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Ana Lilia González

Banalidad desde lo virtual. Los pecados capitales en los tiempos de las redes sociales

Un rasgo distintivo en los tiempos de Internet y la penetración de la banda ancha, lo constituyen las trasmutaciones en la conducta de los individuos, mismas que trascienden el escenario comunicativo y trastocan también temas como la política, la religión y las costumbres.

A estos cambios se suman los relacionados con las nuevas adicciones, las enfermedades y hasta los pecados, en un entorno en el cual la sobreabundancia de información, la saturación de imágenes y los modelos de comportamiento, contribuyen a la conformación de una existencia virtual que no se disocia de la vida real.

Sí, aunque parezca una afirmación fútil, con el uso creciente de la tecnología y las redes sociales, emergen nuevas formas de expresión de eso que las sociedades milenarias han denominado pecados capitales, en especial, desde que la conectividad se convirtió en un estado permanente.

Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), un pecado se define como aquella “cosa que se aparta de lo recto y justo o que falta a lo que es debido”, mientras que un pecado capital es “un apetito desordenado que es fuente o principio de otros pecados” (RAE, 2015)

En el campo de las religiones, particularmente la católica, los pecados o vicios capitales residen en aquellas inclinaciones propias de la naturaleza humana y son denominados así, no por la magnitud de su gravedad, sino porque dan origen a otros. (Catholic.net, 2015)

Los pecados capitales, según el portal Catholic.net, son: la soberbia u orgullo, avaricia, gula, lujuria, pereza, envidia e ira, todos ellos en sentido estricto, son vicios que se contraponen a las virtudes de la humildad, la generosidad, templanza, castidad, diligencia, caridad y paciencia.

Pecados capitales en el mundo virtual

¿Pero por qué podrían llamarse pecados estas conductas virtuales?

En primer lugar, porque como se ha expuesto con anterioridad, la interacción virtual no es un mundo paralelo, sino una extensión de la vida real del individuo, una línea continua, por consiguiente, lo más íntimo de su ser se exhibe tarde o temprano en estos espacios virtuales, llámense redes sociales o mensajeros instantáneos.

En tal sentido, especialistas de diversos campos del conocimiento y la investigación, coinciden en señalar que la sociedad contemporánea se define por un sentido hedonista de la vida, es decir, el placer como el fin último de la existencia, lo cual implicaría un abandono o rechazo hacia todo aquello que produzca dolor, incomodidad, sentido de sufrimiento incluso a través de meras imágenes, con una paradoja aparente: entre más se busca la felicidad a través del disfrute, más frecuente parecen volverse los casos de estrés y depresión en la sociedad moderna.

Mario Vargas Llosa (2009), se refiere a nuestra humanidad como la civilización del espectáculo. Afirma que la banalidad y la frivolidad, son el signo de nuestro tiempo, abarcando desde el ámbito de la cultura, la política, la música, e incluso la sexualidad, todo ello en el afán de acallar un vacío que persiste en el interior de las personas.

Señala que esta frivolidad es “síntoma de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la suicida idea de que el único fin de la vida es pasársela bien”.

Otros le llaman “La era del vacío” como Gilles Lipovetsky o la “Modernidad Líquida” como Zygmunt Bauman, pero todos convergen en el mismo tema, lo efímero y banal de la sociedad actual.

Esta visión es transversal ya que inunda todos los ámbitos de la existencia, incluso los vicios y pecados, hoy todo es virtual: el amor, la amistad, la emoción, el sexo, la violencia y en general la convivencia.

Tal modalidad de interacción mediante la utilización de artefactos tecnológicos, no sólo tiene un simbolismo relacionado con el estatus social, sino también con la identidad y la autoconstrucción de las personas (Poster, 2004)

La gula digital

Desde esa perspectiva y en el contexto del comportamiento actual de las personas en el ciberespacio, resultaría impreciso señalar lo que se considera exclusivamente como pecaminoso, si se toma como única referencia la definición del DRAE, pues lo que se concibe como “debido”, tampoco permanece estático, se ha vuelto relativo en tanto que la escala de valores se redefine de manera incierta y con una celeridad inusitada en la sociedad digital.

