Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Bestiario de la opinión pública

Ahora más que antes queda claro que el mundo constituye un teatro. Y como por lo regular nos encontramos en el mundo, no en otro lado, de una manera o de otra se nos impone formar parte de la farándula cotidiana, ésa que no precisa de instalaciones especiales para desplegarse. Que se aviene a cualquier plataforma como la luz en los espacios abiertos o los insectos en los espacios abiertos y cerrados. Poco se modifica si actuamos para un público numeroso o raquítico, incluso si lo hacemos en admisión exclusiva de nosotros mismos e incurrimos en la amena, mínima y bastante común esquizofrenia de ser el único actor en el teatro y su único público. Representar un papel integra la médula de nuestras vidas. El hecho de que no se haya resuelto de antemano qué voy a hacer, sino que a cada momento yo mismo deba resolverlo, abre un delicioso espacio para el histrionismo. Ciertamente cabe la posibilidad de que no me observe con especial inquietud cuando actúo, incluso que me desentienda de las miradas que me rodean, pero lograrlo precisa concentrarme en otras cosas que no sea yo mismo y en la sociedad del espectáculo uno asiste al show de los demás solo para perfeccionar el show propio. Sea como sea, puedo escribir yo mismo el papel que represento cada día o ajustarme a un papel diseñado por otras personas. Los distinguidos huéspedes de este breve bestiario de la opinión pública no pueden identificarse al 100% con las personas de carne y hueso que día a día animamos las secciones de opinión de los diarios, las revistas, los noticieros y mucho menos la inabarcable fauna que participamos en internet, pero se aproximan a nosotros peligrosamente. Así que escoja su bestia preferida, querido lector, ya sea para reírse de los demás o para deslindarse a tiempo y con honestidad en bien de su tranquilidad de conciencia, pero recuerde que no conviene encajonarse en ninguna de estas dos salidas fáciles a riesgo de caer en una indeseable proyección psicológica.

El ratón amaestrado

Escribe para aplaudir al gobierno. En honor a su vocación servil, merecería el abucheo del público, pero como escribe sin sal ni pimienta el público desconoce su existencia, y por lo común resulta imposible abuchear lo que se ignora. Por lo común, digo, porque nunca falta el valiente que se arroga el derecho de reprobar las cosas que no entiende… ay, pero advierto que me salgo del tema y no deseo ganarme la rechifla del respetable. El ratón amaestrado carece de ideología, y con frecuencia también echa en falta esos modelos de existencia coherente que llamamos ideas. Conductista por cálculo y convicción, se atiene con gusto al régimen mezquino del estímulorespuesta. Huelga decir que el estímulo se cifra en pesos y centavos, y la respuesta en ausencia de crítica a la labor de los gobernadores y presidentes municipales que le financian con desinterés tibetano. Abundan, en los estados y los municipios, esos niveles inferiores de gobierno, pero como el interés de la mayor parte de la gente pensante se concentra en la federación, el nivel superior de gobierno, doy por borrada mi alusión a los estados y los municipios y me limito a describir los ratones amaestrados que gustan anclarse en los Grandes-Temas-Nacionales. Estas criaturas normalmente alcanzan a hilvanar algunas ideas inteligibles, pero a pesar de su notable esfuerzo apenas son leídos por sus jefes y amigos en el gobierno, y a veces ni por ellos. De esta suerte desaparecen pronto del orbe visible de la opinión pública. Sin embargo, pronto son sustituidos por opinantes de su misma especie que, en un acto de exquisita fidelidad con sus antecesores, también pasan totalmente desapercibidos hasta que son sustituidos por otros animalillos de su linaje. El cinismo que distingue a esta especie garantiza a sus miembros una sólida paz espiritual. ¿O acaso puede intranquilizarse consigo mismo quien usa los recursos públicos como si fueran suyos y no solo no encuentra nada malo en esa corrupción institucionalizada, sino que juzga con malos ojos a quienes no pasan por encima de los demás cuando tienen la oportunidad de hacerlo? No por convenenciera su ceguera resulta menos ciega: si las acciones de gobierno no mejoran la realidad que vivimos, peor para la realidad que vivimos. Claro, siempre y cuando ellos mismos salgan directamente beneficiados por la divertida rueda del abuso prevaleciente.

