubren sus genitales con las manos, última protección de la intimidad que se le prohíbe al que se encuentra más cerca del soldado. Su órgano reproductivo está expuesto y el joven GI lo señala con un gesto de sus manos que suele usarse como señal de una burla inofensiva entre compañeros desinhibidos, pero que en esta situación podría reflejar la crueldad de un cinismo desenfrenado.

En su ensayo Masa y poder (1960), Elias Canetti interpreta la risa causada por la caída de un ser humano como un acto de canibalismo reprimido. Hay una víctima, alguien que no puede defenderse, que yace en el suelo o está atado, una presa fácil. La boca se abre para devorar la presa. Sólo un proceso civilizatorio de siglos impide que el superior (en fuerza, en poder, en estatura, en inteligencia) devore al inferior. Nuestros maxilares se detienen y producen una mueca que es la risa. La risa del agresor es represiva, le impide, contra su voluntad, realizar la matanza, llevar a cabo el canibalismo ancestral.

La risa del joven soldado de Abu Ghraib ilustra y supera las especulaciones antropológicas de Canetti. Su risa no impide el acto violento, lo exterioriza y nos muestra su bestialidad pura. El GI es identificable; su nombre, sus datos se conocen. Aun el espectador no enterado puede “reconocerlo”: 20 años apenas, rasgos vagamente orientales, de estatura baja, cuerpo entrenado y ágil. Estos pocos rasgos logran trazar el primer esbozo de una persona. Los prisioneros árabes carecen de tales rasgos. Son cuerpos sin rostros, cuerpos maltratados y vulnerables, privados de individualidad e intimidad. Su desnudez no puede compararse con la que expone la pornografía. Ésta es agresiva, expresa poder y superioridad. Quizá es comparable con la desnudez de una mujer, un niño violado, cuyos gritos no se escuchan, cuyo terror no puede representarse, mucho menos expresarse o entenderse. Si el sufrimiento es incomunicable, el individuo pierde su última, tenue posibilidad de ser humano y se convierte en la imagen de un insecto torturado por un escolar inmaduro quien sencillamente quiere ver cómo se retuercen en medio de las llamas.

• Puñetear, cachetear y patear a los detenidos; saltar sobre sus pies desnudos.

• Videograbar y fotografiar prisioneros desnudos.

• Forzar a los prisioneros a desempeñar posiciones de acto sexual y fotografiarlos.

• Desnudar detenidos a la fuerza y mantenerlos desnudos por varios días.

• Forzar hombres desnudos a usar ropa interior femenina.

• Forzar a los detenidos a masturbarse para fotografiarlos y videograbarlos.

• Amontonar a los prisioneros desnudos y saltar sobre ellos.

• Parar prisioneros sobre cajones, con un bozal sobre su cabeza y amarrar cables eléctricos a los dedos de los pies y manos y al pene para amenazar tortura eléctrica.

• Colocar un collar y correa de perro a un detenido desnudo y hacerlo llevar de una mujer soldado.

• Violar a una mujer detenida por un policía militar.

• Tomar fotografías de prisioneros muertos en posición de celebración.

• Romper luces químicas sobre los detenidos y regar líquido fosfórico sobre los prisioneros.

• Regar agua fría sobre los detenidos desnudos.

• Golpear detenidos con escobas y sillas.

• Amenazar a los detenidos con violación sexual.

• Permitir a guardias coser las heridas de un detenido, después de ser arrojado contra la pared.

• Sodomizar detenidos con luces químicas y palos de escobas.

• Usar perros militares sin bozales para intimidar a los prisioneros.

