Rafael Luviano

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Avelino Pilongano, un charlatán del arte

Cuando conocí a Gabriel Vargas, a mediados de los ochenta, supe de inmediato sobre la naturaleza de sus personajes, al escuchar de viva voz la esencia de su origen de clase media y provinciano. Un hombre encantado con el habla popular, que intentó retratar (y lo logró magistralmente) a la gente sencilla del pueblo. Sus inicios fueron complejos, pues llega con su familia de su natal Tulancingo, en una cierta posición económica, pero conforme fue creciendo los recursos en la de concreto se extinguieron y en una familia numerosa tuvo muchas dificultades financieras.

En su inconsciente siempre estuvo fija la forma de hablar de los indígenas y ello le ayudó a crear sus primeros personajes con Los Superlocos, Jilemón Metralla y Bomba, y con ello empezar a recrear el lenguaje y hasta modificarlo, lo cual le regocijaba.

Paradójicamente, era un hombre con dificultades para expresar sus ideas, pues un cáncer de garganta le implicó ser intervenido quirúrgicamente y propició que su voz se escuchara como desde el fondo de una caverna. Sin embargo, era generoso, siempre vestía muy formal, de traje y corbata, de aspecto endeble, baja estatura y muy delgado.

Recuerdo que me llevó a donde se hacía la historieta que le dio fama y celebridad: La familia Burrón. Era un departamento, en la plaza Charles Finley, a un costado del Jardín del Arte y Villalongin. Sin ningún tapujo me contaba que debido a sus problemas de salud era indispensable que esos seis dibujantes ahí reunidos le ayudaran a realizar sus creaciones, que finalmente él siempre estaba a cargo de las decisiones finales, en esa trama que estuvo en el gusto del mexicano (y que trascendió fronteras) durante más de seis décadas, desde 1948 y alcanzó dos épocas, la segunda inició en 1978.

De los casi sesenta personajes emanados de La familia Burrón, encabezados por Borola Tacuche y don Regino Burrón, historieta que fue sujeta de sesudas investigaciones en universidades de Estados Unidos y de diversos tratados sociológicos, hay uno que destaca por ser el arquetipo de uno de sus paisanos. Vargas recordaba que Avelino Pilongano en verdad existió. Era un joven igual que él, pero según confesión de su madre, no sabía nada. Un tipo que se sentaba en la banqueta tulancinguense, imaginando versos que nunca se traducían al papel. Recordaba, como si lo estuviera mirando, que nunca lo vio escribir nada durante el tiempo que convivió con él y que siempre fue un flojo, desaseado y desobligado. Por lo tanto, muchos de sus personajes fueron emanados de la vida real.

Y es que Avelino Pilongano, siempre con un libro bajo el brazo, de mediana estatura, con una gorrita sobre la de pensar, dos incisivos frontales prominentes, zapatos exageradamente largos y un suéter de mangas muy extensas, su principal ironía es que era un pobre tipo que vivía engañado como poeta inédito, dedicado la mayor parte del tiempo al pensamiento estético, bohemio de corazón, pensando que el trabajo lastimaba su vocación artística, como hay muchos que piensan así y sin hacerse notar con una obra sólida.

Tal vez por ello, Avelino pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, mientras su mamá, doña Gamucita Botello intenta liberarse de la monserga de ese hijo que no deseaba trabajar porque alegaba ser poeta, y no obstante su avanzada edad trabajaba duro de sol a sol restregando ropa ajena para mantener su hogar y exigiéndole a su vástago que consiguiera un trabajo de verdad. Acaso fue el primer antecedente de los muchos ninis, de hoy en día, que en la sumatoria escandalosa, llegan a más de siete millones de jóvenes que no estudian ni trabajan.

