Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Algo más que tres millonarios detrás de una concesión

A mi padre, desde luego

¿Qué hacen veintidós estúpidos corriendo tras una sola pelota? -Jorge Luis Borges

Lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol -Albert Camus

Me encuentro muy al margen de la discusión sobre contenidos televisivos y es que, a menos que por azar me encuentre alguna extraña joya, solo tengo televisor -pantalla, ahora- para ver películas y futbol. Cuando hablo de joyas me vienen a la cabeza ciertos ejemplos recientes, como un documental sobre los últimos años de Herbert Von Karajan (“Cuando el tigre empieza a perder los dientes, todos se le lanzan encima”, fue su explicación al dejar la Filarmónica de Berlín por la de Viena, quien sabe si añorara a su amigo Hitler) o una biografía del galés demencial sir Anthony Hopkins. Son cosas que me encuentro mientras busco los horarios de las trasmisiones de futbol (eventualmente un partido de tenis que incluye a Rafa Nadal o a Roger Federer, uno de beisbol como el de Yanquis contra Medias Rojas de hace un par de meses o una pelea de box como la de Dinamita Márquez contra Pacquiao) o me asomo a los canales de cine donde puede haber cosas interesantes, incluso muy buenas: Europa Europa, Eurochanel y hasta Golden o TCM, donde hace poco retrasmitieron “Angel Heart”, con lo que volvieron a maravillarme Allan Parker e incluso Robert de Niro y Mickey Rourke antes de sus respectivos anquilosamientos.

Fuera de casos como éstos, que son pocos y muy esporádicos, la televisión me es tan llamativa como un japonés en un museo. A veces me olvido de que está ahí y ni siquiera me entero si está encendida o alguien se la ha robado.

Digresión obligada: nada de lo que digo aquí debe interpretarse como una salida por peteneras respecto a la posibilidad de que el sr. Slim pueda -como en el Turista- poner castillos en sus propiedades y aniquilar a toda la competencia que se pretendía fomentar, incluida la que ya existe, pues tampoco me pasa de largo que el tigrillo no salió a El Tigre, y este dueño de Televisa solo es capaz de vivir a expensas de favores políticos, etc., etc., etc. Y hasta aquí el asunto, que ya me aburrí y sin duda perdí a muchos lectores.

El asunto es que no veo televisión, salvo para películas y futbol. No es una actitud esnob o de intelectualoide con ínfulas de genio. Mucho menos se trata de una cuestión de principios: como todos los niños gocé de las caricaturas, después fui uno de los muchos que caímos en la hipnosis de “Cuna de lobos” o en la de “Dallas”, en otra época veía “Alf” y vi “Cuéntame cómo pasó” hasta que dejó de tratar de la historia de la España de la transición y se convirtió en un culebrón abominable donde no se salva ni el gran Imanol Arias. Sencillamente perdí el interés, como alguna vez lo perdí por los estudios de filosofía y como algún día lo perderé por las damas de mi edad.

Desde niño me llamaron la música, la pintura y los libros, que junto con el deporte y las mujeres han llenado mi vida. O lo hicieron hasta la llegada de esos invasores llamados hijos, errores a los que no se puede sino amar con toda el alma, dicho sea del modo más simple y coloquial, aunque la palabra “alma” me produce náuseas. Ya lo dijo mi padre cuando le cité cierta línea de Joe Jackson, creo: “Take my soul, I never use it”, a lo que él respondió: “Está bien, para los que tienen alma”. Esta primera pincelada acerca de mi padre me lleva de lleno al tema que he sorteado con esta larga introducción llena de explicaciones, como si yo fuera el niño que alguna vez tuvo que justificar sus malas notas.

Hace unos años, en una conversación de café, una amiga me preguntó cómo es que a alguien dedicado a la vida intelectual puede gustarle tanto el futbol. Quienes me conocen y han visto cómo reacciono ante la estulticia, saben que mi respuesta normal habría sido un sarcasmo agresivo y lleno de desprecio, pero mi amiga no lo merecía y decidí responderle en serio: “Papá no habla. Para comunicarse con él aunque sea de forma parca y superficial es necesario sentarse a su lado a ver el futbol y hablar del partido”.

La respuesta es rigurosamente cierta, pero se equivocaría mucho quien creyera que mi padre es un tonto. Era frecuente verlo en el balcón mirando a un punto lejano inexistente con un cigarro en la boca, inmóvil, durante varios minutos. Uno podía pararse junto a él, pero en silencio. De pronto volvía a su energía apabullante y con una breve llamada resolvía algún problema complejo, habitualmente de negocios. Lo mismo sucedía al terminar los partidos: tras el pitido final cogía el teléfono y con una breve instrucción que no admitía réplica demolía las piedras que se le ponían enfrente.

