Cinque Terre

Sergio Marelli

Docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cátedra de Filosofía del Derecho.

Apología de la imbecilidad

¿Qué es la ignorancia en tiempos de los mass-media y de la más alta concreción de la fantaciencia: la red de redes? ¿Quién puede sentirse al margen del naufragio de estos tiempos, si todos –en mayor o menor grado–estamos alfabetizados “electrónicamente” y podemos acceder al conocimiento de los detalles del devenir de este mundo que, a veces, parece un matadero y otras, un manicomio? ¿Quién puede sentirse inocente de las catástrofes, crímenes y escabrosidades que pasivamente consume como espectador televisivo o cibernético?

Juan Goytisolo, al recibir el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 2004, dijo: “Hoy no podemos ya alegar ignorancia: la información instantánea a través de la red y los canales televisivos de atentados terroristas, bombardeos ciegos, brutalidades y abusos de quienes se creen investidos de un ‘destino manifiesto’ y nos arrastran a la espiral de violencia engendrada por su arrogancia, penetran en nuestros hogares como un producto de consumo más, en el mismo paquete que las emisiones destinadas a embrutecer aún, si cabe, al público que zapea con el mando a distancia”.

Sin duda que la airada diatriba del escritor español es justa y razonable. Pero, cabe preguntarse: ¿alcanza la información para disipar la ignorancia?, ¿enterarse es lo mismo que saber? A estas alturas, puede afirmarse que ignorante es el que no posee la capacidad de reflexión necesaria para asimilar la información recibida. Lo contrario de la ignorancia no es la información, sino el conocimiento. Cuando la información no está sustentada en el pensamiento, su efecto es pernicioso, pues encandila sin iluminar, ahoga sin dar de beber. La avalancha informativa tiene un objetivo ideológico evidente: impedir la reflexión serena de lo que ocurre.

El cientista político ítalo-estadounidense Giovanni Sartori, en su libro Homo videns: la sociedad teledirigida (Taurus, Madrid, 1998), escribió: “En la red, información es todo lo que circula. Por lo tanto, información, desinformación, verdadero, falso, todo es uno y lo mismo. Incluso un rumor, una vez que ha pasado a la red se convierte en información”. Todo puede pasar por información, hasta la mentira. Eso relativiza el mérito de estar informado. La información puede ser mentira; la verdad, nunca.

El pensamiento está desacreditado en la hiperinformada aldea global, porque está asociado a la demora reflexiva, al examen moroso del material analizado; y ese andar lento de mujer preñada que caracteriza a la meditación, es un estorbo en la autopista donde circula la información con velocidad de Fórmula 1. Todo lo que apele al intelecto es tenido por anacrónico en los medios de difusión. La palabra intelectual sigue siendo vista como la sombra de la palabra escritor; resabio de una época en que los escritores comprometían su cuerpo y su oficio en la defensa de sus convicciones. Emblema de esa actitud existencial, es el manifiesto por el caso Dreyfus, escrito por Emile Zola, y secundado por Anatole France y Marcel Proust. Pero un periodista y, aunque parezca mentira, un conductor televisivo, también es un intelectual: tiene que elegir qué ideas transmitir y cómo. El intelectual no es una clase, una élite, los habitantes privilegiados de un micromundo; sino que conforman una capa intermedia entre el poder y el llamado hombre común. En general, lo que hacen los intelectuales en todos los países del mundo y en distintas épocas, es transmitir las ideas recibidas. Lamentablemente muchas veces se suelen hacer propias ideas falsas, o conceptos recibidos que no nos hemos tomado el trabajo de analizar, malgastando la posibilidad de vindicarnos como seres racionales. Las ideas que decimos profesar ¿son las nuestras, o las que aceptamos como verdaderas sencillamente porque las venimos oyendo desde nuestra más tierna infancia? Un verdadero periodista no es aquel que se despelleja en la búsqueda de la noticia, sino aquel que apuesta hasta el último latido de su vocación en la búsqueda de la verdad. En ese desafío está en juego, ni más ni menos, que la ética del periodista.

