José Luis Peralta

Comisionado de la Cofetel.

Apagón analógico: las lecciones de Tijuana

Polémico; difícil y complejo. Incompleto y erróneo para algunos; suficiente y organizado para otros. El primer paso formal de la transición tecnológica de la televisión abierta al formato digital, atrajo esos y otros tantos calificativos y consideraciones. Más fuera de los agrados o enojos, e incluso más allá del comentario a favor o en contra, el proceso deja enseñanzas que deben reconocerse y aprovecharse, con el propósito tanto de consolidar las fortalezas que se evidenciaron sin duda, como también para superar los defectos y desencantos que igual fueron evidentes y que deben desterrarse en las próximas experiencias. Después de todo, el apagón analógico en la ciudad de Tijuana fue concebido como un programa piloto, el cual tuvo como finalidad el evaluar las condiciones reales en las que se produce el cambio del formato televisivo, y obtener con ello conocimientos y aprendizajes para lograr que en el 2015 la mayor parte de nuestra población esté en condiciones de recibir las transmisiones digitales como si el cambio no se hubiese producido, y a partir de ahí aprovechar todas las ventajas y cualidades del nuevo soporte. A partir de hoy, cosechar las lecciones del programa de Tijuana para mejorar y perfeccionar los próximos eventos, debe ser no solo asunto y empeño de todos los protagonistas relacionados, sino también la meta inmediata a satisfacer en las ciudades que habrán de sumarse al apagón analógico.

De comienzo, una premisa se impone a nuestro ejercicio reflexivo. El tránsito al estándar digital no es tarea de fácil desahogo ni de implementación simple y elemental. Para que cualquier receptor sintonice su aparato ya en el nuevo formato debe armonizarse el empuje y la participación de varios interlocutores, cuyo trabajo y coordinación precisa, armónica, permita en efecto que la secuencia deseada se lleve a cabo con éxito. Para sopesar las dificultades de tal sumario, basta meditar sobre el largo período de vigencia del modelo analógico, y destacar que el cambio de hoy supone una reversión radical de ese transcurso porque implica la renovación del elemento central del servicio televisivo: el aparato receptor, la televisión que instalada desde hace tiempo en la cotidianidad social, únicamente cobra importancia cuando queda fuera de la recepción, como justo fue el caso en algunos hogares de Tijuana. Y si a ello se adiciona que para la mayor parte de los ciudadanos el receptor a utilizar es nuevo y dispone de funcionalidades inéditas, se genera un escenario parecido al que se apreciaba 63 años atrás en todo el país, justo cuando el medio nacía y enfrentaba los inconvenientes y sinsabores propios del arranque. Al tiempo que surgían las transmisiones televisivas pioneras a principios de los cincuentas, los primeros concesionarios reconocían que el equipamiento de aparatos receptores significaba la limitante mayor en la expansión del servicio debutante. Inclusive, los operadores de entonces trataron de acelerar el aprovisionamiento de televisores y con apremio solicitaron que se permitiera el aumento de las cuotas de importación, para que pudiera acrecentarse la oferta de equipos en la ciudad capital. Uno de los historiadores más reconocidos del medio señala por ejemplo que en ese 1950 la cifra oficial de receptores apenas llegaba a los mil aparatos, cantidad muy lejana al número mágico de las 40 mil televisiones que los concesionarios estimaban como la cantidad mínima, apenas suficiente, para rentabilizar su inversión. Con ello, agrega, “se llegaría a un público de cuatro millones de personas, con la condición de que las televisiones se instalaran no en casas particulares, sino en bares, restoranes, cafés, vestíbulos de teatro, cines, etc. Con ese número de aparatos funcionando, muchas firmas estarían dispuestas a gastar sumas considerables patrocinando programas de televisión, que es lo que permite existir a las televisoras” (Hernández Lomelín, 1995:18). Como se aprecia, del aprovisionamiento no solo se desprendía la posibilidad de recepción, sino se desataba todo el engranaje del modelo de negocios planeado por las estaciones televisivas.

