Cinque Terre

Arouet

Bellas de noche

La noche se expande entre la claridad del cielo, húmeda y apacible en la Ciudad de México, como en las horas serenas tras el decurso de la lluvia.

 

Este sitio está incrustado en el Hotel Regis, un complejo de Art Nouveau y Art Decó construído a finales del siglo XIX y punto de referencia durante la primera mitad del siguiente siglo para el político que pretendía signar acuerdos del más alto nivel y, acaso sobre todo, para el público embelesado al escuchar al tenor Pedro Vargas y Agustín Lara, el poeta a quien aplaudió cada que pudo nada menos que Edith Piaf. El lugar se llama “El Capri”, son los años 60 y hoy brillan las marquesinas como todos los viernes cerca de la media noche en la avenida Juárez a un costado de la Alameda Central.

 

 

Estamos en penumbras, o casi, cuando las baquetas rozan los címbalos al ritmo de los aplausos. Se escucha “El hombre del brazo de oro” ( tururururú, tan, tarán, taran tan tán, turururú…) y, entonces, entre tenues cabrilleos los aplausos se despegan de los címbalos, primero con murmullos y luego con voces festivas. Esta noche no la alumbra Mora Escudero con su baile flamenco y sus piernas de marfil, no está la opulencia de Grace Renat ni la delgadez vigorosa de Wanda Seux con su admirador, el poderoso profesor Carlos Hank González (quien además busca el cobijo de Olga Breeskin). Lyn May tampoco, sus horcajadas sólo son para los teatros Iris y Blanquita igual que el célebre baño en una copa de champagne de La Princesa Lea, amante de “El Negro” Durazo; ellas no eran para “El Capri” donde solo asisten las diosas mencionadas, entre las que debo agregar a Thelma Tixou y sus labios belfos que subrayan sus imponentes turgencias.

 

Estoy sumido en la francachela con los amigos esta noche, entre las inmundicias del espíritu que buscan el amor fingido o el simple acto de mirar mujeres como joyería de fantasía, que ni las tengo conmigo ni aunque las tuviera sería auténtico. Me explico: quisiera estar con Angélica Chain y oler su cabello rubio Rossy inmarcesible (con el mismo fervor que ahora me suscita Elsa Aguirre, quien jamás estaría por estos lares, soy realista). Pero no, hoy en la pista no está ninguna de ellas. En esta ocasión se encuentra María del Rosario Mendoza, sí, nada menos que Rossy Mendoza; les decía, suena “El hombre del brazo de oro” y contonea el cuerpo a un ritmo semilento, con sus brazos rodeados de pulseras doradas, puestos a los lados y con las palmas de las manos arriba, de la cadera que oscila al ritmo de los platos y las trompetas.

 

 

Los meseros deambulan como abejas llevando whisky, ron y champagne, sobre todo a quienes tienen dinero y pueden convocar la compañía de quien sea. Junto con mis amigos resalto la cintura de esa mujer yaqui, les digo que leí en Novedades que mide 57 centímetros y con donaire de experto agrego que su entorno calipigio abarca casi el metro. Ahí está Rossy frente a nosotros ahora, drolática, holgada entre la irisación del arcoiris, baila el mambo que le compuso Pérez Prado, es la apoteosis, por lo que brindamos a la “salucita, salucita..” de Adalberto Martínez “Resortes”, quien le enseñó a bailar a este portento de mujer de cabello negro en cascada que nos mira con ojos encendidos y mueve la espalda hacia nosotros en tanto encoge hacia arriba la cadera como si recibiera a cualquiera de nosotros en la esquina de una habitación oscura. Intrépida, anhelante, con las gotas de sudor que titilan de su frente.

 

Rossy Mendoza termina su baile, y en medio del estruendo y las miradas jocundas se sienta a la mesa con un diputado que la recibe con champagne. Entonces las mariposas inician su revoloteo y cada uno de nosotros atrapa a la suya de la mano o la cintura al ritmo de la Santanera:

 

Fue en un cabaret donde te encontré bailando vendiendo tu amor al mejor postor soñando…”

 

Estoy con Mónica, sin importarme que el sablazo no tarde; me gusta su mirada altanera y su bruñida figura esculpida en amarillo, su rostro moreno y su figura sinuosa y fresca; creo que apenas rebasa los 20 como yo. Tiene los hombros huesudos y una sonrisa ajena que solo me mira desconcertada cuando pregunto qué sucederá al paso de los años con todas estas estrellas del burlesque y el vodevil, qué ocurrirá con sus caras deslumbrantes y sus cuerpos firmes o su sonrisa de bisutería, y también dónde quedará todo ese clamor que las convoca con nosotros. Mónica y yo, no podemos adivinar ese futuro y mejor, unos minutos después, nos internamos al relente de esas noches serenas que, en épocas como estas, tiene la Ciudad de México.