Con el tiempo lo entendí mejor de lo que él puede o quiere imaginar: mientras veo el futbol suelo pensar en otras cosas. No es que me distraiga de lo que sucede en la cancha, es que mi cerebro trabaja en dos planos y según estén las cosas en cada uno de ambos juegos sobrepongo uno u otro. Es frecuente que tras un partido yo tenga un esbozo de cuento en la cabeza, la idea con la que puedo encausar cierto asunto con mis hijos o una decisión final acerca de algo que se ha vuelto abrumador. Todo frente a la maravilla que otros llaman “caja idiota”.

No siempre fue así: de niño aprendí a jugar en Pumitas, años después jugué en la liga del Ajusco. Era malo como la carne de pescuezo, pero eso es lo de menos. Una vez que conocí el juego como suelo conocer las cosas, de un modo acorde con una mente obsesiva, conquisté el derecho a la distracción, que no es otra cosa que el concentrarse en varias cosas a la vez.

Papá tampoco era así, ni a sus casi ochenta años lo es. Fue un deportista destacado, piloto aviador, arquitecto que se formó en el despacho de Luis Barragán, creador de una empresa constructora en la que había que vérselas con ríos de gran caudal, pantanos o desiertos, en situaciones que hacen evocar ciertos pasajes de Conrad o de Steinbeck, empresa que envejeció con él y que él mismo mató hace poco, antes de que ella lo matara.

Precisamente la inmovilidad del espectador es lo que ni él ni yo podemos sobrellevar. Cuando se maneja a 140 km por hora en una autopista, lo mejor es pensar solamente en lo que se está haciendo, tanto como al ver una película de Truffaut, oír a Stravinsky o contemplar un Rembrandt. Con el futbol queda ese espacio mental para poner la adrenalina necesaria en temperamentos como los nuestros. No sé de otros escritores, a mí escribir me produce el mismo efecto que un vuelo en parapente o un salto en paracaídas (el guiño a Huidobro es circunstancial). Tampoco sé si a otros constructores les pasará lo mismo que a mi padre.

El caso es que vemos el futbol en espera de la gran jugada el despliegue táctico o técnico admirable, el momento estético prodigioso o la emoción de un partido intenso y decisivo. Eso merece el tiempo que se le dedica y a la vez deja largos ratos para volver a los asuntos alternos con toda la adrenalina, con el cerebro y los nervios a toda marcha y con una fuerte predisposición al triunfo. Así, una de las cosas que heredé o aprendí de mi padre fue trabajar mientras veo el futbol.

A veces no se puede, claro está. A veces es casi tan impensable como conversar con papá, ya no digamos entrar en sintonía. Con el primer título que ganó Pumas cuando Hugo Sánchez igualó a Cabinho, mi hermano y yo gritamos y nos dimos un abrazo cantando el “¡Goya!”. Papá apagó el televisor sin más comentario que un lacónico y grave “muy bien”.

Ésa fue otra lección que recibí de la mancuerna que hacen papá y el futbol: se juega, se gana o se pierde, y ahí queda el asunto, a lo que sigue, que la vida es breve.

Muchos años después, hace apenas cuatro, España ganó el Mundial de futbol. Tras abrazarme con mis hijos y mi esposa (tengo una esposa “apasionada de verdad”, lo que en mucho ha evitado el divorcio, claro), le marqué a papá:

-Viviste para verlo -le dije.

-Pues será, pero no, así no -respondió.

Me dejó tan helado como siempre, y es que La Roja había jugado un partido francamente aburrido y mediocre.

Otra lección, aunque esa ya la había aprendido desde crío: la vida es algo más que una carambola afortunada donde se flota sobre laureles y buenos antecedentes. La vida, en su esplendor y su potencia máxima, es (ya se sabe) más difícil que comunicarse con mi padre, y eso (queda claro) es mucho decir. Un triunfo mediocre no es sino otro rostro del fracaso. Los triunfos constantes de mi padre han ido revestidos de una notable grandeza, igual que mis continuas derrotas.

Así pues, lo único que realmente me importa del pleito entre millonarios por la señal televisiva es en qué manos quedarán los derechos sobre el buen futbol. Con la pena, ya soy demasiado viejo para ir a sentarme afuera del Senado para ver si la Guadalupana le hace un milagrito a este país que nunca volvió de Comala.

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