Sartre creía que la ética pasaba por la política. En cierto sentido, no se equivocó. Por eso nunca pudo escribir su gran libro de moral. Estaba convencido que un intelectual debe poner su cuerpo en los movimientos que favorecen la transformación social. Pero un hacedor de los medios de comunicación, debe jugarse por lo que desde las entrañas y el intelecto considera la verdad, aunque la información lo abrume con una torre de evidencias falsas. Aunque los cantos de sirenas quieran guiarlos hacia costas tranquilizadoramente redituables; el Ulises mediático debiera seguir su zozobrante viaje hacia la verdad, aunque no pueda ni lo dejen, las olas y sus empleadores. Se dirá que es imposible. Pues quien eso diga, que agregue que la ética, entonces, es imposible en los medios actuales.

El mito de la información objetiva

El negocio mundial de la circulación de noticias vive de la oscura necesidad del televidente de que la neutralidad informativa es posible. Todos los noticieros construyen su escena informativa mediante la proximidad apócrifa entre situaciones muy diversas. Un partido de futbol, un estreno cinematográfico o la ejecución de Sadam Hussein, son datos que pueden formar parte de un incesante desfile de situaciones amorfas entretejidas sin espacio ni tiempo. Este rompecabezas que exacerba su irracionalidad vertiginosamente en busca de sumar puntos de rating, produce el efecto de que casi no sepamos ya qué es información.

El sociólogo argentino Horacio González –actual director de la Biblioteca Nacional–, escribió: “el problema de los medios de comunicación contemporáneos no difiere demasiado de los más antiguos problemas de la filosofía. En efecto, ellos preguntan hoy, como hace veinticinco siglos se preguntaban las almas que se desvelaban por conocer, qué es la verdad y en qué momento puedo tener la certeza de que soy sujeto del conocimiento”. Sin embargo, es evidente que los medios de difusión, que hacen gala de un lenguaje veloz y de una presunta comprensión inmediata de la realidad, no son precisamente la más acogedora sede para los problemas de la filosofía del conocimiento. Por el contrario, los medios son el escenario más indicado para percibir la ausencia de toda filosofía y de toda búsqueda auténtica de la verdad.

Los monólogos deslucidos y a toda velocidad, o las voces superpuestas que se deshilvanan entre las reglas asfixiantes de conversación que imponen los tiempos televisivos y que hacen del conversar un mero resultado de lo veloz y lo aplastado, ¿qué punto de contacto pueden tener con la lúcida búsqueda de la verdad? El modo de emitir la palabra en la televisión, mezcla de asombrosa necedad y astucia en la utilización del tiempo; crea entre la manera de hacer televisión y la racionalidad discursiva, una contradicción que no parece fácilmente superable.

Son incesantes los debates suscitados por la televisión. Es que la televisión nace como debate porque es uno de los más ambiguos objetos culturales surgidos del pacto entre la técnica y el lenguaje. Tanto quienes trabajan en la televisión como la multitud de feligreses que convoca por hastío o deleite, deberían reflexionar sobre un tema crucial: ¿la televisión no está en deuda, con su escasa lucidez, respecto de la realidad que ella postula reflejar informativa o ficcionalmente? Permanentemente la vemos excavar en oscuros prejuicios, deslizarse por la ramplonería idiomática, la exhibición serializada de sexo sin misterio, arrancar confesiones en vidas golpeadas hurgando en las fronteras de la sensibilidad o lágrimas en la garganta de movileros funerarios. Es imperioso plantear a los medios su obligación de cargar con la responsabilidad de lanzarse a develar lo que “no es de por sí evidente”, devolver al habla su condición de vehículo de conocimiento, afrontar la búsqueda de las verdades que deben tornarse públicas preservándolas de la mácula de transacciones indignas, hacer de la pantalla el teatro desnudo de la vida y el sueño cumplido de la creatividad.

