Barbaries

“Hola, ¿ya te enteraste? ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a París?”, me alcanzó un mensaje el jueves 14 de julio cuando en medio de un par de wisquis enfrentaba la madre de todas las batallas con una vigorosa derrota en el sublime arte del dominó con mis amigos, que son unos atorrantes (Serrat dixit).


La remitente era la madre de mis hijos que se encontraba en ese momento con los orgullos de mi nepotismo en Barcelona con tres boletos para viajar el día siguiente con destino a la ciudad Luz. Como no entendí nada, ingresé de inmediato al sistema de noticias y me informé. Vi llamas cerca de la torre Eiffel y la nota de un atentado en Niza, aguardé a que la histeria informativa amainara. En Twitter descubrí lo de siempre, opiniones sin ninguna información y a idiotas subiendo imágenes escalofriantes a pesar de la solicitud de las autoridades de que no hicieran el caldo gordo.


Mi sugerencia fue en el sentido de que viajaran ya que lo de París era accidental mientras que lo de Niza era muy grave y así lo hicieron, en el momento que usted, querido lector, lea estas líneas, estoy seguro que María y Fedro estarán en mi compañía y la del perro Óscar, aunque como supongo que eso a usted no le interesa me concentraré en un tema de mayor relevancia.


El debate se centra en una dicotomía; ante una tragedia de ese calibre u otras varias como decapitados o gente colgada de puentes, ¿es legítimo hacer públicas las imágenes? Se me podrá argumentar que es una pregunta idiota ya que la posibilidad de evitarlo es nula debido a que siempre hay gente dispuesta, por ejemplo, el periodista Julio Hernández que con la tenacidad de una hormiga difundía videos de un camión masacrando gente. De hecho cuando algunos le reclamaron por esta difusión argumentó con algo que a mí me parece muy cercano al candor “lo que me reclaman ya lo subió una página informativa oficial”.


El asunto tiene varias aristas; por un lado la avidez informativa por el escándalo. No entiendo bien pero hay una creciente tendencia a alimentarse de lo grotesco, de la barbarie y de los matices rojos de las noticias. En mis tiempos había un pasquín llamado “¡Alarma!” que podía ofrecer encabezados como: “Mató a su abuelita y la hizo tamales”, la diferencia es que era un medio marginal para menesterosos intelectuales mientras que hoy con las redes sociales literalmente podemos ser testigos de TODO sin las menores reservas.


Un segundo elemento es que el terrorismo busca eso: sembrar terror y su diapasón es justamente la difusión masiva de sus actos. De alguna manera el publicar mensajes de narcos o videos de gente asesinada obra en favor de estos salvajes que, por supuesto, se benefician de que el mundo se entere de todo lo que están dispuestos a cometer de manera muy gráfica.


El tercer y último punto es el más escabroso: “el derecho a la información” es lo que se argumenta para que todo mundo pueda poner lo que le dé la gana sin ninguna consecuencia. No soy amigo de las restricciones, sin embargo creo que ante la imposibilidad de prohibir se debe transitar hacia el criterio y el sentido común. Un medio puede tener el video de un hombre en el momento que es decapitado y es probable que evalúe la posibilidad de subirlo a su plataforma y justamente en ese momento es que yo esperaría que un miembro de la mesa de redacción ofreciera el siguiente argumento: “Podemos informar de la decapitación, subir el video es monstruoso y en nada abona a la calidad de la información, si se les ocurre de cualquier manera subirlo, renuncio”.


En fin, esa es mi opinión (ni modo que ofrezca la suya) y como siempre puede usted estar de acuerdo o no. De cualquier modo sigo pensando que este mundo se está yendo por el caño ante el odio, la idiotez y la expansión de todo esto en la era del Internet. No sé por qué me viene a la mente la imagen de Mickey Mouse en el aprendiz de mago…que para mí es un recuerdo escalofriante.

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