Las preocupaciones por el equipamiento de entonces igual se reproducen en la migración de hoy. Y si en esos años cada protagonista implicado dedicó voluntad, esfuerzo y recursos para superar los escollos y sentar las bases de la pujante industria televisiva nacional que hoy conocemos, ahora se precisa de un vigor y compromiso similar, muy parecido al que se expresó sin reservas en los inicios de la televisión como servicio público. A la época, por ejemplo, los esfuerzos del Gobierno Federal se concretaron en facilitar el despegue, y autorizar el incremento de la importación de receptores para apuntalar el equipamiento. Los mismos concesionarios se embarcaron en esa tarea a partir del ensamble y comercialización de equipos, como se argumenta en el origen y desarrollo de la marca Majestic,1 en cuya empresa fabricante se contaba el capital social de la familia Azcárraga. Las audiencias, por su parte, pronto reaccionaron favorablemente al nuevo medio y adquirieron los aparatos conforme su poder de compra y posibilidad económica,2 crecimiento que atrajo al anunciante, a las agencias de publicidad, y a los mismos productores de programas, que debieron trasladar los discursos de la radio e incluso las coreografías y la construcción de sentido del teatro para confeccionar los primeros contenidos televisivos. Cada protagonista se involucró pues en el desarrollo del medio, y en un acuerdo que podría calificarse como una incipiente gobernanza, en conjunto se logró acumular la masa crítica suficiente para que todos ganaran y pudiera al fin constituirse el fundamento estructural para el desarrollo del servicio televisivo que hoy alcanza una madurez evidente y una solvencia amplia y poderosa en todos sus frentes y manifestaciones.

La colaboración social de antaño que se ha evocado es desde luego referente para el proceso que hoy se enfrenta en la migración de nuestro sistema televisivo. Por ello, en las páginas que siguen me permito exponer algunas reflexiones sobre la experiencia que arroja el proyecto piloto de la ciudad de Tijuana, con la finalidad de destacar que algunos de los vectores que confluyeron pueden optimizarse, transformarse inclusive, para proyectar mejores resultados. En concreto, refiero tres asuntos nodales. Primeramente, la necesidad de consolidar el multiplexaje de las señales televisivas como estímulo para la transición digital, ya que representa una facilidad técnico-económica que dinamiza tanto a la oferta como a la demanda en el servicio digital. Un segundo tema es el repensar el caso de los aparatos receptores, evaluando no sólo la pertinencia del esquema de distribución seleccionado sino también la naturaleza del propio dispositivo, que puede evolucionar del decodificador entregado ya a un televisor digital de buena calidad, que actualice de una vez el parque televisivo existente. Por último, se reflexiona sobre la indispensable comunicación que debe perfeccionarse para que la migración tenga el menor impacto posible en la ciudadanía y en sus hábitos de ver televisión. Para puntualizar de mejor manera nuestra propuesta, nutrir la discusión y enriquecer sus conclusiones, en los tres temas se retoman y describen algunas experiencias internacionales, mismas que pueden resultar aleccionadoras para construir nuestra propia práctica en la transición digital del servicio.

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Con una claridad meridiana, la televisión digital terrestre (TDT) ejemplifica la interacción entre la oferta y la demanda en los servicios de telecomunicaciones. La transición analógica de España y de Reino Unido, por ejemplo, enseñaron que esa relación está cifrada por el incentivo: para la oferta en tanto debe recuperar con la mayor rapidez posible las inversiones realizadas para cambiar las estructuras de transmisión; para la demanda porque debe realizar un gasto extraordinario por el nuevo receptor, del cual no tiene necesidad si el servicio es el mismo. Esta última premisa se ilustra visiblemente al recordar el cambio de televisores en blanco y negro a los dispositivos a color: en ese tiempo el estímulo fue recibir la señal en un formato de calidad superior, mejor al que ofrecía el modelo que se dejaba atrás. Así, hoy persiste el interrogante: ¿qué obtengo si cambio mi televisor?