En cambio, sí es posible realizar una asociación a partir del concepto de pecado capital y la hiperconectividad que caracteriza a la sociedad contemporánea.

En esta tesitura, la hiperconectividad o hiperconexión que es una concepción propia de la era de la información, fundamentada en la necesidad de mantenerse conectado a Internet la mayor parte del día, puede perfectamente aproximarse a ese apetito desordenado a que se refieren los vicios capitales, pues en algunos casos, esta necesidad se vuelve incontenible.

Como señala Javier Serrano en su trabajo Una propuesta de dieta digital: repensando el consumo mediático en la era de la hiperconectivdad, “la generalización entre los ciudadanos de los dispositivos móviles con acceso a Internet han propiciado… que se extienda la idea de que la ‘conectividad total’ es un estado, no sólo técnicamente realizable, sino incluso deseable”. (2013, p. 157)

Esto implica que el internauta desea lograr la conectividad total y cuando no lo consigue, puede experimentar sensación de ansiedad y frustración. Así lo ilustra una imagen que circula en las redes sociales y que de forma humorística, exhibe los mayores temores de la época:

Según cifras de Internet Live Stats, el tráfico en la web en lo que va de 2015 asciende a 239 392 413 529 GB, esto es, la cantidad de datos enviados y recibidos a través de Internet en el mundo entero, a razón de 292 millones de GB por segundo. Estadística que refuerza esta tendencia que caracteriza nuestra era.

La hiperconectividad se ve favorecida por:

1.La mejora en las interfaces del usuario. Cada vez es más sencillo utilizar las nuevas aplicaciones sin necesidad de configuraciones complejas o que consuman demasiado tiempo.

2.La amplia penetración respecto del uso de los teléfonos móviles inteligentes.

3.La horizontalidad y libertad que caracterizan al uso de las redes sociales para externar opiniones, sentimientos, preferencias y toda clase de emociones respecto de asuntos de interés público y de la vida privada.

4.El anonimato como una prerrogativa ilimitada para el usuario.

5.La interacción virtual de las personas a través de Internet, como una amplificación de su vida real.

Esta demanda ilimitada de mantenerse conectado al ciberespacio, tiene como principal objetivo el uso de las redes sociales. Actualmente en el mundo existen 1395´ 020,735 usuarios de Facebook, 300´951,479 de Twitter, 1016´623,376 de Google , 66´933,177 de Pinterest de un total de 3104´111,156 usuarios de Internet en el mundo (Internet Live Stats, 2015)

Espacios en los cuales las personas comparten en un segundo 8983 tuits, 1973 fotos, 1871 post en Tumblr y 1720 mensajes a través de Skype según la misma fuente. A lo cual se suman miles de imágenes y mensajes de texto que se intercambian a través de la mensajería instantánea.

Todos ellos reflejo de sus valores, conductas, fobias, filias y hasta perversiones, las cuales se exhiben en ocasiones de manera directa o bien, bajo una personalidad construida ad hoc. Somos los que publicamos, parafraseando al periodista y analista de medios, Marco Levario Turcott.

No es gratuito que hoy en día, las áreas de reclutamiento de personal de las empresas, dediquen tiempo valioso para revisar las publicaciones que los candidatos a determinados puestos postean en la redes sociales y que con base en esa información, se tome la decisión de contratar o no. Representan para ellos información es tratégica más allá de la aptitud meramente profesional, son un referente de los valores éticos, perfil psicológico y emocional de los individuos.

Vanidad u orgullo: el culto a la personalidad

La red social Instagram mundialmente famosa por la constante publicación de fotografías de celebridades y no celebridades, es el sitio por excelencia en que se presume la belleza o atributos físicos con lujo de detalle, publicaciones que son una manifestación de la importancia que tiene en la actualidad, la valoración por parte de quienes las observan e incluso califican.

