Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Ciberviolencia 2012: El triunfo del miedo

Nadie vacila, como en el amor, a la hora del odio.

-Eduardo Lizalde, “Grande es el odio”.

Escribió Nietzsche que “la medida de tu agresión es la medida de tu miedo”. No recuerdo dónde, pero lo escribió, y en todo caso -como suelen decir algunos italianos dicharacheros y muchos afectos a dárselas de cosmopolitas-, “se non è vero, è ben trovato”.

Cada quien habla de la feria según le ha ido en ella, eso ya se sabe. También se sabe que con el circo es lo mismo y que, si muere el trapecista, al payaso le toca recoger el cadáver haciendo como que la cosa tiene gracia.

Ya amainarán los ánimos, se dice por todas partes, y con ello la enjundia de quienes creen que el mundo mejora mentándole la madre a los que opinan que puede mejorar de otra manera o nunca mejorar en absoluto. Y se dice, por otras partes -que a veces se intersectan-, que no es “nuevo PRI” pero es otra sociedad. Lo que me ha tocado ver y padecer en las redes sociales no me convence de la validez de ninguna de estas aseveraciones.

Como la mayoría de la gente tengo amigos, contactos, seguidores y seguidos de todas las tendencias y he visto el miedo -la agresión- por todos los ángulos, aunque más en unos que en otros, y nunca en la mayoría de los voceros de las partes. Cada cual agrede en la dimensión exacta de la esperanza frustrada con que tiene que arreglárselas. Con lo dicho, si esto fuera un cuento sería un mal cuento, pues queda claro qué me han mostrado el chofer, el mayordomo y la amante del occiso.

Uno tiene anotado que la primavera llega el 21 de marzo. Pero solo lo sabe en forma cabal cuando las golondrinas vuelven en busca de sus nidos, la jacaranda se maquilla y el Sol se sienta en la veranda días enteros. Supe que había llegado la podredumbre electorera mucho antes de lo que suponía, hace casi un año, al hacerle una broma a una dama y recibir un baño de insultos que culminaron con amenazas de agresión física por parte de su amoroso novio. No importaba que toda mi vida haya sido de izquierda, era mi obligación creer en AMLO y en los métodos persuasivos de su voluntario y muy peculiar Santo Oficio. Tal fue -para mí- el banderazo a un largo ejercicio de tolerancia -no siempre lograda- que dura todavía.

Me disponía a cerrar esta nota cuando la Conago anunció que gobernadores y Jefe de Gobierno del DF aceptan en su totalidad el resultado de las elecciones, a lo que siguió el tuit de Marcelo Ebrard en el que anunció que él no firmó nada. Tuve que recomponer la nota, cosa muy común en estos tiempos de bandazos y deslindes. No se puede obviar que las huestes a las que muchos hemos llamado pejezombis nunca leyeron el tuit de Ebrard, quizá ni siquiera el comunicado de Conago, simplemente procedieron -por ese imbécil efecto viral de las redes, donde la desinformación y la mentira no es menor que la de los medios interesados, aunque éste ya es otro tema- a insultar al que unas horas antes tenían previsto como futuro mesías socialdemócrata y unas semanas antes como el Secretario de Gobernación que el país esperó desde la Revolución a la que Adolfo Gilly calificó “Interrumpida”. El caso del troleo a Ebrard importa, no solo por tratarse de un personaje importante en la actualidad política y retórica mexicana, sino porque deja muy claro que la agresión acecha con una salud que ya quisieran nuestra democracia y nuestro patético sistema electorero e impecablemente pequeñoburgués.

Antes de que los troles se despachen con insultos sin leer completa esta nota, o -más bien- estas notas, debo decir que me queda claro que las huellas de la agresión se pierden al cruzar el río, que el sistema agrede, que lo de Soriana agrede, que ciertas formas de decir y hacer las cosas agrede, que la desfachatez de Noticieros Televisa agrede -tanto como, en la contraparte, la de Carmen Aristegui, por cierto-. Y la agresión provoca agresión en una escalada peligrosa. Responder a la violencia mediante la razón es privilegio de ciertos espíritus superiores, por fortuna abundantes, pero menos ruidosos que los que responden como perros macho en torno a una hembra en celo.