Para los segmentos socioeconómicos de mayor poder adquisitivo, la migración digital conlleva el obtener una oferta programática atractiva y diferenciada respecto a la plataforma analógica, la cual aliente la compra de los nuevos dispositivos de acceso. El crecimiento de los suscriptores a la TV restringida -tasas del 6.4 y 22.8% respectivamente para los segmentos por cable y vía satélite en último trimestre del 2012- respalda esa premisa porque ilustra la disponibilidad de los grupos sociales hacia las nuevas opciones de entretenimiento televisivo que surgen en el escenario nacional. Si se asumen estas cifras y se considera la funcionalidad de multiplexaje de la señal televisiva, resalta que su aprovechamiento es una alternativa técnico-económica importante para consolidar la oferta del servicio. El multiplexaje soporta la multiprogramación3 y en tanto especificación del estándar tecnológico seleccionado para nuestro país debe concebirse como una cualidad inherente a la transición digital, como de hecho se asume en aquellos países que ya han migrado hacia la TDT. En efecto, el mecanismo de multiplexación permite obtener dos ventanas de oportunidad: i) la optimización del espectro asignado a la transmisión televisiva terrestre, ya que en el mismo rango pueden incluirse más canales televisivos, o bien otros servicios inalámbricos; y, ii) el aprovechamiento de una combinación virtuosa entre las economías de escala propias de la penetración social servicio televisivo analógico -en este sentido, cabe señalar que en nuestro país el 94.8% de los hogares nacionales tiene por lo menos un aparato receptor- y las economías de densidad, externalidad que facilita la implementación y oferta de servicios adicionales al televisivo. Ambas ventajas se han estructurado ya como parte de la carta digital que las naciones Europeas proporcionan de manera rutinaria. Luxemburgo, por ejemplo, las aprovecha y califica como soportes para el ejercicio de la rectoría del Estado y en consecuencia la regulación aplicada al servicio se estructura con base en dos premisas: conceder al mercado una importancia medular para el desarrollo de la transición -y por ello no establecieron un calendario preciso para el tránsito digital, y lo sujetaron a la dinámica de la oferta y demanda; y reconocer la diversidad cultural de los habitantes del país, situación que se encarna como el derecho de identidad nacional, cuya garantía debe reflejarse en la operación del sistema televisivo. De esta forma, se ha implantado la multiplexación en seis canales, tres de los cuales transmiten en lengua francesa y los restantes en neerlandés. Para asegurar el interés estatal, todos se ofrecen free to air, es decir, libres de acceso, sin cargo extra ni costo alguno para el ciudadano, y se complementan con otros servicios interactivos diseñados a la medida de cada región de servicio.

Aunque le otorgan un sello propio, Italia y Hungría comparten el principio de Luxemburgo e igual se erigen como referencias a observar. Los dos países aplican multiplexaje en tres canales para estructurar rejillas programáticas distintas, y en el caso italiano al menos una de las señales multiplexadas debe ser de libre acceso. Por su parte, la autoridad húngara ha aumentado hasta cinco el número de canales que pueden optimizarse, y uno de ellos es reserva para un canal de TV móvil, estructurado en el formato DVB-H que seleccionó la Unión. España ha impuesto un límite de cinco y en su programa introduce la oferta libre y asimila además la modalidad de paga para los canales multiplexados. Así, permite que por lo menos un canal se comprometa sin renta y un máximo del 50% del total de canales de un operador autorizado pueda comercializarse. Esta búsqueda de equilibrios muestra el deseo de conciliar los intereses comerciales con los públicos, principio que como me permití señalar en estas mismas páginas (Peralta, 2012), se antoja por demás adecuado para el desarrollo moderno de la televisión porque permite combinar el modelo de negocios vigente por más de 50 años de la televisión analógica comercial, con un modelo de servicios, sustento en la importancia social que alcanza la televisión; en las facilidades tecnológicas que entrega la sinergia entre las telecomunicaciones y la radiodifusión, y también motivo para atender las responsabilidades propias del Estado en la materia.

Si bien en México los distintivos aplicables al tema del multiplexaje de la señal digital habrán de precisarse por parte del nuevo órgano regulador, los ejemplos anteriores enseñan que su uso y aprovechamiento a suficiencia pueden ser elementos importantes para fortalecer tanto la oferta como la demanda de la TDT, y afianzar su implementación exitosa. Para esta definición, no está de más el reseñar la política que han aplicado Eslovenia y España, que se suman a los casos anteriores como parámetros a justipreciar. De principio, el regulador de Eslovenia ha establecido condiciones innovadoras: los canales multiplexados no solamente están a disposición del concesionario original, sino que pueden explotarse mediante una asociación de negocios, o bien por la sola voluntad de dos o más protagonistas. En consecuencia, la fórmula puede entrelazar inclusive a tres agentes específicos: el operador titular del canal, quien mantiene potestad sobre el recurso mediante la licencia de explotación; un segundo socio que tiene la posibilidad de rentar desde una o varias señales multiplexadas y comercializar su propia propuesta, y/o, por último, un tercer agente quien puede proporcionar solo los contenidos a transmitir a cualquiera de los socios anteriores, por lo cual únicamente se desempeña como productor de contenidos. Tal combinación de alternativas se sustenta en la convicción de ampliar las alternativas de programación, para detonar justo una de las ventajas nodales del formato digital.