El comprador comprado

En Historia de cronopios y de famas, Julio Cortázar dice que cuando nos regalan un reloj nos regalan, al mismo tiempo, “el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”. La publicidad no busca únicamente la venta de un producto, pretende introducirse como una cuña en la subjetividad del potencial comprador generando la avidez consumista que garantice la indetenible venta de mercaderías, ideas y comportamientos sociales. El mercado necesita, funcionalmente, que el comprador sienta como necesidades propias los deseos ajenos. Juan Goytisolo, en el discurso citado, dice que “la publicidad machacona rebaja al ciudadano a una subespecie de yonqui y, como señaló William Burroughs, en vez de venderle la mercancía a él, lo vende, a él a la mercancía”. Gerard de Nerval si bien no alcanzó a conocer la apoteosis publicitariaque nos inunda en estos tiempos vertiginosos, no tenía un buen concepto de los métodos a los que acuden los comerciantes para vender sus mercaderías.”No me gusta nada el modo de robar de los comerciantes, pues el ladrón roba sin engaños, pero el comerciante engaña y roba”. Lo que sobresalta ala conciencia moral es que no sólo productos, bienes y servicios, son ofrecidos mediáticamente. Sino, también –dice Goytisolo– “muerte en directo, deguello de rehenes transmitido en tiempo real, planos de cadáveres muy poco exquisitos, niños y madres destrozados por bombas, desplome espectacular de rascacielos y de cuerpos lanzados al vacío, todas las crueldades y crímenes de nuestros semejantes difundidos y trivializados”. Lo esencial es invisible a los ojos del televidente, porque todo es exhibido en su modalidad más inesencial, todo lo profundo se superficializa, todo lo sagrado se seculariza paródicamente, todo lo creativo es derrotado vergonzosamente por la vulgaridad. Así se dilapida la posibilidad privilegiada de instaurar un horizonte de reflexión moral, única manera de revertir el derrotero irracional que desde hace largo tiempo ha tomado el mundo.

Puro cuento

Mempo Giardinelli es un escritor argentino que ha merecido muchos premios de prestigio internacional, entre ellos el Rómulo Gallegos (1993) por su novela El Santo Oficio de la Memoria. Exiliado por la última dictadura militar, encontró refugio en México, donde trabó una honda amistad con Juan Rulfo, quien prologó la edición mexicana de Luna caliente –libro que ganó el Premio Nacional de Novela de México, en 1983–. De regreso a su patria, fundó una de las revistas literarias más prestigiosas de Sudamérica, Puro cuento.

Giardinelli es alguien que reflexiona permanentemente acerca de la influencia y las potencialidades de los medios electrónicos. Lo primero que constata es el vaciamiento de lenguaje que establece prácticas puerilizadas de comunicación, degradando al idioma a sus expresiones más equívocas y rústicas. La globalización mediática es la amenaza mayor para la lengua –no sólo para el castellano–; esa amenazala podríamos caracterizar como el intento de los dueños del gran mercado en que se ha convertido el mundo –a través de los medios– de imponernos una especie de neolengua árida, infértil y despojarnos de la gran riqueza de nuestra habla tan frondosa de particularismos que la vitalizan y renuevan cada día. La televisión que podría ser el arte de narrar con imágenes y palabras que enriquecieran la percepción del mundo, se restringe a ser una máquina esterilizadora de la imaginación y la libertad creativa.

A Mempo Giardinelli no sólo le preocupa el universal deshojamiento del lenguaje, sino, también, la liviandad desesperante con la que se opina de todo y a toda hora, en desmedro del pensamiento organizado. En pocas palabras: la epidemia de opinólogos que asola la televisión mundial. Refiriéndose, puntualmente, a la televisión argentina, Mempo Giardinelli dice: “Básicamente está ocupada por la estupidez, por la apología de la imbecilidad constante. No estoy diciendo nada más que algo palmariamente visible con sólo llegar a la casa, prender la tele y hacer zapping. La imbecilidad ha ocupado el lugar del pensamiento y así estamos los argentinos”. Obviamente, ese paisaje uniformemente mediocre lo disuade de ser un espectador consecuente. Entre otras cosas, porque la vida humana es finita y el tiempo un bien no reemplazable. “Dos horas de TV a mí me significan alrededor de 180 páginas no leídas. Como yo quiero leer unas 300 páginas por día no puedo destinar dos horas a la televisión”.

