Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

AMLO y el anhelo infantil de amparo paterno

En la distopía contemporánea, la democracia vive o muere en el espectáculo. En la ciudad histriónica, la representatividad política deviene, con ansia inevitable, en función de teatro. Los actores se mantienen más o menos quietos detrás del atril, pero sus escasos movimientos resultan más elocuentes que sus discursos estudiados. Todos les exigimos que desempeñen bien su papel, como si supiéramos cómo debe actuar cada uno. Y lo sabemos. Juzgamos el color de las corbatas, el simbolismo del traje sastre, la calidad de los maquillajes, la frescura o sequedad de los gestos. Evaluamos la repercusión política de la obra y del cumplimiento o incumplimiento de los histriones. Miramos más allá de lo que vemos. Prevemos la reacción electoral del público, al cual pertenecemos. Allí nadie puede salirse de la foto porque el ágora es show y el show, percepción en litigio. Y quien ha eliminado el litigio en razón de su fe, corre el riesgo de perder lo que todavía no ha ganado.

Un amparo psicológico que es religioso

López Obrador llegó al debate con la confianza de Maradona o Platini al manchón de penalti. Y como ellos en algún Mundial, falló por omisión rampante. Un mal común entre los hombres a los que se les atribuye haber sido enviados por los dioses. Mi comparación no resulta exagerada: a los ojos de sus feligreses, López Obrador representa la última oportunidad para salvar a la patria. Una hazaña que sólo se puede aguardar desde el anhelo infantil de amparo paterno. El mismo anhelo que, según Freud, origina el sentimiento religioso. Obviamente Freud no creía en dios, sin mayor trámite descartó el sentimiento religioso como una fantasía, pero no se requiere ser ateo para consentir que los asuntos de gobierno no deben mezclarse con la fe. La secularización política funda la posibilidad de la democracia. Cuando el anhelo religioso interviene en la configuración de los destinos de una nación, se escampa el terreno para el arribo de un hombre providencial. Y López Obrador se siente un hombre providencial. Sin el menor asomo de duda anuncia que transformará el país como lo transformó la Independencia, la Reforma y la Revolución. De ese tamaño se observa. Su sueño consiste en pasar a la historia como un titán que consumará la cuarta gran reformulación de México. Pero eso no es lo malo. Lo malo es que no se encuentra solo en su megalomanía. Lo acompañan millones de mexicanos. Millones de mexicanos que se comportan como herederos acríticos de una larga tradición política y espiritual: la instaurada por la Iglesia católica en España, la Nueva España y el resto de América Latina. Se trata de una tradición que ubicó en el corporativismo, el patrimonialismo y el hombre providencial a los tres vértices que procuran orden, seguridad y bienestar a la sociedad. Si alguien duda que el movimiento encabezado por López Obrador forma parte de esa tradición que se forjó bajo el comando de la Iglesia católica, repare en una promesa que el propio López Obrador ha puesto sobre la mesa: traer al Papa Francisco para devolver la paz a México. De modo que lo sostuve y lo reitero: la fe en AMLO como redentor del país refleja un infantil anhelo de amparo paterno.

Si algo animó a Freud fue la búsqueda de la autonomía humana. Lo suyo fue ir al encuentro de la autodeterminación personal. Y en esa odisea tropezó con el inconsciente. Como se sabe, el descubrimiento más importante del padre del psicoanálisis fue observar el rol decisivo que juega la sexualidad en la composición de nuestra psique. Centrado en el estudio de ese rol, sostuvo que el inconsciente se encuentra integrado por la sexualidad reprimida. Pero lejos del pedante lugar común que desdeña su teoría de un plumazo, se mantuvo lejos de señalar que se encuentra formado únicamente por la sexualidad reprimida. También advirtió que lo instauran otras represiones, que pueden descubrirse en los chistes, los olvidos comunes, los lapsus expresivos. De hecho, en todas las actitudes que pasan desapercibidas al sujeto que las realiza. No queda duda que figura entre ellas el afán de amparo paterno que ahora se expresa en la fe que ubica a López Obrador como el hombre que construirá un México distinto. Y figura entre ellas porque la mayor parte de las personas que la sostienen, negarían que se trata de una fe, y con mayor razón, que obedece a su necesidad de protección paterna. Y si la niegan, y la tienen, no puede sino admitirse que se origina en su inconsciente. Sólo quienes viven sumergidos a tal grado en la cultura tradicional que no pueden advertir una anomalía en la identificación del líder político con el padre protector, reconocen que encuentran en el político tabasqueño un amparo paterno. Lo demás, los fieles que ya han sido influidos por la cultura ciudadana, rehúsan de manera terminante e incluso agresiva que ése sea el caso. Presentan una resistencia firme y notoria a admitir la hipótesis, lo que constituye una prueba más de que es cierta. En el fondo, el cuadro no resulta complejo, y se encuentra completo. No perdamos de vista que, de acuerdo al psicoanálisis, el anhelo infantil de amparo paterno genera el sentimiento religioso. Y una de las características que distinguen a una porción considerable de la población mexicana –como a la de Rusia y, en otro espectro religioso, a la de Turquía– ha sido su dificultad de encarnar una vocación ciudadana ajena a la cultura política tradicional.