El perro de pelea

Nacido para pelear, muerde animoso y no suelta con facilidad a la presa. La ideología fragua su corazón, el razonamiento rígido da firmeza a sus garras y el compromiso sin fisuras del fanático religioso fortalece su alma inquieta e intolerante. Muerto el comunismo que realmente existió, cabría esperar que el liberalismo económico ortodoxo fuera la última ideología viva en el planeta, pero no es así. Al menos en América Latina. Acá nos queda el populismo antiimperial y heroico. Sí, heroico: ¿o acaso puede existir un populismo sin Héroe? Nada varía si el Héroe muere o se vuelve senil: siempre habrá familiares y herederos dispuestos a prologar sus hazañas justas y entrañables. Siempre, but of course, llevando en alto el apellido del ilustre revolucionario al que todos idolatramos con el corazón en la mano. Pero comprendo que debo explicarme. Hablo de la última ideología viva en el planeta y no he aclarado si un mundo despojado de ideologías es mejor o peor que un mundo animado ideológicamente. Así que comencemos por el principio: ¿qué es una ideología? Respondo sin ambages: un plan de salvación de la humanidad. Y bueno, si de algo, estos maravillosos planes han

servido para matar y marginar en su nombre a millones de personas. Funcionan como las religiones cuando abandonan el ámbito personal y adquieren vocación política. Pero decía que se mantiene viva y coleando, en el pináculo del planeta, una ideología: el liberalismo económico ortodoxo. Me pregunto si ese plan de salvación universal es sinónimo de economía de mercado. Mercados había en la antigua Roma, el México prehispánico y la China milenaria, y dudo que conspirara allí el liberalismo económico, mucho menos en su modalidad ortodoxa. La cuestión reside en lograr que la economía de mercado de la era actual no solo produzca cada vez mayor riqueza, como ocurre, sino que la riqueza se distribuya con equidad, como no ocurre. Digo, ¿por qué deben quedar relegadas en el basurero de la Historia las fórmulas tradicionales de producción y comercio? ¿Por qué no pueden desplegarse economías viables fuera del voluble dominio de los capos financieros? Y de aquí, la otra pregunta: ¿necesitamos un nuevo plan de salvación universal para darle viabilidad a fórmulas alternativas de desarrollo en el mundo globalizado? No lo creo. Tampoco considero que haya que destruirlo todo para construirlo todo de nuevo, como sugieren los nuevos mesías apocalípticos. Éstos solo pueden edificar peores distopías que la que vivimos actualmente. Pero ya me salí otra vez del tema y no puedo evadirlo: merezco la rechifla del respetable. El perro de pelea desconoce cualquier forma de reserva crítica: las recientes reformas estructurales traerán al fin la prosperidad a todos los Méxicos, desde el más profundo al más superficial, sin ofensa para ninguno, claro está. Festejemos y aplaudamos. Ya no por interés, sino por convicción sensata e inteligente, realista. Con la fe que otorga saber que nos encontramos en el camino correcto. Y si esto suena a discurso prefabricado no es porque el perro de pelea se atenga a un papel diseñado por otros, sino porque vive en un mundo libre y se ha adaptado adecuadamente a él. Su cinismo imperfecto lo orilla en ocasiones a sufrir las mermas de lo oculto y lo vergonzante, pero también a disfrutar de su adrenalina orgullosa y elegante. Si por alguna extraña razón la realidad no responde a las bondades de su ideología, es porque nos encontramos ante una realidad mal- intencionada que precisa de una aplicación aún más radical de su ideología. Por eso el perro de pelea jamás abandonará la pelea. Va contra su naturaleza de animal épico y empecinado. Sí, aunque lo suyo sea el liberalismo económico ortodoxo, ese único y quizá último sistema de salvación ecuménica que tiene viabilidad en nuestro tiempo.

La paloma rebelde

Es pródiga en adjetivos de denuncia al mismo tiempo que amiga infiel y un tanto avergonzada de la buena fortuna que ha tenido en suerte disfrutar desde la infancia. La suya es una moral kantiana, hecha para dioses. Casi todos los días se siente culpable por la diferencia insalvable que existe entre su cómoda vida privada y su honesta y comprometida vida pública. Convencida que el pueblo es bueno por naturaleza, no comprende que en su mayor parte aspire a disfrutar de la vida acomodada que ella desprecia, pero que jamás ha echado de menos. Cuando desarrolla ideas propias, se revela como una enemiga probada de los datos objetivos, sobre todo cuando la contradicen. Su incuestionable valor civil le allega un público fiel y pendenciero, que la defiende incluso cuando resulta innecesario que alguien la defienda. En el fondo es un ave pacífica, pero ha sabido sacarle jugo a su intempestivo amor a la limpidez. Sin embargo, no combate su propia vocación de poder, acaso convenciéndose que sirve sin fisuras a la sociedad que se debe. Jamás le avisaría a Noé que la tormenta ha pasado, pues ella solo es grande cuando el diluvio arrecia. Cualquier cosa puede reclamársele a este espécimen, menos que incurra en un desplante cínico. Ni siquiera de broma.

