Cinque Terre

Mario A. Campos

Periodista y consultor.

Aprender a mirar

Aprender a consumir medios es el gran reto en el año que inicia. Luego de un 2007 marcado por una intensa actividad en la esfera mediática, toca a los ciudadanos hacer su parte. Ya la hizo la Suprema Corte (SCJN) que el año pasado acotó la llamada Ley Televisa; también los legisladores que con su reforma electoral cambiaron las reglas de la relación entre políticos y medios de comunicación, y lo hicieron las propias empresas mediáticas que al expandirse, aliarse o simplemente fijar postura en torno a estos temas, movieron sus piezas para ocupar una mejor posición.

Pero en este tablero el actor que ha mostrado menos cambios es el consumidor de medios. La afirmación es aventurada pues no hay datos que la soporten, sin embargo, tampoco hay elementos que permitan pensar que los ciudadanos somos hoy más críticos a la hora de tratar con la prensa, la radio y la televisión. Es cierto, el debate en torno a estos temas ha ocupado como nunca espacios en medios y quizá ello alimente el optimismo de algunos, no obstante, no hay porque concluir que la sola exposición del tema es suficiente para fortalecer la capacidad de análisis de las audiencias.

El año pasado, es verdad, nos permitió ver a políticos, gobernantes, periodistas y concesionarios interactuar de formas nunca antes vistas; sólo como ejemplo, ahí está la histórica reunión del 11 de septiembre en la sede del Senado, en la que unos y otros defendieron sus argumentos durante una inusual cadena de tres horas de duración. Actos que alimentaron generosamente a quienes nos dedicamos al análisis de los medios, pero que no necesariamente enriquecieron a los televidentes, dada la ausencia de educación en la materia, lo que nos lleva a poner sobre la mesa una de las premisas del consumo de medios: que se aprende sobre la marcha y eso es más que suficiente. Falso.

El consumidor habitual –dudo equivocarme– suele desconocer quién es el dueño de los medios que revisa, qué intereses tiene en la política y en qué otros sectores de la economía tiene negocios, elementos que sabemos pueden incidir en la construcción de las agendas informativas y en los criterios editoriales con los que éstas se forman. Del mismo modo, resulta difícil que vincule los contenidos con la publicidad mostrada por el medio y con el papel de ciertas fuentes de información que ocupan un lugar privilegiado en la construcción de los contenidos.

El que los consumidores desconozcan éstos y otros elementos –como el saber cómo y porqué se asigna una nota a un reportero– produce una relación asimétrica en la que los medios y quienes saben usarlos tienen mayor poder, en perjuicio de los ciudadanos que quedan reducidos al mero papel de espectadores.

Esta situación adquiere mayor importancia a la luz de las reformas del 2007. A partir de las mismas, los gobernantes, por mencionar sólo un caso, ya no podrán aparecer con su nombre e imagen en los comerciales de radio y televisión con los que se promovían. La restricción concentra el campo de batalla en los espacios informativos. Ahora quien no aparezca en las noticias no existirá en la esfera mediática. La multiplicación de las entrevistas pagadas como parte de paquetes publicitarios; la cobertura amplia y sesgada de los actos de gobierno, y los comentarios editoriales a favor de un personaje público se pueden convertir en el pan de todos los días y evitarlo parece una tarea imposible pues en aras de la libertad, cada medio podrá jerarquizar las noticias y fijar posiciones sobre los temas de la agenda según juzgue pertinente.

Ante este escenario toca a los vigilantes de los medios –observatorios, analistas, académicos, etcétera–hacer una tarea crítica, que de nada servirá si no se fortalecen las capacidades de los ciudadanos/consumidores. Por eso, colocar este tema sobre la agenda es sólo el primer paso en lo que constituye uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

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