En nuestro país, resulta llamativo explorar el esquema esloveno. Estipular que en el multiplexaje puede consentirse la participación de terceros abre la propuesta televisiva a una diversificación que puede ser pertinente y enriquecedora, habida cuenta de la pluralidad regional del país y del mosaico cultural que lo representa y lo distingue. La fórmula permitiría en efecto conciliar la transmisión nacional que hoy caracteriza a la TV abierta, con la difusión local, para rescatar las expresiones propias de una comunidad dada y difundirlas y entronizarlas en la práctica del audiovisual. Y si a la posibilidad televisiva se suma la opción técnica de adicionar servicios y aplicaciones de interés público, pudiera generarse un círculo único de comunicación para explotar a profundidad la plataforma digital y sus virtudes de optimización espectral. Esta alternativa puede cumplir incluso uno de los propósitos de la política pública que recién se ha definido y habrá de aplicarse en el corto plazo: la compartición de infraestructura, de activos, para lo cual sería vital desarrollar un esquema regulatorio claro y transparente, que determine con equilibrio costos, obligaciones y derechos de cada uno de los operadores que confluyen en la compartición. De concretar esta perspectiva, podría inyectarse una gran frescura al escenario televisivo, partiendo además del uso y optimización de los recursos disponibles, fórmula que la propia Unión Internacional de Telecomunicaciones ha recomendado como una de las estrategias más viables para generar redes y servicios a menor costo y en menor tiempo (UIT, 2008).

Por el equilibrio que propone sobre el tema del multiplexaje, la postura de España igual es interesante. También con base en la multiplexación, el sistema español propone una mezcla de señales libres con canales de paga, como fórmula para incentivar el interés y compromiso del operador -que ahora se esfuerza en acelerar el tránsito digital porque puede comercializar un porcentaje de las señales que ofrece, y con ello obtiene la posibilidad inmediata de rentabilizar sus inversiones con mayor facilidad- y asimismo del ciudadano, para quien se aporta el incentivo necesario para adquirir el nuevo aparato receptor porque obtiene señales mejoradas de la programación habitual, y a la vez dispone de la opción para contratar aquellos canales de paga que mejor satisfagan sus gustos e intereses en materia televisiva.

En tanto con la redefinición de la política nacional aplicable a la TDT del 2012, el multiplexaje de la señal de televisión se plantea como una alternativa para los concesionarios autorizados, el aprovechamiento de esta opción es aún limitado. De los 146 canales ya en operación en el formato TDT, únicamente 43 tienen multiprogramación, es decir, sólo el 29.4% de las señales en activo. Así, la facilidad está aún por conquistarse. Para animar a sus protagonistas conviene destacar que según la información del módulo respectivo de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de las Tecnologías de Información, los hogares que disponen de un receptor digital han evolucionado del 15.8% respecto al total que se consignaba en el 2011, a casi el 25% que se registró hasta agosto del 2012 (INEGI,www). Este equipamiento ascendente poco a poco viene a representar el universo a atender por la multiplexación de las señales digitales, y desde luego representa el mercado potencial de una programación de paga que puede beneficiar a los dos polos que convergen en el servicio.

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El multiplexaje de canales puede configurarse entonces como un incentivo importarte para impulsar la oferta TDT en México. Y en el polo complementario igual es posible propiciar el interés y el crecimiento. Como ha resultado evidente, el problema central en la demanda de la TDT es el aprovisionamiento de los equipos terminales que permiten la recepción de la señal. La necesidad de renovar el parque de aparatos receptores y sustituirlos ya por televisores digitales, o bien por decodificadores de la señal que igual soporten la bidireccionalidad para el suministro de los servicios adicionales, es el centro de la expansión sostenida del servicio. Tal carácter progresivo explica el porqué la transición se ha llevado a cabo por etapas. Aquellas naciones que han determinado esperar por el desarrollo que logre el mercado de servicios son tributarios también de esta premisa: reconocen que la implantación operativa de la TDT habrá de madurar y permitir la creación de una masa crítica suficiente para lograr la permanencia de la oferta.