Esta cultura de los autorretratos o selfies, no es una tendencia, sino la expresión de una necesidad incesante de ser notado, reconocido, halagado y por supuesto, de mostrar en muchos de los casos, una perfección inexistente o autoimpuesta, ya que jamás se publicarían en la red las fotos menos favorecedoras, para ello existen infinidad de programas y aplicaciones que ayudan a corregir cualquier imperfección no deseada.

Esta obsesión por los autorretratos, ha generado a su paso las creaciones menos pensadas como los palos bastón para selfies y recientemente -broma o realidad- los zapatos para selfie, con una demanda creciente por parte de los consumidores en la búsqueda de la imagen perfecta que todo el mundo verá.

En 2014, según datos revelados por la revista La República, la red social Instagram presentó cifras en donde existían más de 2 millones de imágenes identificadas como “Yo”, 47 millones como “selfie” y 133 millones con la leyenda “me”. (Villamizar, 2014)

El logro mayor ante la publicación de una selfie, lo constituye el número de likes, favs o retuits obtenidos, lo cual genera a su vez, la constante revisión del estatus y comentarios emitidos por quienes disfrutan esas fotografías, reforzando con ello la continua necesidad de mantenerse conectado a la red.

De esta manera, la vanidad y el orgullo encuentran una vía para manifestarse a través de las redes sociales. Los selfies como una expresión del orgullo y la vanidad, la cultura del ego.

Avaricia: deseo desmedido por acumular información

La gran cantidad de datos e información que circulan a través de la web, producen en los internautas la tentación de descargar gratuitamente, todo tipo de aplicaciones, programas, canciones, libros, vídeos entre otros, generando un acervo de tal magnitud, que la vida entera del usuario resultará insuficiente para la consulta de los archivos obtenidos y mucho menos para su aprovechamiento, por lo cual esta conducta puede considerarse compulsiva. La antigua forma de avaricia que generaba entre sus

adeptos una sensación de poder al atesorar una mayor cantidad de bienes materiales o monetarios que los demás, sin la intención de compartirlos, se transforma en el mundo digital. Pues si bien los archivos o documentos son de acceso público, se requiere de ciertas habilidades y conocimiento de atajos y sitios en donde éstos se pueden obtener, lo cual se convierte en el nuevo elemento de poder y prestigio sobre los demás y los bienes hoy son intangibles.

Mientras tanto, la descarga de contenidos gratuitos continúa en aumento. Según el Estudio sobre los hábitos de los usuarios de Internet en México 2014 elaborado por la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI) la segunda actividad de entretenimiento que realizan las personas, es la descarga de música, representando el 45%.

Adicción al “cibersexo” y el sexting. Lujuria virtual

La facilidad con que se puede acceder a la pornografía, las citas virtuales y el cibersexo a partir de una conexión a Internet, tiene implicaciones de gran calado en la sexualidad de las personas.

Actualmente está demostrado que este es uno de los principales problemas, ya que la ruptura de la línea de tiempo y espacio que propicia la conexión virtual, permite la construcción de relaciones marcadas por la precipitación de comunicaciones, emociones, deseos pero a su vez, con la falta de compromiso y un individualismo extremo.

La fragilidad de los lazos que se construyen a través de las redes sociales u otros medios virtuales, también dota a los individuos de una amplia libertad para expresar apetitos y tendencias sexuales sin el mayor compromiso. Llegando en algunos casos, a eliminar de su vida el contacto físico para enfocarse exclusivamente en relaciones sexuales virtuales obsesivas “e-sex y sexo virtual” (Búrdalo, 2000)

Estudios arrojan que la vida sexual de miles de jóvenes transcurre desde su hogar, a partir de la vinculación con imágenes y mensajes de texto relacionados con el acto sexual (sexting), pero sin que ello ocurra en el plano real. 1 de cada 5 adolescentes en Argentina y Estados Unidos, han practicado sexting.