El delfín de acuario

Es inteligente, culto y puntual en sus observaciones. Al tanto de las desventajas prácticas del anarquismo, no solo lo desaconseja, sino que se vuelca entusiasmado a disfrutar de las ventajas que trae la cercanía con el poder constituido. Free lance eficaz y desdeñoso, no escatima ninguna opulencia a la hora de facturar sus servicios de asesoría personal a los poderosos, pero mantiene un perfil público lúcido y combativo. Oportunamente informado de las medidas necesarias para sacar adelante al país, se pone en guardia frente al resentimiento latente de las masas que no se conforman con el bienestar que en un futuro no muy lejano se materializará con creces. Fiel a su juventud generosa y revolucionaria, se muestra presto a demostrar con cifras y estudios objetivos, ajenos a cualquier esquema ideológico, que cada vez estamos mejor que antes, y con esos números duros en la computadora limpia su conciencia desazonada. Ha entendido el proceso histórico de México, y ha concluido que resulta mejor ubicarse arriba de la pirámide que abajo. Su flexibilidad le permitió apoyar la nacionalización de la banca y luego la oleada de privatizaciones poco transparente de Salinas de Gortari. Más que por su volubilidad ideológica, el delfín de acuario se distingue por su mente crítica, adaptable, abierta a los nuevos tiempos. O al menos de eso desea convencerse cuando mira enternecido a la amada prole que lo rodea. La sostenida creación de una obra literaria personal ha permitido a algunos de estos ejemplares convencerse que se encuentran más allá de cualquier forma de cinismo. Pero otros no necesitan desmentir su falta de escrúpulos: los aceptan con entereza, en medio de algunas sonoras carcajadas posmodernas. Solo una pequeña minoría de esta especie sigue abierta y atenta, en constante búsqueda de lo que en cada caso es justo, en diálogo generoso y realista con los que vienen detrás. En ocasiones el delfín de acuario fue un radical violento, o al menos soñó con serlo, pero hace tiempo que se arrepintió de sus errores juveniles y hoy asume que la gobernabilidad democrática se encuentra bajo su cargo. Por lo mismo que antaño atentó contra el statu quo, ahora se cree su protector designado. Si alguno mantiene los ojos abiertos a la incansable novedad de los acontecimientos, es bajo la premisa de cuidar el Orden a toda costa. Poco importa si el desorden en cuestión no pone en riesgo la gobernabilidad democrática. En la bella alberca que ha logrado construir para sí en el transcurso de los años, nada ágil y veloz y realiza hermosas peripecias. Pero jamás -ni siquiera por un instante- abandonará las comodidades del bello acuario en que se encuentra.

La hiena clásica

Es el revolucionario de oportunidad que apenas puede cambia de bando para enriquecerse y encumbrarse en el poder público. Es el antiguo marxista-leninista o el flamante heredero de algún poderoso líder del sector campesino que hoy se ha convertido en un exitoso empresario gracias a que asistió puntual a la rapiña que siguió a la desaparición de Ferronales o de Conasupo. Sin mella de lo anterior, opina con dureza radical de los asuntos públicos que encuentra en su camino. Su mala suerte o la errada elección de su Gallo -quien imaginaba era el bueno y no lo fue- lo dejó al margen de la última repartición de puestos públicos, y ahora acecha al margen, orgulloso y justiciero, a la espera del nuevo fracaso del gobierno. A veces le paga a un negro para que opine por él, pero a veces garabatea él mismo sus vigorosas ideas de reivindicación comunitaria. En su época más optimista fue sandinista, y aunque se benefició de la modernización autoritaria de Salinas, jamás ofreció una declaración favorable a la modernización del país. Si los astros lo favorecieron regentea en la actualidad un foro privilegiado desde el cual pontifica con dedo flamígero a diestra y siniestra. En las antípodas del ratón domesticado, la hiena clásica jamás le reconoce un mérito al gobierno en turno. Sin embargo, jamás pisa el terreno escabroso de la denuncia concreta. En sus airadas querellas nunca se cuela una realidad palpable. Lo suyo es la guerra de generalidades. Quizá intuye que si repara en un caso objetivo, perderá el lugar privilegiado que ocupa en la más alta torre de los justicieros indignados. Así que solo grita abstracciones en contra del indignante estado de las cosas, mientras rema en favor de su prestigio y su bolsillo, sumergido en el más muerto de los gustos clásicos.

