Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Centralización, censura e Internet

Una de las lógicas más siniestras con las que los intereses establecidos justifican su pulsión por el control es la que argumenta que en la libertad “no controlada” los seres humanos tenemos una “tendencia irremediable a cometer excesos”. Este razonamiento -que podría llamarse

“limítrofe” si la palabra no llevara implícita una editorialidad irónica-, conlleva la necesidad intrínseca de que sean precisamente los intereses establecidos, quiénes si no, los que redacten leyes que marquen con claridad las fronteras a las que debemos atenernos todos si queremos que nuestra conducta linde lo aceptable; y que sean asimismo quienes apliquen, garrote en mano, la letra de esas leyes.

Me hago cargo del cariz reduccionista con el que caracterizo el contrato social en el párrafo anterior. Sin embargo, no está de más reducir las cosas a lo esencial cuando, por otro lado, la complejidad de la doxa y el análisis pretenden convencernos de que la preeminencia de los intereses establecidos es, per se, inevitable. Y eso es, en la práctica, otra grosera reducción del contrato social.

En el debate en torno a los intentos legislativos que en los Estados Unidos de Norteamérica intentan dar cuenta de la libertad en Internet (la Stop Online Piracy Act y la Protect IP Act, respectivamente), las líneas argumentales no se han separado ni un centímetro de esa reducción conceptual. Los argumentos de las empresas que impulsan estas leyes se reducen a la simplificación que ya en sí misma representa el concepto de copyright (que, a pesar de las complejidades legales que hoy encierra, no dista mucho del razonamiento circular con el que el rey Diarmait Mac Cerbhaill lo caracterizó en su origen, en la antigu%u0308edad irlandesa: “A cada vaca le pertenece su becerro; a cada libro, su copia” idea que, de cara a la realidad de la era de las sociedades del conocimiento, no sólo se muerde la cola sino que queda mal por todo el avance que le niega al espíritu humano.

La misma reducción grosera ha ocurrido con todos los avances que en materia de censura y vigilancia de la red caracterizaron la historia de la web 1.0 (principalmente bloqueo de sitios “a piacere” según la agenda del bloqueador -pornografía o material erótico en general; sitios web de opositores políticos en gobiernos totalitarios de todos los colores; sitios web de competidores comerciales si el censor es una empresa; o sitios web con materiales “cuestionables” o “distractores” si se trata de universidades públicas o privadas tanto como si se trata de cafetines o de oficinas que se manejan como tales), los que caracterizan a la ya casi superada web 2.0 (censura selectiva en redes sociales; bloqueo de perfiles; hackeo, rastreo e intromisión en cuentas personales; bullying, trolling y acoso selectivo en los muros de quien se atreva a expresar su disenso con la bandera ideológica que sea -que todas cuentan con su ejército de trolls, no se olvide-; desactivación de muros y perfiles sin explicación, etcétera) hasta los más novedosos ciberdogmas del W3C (el World Wide Web Consortium) en la adecuación “a rasero” del código que aspira a estandarizarse en lo que ya se vende como la web 3.0: la web semántica. La verdad de las cosas es que la censura en la web sigue la lógica de toda censura: la de la descalificación del libre albedrío y del criterio propio o, si se escarba hasta los motivos últimos, la de la normalización, la de la anulación del diferente, la de la preeminencia del discurso único; la del otro y su razón como el enemigo a vencer.

Resulta extraño, sin embargo, que la oposición a estas legislaciones (probablemente uno de los momentos de mayor relevancia para el ciberactivismo en la ya no tan incipiente historia del territorio digital) parezca querer ser caracterizada como una “pelea entre corporaciones”; y que algunas de esas corporaciones estén quedando como “paladines de la libertad en internet”. Bastarían los ejemplos de Facebook y de Google para darse cuenta de que estas corporaciones, si bien opuestas al SOPA-PIPA, no carecen de sus propias regulaciones de gobernanza internas que suelen darles la posibilidad de censurar, intimidar e incluso excluir sin justificación a cualquier persona, por las razones que a discreción suya les parezcan suficientes. Resulta también extraño que esa “Guerra entre corporaciones” le traiga notoriedad a un problema que lleva gestándose por lo menos 20 años y que está intrínsecamente ligado a la forma en la que se desarrolló la infraestructura de la Internet, a los modelos de negocios que le fueron brotando y a las nunca tardías preocupaciones que le surgieron a la maquinaria de los estados rectores, sobre todo en lo que se refiere a los “excesos” que todos los días se cometen en Internet en materia de libertad de expresión y de flujos informativos.