En suma, el uso excesivo de los medios virtuales como las redes, ha convertido a la pornografía y el entretenimiento para adultos, en una cultura de masas, puesto que los límites que existían para acceder a estos contenidos antes de la era digital, hoy han desaparecido. El 43% del contenido de Internet es sexo y pornografía. 30 mil personas están viendo pornografía cada segundo y el 25% de las búsquedas en la web son pornográficas (Ruiz, 2013)

Envidia: la magnificación de los triunfos en las redes

La exhibición mediante imágenes y mensajes, del éxito de las personas materializado en bienes lujosos, sucesos de triunfo, actitudes proclives al derroche o belleza altamente valorada, produce un efecto de imitación en otros individuos que se asocia con la envidia.

Las redes sociales magnifican el triunfo de las personas al presentarlo con ostentación, así se trate de un logro banal. Esto produce que otros deseen ser como ellos, acceder a las mismas comodidades y gozar de la misma fama.

Así, es posible observar una batalla sin cuartel por obtener el mayor número de likes ante la nueva foto, el auto recién comprado, la nueva cirugía o cualquier otro logro alcanzado. Sentimientos que en ocasiones, se externan de manera directa y en otras, solamente se observa el efecto de emulación. La imitación es una envidia disfrazada que se expresa sin cortapisas en las redes.

Pereza

Según AMIPCI el tiempo promedio de conexión del internauta es de 5 horas y 36 minutos, 26 minutos más que el año anterior, siendo el principal espacio para conectarse el hogar. Lo cual significa que buena parte del tiempo para convivencia familiar o práctica de ejercicio, en realidad se estaría destinando a navegar por Internet.

Aunado a la limitada actividad física, se sumaría la pereza mental provocada por el hecho de que buena parte de los internautas no leen, sino que solo visualizan contenidos. Si bien el uso de las redes permite la generación de nuevas habilidades ancladas principalmente al uso de las tecnologías, el razonamiento y el pensamiento abstracto en las nuevas generaciones pareciera ser un tema lejano a sus intereses, lo cual sin duda alguna, podría reforzar esta tendencia hacia la pereza mental.

Ira: los mensajes de odio y la frustración en la red

Las redes sociales han demostrado que cumplen una función de válvula de escape, respecto del descontento de los cibernautas, hechos que han quedado documentados en momentos concretos como por ejemplo, los mensajes de odio racial o de alegría ante la desgracia ajena, en los recientes accidentes aéreos acontecidos en el mes de marzo.

El anonimato que protege a las personas durante su interacción en las redes sociales, le facilita la emisión de mensajes u opiniones de rencor, limitadas solamente por el número de caracteres permitidos, como es el caso de Twitter, que acepta mensajes hasta por 140 grafías.

Al ser una red pública, las ofensas que se profieren tienen destinatario directo con acuse de recibo y lejos de construir opinión, se convierten en un intercambio sin fin de ataques entre los cibernautas.

Son una “manifestación de ira en estado puro, ya que lo importante es quejarse, agredir…” (Alvarado, 2015) y que todo el mundo se entere de su frustración.

Conclusiones

Más allá de una connotación moral, vale la pena preguntarse ¿Por qué la conducta “pecaminosa” se está trasladando a la red? Una primera idea tiene que ver con el hecho de que el sentimiento de culpa se diluye con la relativización de los valores a la vez que dichos medios parecieran potenciar el sueño anarquista, ni dios, ni patria ni rey. En tal sentido, cuando hablamos de las redes sociales, ¿debemos referirnos al espacio de la máxima libertad o al reinado de la anarquía?

En esta sociedad líquida de pensamiento light y actitud cool, todo parece volverse insustancial, banal, incluso los pecados a partir de su virtualización. Como diría Hannah Arendt: “la banalidad del mal”, como una expresión de la sociedad posmoderna en la cual los vicios capitales encuentran un espacio de expresión y desahogo en las redes sociales.

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