Iván Ríos Gascón

Escritor

Arthur, Marilyn y los días extraños

A principios de los años 50, junto con Elia Kazan y la hermosísima, electrizante chica que acababa de conocer por intermedio del escritor y cineasta de origen griego, Arthur Miller presentó un guión a Harry Cohn, presidente de Columbia Pictures, con el tentativo título “The Hook”.

El proyecto versaba sobre la corrupción sindical y la dura vida de los trabajadores de los muelles neoyorquinos, una historia que a Miller le era familiar: desde su observatorio cotidiano de Brooklyn Heights, el dramaturgo había seguido muy de cerca las maniobras criminales de los líderes, cuya relación tentacular con los políticos y con la policía les permitía perpetrar toda clase de delitos, siempre con el yugo sobre los estibadores y sus familias, una práctica que contradecía los supuestos ideales de democracia, progreso y bienestar del sueño americano.

Harry Cohn los trató con displicencia. Sin apartar la mirada de la explosiva rubia que acompañaba a los pedigüeños (así se sentía Arthur Miller ante ese hosco mercader hollywoodense, que no cesó de cuestionar el carácter subversivo del argumento), dejó en suspenso la posibilidad de contratarlos, con dos explicaciones nada halagadoras: “No vamos a sacar ni un centavo con esta película” y “Haré que el FBI lo compruebe”, refiriéndose al guión. Esta última frase fue pronunciada en tono malhumorado.

Eran los tiempos de la caza de brujas contra los realizadores progresistas de Hollywood, iniciada en 1947 por el senador Joseph McCarthy de Wisconsin, y capitaneada, en los hechos, por el siniestro J. Parnell Thomas. Por tanto, la amenaza era sumamente delicada.

Al salir de la oficina de Cohn y, para tranquilizarse, el trío visitó a los amigos de Kazan: Robert Adrys y Alfred Newman quienes, como el directivo de Columbia, también sucumbieron al encanto de la chica, no sólo por su belleza sino por su irresistible aura de orfandad, una mezcla que auguraba devastadoras consecuencias en el ego masculino.

Caminando bajo el inextinguible sol californiano, ella le sugirió que entraran a una librería para adquirir La muerte de un viajante. Complacido por el inusitado interés de esa niña-mujer por leer su obra, Arthur Miller accedió a la petición y, mientras recorrían los pasillos, Miller advirtió un grotesco detalle: desde una esquina del local, un hombre asiático se masturbaba por encima del pantalón, sin quitar los ojos de su acompañante.

Por fortuna, ella no se percató de la bajeza y, como una especie de disculpa por el terrible agravio, Miller le compró, también, algunos libros de poesía: Robert Frost, Walt Whitman y e.e. Cummings (no está de sobra decir que aquella tarde ella no lucía un escote ni llevaba una falda ceñida a las caderas y los muslos, como en la mayoría de sus películas, sino que vestía como cualquier clasemediera: su impoluta, perfecta anatomía, irradiaba sexualidad espontáneamente).

Los obsequios le causaron una sorpresa formidable. Mientras él se preguntaba qué iba a pensar la joven actriz de una poesía sencilla y, a la vez, compleja, ella le respondió con una risa franca al terminar el poema de Cummings sobre el vendedor de globos cojo, exclamando la frase terminal “¡Y es primavera!”

Así se entregó al hechizo. Desde aquel instante, el dramaturgo sabía que no a iba a librarse de amar, cuidar y guarecer a esa belleza inenarrable que colmaría sus mejores años. La librería, el obsceno fisgón, el ejemplar de La muerte de un viajante, la poesía, la vivacidad y el alborozo de la lectura, fueron las semillas de la compleja relación entre Miller y Marilyn Monroe.