Algunas de las medidas de promoción de la oferta se desprenden del multiplexaje de canales. Sin embargo, el suministro de canales libres de pago que promueven casi todos los países, o bien el equilibrio entre los canales free to air y los remunerados, encuentran su limitación en el número de receptores que logren en efecto enlazarse a las plataformas digitales. Es por ello que en algunos países el aumento en el número de receptores digitales se convierte en una meta de alta prioridad, como es el caso de Hungría y Eslovenia. El primero ha llevado su política hasta el mayor rango institucional posible y el Artículo 53 de la Ley 74 que promulga en el 2007 determina que el gobierno deberá de generar un programa de subsidios para la obtención de receptores digitales por parte de la población. El financiamiento necesario para su implementación, se establece, habrá de provenir de los fondos recabados por el pago de las tarifas aplicables que aportan las concesiones de la televisión analógica. Tal mandato establece así una relación directa entre el servicio televisivo que se proporciona en forma tradicional, y el que apenas llega y por lo mismo requiere de estímulos para su desarrollo. Así, no se rebasa el circuito televisivo y se genera un círculo financiero que habrá de promover al nuevo formato.

Eslovenia, por su parte, define sus planes de equipamiento con mayor precisión y detalle. La autoridad regulatoria ha establecido un programa doble, a cargo del propio Estado y sus instancias relacionadas: el financiamiento tanto para adquirir los decodificadores de la señal como para la instalación de cadenas digitales, aunque si bien en aquellos casos que demuestren la necesidad del soporte económico.

A esta disposición general se agrega un condicionante que influye en la oferta y la demanda: el financiamiento para la compra del dispositivo se hace efectivo para aquellos hogares de escaso poder adquisitivo y que se localicen en regiones geográficas donde la televisión analógica sea opción única. En el caso de las solicitudes de recursos por parte de interesados en invertir en transmisiones digitales, el Estado ofrece un cofinanciamiento si la región donde habrá de proporcionarse el servicio concentra a un buen número de ciudadanos. En ambas opciones se busca entonces el suministrar el servicio a los mayores núcleos poblacionales.

Los ejemplos citados enfatizan dos estrategias centrales para el equipamiento terminal en TDT. En primera instancia, que es fundamental reconocer que la fuerza de la oferta requiere del soporte gubernamental para estimular la migración de los equipos de recepción. En Estados Unidos, en Argentina, efectivamente se ha requerido del aporte estatal para dinamizar la transición, sobre todo y en especial respecto al equipamiento. Seguidamente, que estos apoyos para la compra o dotación de los dispositivos receptores debe ser diferenciados, en tanto los niveles socioeconómicos de la población son heterogéneos, y, como es el caso mexicano, sobre todo ahora con la Reforma Constitucional en la materia, el Estado debe garantizar que la ciudadanía en su conjunto, sin distinción de índole alguna, tenga el acceso y la opción de recibir el servicio de televisión radiodifundido. Así, para aquellos segmentos poblacionales que no pueden acceder por sí mismos a los equipos de recepción, el sustento gubernamental es indispensable.

La experiencia que arroja el programa piloto de Tijuana en el tema es invaluable porque se cosecha ya de una práctica consumada. Enseña de principio que la transición demanda la intervención vigorosa del Estado no solo para cobijar el programa de transición digital en la temática regulatoria inherente, sino asimismo en otras materias como la normatividad industrial o la comunicación social, donde ese involucramiento tiene una naturaleza preponderante: si la intervención del Estado no se genera en tiempo y a suficiencia, simplemente no se logra avance alguno. En los asuntos que enseguida se señalan y puntualizan es sustantivo pues el protagonismo de las instancias estatales.