 

21 de marzo de 1975.

 

PD. A veces uno escribe para olvidar y otras para recordar. Y a veces también uno escribe para recordar lo que nunca sucedió, nada más porque le hubiera gustado haberlo vivido. Así es que a veces uno escribe también para vivir otras vidas.

 

 


 

Chuck Berry y Johann Sebastian Bach

 

Estoy seguro: Charles Edward Anderson Berry es al rock and roll lo que Johann Sebastian Bach es a la música clásica: ambos detonan movimientos musicales de ramificaciones muy diversas e inagotables. Si el primero fue el canto de la libertad, la fusión de al menos un par de géneros (boogie-woogie, jazz y blues), el segundo es ante todo la expresión del amor a dios como la motivación para ejecuciones fuera de serie en todos sus ciclos en donde creó más de mil piezas, como él mismo dijo, su impulso ue recrear el pensamiento; así lo tradujo –con perfectas creaciones– como compositor, organista, clavecinista, violista, además de maestro de capilla. Bach, sin duda, es el creador de la atmósfera cristiana por excelencia de principios del siglo XVIII; Chuck Berry es el padre del rock and roll (y nieto como él mismo señaló alguna vez).

 

No creo que la comparación sea forzada: si no podemos comprender a Elvis Presley o a The Beatles sin Chuck Berry, sin Bach no podemos apreciar los alcances de Mozart y Beethoven, la culminación de la era barroca y el surgimiento de la modernidad, (ambos tuvieron una gran capacidad de aprendizaje, naturalmente, como parte de ese contínuo musical, el primero no se entiende sin Nat King Cole y el segundo sin Vivaldi y su dramatismo, por ejemplo). Como sea, Berry y Bach, aquí en estos apuntes extraviados en los linderos del tiempo, tuvieron el genio para crear su propio mundo (el genio alemán como un ferviente luterano).

 

Todos recordamos que alguna vez John Lennon dijo que si tuviéramos que pensar en otro nombre para el rock and roll sería Chuck Berry; también en Johann Sebastian Bach para la música clásica, si concidimos con la respuesta de Louis Thomas cuando le preguntaron “qué escogería como mensaje de la humanidad a las civilizaciones del espacio exterior: enviaría las obras completas de Bach… pero ese sería un alarde”. (Por cierto, la NASA enviaría una canción de The Beatles).

 

“La pasión según San Mateo” es una de las obras maestras de un soberbio compositor que nunca estuvo satisfecho con su ejecución, no había músicos ni voces en su tiempo según él, capaces de traducir su creación como él quería. “Maybellene”, según los expertos, se halla dentro de las 500 mejores canciones de todos los tiempos; la revista Rolling Stone la ubicó en el lugar 18 (yo prefiero “You Never Can Tell”) aunque, naturalmente, nada de eso comprende el rigor portentoso del genio aleman, Chuck Berry fue un parteaguas (como el mismo luterano en su momento) para la música que sobrevendría.

 

 

La experimentación y, claro, la ejecución musical del nacido en Misuri en 1926 y muerto hace unos días, fue determinante para el que considero el mejor grupo de rock and roll de toda la historia, The Beatles, también para los Rolling Stones, Eric Clapton y Jimmy Hendrix. La riqueza de la música de Bach es lo más parecido a uno de esos milagros (inexistentes) de los que hablan los cristianos: dramatismo, integración de armonías disonantes, simplicidad y sensibilidad, tonalidades diversas, contralto y tenor; los ambientes sacros. Nadie lo hizo igual pero inspiró a grandes de la música como Mozart o Chopin.

 

Las trompetas de Bach, quien nació un día como hoy, son lo más parecido a las trompetas de los ángeles, incluso para quienes buscamos el paraíso aquí en la Tierra. Los acordes de Chuck Berry, al menos para mí, son lo más parecido al canto que celebra la vida; a cada instante.