Esta lista de los métodos usados en Abu Ghraib fue tomada de Wikipedia. Pertenece al Informe Taguba publicado en abril de 2004, uno de los primeros documentos que hacen sospechar la dimensión inusitada de los abusos. La lista no asusta por la imaginación perversa capaz de crear tales procedimientos. No se trata de la crueldad que pretende transgredir un límite de prohibición. Ésta sí necesita de fantasía y de inteligencia, como cualquier lector del Marqués de Sade puede comprobar. Además nunca se transgrede en realidad. Bataille nos lo enseña: el acto de violar la frontera significa reconocer la frontera, la prohibición, y esto sería contraproducente. La lista espanta por su infantilismo, refleja, una vez más, la crueldad de niños que experimentan con bichos, cuyas deformaciones grotescas producidas por el dolor (no importa si perceptible o sólo a manera de automatismo fisiológico) les causan placer. Los bichos de Abu Ghraib son prisioneros humanos, mas sus deformaciones, contracciones y pedidos silenciosos por clemencia no se perciben como efectos del dolor físico y de la humillación psíquica, sino meramente como escenas de un espectáculo desligadas de la realidad. El joven soldado de rasgos orientales forma parte de un episodio de Tom y Jerry, o de uno de los juegos virtuales interminables de la red. El límite ha sido roto por los GI. Ayudaron, sin duda, la educación recibida en el ejército, el recuerdo de las propias humillaciones sufridas en algún barrio marginado, la crueldad misma de la guerra. Sin embargo, el impulso principal que posibilita las torturas de Abu Ghraib y su orgullosa reproducción fotográfica es la facilidad que otorgan culturas altamente mediatizadas a la verdadera transgresión que la ficción inteligente al estilo del Marqués de Sade debe rechazar.

¿Qué hay al otro lado de la frontera?, se pregunta Joseph Conrad en su novela El corazón de las tinieblas. “El horror”, contesta su protagonista, el infeliz Kurtz. El narrador de la novela no describe este horror, no puede hacerlo, ya que se detiene ante el límite, no transgrede. Francis Ford Coppola, en su versión cinematográfica, sí pretende mostrar el horror, mas, a pesar de su genialidad sádica, no lo logra: la acumulación de cuerpos decapitados, quemados, destripados no es el horror. La transgresión definitiva –y no podría ser otra cosa– es el regreso a la bestialidad pura, a un estado psicológico pre-lógico que carece de la sensibilidad de reconocer límites y, sobre todo, se deshace fácilmente de uno de los logros culturales más importantes: el intento de empatía. El hombre al otro lado de la frontera es como un animal que observa la muerte de otra criatura y es incapaz de percibir este acto como una representación de su propio final. Ni siquiera el cadáver que aún preserva rasgos que comparte el animal vivo podría convencerlo de su mortalidad. Tardamos siglos en aceptar, por lo menos con la ayuda de leyes y normas sociales, la idea del ‘yo es otro’. Se necesitan segundos para que esta máxima se olvide y pueda gobernar el principio del animal indiferente. Quizá en este principio se encuentre una aproximación al horror que sobreviene a la transgresión. Abu Ghraib lo visibilizó.

Hay torturas mucho más elaboradas, dolorosas y eficientes que las ideadas por los GI, pero el torturador en ellas no suele exhibirse, es él quien trae la máscara, no su víctima. Los soldados norteamericanos responsables de las torturas no son psicópatas, como no lo eran –aunque excepciones había– los victimarios del nacionalsocialismo. El psicópata es un vicioso. Privarlo de la posibilidad de matar y torturar le produce un delirium tremens similar al que padece un alcohólico. Cree la psicología de los criminales patológicos que éstos no pueden curarse. En cuanto se reestablecen las condiciones favorables al crimen, el psicópata vuelve a matar. El encarcelamiento lo aleja de su vicio, pero no cura la enfermedad. Cuenta Claudio Magris, en uno de sus ensayos danubianos, que el Dr. Mengele era un sádico de primer rango. Estaba orgulloso de su colección de ojos extirpados sin anestesia, chamuscaba los órganos sexuales de los prisioneros de Auschwitz y observaba fascinado los efectos producidos por tal mutilación. Sin embargo, la crueldad no era su vicio. Podía renunciar a ella, como atestigua la familia campesina en cuya casa se escondió después de la liberación del campo: un hombre afable y amable, tranquilo y sonriente. Mengele no era psicópata. El espanto que causa, el malestar que produce la sola mención de su nombre, se basan en su normalidad.