Aman y respetan sus instituciones -hasta que su candidato pierde conforme a las normas institucionales-, pero no parecen tener instituidos en sí mismos la civilidad, la tolerancia y el respeto. Así, una vez cerrada la vía institucional, queda dejar de creer en las instituciones y descubrir, muchos gritos y millones de pesos después, que se prefirió jugar en un sistema que -ahora resulta- es una tomadura de pelo de cabo a rabo.

El principio que a mí me tocó, el final a que me obliga el cierre de edición y la nota al calce, quedan despachados. ¿Qué hay en medio? Lo mismo, esa aburrida y alarmante creencia de que la agresión y el insulto pueden convencer a alguien, o al menos intimidarlo y mandarlo callar.

Se han documentado amenazas por parte de priístas. Insultos muy fuertes inclusive, pero se trata de gente pagada, no de los amigos y conocidos de uno. Los panistas creían firmemente en su derrota, quizá por eso solo me tocó ver un par de casos de agresiones de su parte. Un tanto triste y un mucho preocupado debo escribir -a sabiendas del precio a pagar- que las agresiones que vi constante e incanzablemente vinieron de algunos partidarios de AMLO.

Yo no aborrezco al expriista que se impuso, mediante el chantaje, como candidato del PRD. En Google todavía se encuentra con facilidad mi adición de hace seis años al “voto por voto”. Incluso es posible que haya votado por él, aunque eso nadie lo sabrá. Si recibí agresiones se debió a que no me presté a ser vocero de una fanaticada irracional convencida de que el “cambio verdadero” puede darse en el orden establecido y sobre las bases económicas y políticas en que tendría que gobernar la menos derechista de las derechas. Cometí tres pecados más de los que no me arrepiento: Descalificar la palabra “amorosa” como propuesta política seria, señalar que eso que ellos llaman izquierda sólo lo es si el universo político se ubica exclusivamente en el patrón de las derechas viables, y reparar en que ganase quien ganase no habría carro completo y la gobernabilidad solo sería posible negociándolo todo.

No hubo argumentos en contra, pero se me informó que soy traidor, vendepatrias y cobarde. Es mi caso y no importa a nadie. En mi tónica se mantuvo Jorge “El Chale Martínez”, con argumentos no siempre coincidentes con los míos, aunque muy similares -cosas de la amistad-. Pero a él le fue bastante peor: ¿Es que se había traicionado a sí mismo? ¿Es la vergu%u0308enza histórica de la izquierda mexicana? Cualquier cosa servía para odiar por antipejista a quien se ha mantenido con CCS desde el 88, se la jugó en la defensa del voto que el neoperredista Barttlet usurpó y De la Madrid confesó, y ahora se limita a decir que sigue siendo comunista, por lo que no está dispuesto a validar el sistema. Tanto a él como a mí pudieron señalarnos por nuestra falta de fe en “sus instituciones”, pero la violencia no vino de panistas o priístas, sino de lopezobradoristas que se sintieron cornudos.

En un país donde solo importan los personajes públicos, es necesario valerse del ejemplo de lo que sucede con ellos o lo que le pasa a ellos. Así que van casos que ilustran lo visto, sufrido y lamentado.

Guillermo Samperio pidió en Facebook que no le llevaran a su muro la discusión política. Argumentaba -creo que con razón- que dos meses antes de las votaciones todos los que nos suponemos cultos e informados -aunque sea solo por tener Internet y contactos de alcurnia- ya habíamos tomado una decisión. Le llovieron los insultos y amenazas por parte de las huestes de AMLO. Lamento decir que ni priístas, ni panistas, ni abstencionistas lo agredieron, solo las huestes de AMLO. Esto es un hecho, no una consulta Mitofsky. La nota grotesca es que en otro momento, en otro muro, por otras razones, leí fuertes descalificaciones a Samperio acusándole del pecado de pejismo galopante. En los anuncios de “likes” que Facebook impone, uno podía ver que Samperio había marcado su simpatía por EPN. La desinformación convertida en verdad y la agresión convertida en argumento. Es lo que hay.