 

21 de marzo de 2017

 


 

 

Goethe

 

Me pregunto cuántos caminos llevan a Johann Wolfgang von Goethe, fallecido hoy hace 185 años. A Goethe le gustó Bach y a partir de ese registro podría hilvanar la historia más o menos conocida –aunque de precaria verosimilitud– entre el escritor y poeta y Beethoven, quien habría menospreciado a Goethe por su vasallaje frente al poder durante un casual encuentro en un parque.

 

Sobre aquel registro podría optar entre dos vías: la primera es aludir a la predilección musical del autor de Fausto, tan luterano como Bach y tan absoluto como adujo E.M Cioran al referirse a Bach como “la única impresión de que el universo no es un fracaso” y, enseguida, ubicar a Beethoven también como fanático del creador de “La pasión según San Mateo”, a quien caracterizó como “El Dios inmortal de la armonía”. La segunda opción es clara: aludir al cortesano del poder que también fue el poeta desde los 26 años de edad, cuando se trasladó a la Corte de Weimar (con los pretextos de olvidar uno de sus primeros amores y desechar la abogacía).

 

La primera opción es fascinante: remite a la inquebrantable convicción de Goethe de nunca abandonar la aventura del pensamiento (“cada día aprendo algo nuevo”, escribió el anciano alemán); si la música es el lenguaje de la trascendencia, Goethe aprendió las reflexiones de Bach y no solo, el mismo Goethe hizo de la escritura y la poesía su propio estandarte para trascender. En la lectura de Milan Kundera esto último es “la inmortalidad”, el ser universal en que deviene la creación literaria cuando rebasa las fronteras, en El telón, el autor checo cita al creador de “Elegía de Marienbad”: “La literatura nacional ya no representa mucho hoy en día, entramos en la ra de la literatura mundial y nos compete a cada uno de nosotros acelerar esta evolución”. La otra opción la desecho porque disiento del juicio implacable de Rosa Montero quien, en La Loca de la casa desprecia a Goethe por haberse vendido barato además de subrayar que esa apuesta significó la disminución de su potencial literario, no es lo mío pontificar, definitivamente.

 

Me atrae la alternativa de recrear los devaneos amorosos de quien en la vejez no solo sintió los apetitos del conocimiento –hasta el último de los días dibujó y estudió la evolución– sino que también estuvieron siempre con él, los apetitos de la carne y, en especial, la predilección por las jóvenes doncellas. El mismo Goethe en su biografía o su secretario –autorizado por el autor para escribir al respecto– alude al encanto que le generó siempre el perfil femenino y el enamoramiento al que fue proclive incluso para sentir su desfallecimiento, en el desconsuelo de alguna herida de las reyertas de amor; sin ese talante apasionado, estoy de acuerdo con Stefan Zweig, el señor Goethe jamás hubiera escrito la “Elegía de Mirienbad” y Zweig signa la fecha: el 5 de septiembre de 1823 en la mañana, cuando el poeta iba a bordo de un coche de posta con el corazón destazado a la edad de 74 años, porque no logró que una niña de 16 años se casara con él, la joven Ulrike. Al biógrafo austriaco le interesa recrear la atmósfera y el sentimiento que dio vida a esa hermosa composición; a Rosa Montero le incumbe anotar el desprecio de la joven que, a diferencia del muchacho Wolfgang, no aceptó ser comprada; en contraste, a Milan Kundera le importa poner de relieve que esa elegía sitúa al autor más allá de la muerte, es decir, en la inmortalidad, al autor, dije, no a la obra, porque esa obra ahora mismo nos podría parecer almibarada, perdida en el tiempo, extraviada, no así el nombre del poeta en ese contexto y en un tiempo preciso (ah, Zewig, casi señala la hora con el reloj obsesivo de las narraciones de Dostoievski).

 

Ahora, no sé por qué pienso en Goethe dibujando a los 83 años, días antes de su muerte; lo miro sin sus dientes, la espalda corva y el cabello escaso. Balbucea el nombre de Elisabeth Katharina Ludovica Maddalena Brentano; “ese moscón antipático”, se escucha decir, la mujer de quien nunca se enamoró, la escritora alemana amiga que recreó intercambios ficticios con el poeta, sí, Bettina, amiga de Beethoven y Karl Marx, novelista del romanticismo que nunca pudo atrapar a Goethe según sus biógrafos, incluso los más espiadados aluden nada más a escarceos fugaces sin más consecuencia que una mano despositada en el pecho de la poeta y escritora.