Mientras que en el mundo tradicional las personas adoptan una actitud propia de la minoría de edad, en el orbe ciudadano se sostiene la determinación de hacerse cargo del propio destino, en un lance propio de la mayoría de edad. La cultura tradicional confía en que el hombre providencial resuelva las cosas con el mágico influjo de su presencia, mientras que la ciudadana advierte que el destino de la sociedad no depende del líder, sino de la propia sociedad, y desconfía, en consecuencia, de los liderazgos redentores. Pero el movimiento encabezado por AMLO le apuesta todo al líder. El propio AMLO no vacila en afirmar que con su sola llegada a la presidencia se acabará la corrupción, no habrá inseguridad y se detonará el desarrollo económico.

¿Lealtad tradicional o autodeterminación ciudadana?

La gente se le aproxima y lo desea tocar. Él lo permite, se deja querer. Las mujeres lo besan, los hombres lo saludan; quienes no encuentran su mano le palpan el torso, la espalda, le acarician el cabello, lo despeinan.

–Te queremos, viejito, te queremos –sobresale una voz masculina entre la multitud.

El cabello platinado brilla a la luz del sol. Le confiere un aura bondadosa, de sabiduría ancestral. Si a Cuauhtémoc Cárdenas le llamaban Tata, igual que a su padre, a López Obrador le llaman pueblo, y él cumple con holgura su papel. Se lo cree. Lo suyo es hacer historia, y de la grande, pero se coloca al nivel de los pequeños, de los marginados, de los más pobres.

–Ya le ofrecí el avión presidencial a Trump.

En la simpleza ha encontrado las claves de su discurso, que sus fieles repiten como sin entre las palabras y las cosas no se extendiera ninguna sombra. Imposible no advertir la matriz religiosa que alienta el movimiento que encabeza. Tan imposible como no percibir la sensación de desamparo que patrocina el culto a su personalidad. Naturalmente, el anhelo infantil de amparo paterno no integra el único factor que ha encumbrado a López Obrador. También pesan otras circunstancias. De manera notable, los escándalos de corrupción que distinguieron al gobierno de Peña Nieto, con más de veinte gobernadores –la mayoría de extracción priista– perseguidos por la justicia; la certeza de que el régimen se encuentra podrido y la astucia y larga perseverancia con la que el propio López Obrador se ha mantenido como opositor a ese régimen; la eficacia con la que ha propagado la noción de que efectivamente él puede, por sí solo, sustituirlo por otro régimen (pocos fieles ponen en duda que un solo hombre pueda cumplir esa faena, y los que lo ponen en duda optan por ignorar su estilo personalista de hacer política; una particularidad que corrobora que una porción considerable de sus simpatizantes actúa movida por la fe, no por la razón); la grave crisis de inseguridad que asola el territorio nacional; el aumento del precio de la gasolina a pesar de la imprudente promesa de que la reforma energética lo bajaría; el magro crecimiento de la economía; la escasez de empleo y la idea generalizada de que ha llegado la hora de darle la oportunidad a quien lleva tres sexenios ofreciendo un país distinto. Con todos esos aguijones en contra de sus adversarios, muchos fijan sus esperanzas en él. Quienes no le profesan una confianza ciega, y no lo respaldan inspirados por la sed de amparo paterno, sino a raíz de los actos y las circunstancias que hicieron fracasar el gobierno de Peña Nieto, pierden de vista la índole secretamente religiosa de su liderazgo. Olvidan que el México tradicional cuenta al menos con las mismas dimensiones que el México ciudadano. No advierten que la cultura de relaciones voluntarias que funda el mundo ciudadano integra una cultura relativamente nueva en el país. En su explicable enojo frente al gobierno pusilánime de Peña Nieto, optan por no reparar en que la búsqueda de la autodeterminación individual, ajena a la complacencia de las seguridades heredadas, aún mantiene un carácter incipiente en nuestra sociedad. Aún más: pasan por alto que esa famélica vocación ciudadana, sumada a la debilidad y disfuncionalidad de las instituciones, fragua un caldo de cultivo propicio para que el estilo personalista de hacer gobierno que caracteriza a López Obrador devenga en la restauración del régimen autoritario que creíamos haber dejado atrás con la transición a la democracia. Y por no reparar en esa amenaza resuelven votar por el tres veces candidato el próximo primero de julio.