Ella era, efectivamente, insegura, depresiva, ingenua y soñadora, pero también sensible, ambiciosa, impaciente, rebelde y atrabiliaria. Amaba la lectura y solía escribir poemas y textos personales. Quizá es por eso que el matrimonio con Arthur Miller duró más que su unión con el beisbolista Joe DiMaggio, una relación totalmente mediática pues, desde la perspectiva del showbiz y los tabloides, DiMaggio y Monroe encarnaban al ideal americano del éxito y la popularidad.

Arthur Miller representaba al numen de Marilyn por múltiples razones: célebre, intelectual contestatario, creador relacionado estrechamente con los escenarios, hombre maduro, sereno y con experiencia, era el símbolo del padre, el maestro y el amante.

A lo largo de la relación, Miller ensambló mentalmente la dualidad de su pareja: vulgar en ocasiones (comprendió cabalmente por qué siempre le ofrecían papeles burdos), sofisticada la mayor parte del tiempo, Marilyn mutaba de una personalidad a otra, eternamente confundida con sus aspiraciones.

He aquí un ejemplo de su mirada (una de tantas que Miller anotó en su autobiografía Vueltas al tiempo), a propósito de la temporada que pasaron en Inglaterra, cuando Marilyn rodó El príncipe y la corista, dirigida por Laurence Olivier. Llevaban un año de casados.

“En las escasas noches de tranquilidad en que Marilyn podía pensar en otras cosas, en la sociedad, en la política, en alguna novela que hubiese estado hojeando, en que momentáneamente dejaba de ser una competidora, actriz incluso, el precio del estrellato parecía insoportable. Casi todos los días llovía un poco, pero algunos domingos nos podíamos instalar en el césped espeso y en estos infrecuentes momentos de ocio daba la sensación de ser una criatura acosada, herida y dolida por dentro. Hablaba de matricularse en alguna academia neoyorquina para estudiar historia y literatura. Me gustaría saber cómo han llegado a ser las cosas lo que son ahora . En tales ocasiones había atisbos de otra mujer oculta en su interior, una mujer cultivada, con recursos, en el sentido habitual de la palabra, preparada para resolver los más mínimos conflictos de la existencia.

Parecía poseer una gran inteligencia mutilada por la vida, sometida por una cultura que sólo le pedía atractivos y seducciones. Ya había interpretado este papel y ahora solicitaba permiso para manifestarse en una dimensión distinta, pero por culpa de ese no-sé-qué de entendimiento difícil no se le concedía audiencia, circunstancia que resultaba dolorosa cuando, al igual que todos los actores y actrices, estaba casi totalmente determinada por lo que se decía y escribía sobre ella. Si en la pantalla y para casi todos los observadores era, al margen de su ingenio, excitación pura, para sí era esto pero también alguna otra esperanza más profunda. Y el secreto de su ingenio estribaba en que sabía ver a su alrededor, alrededor de aquellos que se reían con ella o de ella. Al igual que casi todos los cómicos de valía, se mostraba pesarosa al hablar de sí misma y de sus aspiraciones a ser algo más que una muñeca hinchable y corta de entendederas; al igual que la mayoría de los cómicos, luchaba por mantener a flote su dignidad, y sus observaciones y su malignidad eran el oxígeno autogenerado que la mantenía con vida. Los actores de comedia generalmente son más profundos, están en cierto modo más cerca del basurero de la vida y sufren más que los trágicos, que por lo menos, como personas, han obtenido un estatuto profesional de seriedad.”

¿Era la falta de seriedad, como pensaba Miller, lo que incordiaba a Marilyn en ese mundillo donde tan sólo fue una diva hueca? ¿Era por eso que leía y escribía compulsivamente?

Tal vez, la profundidad de la que carecía fue el motivo por el que consiguió la amistad de Truman Capote, Carson McCullers, Pier Paolo Pasolini, Norman Mailer o Karen Blixen, y mantuvo una sólida correspondencia con Albert Einstein, a quien, por cierto, una ocasión le preguntó: “¿No cree que deberíamos tener un hijo juntos para que tuviera mi físico y su inteligencia?”