 

Los resuellos de Goethe suenan en la habitación como ronquidos de un perro viejo, lo visitan esos fantasmas que vienen del futuro –sí, los mismos de los que habló Milan Kundera en La Inmortalidad, me refiero a los fotógrafos que, curiosos como nosotros los lectores, no saben comprender la trascendencia en el rostro decrépito del anciano. Solo miran a un hombre que está a unos días de morir sin observar su trascendencia hasta que de pronto alguien, entre los fotógrafos o los lectores que ahora están atentos, pronuncia en voz alta estas palabras:

 

¡Dejadme aquí, compañeros de camino! A solas entre rocas, pantanos y desiertos. ¡Adelante! El mundo os abre su sentido, ancha la tierra y excelso el firmamento. Ved, investigad, y acumulad detalles, Seguid persiguiendo los misterios naturales”

 

Los fotógrafos y los lectores provienen de la alborada del siglo XXI y en este instante comprenden por qué el poeta es inmortal; entonces se entusiasman al sentir azuzado el pensamiento y la pasión, y el sentimiento lo plasman con una palabra: “Goethe”.

 

22 de marzo de 2017

 

King Crimson

 

Hace 48 años el mundo asiste entusiasmado y también conmovido al último concierto de los Beatles en aquella celebre azotea y ellos lo saben, sus rostros lo transmiten, y acaso por ello rasgan la guitarra y entonan sus voces con una energía que al mismo tiempo parece que les desgarra el alma; Ringo sufre pero como si estuviera ausente, Paul tiene el ceño tenazmente fruncido –está enojado–, mientras Lennon guarda su intensidad para cuando le toque cantar “No me decepciones” frente a Yoko, en tanto que Harrison los mira displicente. El sueño ha terminado, sí. Pero también en esos momentos se estaba colocando la primera piedra de un prodigio de sonidos diversos e infinitos, no exagero, como el gran caudal de una cascada, el prodigio se llama King Crimson y su creación musical rock progresivo.

 

Creo que el álbum blanco de los Beatles es el mejor disco de la historia, y lo digo así, sin reparo, en el entendido de que las preferencias son subjetivas por definición (y también, claro está, se encuentran determinadas por la educación auditiva). Como sea, aquel disco tuvo una influencia tremenda, para King Crimson por ejemplo, como acicate para la creación y la improvisación, experimentar como una de las principales consignas para buscar sonidos y empalmarlos, bifurcarlos, contrastarlos e incluso hacerlos estallar en el caos.

 

Se conoce que Peter Sinfield, el letrista, comentó que el nombre de la banda inglesa aludía al príncipe de los demonios, Balcebú, y que, según Robert Fripp, ello significa “el hombre que ambiciona”; como sea, creo que Fripp es preciso cuando afirmó que King Crimson no es una banda si a ésta se define solo por un estilo o solo por sus integrantes, no, el nombre es una forma de hacer las cosas. Por ello, con excepción del mismo Fripp, el Rey Carmesí ha tenido heterogénas alineaciones, donde han participado decenas de músicos que dieron vida o que eran parte ya de otras conformaciones virtuosas: Emerson, Lake and Palmer, Camel o Genesis, entre otras.

 

 

Peter Sindfiel creó “Epitafh”, una pieza emblemática de King Crimson en su primer disco hace 48 años: In the Court of the Crimson King. En esa canción, interpretada por Greg Lake, está el registro de una estado de ánimo decaído que sobrevendría a finales de los 60, como cierta resaca después de la fiesta juvenil. No es cierto que todo lo que necesitas es amor, más aún, el amor terminó: “Veo cómo la suerte de toda la humanidad está en manos de locos”, clama y parece que reclama Lake en una voz que no se apaga sino que se esparce como al infinito. No exagero: esas atmósferas auditivas sólo las ha podido lograr el Rey Carmesí.