Juan Villoro publicó su intención de voto por AMLO en un texto que, no sé qué tan aposta, pareciera el discurso de Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare, donde lo que se defiende es lo que se manda destruir. Un “no me ayudes, compadre” que respecto a su candidato invitaba más bien a no votar por él ni en caso de locura extrema. Nadie se metió con Villoro. Se le calificó mesurado y sensato. Los pejistas tenían su dosis de esperanza, otra palabreja cursilona y tan apegada a la utopía como mi “problema” de comunismo trasnochado.

Huberto Batis hizo campaña franca por AMLO. Contra lo que pudiera esperarse de Huberto, no agredió a nadie. Tampoco fue agredido. ¿No lo habían acusado durante varias décadas de traición los grupos ligados a Carlos Payán, La Jornada, el PSUM y “Los Mapaches”? Ahora es héroe de los proletarios de la red.

Guillermo Sheridan, al igual que Villoro, hizo público su voto razonado por JVM. Puesto que los más informados no esperaban otra cosa de él, las agresiones fueron pocas al principio. Se leían cosas como que el razonamiento era correcto pero la conclusión errónea, como quien le hace un favor a un muchacho desorientado. Por supuesto, fue acusado de intelectualismo orgánico. Lo que no queda claro es de cuál órgano, pues la misma acusación se le hizo a Aurelio Asiain -quien resulta ser un cobarde por opinar desde su residencia en Japón y que alguien me explique si debería venir a agarrarse a golpes y con quién- por señalar que no le parece tan temible EPN y a Enrique Krauze, quien tuvo que dar un golpe sobre la mesa recordando a la masa tuitera que él ha sido antipriísta dese la década de los 60, lo que consta en su obra impresa. Conclusión única posible: orgánico -vendido, pues, traidor y vendepatrias- es cualquier intelectual que no está con AMLO. Cito adjetivos que he leído hasta hartarme, porque-para colmo- los violentos no tienen imaginación. El caso de Sheridan tiene una particularidad: Sin insultar a nadie ha empeñado semanas enteras en impedir que el señor Escamilla, el que cobra favores sexuales por prebendas, se convierta en representante popular, y ha difundido las insultantes cifras que la misma página del poder legislativo confiesa acerca de lo que ganan los congresistas más los beneficios a que tienen derecho. Los troles y mongoreplyers no toleran estas verdades, de lo que la lógica más estricta arroja que Sheridan es la peor basura de la historia de México. ¡Ya ni de la “Guerra de Calderón” se acuerdan!: es más apremiante insultar a quien no quiere a un corrupto como asambleísta ni está de acuerdo con pagar barbaridades a los levantadedos institucionales.

Rogelio Villarreal había publicado muchos artículos y un libro donde fijaba claramente que está contra AMLO. Fue de los primeros agredidos, pero sucedió algo interesante -que también se dio con Roberta Garza y Ariel Ruiz-. Como nadie tenía esperanza de persuadirlo de nada, se olvidaron de agredirlo, pese a ser -también- un líder de opinión, especialmente en el ámbito contracultural. Llama la atención que prefieren insultar a aquellos de quienes esperan algún tipo de guiño para su causa: Cierta justificación histórica, quizá; la descalificación del proceso electoral, o -la fantasía es ilimitada cuando la esperanza no tiene sustento- el posicionamiento favorable de alguna revista o algún programa televisivo. Seguramente se trata de algo más complejo, pero con media respuesta siempre se deja una pregunta abierta.

Aquí termino los ejemplos, aunque sin duda habrá muchos otros. Sé que se me acusará de haberlos seleccionado a modo, por más que jure que son los que conozco, ni más ni menos. Ni modo. Si conociera agresiones en esas cantidades, de tanta y tanta gente, provenientes de otros grupos, las consignaría y mi opinión sería idéntica: No es el pejismo lo que me abruma, molesta y preocupa: es la violencia, el método de los fanáticos, sean de la fe que sean y padezcan la tara que padezcan.

