Premio Nacional de Protección Nacional
Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

Angustias digitales

En mis tiempos, que eran otros, las angustias sufridas se referían a elementos premodernos como dejar los frijoles en la lumbre, el grifo con el agua corriendo o la ropa tendida ante amenaza de alguna lluvia apocalíptica que dejaba las camisas almidonadas con la textura de una máscara de cartón del 16 de septiembre.

Recuerdo perfectamente a mi madre darse un sopapo en la cabeza mientras caminábamos por la calle ya que no sabía si había dejado el teléfono colgado correctamente y en consecuencia nos vendría un cuentón que nos obligaría a hipotecar la casa. Por supuesto todo cambia, como debe de ser, y hoy las cosas se han vuelto diferentes y todo gracias a esos saltos tecnológicos que a todos asombran y que yo percibo (se sabe que soy neurótico) como enormes aberraciones.

Estaba yo el otro día con una conocencia que se veía sumamente nerviosa; se frotaba las manos, jugueteaba con sus cigarros y emitía exhalaciones medio espasmódicas de CO2. Ante mi pregunta acerca de su estado casi cataléptico me contestó “es que olvidé el celular” parpadeé y pregunte de nuevo con cierta ingenuidad “¿y?” La respuesta, para la que no estaba preparado, llegó rauda: “es que me pongo muy mal ¿sabes? Me siento asi como desnuda”.

Son épocas temibles y utilizaré un caso autobiográfico para ilustrarlos. Hace unos días estaba un servidor, sentado sin hacerle daño a nadie, observando cómo la pila de mi equipo se iba agotando como se agota un maratonista keniano en el kilómetro 41. Por supuesto llegó un momento en que la madre dio de sí mostrando una advertencia de que si no lo conectaba inmediatamente todo se derrumbaría, pero le resté importancia. Cuando llegué a mi casa y conecté el teléfono tenía una serie de reclamos medianamente airados de gente suspicaz que daba por hecho que lo había apagado con deliberación con el agravante de que me conferían dotes de pitoniso para anticipar llamadas que no sabía que llegarían. Huelga decir que nadie me creyó y pasé a la historia de estas historias como un impostor descarado.

Un segundo ejemplo es el de esa madre que se llama whatsApp, asumo que la calidad de una relación moderna se mide por la última hora en que alguien mandó un mensaje. Los inventores de esta madre, quién sabe pensando en qué, decidieron que era una buena idea que el mundo se entere que Sutanito mandó un mensaje a las tres de la mañana. Desde luego es secundario si fue porque chocó su auto y traía fractura expuesta o le dio un ataque de colédoco agudo, la hora es generadora de profundas suspicacias que se manifiestan al día siguiente en formas tan elegantes como “¿con quién chingados te estabas mensajeando a las tres de la mañana?”.

Las redes sociales han transformado las relaciones de pareja a un acto de espionaje que haría palidecer a Bond, es común, esta revista ya lo ha documentado, que muchas rupturas se produzcan por estas idioteces. Yo no sé si la confiabilidad que se tiene en una pareja ha mutado con el paso de los años, pero me es evidente que los nuevos aparatos permiten ponerla a prueba a cada segundo con los resultados que ya conocemos. Niños suicidados, parejas en desgracia, trolles anónimos que suben pura escoria a las redes para hundir a quien odian y aquí el asunto deja de ser anecdótico. La velocidad con la que crecen las tecnologías es infinitamente superior a la capacidad de respuesta regulatoria o autorregulatoria así que las cosas no parecen darnos ningún motivo para el optimismo.

Los mecanismos de defensa, en consecuencia, han emprendido una carrera evolutiva para evitar ser atrapado. La gente ya no manda mensajes a deshoras, porta una batería suplementaria, encripta con una clave su celular y de pendejo lo deja abandonado ante posibles acciones de espionaje. Lo anterior me parece ligeramente tristón ya que nunca se me ocurriría tomar algo que no es mío para hurgar y determinar si encuentro la huella del delito. Prefiero preguntar, que es más fácil, y aunque me aseguren que es más ingenuo lo seguiré haciendo. Ya ven que soy chapado a la antigua.

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