 

Soy, somos más insignificantes de lo que pensamos frente a inconmensurables portentos de la naturaleza y frente a los resultados de la imaginación y la sensibilidad musical de hombres y mujeres. Pero lo somos todo al escuchar a grupos como este, todo me refiero a la totalidad que es la cosa misma y el hombre fundidos, es la interacción entre la sensibilidad (también la improvisación) los instrumentos y de estos, provistos de sensibilidad para la ejecución de los virtuosos del mellotrón y los címbalos, o de cualquier otro en una armonía antes concebida o ahí mismo, en el instante, durante el momento de la ejecución donde se entrega el éxtasis de eso que llamamos alma. Hablo de derivaciones de jazz y música clásica al principio, y luego de los más recónditos resquicios experimentales y creativos.

 

Esa forma de hacer las cosas llamada King Crimson se encuentra entre las más longevas, y en unos días estará en México. Eso es un milagro. Primero porque signa que la diversidad en el país da para que grupos como éste encuentre respaldo entre miles de seguidores que ya agotaron las localidades del primer día. Me da mucho gusto, sin mayor presencia mediática, la banda persuade por su técnica, su imaginación creativa y por su punzante critica y su burla a los hombres y mujeres que encuentran su vida nada más en el mundo de las cosas (en ese camino para mí, sus mejores discos, que además desprenden una sensualidad y un erotismo como pocos grupos han logrado, son Larks’ Tongues in Aspic (1973) y Starless and bible black (1974) –imaginen en las percusiones a Bill Bruford, o mejor oigan “The Talking Drum” y acaso desnuden el torso como hace años este escucha agradecido hizo en el Metropolitan al bailar, sí, cuando los tambores hablan.

 

¡Viva el Rey Carmesí!

 

Ser niño en los 60

 

¿Tienes más de 45 años? No tuviste infancia si ignoras alguno de estos puntos o dejaste de hacer otros tantos:

 

1. No tuviste infancia si no tomaste Milo, que “Ayuda a forjar campeones”, mascaste chicles Motita o chupaste tamarindo en ollitas de barro.

 

2. Milo fue un chocolate que tomaba Enrique Borja para ser un campeón, si no sabes quién fue Borja no viviste una parte importante de tu vida.

 

3. Tiene mi respeto quien hubiera escuchado y recuerde a “Tres patines y la Tremenda Corte” pero no lo tiene quien recuerde con gusto a Clavillazo o Capulina.

 

4. Si no compraste un Twinky de chocolate, fresa o vainilla, olvídalo, ignoras que hubo una vez en la que existieron muñequitos de plástico de Los Picapiedra.

 

5. Si no te sentiste Ultramán o La mujer biónica no sabes lo que es tener fantasías.

 

6. Definitivamente no hay niño o adolescente que no se la hubiera jalado a la salud de Gina Montes (o si eras más chico las edecanes de Chabelo o una chava que cantaba “Soy de naranja soy Mirinda”). En estos tiempos de equidad de género hay que considerar a ellas y mencionar a David Cassidy, de la Familia Partrige.

 

7. ¿Fuiste pobre y no compraste tus papos en el Taconazo Popis o Canadá? No tuviste niñez.

 

8. Un niño grillo (los hubo, los hubo) debió leer a Rius y un adulto que leyó a Rius recordará cuán ingenuo fue cuando fue niño.

 

9. El entusiasmo de un niño llegó a medirse por su cantidad de aplausos mientras cantaba algo así como “Todos queremos ver a Olga…”.

 

10. ¿Te espantaste con los murciélagos que colgaban de un alambre en las películas del Santo? Si no lo hiciste eres un ser insensible al horror.

 

11. Quien no reniega de su lejana infancia recuerda que sus viejos o sus tíos o los hermanos de sus tíos –quienes fueran– bebieron Brandy Viejo Vergel, Ron Castillo, Bobadilla 103, Bacardí Blanco (y un chorrito de limón).

 

12. Un niño honorable sabe quiénes son Takeshi y Coyi. Para que los jóvenes me entiendan son algo así como Miguel Barbosa y Osorio Chong pero en chiquitos.

 

13. Ustedes niños, saben muy bien que no sólo de gasolina y aceite vive el coche.

 

14. Quienes tenemos 50 años ahora sabemos por qué nuestros tíos tenían los ojos rojos y la boca seca cada que escuchaban a Janis Joplin.

 

15. Si no te quedaste dormido frente al canal de noticias Eco no tiene caso que hubieras sabido quién era Topo Gigio.

 

16. Este es un comentario solo para cincuentones expertos: el comercial de Knorr Suiza lo hacía una señora que parecía una gallina.

