Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Azul

Llámenme Azul. Escribo porque ya me encuentro en condiciones de admitirlo: al principio me negué a los desvelos de quien admite competir porque me rehusé a fracasar; posteriormente, porque concluí que no vine al mundo para triunfar, sino para ser feliz. Y con ese faro existo. Como no necesito demostrarle nada a nadie, no me esfuerzo más de la cuenta. ¿Para qué remontar lo que por sí mismo fluye? ¿Para qué superar lo que por sí mismo es? Me contento con poco. Si alguna vez la ambición me ha robado el sueño, he combatido contra mí misma y dichosamente he cesado de ambicionar. Todo con tal de no conflictuarme, con tal de devenir en armonía con el universo y descubrirme al fin en consonancia con los demás.

Un día conocí a un hombre magnífico. Era guapo, elegante, triunfador. Bastaba que emprendiera unab empresa para que sobresaliera en ella. Destacaba como un excelente amante y era un gran conversador. Con él reía, nunca me aburría. Me propuso matrimonio y en principio acepté, pero el día de la boda no me presenté. La noche previa me arrepentí, no sé por qué. Quizá por un inconsciente ajuste de cuentas. Tiempo atrás me enamoré perdidamente de un sujeto como él y de un día para otro se aburrió de mí. El golpe fue tan fuerte, que aún hoy recuerdo a ese tipo que no supo apreciarme con rencor.

Un día me crucé en la calle con el hombre que dejé colgado en el altar. Brillaba igual que siempre. Todo en su vida parecía sonreír. Tenía una esposa bellísima, unos hijos preciosos, un trabajo envidiable. Entonces supe por qué no hice mi vida con él. Muy simple: porque no me gusta actuar por conveniencia, porque me odiaría a mí misma si tomara una sola decisión por interés. Después de todo, ser hija de un ex gobernador del estado debía imprimir en mí una huella indeleble de honestidad. No quiero explicarme. Yo misma me entiendo.

Hoy sé que merezco más de lo que tengo. Estoy al tanto de que valgo la felicidad. A despecho de las tribulaciones ordinarias que de pronto me apesadumbran, no me desaliento: me asiste la certeza de que algún día la dicha me pertenecerá. Los obstáculos no faltan, pero si me dejo fluir nada me faltará. Todo acabará tomando su lugar. Ayer, por ejemplo, fue un día muy pesado en la oficina. Me enteré de una intriga en mi contra. Supe que era cierto: tengo enemigos que conspiran contra mí. A los pocos minutos que confirmé que compañeros de trabajo a los que jamás he hecho daño conspiraban contra mí, me descubrí rechinando los dientes. Concluí de inmediato que debía renunciar. Así que hablé con mi jefe y abandoné ese infiernillo para no volver jamás. Me amo lo suficiente para comprender que nada puede estar por encima de mi salud.

Sé que éste no es el final. No puede serlo, pero no deseo conflictuarme. Puedo estar en armonía con el universo y en consonancia con los demás. A la vuelta de los días me encontraré bien. No nací para triunfar, sino para ser feliz.

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