Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

Candidatos en venta

Fedro Carlos Guillén


Todo aquello relativo a la moda me es simplemente inescrutable; el modelo más moderno que poseo lo he contado ya es un gabán que me da el vago aspecto de Basil Rathbone personificando a Sherlock Holmes, nomás que calvo. Es por ello que no entiendo a los señores que ponen las iniciales de su nombre en las camisas que usan o a las señoras que consideran pertinente salir a la calle con unos pantalones que les dan a la rodilla. Como te ven te tratan dice la máxima que si aplicara a cabalidad me tendría confinado a las Islas Marías. Sin embargo, es menester aceptar que en términos de comunicación cada día gana más adeptos la idea (estúpida desde mi punto de vista) de que lo que hay que vender es un producto y no un ser humano por lo que las cosas se han movido radicalmente en los últimos años.

En mis tiempos, por ejemplo, las campañas presidenciales se llevaban a cabo de la siguiente manera. El señor candidato recorría el país en algún medio de transporte premoderno como el tren o el camión. Llegaba a una ranchería perdida, lo recibía una banda con trombón y marcha a Zacatecas, él daba un discursito y en un descuido conocía bíblicamente a la buenota el pueblo. Acto seguido le colgaban algo (que podría ser una piña en la cabeza o un collar de ajos) y lo despedían prometiéndole su voto. En esa condición a absolutamente nadie se le ocurría decir cosas como: ¡qué mal retrata el candidato! o la guayabera en beige es completamente inapropiada para un clima menor a 30 grados.

El descubrimiento de la televisión masiva y su efecto en los telespectadores cambiaron dramáticamente las reglas del juego. Hay quien aventura que Nixon perdió las elecciones contra Kennedy debido a su torpeza ante las cámaras y a las gotas de sudor que lo perlaron durante un debate tortuoso en cadena nacional. Hoy las campañas se realizan en la televisión que ha sustituido a los precámbricos mítines aldeanos y este fenómeno ha generado un nuevo nicho de mercado (para usar una jerga yuppie) que ha sido acaparado por vividores que se hacen llamar pomposamente consultores en imagen pública.

La tarea de estas nobles personas es simple: analizar al candidato como se analiza un perro de competición y encontrarle de inmediato defectos. Los dientes están amarillos, no mira de frente o sus corbatas están espantosas, son los primeros diagnósticos que se transforman en recomendaciones tarjeteadas: muestre firmeza al hablar, cargue niños, use trajes obscuros, no se hurgue la nariz en público, son parte de los mensajes que como verdades de a kilo el equipo consultor lanza a su representado o producto.

Por supuesto la evolución hacia un sistema como el descrito está llena de perversiones; la más conspicua sin duda se relaciona con la erosión de la heterogeneidad. Uno debería suponer que parte de los rasgos de los candidatos se vinculan con su personalidad y ésta se expresa en sus mañas; si uno de ellos usa botas, vale más salir corriendo. Si otro bebe en público, ya se sabe a qué atenerse, etcétera. En la medida que estos señores se convierten en producto se puede observar el prodigio alcanzado en el debate a la elecciones presidenciales mexicanas en 2006 donde dos candidatos (¿Campa y Madrazo?) salieron vestidos como si el doctor Mengele los hubiera clonado: con la misma corbata y el mismo traje.

Un segundo problema aparentemente resuelto con los recientes cambios legales aunque no metería la mano al fuego por ello se vincula con el obvio hecho de que aquel que tenga más exposiciones con su imagen arreglada llevará ventaja sobre el resto, por lo que todo se reduce a una cuestión económica y de asesoría. De esta manera parecería que cualquier hijo de vecino puede ser un candidato independientemente de su lucidez pues basta con que no diga idioteces en extremo, use una camisa adecuada y cuente con recursos para estar sobre expuesto para que la elección sea suya. Todo lo anterior, se lo digo en confianza querido lector, me parece un retroceso, pero quién demonios confiaría en la opinión de un humilde Sherlock Holmes de pacotilla.

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