 

17. Los niños tuvimos a Luis Echeverría y José López Portillo; los niños de ahora podrían tener a AMLO.

 

18. Niños mamones, siempre han existido. En mis tiempos ellos pedían a los Reyes juguetes Mi Alegría, los rudos El juego de Tarzán o el Chutagol, pero los más cabrones usamos resortera o tira fichas.

 

19. En los años 70, créanme, ya era famosa La Chimoltrufia que así como decía una cosa decía otra. Así como Margarita Zavala solo que sin el afán de provocar la risa.

 

20. No fuiste niño o niña si no recitaste: “No se apure, la cosa es sencilla…”; “Entre el zapato y el pantalón está el detalle de distinción…”; “Traigo un dolor de cabeza que no puedo más…”, o “Para tener buen concentrado use Cloralex concentraaado” y “Venga a ver a Serfin”.

 

 

21. Un infante que se precie de haberlo sido sabe quién es “El Loco Valdés”. Para quienes no lo saben es como Chumel solo que El Loco Valdés sí era simpático (tan, tán).

 

22. Señoras feministas, hemos avanzado de veras: antes las niñas sólo querían carreolas o una muñeca que se llamó Lagrimitas Lily o el juego de té. Felicidades otra vez.

 

23. A los niños más densos no nos gustaba la Señorita Cometa o La Princesa Amanecer, no, no. Nosotros entrábamos al Savoy a mirar a Gloriella, Rebeca Silva o Wanda Seux.

 

24. Creánme por favor, la Rubia superior no fue un desplante discriminatorio de los 70.

 

25. Lis niñis y lis niñis nirds singrinis leían “Mi periodíquito” de Novedades; nosotros Tamakún, Arrabalera y Kalimán, además del Memín y la Familia Burrón.

 

26. Los jóvenes de hoy le dicen chairos a quienes ustedes ya saben. A los niños más valientes y calientes de antes nos decían chairos. Que sus papás les expliquen por qué.

 

27. Si fuiste niño o niña en los 70 y no tuviste zapatos Crayons, Botticelli o ya de perdida los Vagabundo, comprendo que de grande lo hubieras comentado con el psicólogo.

 

28. Lis niñis miminis si irriglibin il pilo con Wildrot. Los rudos nos peinamos con limón.

 

29. Un camarada infante politizado tiene presente que el diario El Universal siempre está con el gobierno. Un camarada infante actual tiene presente que el diario El Universal siempre está con el que gane.

 

30. “Hay quienes ven esto como un vaso medio vacío pero hay quienes lo ven como un vaso medio lleno; verlo así es…”. Un niño inteligente sabe que esta frase se empleo en un comercial de… (dejo con la duda a los más jóvenes, a ver si los viernes nos aclaran en los comentarios).

 

31. No tuviste infancia y menos supiste lo que era el amor si no dedicaste “Esa pared”, de Leo Dan.

 

32. Si ignoras qué son las Tamaladas, Coleadas o el Burro pateado, o no cantaste “el anillo está en la mano, en la mano (sean serios) en la mano del señor”, el que no me lo a… regresa el tiempo y serás feliz.

 

33. Espero que recuerden la marca de pantalones Edoardo’s; maldito capitalismo: las mujeres se veían bien mamis también con Jordache y Sergio Valente.

 

34. Un niño de los de ese entonces vio a Cruz Azul ser campeón

 

35. Los niños de hoy escucharon del gobierno algo así como: “Se acabó la gallina de los huevos de oro. Nosotros oímos: “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”.

 

36. No hay escuincle que no se hubiera sentido elegante sin una uña pintada de negro cantando algo de Kiss o niño del barrio que no cantara a los Yonics.

 

37. ¿Recuerdas estos sinónimos de la palabra sí?: Papas, cámara, simón, pápalo pal taco, is.

 

38. Los chavos de antes ubican a los Hermanos Lelo. Los de hoy saben de Jenaro Villamil y Fabrizio Mejía.

 

39. Al niño que ahora tiene 50 años: si reseña un capítulo de La Princesa Caballero gana una suscripción anual de la revista etcétera.

 

40. ¿Saben quién fue Agustin Barrios Gómez? ¿No? Sin comentarios.

 

41. No tuvo infancia quien no chilló al lado de su abuela o de su mamá frente al sufrimiento de la señorita Elena, Gutierritos o de la muchacha italiana que vino a casarse.