Los espíritus frágiles buscan siempre un asidero para no flotar a la deriva. Vulnerable a pesar del abrazo protector del dramaturgo, Marilyn buscó la tutela de Lee Strasberg, con el que forjó una enfermiza relación donde la alumna quedó a expensas del mentor y que, lejos de ayudarla a superar su pánico escénico, agravó el horror que sentía al entrar a cuadro.

Reparto tras reparto, guión y director, Marilyn era incapaz de mejorar. Olvidaba sus líneas. Tropezaba ante las cámaras y constantemente perdía la tensión dramática, pero Arthur Miller no podía socorrerla todo el tiempo. Acosado por el Comité de Actividades Antiamericanas, aquellos días extraños eran como caminar en una interminable cuerda floja.

Las citaciones para comparecer ante la Comisión se volvieron cotidianas. Miller incurrió en desacato, se negó a colaborar con el proyecto de aquellos diputados inmorales, pues, al fin y al cabo, su vida era el teatro y el macarthismo se concentraba, básicamente, en la industria hollywoodense. Años antes había retratado esas perversidades del poder en su libro Las brujas de Salem, metáfora del fascismo que anula libertades y garantías en nombre de la ley.

Entonces comenzó la debacle. Marilyn abdicó de sí misma y volcó la responsabilidad en Paula Strasberg, esposa de Lee, al tiempo en que su adicción a los barbitúricos cobró más fuerza.

La opinión de Miller sobre su talento también pesó en la relación, pues la objetividad del dramaturgo era insobornable, a lo que ella respondió con el distanciamiento. Sobre una de sus crisis, contemplándola dormir, escribió:

“El sueño de Marilyn no era sueño, sino la palpitación de una criatura agotada que lucha con algún demonio. ¿Cómo se llamaba? Sólo parecía ver que los demás la habían castigado y traicionado, como si se limitase a ser una simple espectadora de su propia vida. Pero al igual que las demás personas, era también la protagonista, ¿y cómo, si no? Yo sospechaba que lo sabía, pero que no se atrevía a admitirlo ante mí. De aquí que le resultase tan inútil en aquellos instantes, un estorbo en el mejor de los casos. Lo irónico era que me había aferrado a la idea de que se trataba de una inocente perseguida porque no podía admitir su anterior situación existencial, porque deseaba salvarla de ella en vez de aceptarla como suya propia. Había rechazado los horrores que había padecido, negado el influjo de éstos, pero era ella misma la que se consideraba rechazada. Sólo un sublime acto de gracia podía superar la situación. Y no lo había. Lo único que le restaba era seguir proclamando su inocencia, una inocencia en la que, en el fondo de su corazón, ella no creía. La inocencia mata”.

La separación fue necesaria. Ya lejos de Marilyn, Miller seguiría evocando la magnética sombra de una chica que despertaba un deseo indomable donde quiera que llegase, incluso en el polvoriento ambiente de una librería.

Una chica que escribió ciertos poemas de desamor:
El dolor de su añoranza cuando mira
a otra
como una frustración desde el día
en que nació
y yo con mi despiadado dolor
y su dolor por la añoranza
cuando mira y ama a otra
como una frustración del día
en que nació
tenemos que sobrellevarlo
me muevo tristemente porque no siento alegría
alguna.

O de vuelos funestos:
Ay maldita sea, me gustaría estar muerta
-absolutamente no existente-
ausente de aquí -de todas partes-
pero cómo lo haría
Siempre hay puentes
el puente de Brooklyn
Pero me encanta ese
puente (todo se ve hermoso desde su altura
y el aire es tan limpio) al caminar parece
tranquilo a pesar de tantísimos
coches que van como locos por la parte de abajo.
Así que tendrá que ser algún otro puente
uno feo y sin visitas
-salvo que me gustan en especial todos lo puentestienen
algo…
y además nunca he visto un puente feo.
Una chica inabarcable, una chica perfecta. El perpetuo
ensueño de los mortales…

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