Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Atrapados en el espejo

Fabián no lograba precisar cuándo comenzó a mirarse con esa obsesión en el espejo. Lo hacía entre cuatro y cinco horas diarias, a veces más. Descubrirse solo en casa le ofrecía el contexto propicio para hacerlo. Sus padres no estaban presentes. El padre se había marchado hacía mucho tiempo y la mamá debía trabajar para mantener a la familia. Pero no intentaba escabullirse. Sabía que en última instancia era el único responsable de sus actos. Los niños no tenían la responsabilidad sobre sí mismos que la teoría moral confería a los adultos, pero él hubiera podido salir a jugar con los vecinos y no lo hacía. Prefería observarse a sí mismo. Primero se contemplaba en el espejo del enorme y antiguo tocador de su madre, luego, cuando se cansaba de permanecer de pie, abría un cajón y tomaba el espejo de mano. Ay, cómo le fascinaba ese pequeño espejo con su mango blanco y garigoleado. Entonces se echaba en la cama de su madre y colocaba el espejo frente a su rostro. Ora boca arriba, ora boca abajo, ora recostado de un lado, ora del otro, se observaba complacido. En ocasiones le intrigaba lo que veía, pero casi siempre le complacía.

Algún tiempo después comenzó a segregar saliva amarga. No mientras se admiraba en el espejo, sino cuando debía tratar a otras personas, ya fuera en la escuela, la calle o, incluso, en su propia casa. Odiaba carearse con los otros. Medirse con su irreductible diferencia, tolerar su palmaria estupidez. Pero Fabián se consideraba un sujeto valiente, de modo que a fuerza de coraje y determinación consiguió dominar la angustia que le producía encontrarse con otras personas. Por algún motivo necesitaba colocarse por encima de ellos, demostrar su superioridad. Algunos días lograba ese objetivo, otros no, pero sin falta tosía como un tuberculoso en fase terminal cuando interactuaba con sus semejantes. Hallar su lugar en el mundo lo ponía muy tenso. Realmente estresado. Pero siempre encontraba la forma de que no se le notara. Como el soldado que pelea a ras de suelo en una guerra sin posibilidad de armisticio, vivía simulando que se mostraba, pero lo cierto era que se ocultaba a un tiempo con el hambriento sigilo con que el depredador acecha a su presa y con la astucia temerosa con que la presa intenta evadir a su depredador. Tal vez por ajustarse a esa rutina tan demandante segregaba aquella saliva amarga y tosía como infectado por un mal terrible aunque no padeciera ningún achaque fisiológico.

¿Acaso ya me lo había dicho? Si no, me lo revelaba ahora mismo, sin cortapisas: se sabía habitado por el infinito, validado constantemente por una amplitud sin límites que llevaba dentro de sí mismo. ¿Cómo no iba a vivir para contemplarse? ¿Acaso no era necesario conocerse a uno mismo? Bien pero, ¿por qué tosía entonces como un tuberculoso? No era que se aburriera. No, en definitiva los suyos no eran los tosidos que sin excepción pueden escucharse en un concierto de música clásica. Los suyos eran unos tosidos más decididos y enfermos.

Atado a una mezquina exigencia de sobresalir, encerrado en una árida dimensión donde ninguna otra persona contaba de verdad, Fabián siguió hablándome de sí mismo, planteándome su biografía con lujo de detalle. Pero a mí no me importaban los pormenores de su existencia. Su vida no significaba nada para mí. Perdido en mis propios intereses comenzaba a ignorar su perorata, cuando aludió a los increíbles poderes mágicos de los espejos. Seguro era una tontería, una trampa, pero en forma inevitable y compulsiva volví a concentrar mi atención en él. Le pasaba con todos los espejos. No solo con el que adornaba el viejo tocador de su mamá y con el que tenía el bonito mango blanco y garigoleado. En todos los espejos se arremolinaba un numeroso público que le aplaudía sin la menor reserva crítica. Personas de carne y hueso que lo admiraban a un céntimo de la aclamación. Ambos sentíamos que era imposible poner en duda que ése constituía un privilegio que cualquiera moriría, literalmente, por disfrutar. No lograba recordar cuándo descubrió a ese hermoso público atrapado dentro del vidrio reflejante, pero hacía ya largo tiempo.