¿Para qué, si él ya ganó la contienda?

López Obrador llegó al espectáculo del primer debate presidencial con una ventaja inobjetable en las encuestas. Una ventaja que él mismo considera irreversible: una distancia de más de 15 puntos porcentuales sobre su principal adversario, que por tercera vez lo persuade de que sólo el fraude puede evitar que sea presidente de la república. Esa delantera lo orilló a ignorar la importancia capital del espectáculo en la sociedad contemporánea. Y no se preparó como debía para la contienda o, en todo caso, eligió mal la estrategia para acometerla. Como Platini y Maradona, igual que Zico y Hugo Sánchez, falló un penal en un Mundial por exceso de confianza. Lo falló de manera tan increíble que él mismo, sus fieles y simpatizantes aún no lo creen. Erró el tiro de un modo tan inverosímil que incluso muchos de quienes lo vemos con escepticismo tardamos en advertir el descalabro. Probablemente eligió no responder a los cuestionamientos de Anaya desde antes de la función. Y no sólo los de Anaya, sino los del resto de los candidatos. Pero no oponer ningún argumento a los desafíos directos del candidato de la coalición Por México al Frente permitió que se escampara el camino para una previsible polarización con él. He comparado su tropiezo con el fallo de un penal porque no resultaba difícil advertir que uno de sus mantras preferidos, combatir al PRIAN, se le podía revertir. ¿Cómo? Muy fácil: haciéndose realidad a través del voto útil que un numeroso segmento de los simpatizantes del PRI puede emitir en su contra o, lo que lo mismo, en favor de Anaya. Su tarea era mantener la confusión entre el segundo y el tercer lugar, pero no la hizo. Juzgó innecesario hacerla. ¿Para qué, si él ya ganó la contienda?

Si López Obrador hubiera respondido a Anaya o alentado –así fuera con la astucia de lo subrepticio– a Maede, como hizo el Bronco con Margarita Zavala, se hubiera mantenido la confusión entre el segundo y el tercer puesto, pero no hizo lo uno ni lo otro. Jamás se percató que su trabajo era abonar a esa confusión. Quien intentó abonar a ella fue Meade: por eso atacó a Ricardo Anaya. Pero no lo consiguió. Lejos de proponerse mantener vivo el pleito por el segundo lugar, López Obrador llegó a reafirmar la falsa idea de que la competencia se resume a la lucha de todos contra él, tal y como si no existieran importantes diferencias entre Meade y Anaya, así como existen entre el propio Anaya y Margarita Zavala. Es lo que sucede cuando uno se cree sus propias ficciones discursivas. Un fenómeno que en López Obrador ha alcanzado una cima indiscutible, como lo demostró el gesto que nos obsequió al final del debate, cuando se retiró sin mirar siquiera a sus oponentes. ¿O acaso no actuó, en ese momento que filtró una cámara furtiva, como un santo que rehúsa despedirse de los miserables pecadores?

FOTOS: SAÚL LÓPEZ / CUARTOSCURO

Ahora está claro quién ocupa el segundo puesto. Hoy ya no pueden albergarse dudas de quién concentrará el voto útil en su contra. Ése fue su descalabro. Allí, en su incapacidad para advertir que su objetivo en esa función radicaba en evitar que emergiera un claro segundo lugar, se puede apreciar cuál fue el penal que falló. Ensoberbecido en la convicción de que su sola llegada a la presidencia implicará un cambio de régimen; crecido en la idea de que él encarna el monopolio de la honestidad, no movió un dedo contra Anaya ni, furtivamente, en favor de Meade. Y no se diga que vuela por encima de cualquier astucia subrepticia: quien lo dijera demostraría que no ha observado con un mínimo detenimiento a López Obrador y dejaría en claro que ignora que la política es, entre muchas otras cosas, un arte de lo subrepticio. Al margen de la estrategia que le convenía, AMLO reaccionó con torpeza a la provocación de Meade e ignoró, olímpicamente, a Anaya. La torpeza que mostró en la reacción a la acusación de Meade concerniente a los tres departamentos de su propiedad que no aparecen en su declaración patrimonial delata que se salió de su script. Su estrategia se cifró en no contestar ninguna acusación; en hacer como si su prestigio moral lo colocara por encima de cualquier ataque para corroborar la fe que sus fieles tienen en él. Pero esa estrategia sólo funciona con quienes lo ven como un santo: con sus adictos incondicionales porque satisfacen el anhelo infantil de amparo paterno a través de su figura. Un anhelo que, como Juan Preciado, el enésimo hijo no reconocido de Pedro Páramo, todos podemos llegar a padecer, pero que a todas luces resulta inconveniente intentar satisfacer en la figura de un político que no reconoce más autoridad que la suya.

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