i) En primer lugar, el caso Tijuana reconfirma la urgencia por acelerar la promulgación de una norma nacional que justamente tipifique las especificaciones técnicas de las televisiones digitales,4 instrumento indispensable para frenar la importación y venta de aquellos receptores que no la cumplan a cabalidad. Para el proceso, la confección y publicación de la norma es una meta indispensable porque otorga seguridad jurídica a los distribuidores de equipo, y para la sociedad en general establece certeza sobre la funcionalidad digital de todos los receptores que se ofertan.

ii) Como segundo elemento a destacar, resalta que cualquier programa debe sustentarse en apelar a la participación activa de la sociedad. La distribución de los decodificadores en el programa piloto muestra que la colectividad debe y puede tomar un papel más activo que la simple recepción de los instaladores y la firma de aceptación de los equipos. Si a la inversa de esa actitud pasiva, el receptor participa en el proceso, se involucra con la instalación y habilita por sí mismo la recepción de la señal, pueden obtenerse mejores resultados, ya que la transición se inicia con el accionar colectivo. Insertar una instancia entre el distribuidor de los equipos decodificadores y la sociedad, no garantiza la culminación del proceso y en cambio acrecienta el costo del mismo. Por su parte, como igual evidencia la praxis británica y española en la implantación del formato digital televisivo, es fundamental engendrar una estrategia completa, integral, que además de convencer a los protagonistas, sustente su involucramiento como un proyecto propio, del cual obtendrán beneficios distintos (Cfr. Suárez, 2008). Este protagonismo bien puede iniciarse participando en la instalación de los receptores.

iii) En la estrategia de aprovisionamiento, no puede descartarse el crédito que algunos operadores podrían otorgar para adquirir los nuevos receptores -como ha sido el caso de los proveedores de televisión satelital y su promoción para comprar televisiones de alta definición a plazos por parte de sus suscriptores- y con ello estimular el equipamiento generalizado en TDT, sobre todo en aquellos mercados que ya disponen de la señal renovada. Planes y acciones como las citadas podrían florecer si acaso se conquista la voluntad de los agentes involucrados. A todos beneficia en efecto la transición y el empleo del nuevo formato, aunque en ocasiones no se reconozca esta ventaja y por lo mismo no se piense en los incentivos para lograrla. Las bases de licitación de nuevas cadenas televisivas puede ser la ocasión para ensayar esta clase de variantes, que de comprobar su viabilidad tendrían un impacto importante en el desarrollo de la TDT nacional.

iv) En cuanto a los decodificadores, conviene revisar la pertinencia de insistir en la distribución de ese dispositivo y no un televisor digital. Si bien la erogación económica es mayor, las ventajas que asegura ese cambio no son menores y tienen relevancia en el entorno social. A nivel práctico, distribuir una televisión facilita la sintonía, asegura una cualidad superior en la recepción, y sobre todo, es una señal inequívoca de que la búsqueda de condiciones de igualdad para todos los mexicanos tiene varios asideros. Conviene recordar que el párrafo inicial del Pacto por México ciertamente reconoce la desigualdad social y convoca a superarla. Si se asumen las cifras que el INEGI ha dado a conocer respecto al equipamiento de televisores digitales, un poco más de los siete millones de hogares no tienen aún un receptor de esas características. En consecuencia, apoyar a quienes no lo han adquirido por falta de recursos económicos, podrá coadyuvar entonces a germinar un entorno de desarrollo más justo para nuestra sociedad.

v) La distribución de televisores puede culminar asimismo en conseguir ventajas económicas y también de racionalización eléctrica. El consumo energético derivado de la operación conjunta de un televisor analógico de 21 pulgadas y el decodificador de la señal, arroja un promedio de 100 watts, donde el receptor televisivo aporta justo el 90%. Por su parte, una consulta simple sobre ese indicador en las televisiones que se ofrecen en el mercado abierto señala que varios receptores de marcas conocidas incluso de mayor tamaño, de 32 pulgadas, arrojan un consumo promedio de energía de solamente 33.8 watts, cifra tres veces menor a la señalada. En pantallas de mayores dimensiones, la relación se mantiene (Cuadro 1)