No estaba cien por ciento seguro de que esas personas estuvieran allí, tal vez su imaginación las agregaba sin que él se diera cuenta, pero la interacción con ellas resultaba un hecho positivo que prefería admitir sin mayores complicaciones. Lo notaba en el talante crítico que a veces mostraban. Sí, me había dicho que se trataba de un público complaciente, que por regla general celebraba su sola presencia ante el espejo sin ninguna reserva crítica, pero debía admitir que en ocasiones los aplausos disminuían e, incluso, había llegado a escuchar algunas observaciones desfavorables hacia su persona. Eso le agradaba. Lo estimulaba. Lo impelía a superarse. A ser alguien mejor cada día. Incluso se había percatado que entre ese lindo público que lo celebraba, figuraban algunos listillos que demandaban un intercambio más equilibrado. Los muy audaces soñaban con ser reconocidos. No solo lo reconocían a él, sino que anhelaban un mínimo reconocimiento de su parte. Y en casos excepcionales, cuando realmente valía la pena, él podía favorecerlos con algún gesto aprobatorio, por qué no.

No podía negarlo: Fabián me caía mal. Y por lo mismo debía preguntarme por qué. Al principio su egolatría me dio risa. Luego la juzgué patética y encontré en él un sujeto digno de compasión. Pero al poco me descubrí muy enfadado ante el ridículo espectáculo en que se había convertido para sí mismo. ¿Acaso había algo en mí de su espantosa forma de ser? No, por dios. ¿O sí? Entonces me pregunté dónde nos encontrábamos, en qué lugar solía reunirme con él. Según recordaba estábamos sentados en una sala común y corriente. Pero las cosas que descubría a mi alrededor no cuadraban con ese recuerdo. Para empezar no permanecíamos sentados, sino parados uno frente al otro. En segundo lugar no aparecía a nuestro alrededor ninguno de los muebles que acostumbramos identificar con una sala. En tercero, no lograba determinar dónde se ubicaban las paredes y el piso. Era como si me hallara suspendido en un lugar inverosímil e indeterminado, dentro de una dimensión imposible que no contara con paredes ni piso. Y lo más sorprendente: de pronto advertí que había un grupo numeroso de gente a mi lado. Hombres y mujeres que, como yo, escuchaban a Fabián, pero no deseaban escucharlo. Sí, éramos su público hermoso. ¿Acaso estábamos dentro del espejo y Fabián fuera? Qué cosa. Sé que por descubrirme en un lugar inconcebible, que en modo alguno podía existir, debí sorprenderme, asombrarme, estremecerme. Pero antes de acusar alguna forma de la fascinación, me sentí burlado, engañado, usado como un mugroso objeto con alevosía y ventaja. Vilmente manipulado. No podía soportarlo. Sin ninguna participación expresa de mi voluntad, formaba parte del público de Fabián. Qué horror. Debo admitirlo: sentí coraje y envidia. ¿Qué importancia podía tener que en este espacio inhabitable la comunicación humana resultara imposible? ¿Qué valor podía tener que no tocara el alma del otro ni que el otro tocara la mía? Aquí lo definitivo no era alcanzar esas honduras, que quizá no existían, sino aplaudir o ser aplaudido. Reconocer o ser reconocido. Como en la famosa dialéctica del amo y el esclavo. Así que debía acopiar paciencia. Sereno e ingenioso, buscaría la manera de irrumpir en el puesto de Fabián. No había vuelta de hoja: tarde o temprano me correspondería ocupar ese lugar. Obvio: me moría por hablar y ser aplaudido, pero por el momento me conformaría con fingir que escuchaba y aplaudía. Pronto llegaría mi hora. Por dios que llegaría, sí señor, cómo carajos no.

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