Ante los restos del campo de concentración Mauthausen, Magris reflexiona acerca de la imposibilidad de representar artística o ensayísticamente el horror: su normalidad lo prohíbe. Cualquier intento de reflejar –en un poema, una novela, un cuadro, un reportaje– la crueldad de Mauthausen, Auschwitz, Birkenau fracasa, pues debe percibirse o como foto realismo que duplica la realidad, o como exageración grotesca que la tergiversa.

Susan Sontag, en uno de sus últimos textos, piensa que las imágenes de Abu Ghraib sí expresan el horror, a diferencia de cualquier intento de describir, expresar o explicar lo acaecido en los regímenes totalitarios del siglo XX. El horror no se encuentra –como ya había sucedido en Apocalypse now– en las escenas crudas retratadas, sino en la actitud de los soldados. Como Mengele, los soldados son normales, tan normales que hasta pueden ser elevados al rango de héroes y defensores de la patria. La patria que defienden, argumenta Sontag, es una nación que quiere divertirse a toda costa, todo ha de ser fun, y lo que más divierte es la exposición de la propia persona, de la propia intimidad que, por supuesto, deja de ser un rasgo distintivo de la individualidad en el momento de su exposición. No en balde las sentencias para los responsables de Abu Ghraib fueron leves. Los jueces intuían que también estaban juzgando a la polis y a sí mismos. Para la ensayista, este mecanismo equivale a una declaración de bancarrota de la cultura occidental. Se trata de la renuncia definitiva al individualismo que es la base ontológica de las civilizaciones occidentales.

Sontag nos da una clave valiosa para la interpretación del comportamiento de los soldados norteamericanos en Abu Ghraib. Sencillamente son incapaces de percibir la crueldad e inhumanidad de sus actos. Son, aún más crueles e irresponsables que los niños torturadores de bichos, no sólo porque precisamente no son niños, sino porque exponen sus actos como muestras de normalidad. Se divierten y la diversión no puede ser mala. No hay nada especialmente horroroso en todo esto. El susto surge cuando nos damos cuenta que los GI invierten la relación entre un victimario individualizado por rasgos distintivos, y una víctima disfrazada bajo el anonimato de la máscara. Si aceptamos los argumentos de Sontag, entonces debemos aceptar este intercambio paradójico y carnavalesco de papeles, este travestismo posmoderno: los soldados renuncian a su propia individualidad a favor de la consigna nacional de diversión; individualizan al mismo tiempo a sus víctimas mediante la máscara y la privación de cualquier intimidad, la que éstas aún perciben como humillación y anormalidad. Los GI la deben ver como lo normal, lo que apenas les permite pasar encima de la humanidad de los torturados. Ellos también, así deben creer los soldados, se divierten en este embrollo posmoderno occidental, pues cumplen con su función en la escenografía.

Una vez más Occidente se impone a Oriente, pero esta vez el acto de colonialismo va acompañado de la derrota de la cultura occidental. Sería falso culpar sólo a los medios de esta constelación deprimente. La misma Sontag detecta antecesores del fenómeno en tiempos pre-mediáticos. Probablemente vivimos las consecuencias más desastrosas del proyecto racional iniciado en los días de la revolución francesa. El individuo no sabe qué hacer con la libertad dolorosamente requerida, la vuelve a perder relegándola a las manos de las instituciones políticas y eclesiásticas primero, a las de una industria del placer después que se ríe falsamente, canibalescamente de todo. La libertad es dolorosa, y la risa, la que describe Canetti, hace olvidar el dolor. El placer colectivo que expone al yo en toda su travestida intimidad es un sustituto de la experiencia colectiva, como cree el gran mitólogo Mircea Eliade. Las imágenes de Abu Ghraib, que hace cinco años escandalizaron al mundo, hacen tangible el sustituto, nos muestran en medio de un culto primitivo, nos dicen que retrocedemos cada vez más, y que, precisamente porque, a diferencia de nuestras víctimas, podemos identificar a los torturadores, ninguno de nosotros podría afirmar la convicción del “yo no lo haría”.

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