En su reciente libro Volver a leer. Propuestas para una nación de lectores, Mempo Giardinelli abunda en razones para apuntalar imperiosamente una temprana vocación lectora en los chicos, para inmunizarse de la pandemia televisiva. “Sin dudas la pésima televisión que impera en nuestros países, y la tecnología fascinante de los juegos virtuales, ejercen una muy fuerte influencia en los chicos, claro que sí, pero ya sabemos que si ellos no leen –no dejaré de repetirlo– es en primer lugar porque sus padres y sus maestros tampoco. Y después sí: es indudable la responsabilidad no de las tecnologías pero sí de los responsables, que en la Argentina son el poder político y comunicacional, cuya miopía cultural y capacidad de vulgarización son tan grandes como groseras”.

La pasividad familiar ante los desastres formativos deparados por la telebasura son vistos por Giardinelli como un fenómeno que no se circunscribe a Argentina. “Es evidente que en casi todos nuestros países la tele –salvo excepciones– es retrógrada, ultraconservadora, autoritaria, sexista y discriminatoria. Y la sociedad no parece tan preocupada por ello, ni por la cautividad de sus hijos frente a ella”.

En Argentina la estadística es abrumadora, hay televisores en 96.6% de los hogares (y la mitad del 3.4% de los que no tienen TV en su casa dice que es por falta de recursos). Y en cuanto al equipamiento, el promedio en Argentina es de 2.4 televisores por hogar –según datos del Sistema Nacional de Consumos Culturales, Secretaría de Medios de Comunicación de Presidencia de la Nación–.

Jim Trelease calificó de “incurablemente torpes” a los padres responsables de que, en Estados Unidos, 58% de los hogares tengan televisores incluso en la cocina. Vale decir, el diálogo familiar ha quedado aniquilado a la hora de la comida. El almuerzo y la cena son dos “misas” diarias celebradas por el predicador electrónico a quien se ha cedido el papel de jefe espiritual de la familia.

Mempo Giardinelli asevera que “los argentinos ven tele un promedio de 3.4 horas diarias, lo que quiere decir que la TV sigue siendo el principal consumo cultural de los argentinos”. El escritor no es telefóbico, se limita a consignar los efectos que la televisión produce en el imaginario de quienes la consumen inmoderadamente. “No se trata de acusaciones, en realidad, sino de reconocer que las causas de la mala calidad son de gestión y son políticas, económicas, publicitarias, sociales y culturales. El desenfreno comercial, el mal gusto, la incapacidad estatal de controlar, junto con la idiota apología de lo ordinario y lo vulgar, se combinan a diario para deslucir el lenguaje de nuestro pueblo, proponer el ocio improductivo, desviar la atención de problemas importantes, resaltar nimiedades y, entre muchísimos otros resultados negativos, hacer que el entretenimiento sea un modo de parálisis social a la par del extravío de las tradiciones lectoras”.

¿Qué se hace con la fascinación que los chicos siguen sintiendo por la tele? –se le preguntó al escritor–.

No sólo a los chicos, sino también a los grandes. De manera que nuevamente empecemos por ahí: la tele no es un problema de los chicos sino de los grandes. Eso en primer lugar. Y luego: es imposible eliminar la tele, pero es posible, y necesario, controlarla. Es mucha la gente que se manifiesta consciente de la importancia de la lectura y de los límites a la televisión, pero que no hace nada. O dicen, autodisculpándose, que “no saben qué hacer”. Lo cual no deja de ser una leve hipocresía, porque si uno sabe que el exceso de televisión es malo para los chicos, todo lo que debe hacer es apagar la tele, o ponerle límites, o fijar horarios y/o vigilar el tipo de programas que los chicos verán.

El descanso del guerrero televidente

La mayoría de las horas que dedicamos a la televisión como televidentes tienen el objetivo de reponernos de las fatigas laborales –o de búsqueda de trabajo–, recrearnos en la contemplación de una nada que nos ponga a resguardo de las turbulencias que sobrellevamos en nuestras existencias corroídas. En una palabra, nos sentamos frente al televisor buscando suavizar una época desmedidamente cruel que nos tiene atrapados entre sus colmillos; pero la televisión debiera ayudarnos a asumir la época en lo que corresponda, provocando un estremecimiento moral que nos ayude a ver la realidad no como condena escrita hasta el fin de los tiempos, sino en estado de promesa concretable con una práctica humana real, lúcida, activa y democrática.

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