¡Qué divertido fue que secuestraran la cuenta de Twitter de López Dóriga y le hicieran decir una reve renda ridiculez! Cundió en la red del mismo modo en que se le prodigaron unfollows acompañados de toda clase de insultos. ¿Se reirían con las mismas ganas, la misma sorna, la misma violencia si cualquier “contrarrevolucionario” gracioso secuestrara la Web del PRD y declarara legítimas y pulcras estas elecciones? Sospecho que no, que se hablaría de canallada en el más suave de los casos. Sería un adjetivo justo, como lo es para el caso del Teacher. “¡Es que se ha comprobado que éste mintió!”, me dirán los más civilizados. ¿Y de las mentiras de AMLO se puede hablar sin ser agredido? En las redes no: Imposible mencionar que sus números no cuadran, o que sí fue militante del PRI en edad adulta conociendo el 68 y el halconazo, o que tuvo conocimiento pleno del pase de charola de Creel, o que no es cierto que CCS haya aceptado encargarse de Pemex, o que es cuate de Bejarano -quien, ya nos dijo el impoluto Señor de las Izquierda descafeinadas, dejó de ser corrupto por la dura lección que le dejaron sus vacaciones en la cárcel.

“No es de ahora -me dijo hace poco mi estimado amigo Javier Sahagún, cronista de Televisa Deportesque por el hecho de trabajar para esta empresa, todos tus partidos retóricos los empiezas 0-2 en contra.” El caso de Eugenio Derbez queda ilustrado con un tuit multirretuiteado de un pejezombie que se negaba a pedirle disculpas por las agresiones que pulularon porque se casó, una vez que el cómico declaró su simpatía por los #132 y su antipatía hacia EPN tras la manifestación durante su boda. Otro amigo que trabaja en dicha televisora -en la que trabajé, por lo que tengo amigos ahí- reprueba francamente las faltas éticas de los noticieros, lo que no le salva de insultos y agresiones cada vez que llega a su trabajo. ¿Debería renunciar por principios? Vale, ¿para ir a dónde? Que me diga alguien quiénes no tienen intereses, línea y altas dosis de podredumbre en sus filas. No me hable de principios quien crea que la justicia social completa es viable dentro del sistema en el que vive sin padecimientos, con banda ancha, cafecitos en la Condesa o Coyoacán; limosnas para los pobres y aspirinas para los desahuciados. Y los fines de semana vino y rosas, que la revolución y los principios también merecen descanso. Mañana, algo mareados, entre eructos y paseos por el water, volveremos a la lucha, ¡compañeros!, con los insultos renovados por la creda y desde la primera línea de combate de nuestro iPhone.

Esto ha sido lo que yo he visto -leído y padecido- en las redes, y no tiene pinta de terminar pronto. La discusión respetuosa, no importa que tan ácida no abunda, pero existe: El analista Leo Agusto con el teatrero Luis Mario Moncada, el mismo Aurelio Asiain con el magnífico arquitecto Mauricio Rocha, etcétera.

Mi desesperanza, mi pesimismo mencionado al principio respecto a la idea de que la cosa se calme y de que el PRI encuentre una sociedad menos estúpida, se basan en que México ha demostrado que cuando libera la violencia ya no sabe contenerla sin que la sangre desborde el río -nuestra historia da fe de esta afirmación-, y en que la gente -en la calle y la red, aunque en esta última con la impunidad de la fantasmagoría virtual- sigue siendo esa que se quejaba en el café sin tomarse más molestias, pero ahora el café se llama Facebook o Twitter. El proceso electoral que aún padecemos dejó claro que pese a las abundantes virtudes de la red y en lo que toca a México; aún está muy lejos de ser un vigía confiable para procurar buen gobierno. Hoy nos intimidan unos, mañana serán otros y nadie buscará la razón, el argumento, la vigilancia responsable que ni siquiera se ejerce -como quiere la conseja- por la propia casa.

Esa idea es el payaso que intenta imprimirle gracia al cráneo abierto del trapecista. Pero el miedo se ha apoderado de este circo, ocupa todas las butacas, tiene un látigo en la mano, es un felino enjaulado que en cualquier momento puede recordar el olor y el sabor de la sangre. La esperanza reside en frenar esto, y eso no se hace con insultos, con el miedo o el odio por ariete, sino con esa rara virtud que Aristóteles tenía en la máxima estima: prudencia. Palabra fuerte y clara, pero respetuosa y prudente. No hace falta una campaña educativa: todos sabemos discernir entre el insulto o la provocación y el diálogo. Hoy por hoy, mi esperanza termina en mí y unos pocos de mis amigos y conocidos. Ya veremos: Pueden creerme que prefiero estar equivocada.

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