Cuadro 1. Consumo de energía en televisores digitales seleccionados*

Como se ha enfatizado, la transición digital igual debe sustentarse en el contexto de otras iniciativas nacionales, para tomar un perfil completo e integral. Así, la propuesta de distribuir televisores digitales en lugar de decodificadores que se ha realizado, se sustenta además en el cumplimiento de la Estrategia Nacional de Cambio Climático, anunciada a principios de junio, que en su eje de acción ” Quinto” contempla el “reducir la intensidad de consumo energético, mediante esquemas de eficiencia y racionalidad”. 5 Si como se ha estimado, aún faltan por equiparse 7.1 millones de hogares en terminales digitales, el conseguir que en la mayor parte de ellos se presente la disminución energética calculada será un aporte concreto a la estrategia apuntada por parte del proyecto nacional de TDT.

vi) Si acaso se define pues el distribuir televisores digitales, igual sería posible diseñar y operar un programa nacional de equipamiento, que a semejanza del que encabeza la Comisión Federal de Electricidad para el cambio y modernización de electrodomésticos y de focos, facilitara el canje de televisores analógicos por receptores digitales en condiciones favorables, para incentivar la acción por parte del público en general. Al generalizar la mudanza, también debiera preverse la creación de depósitos o reservorios donde se almacenen y reciclen los aparatos viejos. La capitalización de estos bienes pudiera ser incluso una actividad atractiva por el volumen que puede alcanzar, y por la reutilización de piezas y refacciones que pudiera instrumentarse para beneficio de otros electrodomésticos.

En síntesis, el aprovisionamiento intensivo y progresivo de equipos terminales digitales, condición indispensable para el éxito del proyecto TDT, debe echar mano de esquemas innovadores, que con imaginación y utilizando todos los recursos disponibles, lo resuelvan a favor de su implementación exitosa.

* * *

La consideración de Eslovenia sobre la necesidad de valuar el interés de las mayorías en el despliegue de la TDT, conduce a otro tema que viene a ser imprescindible en la transición: la difusión informativa y comunicacional sobre el cambio, respecto a sus beneficios posibles, y sobre las tareas que la población requiere efectuar para conocer la nueva tecnología, apropiarse de su uso y fincar un aprovechamiento productivo. Las campañas de publicidad sobre el apagón analógico y la alternativa digital son un factor común en la región europea, y algunos estados han llevado ese esfuerzo a niveles intensivos y permanentes, para atender el antes de ese tránsito -etapa vital porque implica el concurso y voluntad de todos los protagonistas involucrados- y el finiquito del proceso, también importante porque habrá de consolidar al mercado o bien de postergar su crecimiento. España es tal vez el país que llevó más lejos la propaganda sobre el cambio. Dispuso que los concesionarios debían desarrollar una fuerte promoción de la medida en sus canales analógicos, y generó el Plan de Impulso de la TDT, que se encargó de realizar campañas de difusión en todo el territorio mediante los medios de comunicación tradicionales y a la vez los de vanguardia -como el portal propio en Internet que ha habilitado para el caso y que funciona regularmente hasta nuestros días. Asimismo, se formaron grupos de trabajo que realizaron informes y reportes sobre temas relacionados con el formato digital en televisión, muchos de los cuales han sido insumos para la confección de los servicios de interés público que ha liberado. Suecia, cuya publicidad igual ha sido relevante, comparte con los españoles la promoción en todos los niveles de gobierno, y favoreció la intervención de los gobiernos locales y de las autoridades de las poblaciones más pequeñas en esa labor, lo que propició la comunicación e interacción colectiva en el tema. Tal involucramiento facilitó que los ciudadanos españoles y suecos conocieran de cerca el proceso, y se adaptaran al mismo con mayor interés y facilidad. La autoridad sueca auspició además que sus nacionales pudieran comparar las ofertas de todos los operadores del servicio de televisión, para que el nuevo sistema fuese competitivo y de paso se obligara a mejorar las propuestas de los proveedores tradicionales. Los españoles han mantenido su esfuerzo y hoy su programa de transición ha derivado en la conformación del Observatorio de Impulsa TDT, que regularmente informa sobre el desarrollo de la plataforma en todo el territorio.