Gamucita duerme en el suelo, mientras su hijo lo hace en la única cama que poseen, y se priva muchas veces de los alimentos para ofrecérselos al aspirante a juglar, por lo menos frijoles refritos y café negro, los cuales Avelino critica, pero nunca deja de hacer por su vida. Tal vez por ello, la madre intentó darle una lección, para orillarlo a valerse por sí mismo y un cierto día escapó sigilosamente de casa para pasar una temporada en casa de los Burrón. Cual fue su sorpresa que cuando regresó, luego de un año, halló a Avelino, cual oso, en estado de hibernación, en medio del polvo y las telarañas que se acumularon durante todo ese tiempo.

No está de más decirlo, no es que Avelino esté en contra del trabajo físico, pero nomás no se le dio un esfuerzo extra: un día intentó emplearse como media cuchara y se cayó de la obra en construcción; en otra se contrató como elevadorista y se quedó atrapado en el ascensor, ni como panadero tuvo éxito, pues estuvo a punto de ser horneado completamente. Acaso, cuando más lauros cosechó fue cuando lo contrató una tienda de colchones, para dormir a pierna suelta en el aparador, a la vista de toda la concurrencia y, no obstante, a los pocos días renunció, argumentando que regresaba a casa extasiado, luego de tan peliaguda labor. Sobra decir que la madre avalaba las decisiones de su vástago, casi sin chistar.

Lo verdaderamente lamentable en el entorno que rodeaba a Avelino Pilongano son sus amigos dizque poetas como Vagancio Pocalucha u Olga Zanna. La principal burla es para la noción que el público guarda de poetas reverenciables, tales que Avelino pueda valerse del nombre de ellos para engañar a su madre, concretamente: Octavio Paz.

Y aquí tal vez, el poeta Carlos Santibañez, lo explique con todas sus letras. Según él, la crítica se endereza más contra el concepto reverencial que el sistema prohija (y sigue teniendo, caramba) de Octavio Paz, que contra el propio Avelino, que de suyo, si vemos, no constituye personaje de gran tipicidad en tanto poeta o aspirante a serlo. Lo típico de la gente no es que se sienta poeta y si hay muchos que se creen poetas, es porque hay algo peor y eso sí, típico: la adoración reverencial hacia mitos, que el sistema ha consagrado.

Se debe decir con toda la barba, porque se ha mal interpretado la ironía de Vargas respecto a Avelino, tratándolo de ponernos el oficio de la poesía como ejemplo de lo que no se debe hacer y que quien tenga esta extravagante inclinación, mejor se ponga a buscar chamba. Acaso, ésa era la idea en la antigu%u0308edad sobre toda la literatura. Prueba de ello es que cuando un padre se enteraba de que su hijo se dedicaría a escribir versos, le refería que mejor se dedicara a algo de provecho, con lo que realmente ganara dinero.

Y para Santibañez, que se gana la vida impartiendo talleres de poesía por todo el país, en el INBA: “La verdad es otra”. Explica que es la necesidad que tiene el sistema de reafirmarse a través de hipocresías, y si a hipocresías vamos, es mayor la de gente que manipula un entorno, hacia la charlatanería, volviendo charlatán lo que incluso antes de ellos no lo era, al aceptar ser erigidos por el sistema como modelos absolutos y totémicos que oponer a los demás.

Recuerda que donde más hubo charlatanería en el pasado fue en materia de plagios. Y lo sigue habiendo, recuerda el caso de Sealtiel Alatriste, que hasta la chamba perdió en la UNAM, “por charlatán”.

Santibañez Adonegui alude que hay algo en boga en este momento en materia de charlatanería, que es la poesía que se escribe nomás para ganar un concurso. Se convoca a un certamen con bombos y platillos, se anuncia que el premio es muy cuantioso, se recogen bastantes ejemplares de gente bien intencionada que cae en el engaño, y como no hay control, transparencia, ni rendición de cuentas, ni hay ley que lo regule, resulta que todo era un embuste: el premio estaba arreglado y el ganador resulta una auténtica nulidad o incluso se deja para después la ceremonia de su premiación, cuando ya ni se acuerden los otros concursantes que sí eran honestos, porque lo único que contaba era recoger el dinero de algún programa oficial u Organización No Gubernamental.

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