La centralización de nodos y backbones (es decir, de los principales flujos instrumentales de información que garantizan el acceso y la conectividad en Internet) o la centralización de la administración de DNS1 en el ICANN (la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers, que maneja el funcionamiento de los nombres de dominio a un peligroso nivel mundial) son dos ejemplos de esa estructura que han sido cuestionados desde hace ya casi dos décadas por organizaciones de la sociedad civil -muchas agrupadas en la APC y otras redes de activismo mediático- e incluso llevados como preocupaciones válidas a la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, donde a falta de mayor unanimidad social fueron rápidamente ignoradas por los gobiernos y las corporaciones. O tal vez no ignoradas, sino vistas como una estructura ad-hoc de la cual echar mano cuando se hiciera necesario. ¿Y cuándo no lo es, se preguntará el censor?

Las críticas a la red centralizada que pensadores como Douglas Rushkoff2 y otros han hecho desde hace muchos años no estaban sólo basadas en la “paranoia” de la cultura ciberpunk, sino en la incontrovertible -y me atrevería a decir que antigua- noción de que la concentración de materias primas e infraestructuras ligadas a la comunicación tienden siempre al monopolio (estatal o comercial) y a la censura. Fue siempre válido para el papel, la tinta y la imprenta, como lo es hoy para toda la tecnología ligada al Internet. Fue siempre válido para la primera legislación de copyright de la historia, que garantizó monopolios en la producción de libros; como lo es ahora, que intenta garantizar monopolios de producción de bienes digitales. Fue siempre válido para las “añejas” censuras digitales en China, Cuba, Siria, etcétera; como lo será ahora, de ser aprobadas estas leyes, no sólo para Estados Unidos sino para el mundo entero.

Tal vez otras simplificaciones valgan aún más la pena cuando se habla de esto. ¿Cuál era la idea subyacente, cuál sigue siendo, que entusiasmó a tantos en los primeros años de Internet y que hoy convoca a prácticamente todos los seres humanos, sin importar su edad, su condición social o su grado de “analfabetismo tecnológico”? Difícil de enunciar con simplificaciones: la idea de comunicar, de dejar testimonio de uno mismo, de compartir, de lanzar señales de humo, de implicarse en debates, de apasionarse, de afirmarse en la complejidad o sencillez de ese inusitado milagro que a todos nos parecen nuestras propias ideas y nuestro propio paso por la vida. Me atrevo a decir que, como siempre, esa idea trasciende por mucho al stablishment y a su aplanadora de libertades. Me atrevo a decir que esa idea se defiende hoy por hoy, de la mejor de las maneras posibles, en ideas como las licencias Creative Commons, en los programas de código abierto, en la manufactura y adaptación de hardware libre, en los cientos de wikis y sitios de contribución voluntaria y, en general -y volviendo a Douglas Rushkoff, por cierto- en la “ganancia social” que las iniciativas de las personas han tenido, tienen y seguirán teniendo en el espacio virtual. Es decir, en la medida en la que nuestra propia comunicación impacte y facilite interacciones, intercambios y encuentros entre los miembros de nuestra comunidad.

Resulta difícil imaginarse que eso no sea capaz de trascender a la censura. Resulta difícil, también, no entender porqué eso puede resultar tan amenazante para la lógica reduccionista de quienes la impulsan.

Por supuesto, y como resulta necesario subrayar siempre, la primera y más importante forma de trascender a la censura es ocupándose de ella. Es decir, ocupándose del acto que la contradice: circular la información

Notas

1 Domain Name Servers, o servidores de nombres de dominio; es decir, la mitad del proceso que hace que su computadora, estimado lector, pueda responder a la fórmula www.un-nombre-cualquiera. com (o net, org, info, etcétera.) como se debe.

2 Douglas Rushkoff es un teórico de medios norteamericano, además de un prolífico escritor ligado a la cultura ciberpunk. Se le atribuye la resemantización del término “viral” en el contexto de los medios y la información.

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