Ante la envergadura de las iniciativas de comunicación que se reseñan, debe reconocerse que en el escenario nacional la publicidad sobre la mudanza digital en televisión ha sido tema menor, casi oculto para el gran público y las audiencias mayoritarias. La sociedad ha sido ajena al proceso, ausencia que tiene un costo muy alto para asumirse sin mayor cuestionamiento. ¿Cuánto se sabe de la transición digital? ¿Se conocen sus causas y posibles virtudes? ¿Qué campañas se han desarrollado para informar sobre el proceso? De quien es la responsabilidad de informar, ¿del Estado? ¿De los concesionarios y fabricantes de los equipos? ¿De los tres protagonistas? ¿Qué función tienen los medios? ¿Qué solicitarles o exigirles? Si no se responden estas preguntas y otras muchas más, y se asumen las funciones y responsabilidades que se determinen en conjunto, el proceso no podrá desarrollarse con eficiencia y menos con oportunidad. La información sobre el programa de Tijuana muestra que es posible mejorar lo realizado, y no dejar resquicio ni asunto sin considerar en la estrategia de comunicación que se implemente a partir de ahora.

En segunda instancia pero igualmente importante o incluso con mayor trascendencia, es particularmente prioritario el engendrar una estrategia completa, integral, que atienda no sólo a los protagonistas evidentes del medio, sino a toda la sociedad para que en conjunto se involucren en el tránsito digital y lo sustenten como un proyecto propio, del cual obtendrán beneficios de índole distinta pero positivos para su desarrollo y crecimiento. Diversos autores han señalado ya que la TDT no vehiculiza solamente una mejor imagen y una recepción superior. Además, es instrumento para acceder a otros servicios, puede ser etapa para transitar al entorno digital, y en definitiva su potencial es enorme, multiplicador del desarrollo social y también ciudadano. Reconocer esta perspectiva puede contribuir a una mejor implementación del proyecto. Ese es el primer paso. Convencer a la sociedad de ello; transitar juntos hacia esa meta, no es fácil pero si imprescindible. Únicamente en conjunto podrán obtenerse esos beneficios. Y ya es tiempo de comenzar a trabajar.

Bibliografía:

Arredondo, P. y Sánchez Ruiz, E. (1987). Comunicación social, poder y democracia en México. México, Universidad de Guadalajara.

Hernández Lomelí, F. (1995). “Obstáculos para el establecimiento de la televisión comercial en México (1950-1955)”. En: Comunicación y Sociedad, No. 28, Septiembre – Diciembre. Peralta, J.L. (2012). “Tiempo y forma de la TV pública”. En: etcétera; enero.

Suárez, R. (2008). “Comparing piblic policies for digital terrestrial television: Swedeen versus Spain within the framework defined by the European Union”. Ponencia en el 26th World- Congress of the International Association for Media and Communication Research, Universidad de Estocolmo; julio. Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). (2008). “Compartir la infraestructura. Una tendencia reciente para fomentar la conectividad”. En: Actualidades de la UIT. No. 2; marzo.

Notas:

1 Para ello, se obtuvieron las licencias de fabricación de la firma estadounidense la Majestic Radio & Television Corporation, que se declara en quiebra en 1954. Las televisiones Majestic permanecieron en el marcado nacional hasta 1958, año en el que se terminan los insumos y materiales que proporcionaba la compañía matriz. Pese a este desenlace, puede decirse que mientras operó, la firma contribuyó al crecimiento del parque de aparatos receptores de televisión.

2 Según Arredondo y Sánchez Ruíz (1987:122-123), el número de aparatos receptores evolucionó de los 70 mil que ya se contabilizaron en 1953, a 93 mil en 1954 y a 116 mil un año más tarde. Para 1963, el parque disponible rebasó el millón de unidades, y poco antes de 1970 casi se llegó a las 3 millones de televisiones en activo.

3 En el entorno de las telecomunicaciones y radiodifusión, la multiplexación refiere principalmente a la capacidad de combinar dos o más señales o canales de información en un solo medio de transmisión, sin que alguna de las señales mezcladas pierda su esencia o significado.

4 Al momento de escribir estas páginas, la NOM respectiva se encuentra en consulta pública en la Comisión de Mejora Regulatoria (Cofemer),y a la fecha no se cuenta comentario alguno que comprometa su desarrollo y pronta promulgación. Una de las últimas opiniones positivas sobre el tema provino de la Comisión Federal de Competencia, organismo que celebró la intención y urgió a culminarla para acelerar la transición.

5 Cfr. http://www.presidencia.gob.mx/estrategia-nacional-decambio-climático. Fecha: 12 de junio de 2013.

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