 

42. Si fuiste niño y no supiste quién era Luis Manuel Pelayo no solo nunca cantaste “Pa’ rriba papi pa’ rriba” ni sabes quién fue la Morenaza Paty. Lo peor es que no escuchaste la voz de Kalimán.

 

43. Un niño sensible llora mientras vuelve a ver la ejecución perfecta de Nadia Comaneci.

 

44. Si no recuerdas de dónde viene la frase “¡Mucho maestro!”, disculpa, no fuiste niño.

 

45. Los niños de los 60 vimos en televisión a María Felix anunciar Nescafé o a Paco Malgesto promover la cerveza Corona: los niños de ahora ven… Este, ya no ven televisión.

 

46. No hay niño y niña de los 70 que no hubiera tenido o deseado tener un Peteca.

 

47. Un niño intelectual conoce la historia de Tohuí.

 

48. Hace más de 45 años Venus no sólo era un planeta sino un cine, igual que la Opera no sólo fue la Opera sino también un cine. Así, como el Bahía, Acapulco, Latino, Variedades.

 

49. “Murió la flor y en mí, tu esencia se perdió y tu risa infantil, creo escuchar…”. No caballeros y damas, no es Benedetti, es una cancioncita que si no conocieron nunca fueron niños.

 

50. Unos querían ser Pancho Pantera, yo siempre he sido Batman.

 

 

ADVERTENCIA: No me felicites por mi niñez, mejor levántate y lucha conmigo para recuperar la memoria de un México que se nos fue.

 

13 de marzo de 2017

 

 

José José

 

Hay un hombre que a los 16 años intenta remontar la ausencia del padre, y lo intenta sumido en una paradoja: aprovechando la única herencia del padre que es la facultad para cantar. Su esfuerzo no solo remite a la orfandad emocional que atempera con su mentor –Pepe Jara– sino al papel que a finales de la década de los 50 y principios de los 60 le asignó el Estado a los hombres como jefes de familia y proveedores.

 

Entonces el hombre canta. Anda en centros nocturnos y tabernas de la Ciudad de México. Tiene el rostro triste y demacrado. A los 17 años graba su primer disco pero, no sé, al menos yo, lo escucho más como un lamento; es una aporía: el rostro triste no puede cantar “Amor” y “El Mundo”, nadie o casi se emociona con ese cuerpo flaco y derrotado. Pero ahí tiene la voz y eso es la esperanza cristalizada, precisamente, con “El Triste”, a los 20 años. De pronto la aporía se desvanece en el teatro Ferrocarrilero de la ciudad de México un día como estos hace 47 años: un canto de amor triste, anhelante, que invade a los presentes y a miles de personas que cantan con él desde la televisión. No importa que la canción obtuviera el tercer lugar del Festival de la Canción Latina, como no importa si alguien recuerda las que lograron el primero y el segundo. Importa retratar otro instante. Es más, tampoco importa la alegría de la madre que había abierto una fonda para apoyar el segundo disco del hijo, ni interesa mirar otra vez la sorpresa de Carlos Lico que abraza al cantor y la mirada dulce de Angélica María; ni que haga lo mismo Marco Antonio Muñiz. No. Lo que importa es que ese día nació José José.

 

El cantante saborea su dolor, lo saborea con alcohol. Sin compasión ni piedad, lo llena el reconocimiento del otro y así cree haber superado, al fin, la ausencia del padre (que fue un tenor reconocido). El éxito es la fama, no lo duda. Así aborda la nave del olvido y entre una y otra alegoría la cara triste del cantor la enmascara como el “Príncipe de la canción” en los 70, por una de esas composiciones que lo enfilan definitivamente al olvido de sí mismo; si como cantaran él y Carlos Lico ese rostro querido no sabe guardar secretos de amor, la cara de “El Príncipe”no supo guardar esa herida letal de la falta del padre al que, vaya paradoja, emula en esos momentos con la fiesta inagotable del alcohol y las drogas, en un frenesí que poco a poco lo desgarraría completo, y reproduce en sus hijos la ausencia del padre.

 

Ignoro si sea casual pero me gusta imaginar que no lo es. “Si me comprendieras”, cuando la canta con Pepe Jara, es uno de esos cantos que dirigiéndose a la otra en realidad proyectan la angustia de no saber qué sigue en la vida que no sea pisar un escenario y oír aplausos. Y es que no había incentivos para eso, en medio de la vorágine los dioses lo abrazaron y con él entonaron las letras más tristes y festivas, ya mencioné a Carlos Lico y ahora a Juan Gabriel, Vicente Fernández y Marco Antonio Muñiz, entre otros más.

