Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Cannabis y el dilema de esperar

Las contradicciones culturales en la era digital (primera parte)

Dentro de una sociedad hiperinformada, sería previsible que el impacto de la información como la conocemos (llena de vacíos y contradicciones, llena de puntos debatibles, tan sujeta a la opinión y al exit poll, tan tristemente supeditada aún a la noticia o el trending topic) fuera contundente y aumentara no sólo las posibilidades de diálogo, sino el curso tangible de la realidad. Por supuesto, hoy sabemos que esta idea no es sólo debatible sino, por cómo pinta el mundo, cada vez más lejana de realizarse en algún nivel práctico. Es visiblemente claro que la información tiene un nivel de afectación en la realidad que raya en lo mínimo. A esa forma encapsulada de la información se le han dedicado innumerables caracterizaciones y es una de las piedras fundacionales del análisis de medios serio, como cabría esperar.

Por razones que son conocidas por las personas cercanas a mí, desde hace unas semanas estoy siguiendo un protocolo de cannabis medicinal. La enfermedad es un dato raro, anómalo en esta época donde todo parece inusualmente perfecto en Instagram; y quizás por eso, lo sigue tomando a uno por sorpresa.

De entre todas las posibles incomodidades que podría tener un tratamiento así, me he encontrado con una que raya en lo perverso, cuando no en lo inaceptable. No importa cuán profundamente me llevara la investigación, no he encontrado un solo foro en torno a este tema, ya sea en español, inglés o francés (que son los tres idiomas en los que acierto a leer), donde no me haya encontrado con que el dilema moral de la opinión de los demás es el efecto colateral más notable. “¿Debería decirle a mi médico que estoy usando marihuana?”, “¿Cómo le explico a mi hija adolescente que las inhalaciones que me ve hacer en el patio son de marihuana?”, “¿Me recomiendan que busque asistencia legal por estarle dando gotas de cannabis a mi marido?”

Lo más sorprendente para mí (y lo que, en mi opinión, es fundamental entender) es que un número sustancial de estos cuestionamientos vienen de países en donde el uso de la cannabis como componente medicinal es tímida, parcial o “completamente legalizado”. Las comillas se imponen porque en una muy buena parte de los países que han abierto la posibilidad, el uso “formal” de la cannabis medicinal es tan restrictivo que da la impresión de que la ley está diseñada para conducir al enfermo de vuelta al mercado negro o, pensemos como “amigos del Estado”, como una última artimaña para disuadirnos de caer en la “inaceptable inmoralidad” de consumir la planta.

Pero eso, por supuesto, es muy otro tema. En realidad el impacto de las leyes al respecto es, como lo es casi siempre, una bala perdida en el medio de la realidad. Y en este caso, nos encontramos con la realidad incómoda, quizás hasta inherentemente desagradable, de personas que están padeciendo de una enfermedad crónica o terminal; personas que, dada toda la evidencia empírica y científica que es posible encontrar en Internet, saben que pueden en la práctica mejorar, aumentar su calidad de vida y, en el caso de algunas enfermedades, incluso lograr una remisión sostenida consumiendo marihuana en alguna de sus formas existentes, procesadas o sin procesar.

No debería, por tanto, sorprendernos que todas esas personas eventualmente consigan hacer su protocolo de cannabis medicinal, aún con todo en contra. El ingenio de las personas es mucho más complejo que cualquier cosa, como también lo son el instinto de autopreservación y la solidaridad de las comunidades. Lo que quizás sí resulta sorprendente es que esas personas que voltean a la cannabis medicinal son apabullantemente diversas: ancianos, adolescentes, mujeres, hombres, niños, estén o no estén en un país donde es legal; hayan o no conocido a la planta antes de verse afectados por la enfermedad, lo hayan encontrado inmoral o no antes de tener que consumirla. Y no es aventurado decir que, en una vasta mayoría de los casos, estas personas enfrentan alguna forma del dilema para dejarle saber a alguien que su tratamiento para el cáncer, la esclerosis, el Parkinson, el reumatismo o para un sorprendentemente elevado número de otras enfermedades de casi todos los calibres, incluye la cannabis o alguno de sus activos.

Y nosotros que, ingenuamente, creíamos que vivíamos en la edad de la información.

Por supuesto, podríamos concentrarnos en lo que ya debería resultarnos obvio: que esta maraña es el producto de siglos de doble moral cristiana, de la injerencia todavía definitiva de las derechas en todo el mundo que aún hoy logran detener la completa legalización de las drogas blandas, o del aborto, o del matrimonio igualitario, o de todas las diversas formas de la autonomía.

Pero, para mí, la pregunta más apasionante de nuestro tiempo es si somos o no capaces de vivir con la información que tenemos, más allá de todo eso. ¿Es en verdad necesario, en la época en que vivimos –que es quizás lo más parecido al Renacimiento que se haya vivido desde esa época, particularmente por la cantidad de conocimiento útil que está ya, ahora, disponible en Internet, y el despliegue de inventiva y creatividad que está resultando de ello–, es realmente necesario, decía, que tengamos que esperar al Estado para que se ponga al día y comience a actuar a la altura de las circunstancias? ¿Es en verdad necesario esperar a que la clase media del mundo se eduque y deje de ser proclive al juicio fácil y a pensar que la Internet comienza y termina con Netflix? ¿Tenemos que esperar a que el abuelo, la tía, la hija adolescente o el vecino que todo lo mira, nos cuestionen un poquito menos, se iluminen o, todavía más improbable, busquen la información porque alguien se muere junto a ellos? ¿O debemos simplemente ignorar el conocimiento profundo de las abuelas y su botella de cannabis con alcohol, la experiencia de incontables pacientes alrededor del mundo y los estudios científicos contundentes, con la esperanza de que algún día haya marcos conceptuales “más propicios”?

Por decirlo de algún modo: ¿Debería el flujo de información esperar a que la realidad se adapte y esté a la altura? ¿Nos deberíamos olvidar de que lo que en principio nos lleva al futuro y nos abre posibilidades, más allá de moldes desarrollistas, es lo que como sociedad humana hacemos con la información que poseemos?

No resulta raro que las personas enfermas respondan a esas preguntas con un simple, pero contundente, no.

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