Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Al aire libre

Abe no soportaba habitar entre dos infinitos, uno expandido hacia lo mayúsculo sin forma y otro recogido hasta lo minúsculo fantasmagórico. Sencillamente no aguantaba mirarse arrojado entre esas dos inmensidades inhabitables. Pero en sublime paradoja demandaba de otro infinito para vivir a gusto. Presa de una actitud por lo demás comprensible, le aterraba el caos propio de lo que carece de límites ciertos, tanto en su versión subatómica como en su edición cósmica, sin embargo, no encontraba consuelo más que dentro de una experiencia infinita, que de momento no atinaba dónde ubicar. – “Ahora ignoro dónde, pero esa anhelada eternidad debe ubicarse en algún lado” –se convencía a sí mismo con un optimismo invencible, acorde con su edad. Tenía veintidós años y un hambre de vivir infinita, para no variar su invencible apego a las dimensiones sin fin. Era natural que tarde o temprano sus vivencias lo decepcionaran. Con exactitud previsible le parecían menores a sus deseos o, quizá, en un sentido que él mismo no alcanzaba a comprender, presentaban un alcance mayor, tenían una magnitud más grande, que él no podía siquiera entrever.

Un día Abe leyó Bouvard y Pécuchet, del vigoroso Flaubert. Al término concluyó que era mejor no hacer nada a probar hacer de todo y no encontrar en nada una satisfacción completa, un placer eterno y definitivo, ayuno de fisuras y molestas imperfecciones. Así que se dispuso a descansar. En esa conducta indiferente e irresponsable persistió durante un tiempo indeterminado hasta que una mañana irrumpió Dios a perturbarlo.

– ¿Quién eres tú? –preguntó Abe, enfadado por enfrentar la penosa obligación de abrir los ojos.

– ¿Has leído Bouvard y Pécuchet y no lo sabes?

– Me temo que no.

– Yo que tú, me echaba a correr.

– Ah, ¿sí? ¿Y por qué iba a huir de ti?

– Porque de vez en vez me da por pedir el sacrificio de un hijo como prueba de fe. Incluso permití que mi propio hijo fuera sacrificado.

Entonces Abe consintió levantarse a medias, y razonó:

– Juzgo con buenos ojos que no seas fácil en tus acciones y exigencias de fe, pero no hay razón para preocuparme: no tengo ningún hijo que pudiera ofrendarte.

– ¿Y qué esperas? Lo debes tener.

Persuadido por las horribles estrías que se habían formado en su espalda, o tal vez porque no encontraba otra cosa mejor que hacer, Abe se incorporó, decidido a cumplir la orden de Dios. No sin ciertos trabajos y tribulaciones, consiguió una mujer con ganas de convertirse en madre. Dos meses después de su primer encuentro amoroso, la mujer se embarazó y nueve meses más tarde nació Saac. El niño ya caminaba cuando Dios apareció de nuevo. Al tanto del motivo de esta nueva irrupción, Abe echó a correr hacia su automóvil y escapó por la carretera 61. Pero al final de la autopista Dios lo esperaba. Abe comprendió entonces que no había escape y prometió sacrificar a su hijo en la más alta pirámide de la Ciudad de los Dioses.

Abe aún tenía hambre de infinito, pero no era un hombre de fe. En vez de sacrificar a Saac, optó por emprender el vuelo, literalmente hablando.

– Voy por cigarros –avisó a su mujer, y tomó el metro rumbo a la terminal II del aeropuerto de la Ciudad de México.

***

 

Saac temía y anhelaba las dimensiones infinitas, igual que su padre. E igual que Abe un día resolvió que lo mejor era ponerse a descansar. En su cama, y casi sin moverse, se sumergió en Los hermanos Karamazov, del enfermizo Dostoievski, y en lectura inmoral resolvió matar a su padre. Tras años de búsqueda infructuosa, al fin lo encontró pidiendo limosna en un sucio rincón de Katmandú. Pero no lo mató. Lejos de ello, regresaron juntos a México. Hoy padre e hijo son formidables amigos. Regentean juntos un baño público de curiosa originalidad. Tras una ponderación lúcida y exhaustiva de las vías que la sociedad les ofrecía para atraerse ingresos aceptables, observaron que no tenían un modo más decente y ameno de vivir. Dispuesto a manera de teatro al aire libre, la persona impulsada por la necesidad de su organismo se dirige al centro del escenario y allí la satisface. En ocasiones el público aplaude. Otras, no. Quien acude a ese baño peculiar en calidad de usuario no paga un centavo; el público, en cambio, eroga una módica cantidad a cambio del sagrado derecho de presenciar el espectáculo. Abe y Saac no imponen mayores exigencias a quienes desean ocupar una grada. El ganoso usuario debe probar, sin embargo, que en verdad le angustia mucho haber sido arrojado a este mundo de formas finitas y mudables, lo que no siempre se logra testimoniar de un modo convincente. El negocio marcha mejor de lo esperado y padre e hijo cada vez emparentan más sus respectivas formas de caminar, hablar y reír.

 

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