El mosquito sanador

De excepcional integridad, es un animalito curador, de firme vocación terapéutica, aunque a veces se comporte como libélula desorientada. Salomónicamente pretende dar a cada quién lo suyo, y ora se pone del lado de la sociedad, ora del gobierno, en estimulante objetividad clarificadora. Cuando padece una endémica vocación teórica, le resulta imposible poner los pies en el suelo, pero cuando la supera, sana con su flexibilidad ecuánime, autónoma y constructiva. Una saludable ansia de aire fresco lo pone a salvo de los cocodrilos del pantano por el que a veces vuela. Ahíto de generosidad, aspira a colocarse por encima de los conflictos inútiles, y en muchas ocasiones lo consigue. Rara avis en tierra, suele escampar el camino con la sola fuerza de su palabra. Entonces da por competir con Paulo Coehlo, Walter Riso y Rabindranath Tagore, pero pronto se percata de su propio fracaso, y recobra su condición de insecto. Pero ni siquiera en ese momento crucial logra digerir a Kafka.

Cosa increíble: el mosquito sanador, tarde o temprano, se recupera y vuelve al ruedo. Más fuerte e íntegro, pues ha sufrido, y a fuerza de sufrir ha madurado. Insisto: se trata de un espécimen inverosímil. Tanto que me descubro obligado a reciclar el cliché: no lo creería si no lo hubiera visto. Ahora, que ha regresado de su personal noche oscura, se encuentra lejano de cualquier grandilocuencia, se asume pequeño y admite con facilidad sus errores. Su probada lejanía a cualquier forma de resentimiento ha hecho de él una criatura redimida y sonriente. Evidentemente no existe ninguna garantía de que la evolución del mosquito sanador tome este derrotero. No resulta difícil que en algún momento se pierda, se trunque y se denigre. Comprendamos: después de todo, pasar de insecto sanador a insecto sano no se antoja una tarea simple. Mucho menos libre de obstáculos.

El lobo adulador

Ajeno por entero a las luces tradicionales de la leyenda, no precisa de la luna llena para delirar; en cualquier luna delira, y también bajo cualquier sol. Su insaciable hambre de poder y prestigio no le deja espacio para otra cosa. Al tanto del colapso general de las ideas generosas, ha abandonado cualquier idea reivindicativa, y solo argumenta en favor de las medidas triunfadoras. Aunque lobo e hijo de la luna, está muy lejos del maná original de los pueblos primitivos. En algún rincón de su psique ambiciosa y lúgubre, se persuade que no hay mayor gesta civilizatoria que la que puede orquestarse desde el pináculo de los ganadores. Al tanto que no existe un sistema social alternativo, desprecia incluso las alternativas individuales y tribales, sin importar que hablemos de tribus modernas o tradicionales. Enconado contra la rebeldía juvenil de cualquier índole, no encuentra en ella ninguna generosidad ni nuevo aire. De alcances celosamente limitados, acostumbra organizarle sentidos homenajes a la identidad local a la que se debe. Lo suyo no es el aplauso directo a la autoridad en funciones, sino la porra indirecta disfrazada de propuesta cultural sencilla y democrática. Oximoron mal logrado, no resuelve la contradicción que encarna en una realidad superior. ¿O no es cierto que los lobos nacieron para ser libres? ¿Cómo es entonces que éste sea palero? Ay, el lobo adulador ha hecho posible lo imposible, pero para peor. Lejos de lograr que la necesidad sea madre de la virtud, corrobora la facilidad con que se convierte en madre de la vileza. Si nació con una vigorosa constitución, no le sirvió de nada, pues lejos de batirse en terreno abierto por su libertad, es capaz de valerse de cualquier arte para mantenerse adherido a la teta del alcalde, gobernador o poderoso empresario en turno.

La serpiente de élite

Lee lenguajes cifrados y los bisbea para que entienda quien deba entender y no entienda quien no deba entender. En su mundo la política integra un esoterismo para iniciados, y también la literatura, y la psicología, y el arte, y la religión, y la filosofía y, de hecho, cualquier actividad o conversación humana. En su mundo hermético, exclusivo para iniciados, no caben las personas comunes y corrientes. Sabedor que la falta de vidas personales vigorosas hace deseable al inaccesible, se jacta de tener acceso privilegiado a secretos valiosos, quizá inconmensurables. Nada más sencillo que la comunicación se rompa con una serpiente de élite. Y cómo no iba a romperse, si su mayor oficio es destruir el lenguaje para volverlo inescrutable. A pesar que solo de manera excepcional abandona el mundo del chisme, solo los enterados entienden lo que dice. Pero concedamos que se mueve por el mundo con una notable sofisticación, pues ha logrado la notoria hazaña de romper el espejo sin mermar su narcisismo: si bien vive para ser el centro del mundo, casi nunca habla de sí misma. La serpiente de elite habla de los demás, personas y personajes que habitan las zonas más interesantes de la existencia, pero lo hace solo para afianzarse a sí misma como el imán que ejerce todas las atracciones. Ella posee todos los secretos que importan; en consecuencia, ella importa más que nadie en el mundo.

Por cierto, felicidad plena por este nuevo aniversario de etcétera.

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