 

Entonces el hombre bebe. Sin la virtud de conocer el tiempo, sigue bebiendo. El tiempo no lo alivia porque él mismo no comprende sus ardores. 1984: Solo bebe y canta: “un día llegará que ya, de tanto ir y venir rodando, el cuerpo me dirá que no, que pare que ya está cansado/ un día llegará quizá que tenga que pagar muy caro, por no saber decir que no, al ansia de llegar más alto/ seré, quien todo lo dio por triunfar dejando su vida al pasar, hecha pedazos, seré…”

 

El día llegó. Hay un hombre que a los 69 años parece como si tuviera 90. Tiene la mitad del rostro paralizado pero aún tiene vida, como consta en la idéntica expresión del triste adolescente; con la mirada extraviada que busca oxígeno, escucha el diagnóstico: el cuerpo le dice que no, que tiene cáncer en el páncreas. Ahora, a esa tristeza le falta voz, incluso para amainar el temporal; se le fue desde hace unos ochos años cuando cantó por última vez y pidiéndole a Dios “que le dejara voz en la garganta”, sí, al mismo barítono lírico que nunca supo definir qué era lo más alto, la cúspide esa, a la que quiso llegar.

 

Hay un cantante improvisado en estos momentos, en cualquier lugar, y saborea su ilusión, recrea los besos y el roce de los cuerpos: “Déjame conocerte, déjame soñar, vivir un momento de felicidad/ déjame besarte con todo este amor…”. Y luego balbucea que, nada más por haber hecho cantar de amor a millones de personas, el cantor sí fue un sueño cumplido. Con todo el sentimiento almibarado y bobo, irracional incluso y hasta despiadado con el otro o la otra al que le dejan, nos dejan, con el corazón destazado, pero es que no hay que buscarle reductos al amor, que nos vuelve a todos insensatos.

 

Un sexo oral memorable

 

Lo advierto para quienes, provistos de valores distintos a los míos, interrumpan la lectura, y también lo advierto por humildad: este sexo oral es memorable, aunque sé muy bien que cada uno de nosotros tiene su propia predilección, lo mismo Bill Clinton que cualquier persona común y corriente, como quien escribe este texto. Por último añado que me refiero al sexo oral que recibimos nosotros los hombres y no al que con más o menos destreza y placer proporcionamos también a nuestra compañera de aguas.

 

Estamos en un barrio de Ohio, muy cerca de Michigan, en Estados Unidos. Dos niños juegan beisbol y entonces uno de ellos da un batazo que manda la bola tras la cerca de una casa, entonces uno de los jugadores camina sigilosamente por el prado de aquella casa buscando la pelota. En ese momento el niño escucha que un señor le pide a su esposa el consuelo de su boca aprisionando a ese Quijote suyo que se encuentra sin consuelo. Pero la señora no se oye dispuesta a oir más los chantajes de la carne y responde algo como “Mira Grosky, eso será posible cuando uno de nuestro vecinos pise la Luna”. Eso sucedió casi al terminar los años 30 del siglo pasado.

 

Ahora estamos en la Luna un 22 de julio de 1969. El astronauta Neil Armstrong pronuncia una frase enigmática frente a su compañero Buzz Aldrin; la oyen además los integrantes de la cabina que en la Tierra seguían la proeza. Armstrong dijo: “Buena suerte, señor Gorsky”.

 

Cuenta la leyenda que Armstrong era el chico que años atrás escuchó la condición de la esposa del señor Gorsky para acceder a su ardiente petición. Escribí la leyenda, y la narro en el ámbito de las fantasías que cualquiera de nosotros (si me lo permiten aquí incorporo a las mujeres) podríamos emprender para andar por los vericuetos que nos plazcan. Si lo hizo Emmanuelle en el cine, al sentir dentro de sí la lengua de Paul Newman, que no lo haga un mito en EU que además tiene la virtud de reflejar que, al menos por un instante, todos hemos sido el señor Gorsky. En cualquier caso, otro enigma que solo resuelve la fantasía nos conduce a preguntar si la señora Gorsky no se recriminó a ella misma por haber perdido tanto el tiempo.

 

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