Cinque Terre

Federico Cendejas Corzo

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Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea, académico y comunicólogo

Leer libros ajenos

“Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá?
Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán?
Y al fin, libros y personas se encuentran”.
André Gide

Sin lugar a dudas, siempre existe cierta suspicacia en torno al préstamo de libros de manera privada y personal, es decir, a permitir que amigos, conocidos o familiares lean algún libro de la estimada colección individual. Dicho miedo tiene su más profunda raíz en la consecuencia más común que se da como resultado del proceso mencionado: el libro prestado jamás volverá a manos de su dueño original; ya reza un conocido refrán: “libro prestado, libro olvidado”.

A pesar de lo dicho, existen aquellos valientes paladines de la sabiduría, unos verdaderos guerreros de las letras, que toman el riesgo a sabiendas de los muy probables resultados adversos de su osadía. Para ellos, todo mi reconocimiento y admiración.

También existen aquellos celosos defensores de los tesoros más preciados en su vida, esas esfinges en custodia de los libros de Tebas o esos gnomos reservando el puente que lleva al arcoíris, ellos no prestan sus libros absolutamente a nadie, es más, resultaría más sencillo que te prestaran a sus parejas que a sus libros.

Soy alguien que no se encuentra en ninguno de los extremos del termómetro, es decir, ni ando prestándole libros a todo el mundo ni guardo mis queridas lecturas bajo tierra como tesoro pirata. Evidentemente, ha habido libros que nunca han regresado a mis manos después de haberlos prestado y, en otras tantas, sí que lo han hecho. Todo depende la persona que lo solicite y también del valor que, como su dueño, le doy al objeto del préstamo en cuestión.

Existe también un fenómeno interesante que he experimentado en varias ocasiones a lo largo de los años y es aquél en el que un entusiasta lector llega con un libro en la mano para prestármelo sin que yo lo haya solicitado. De hecho, por alguna razón que desconozco (aunque tenga algunas teorías), es algo que me pasa con cierta frecuencia, pues yo no soy de los que pide libros prestados: ante recomendaciones de voces que considero respetables, prefiero acudir a la librería para comprarlo y, además de ensanchar mi acervo cultural, poder rellenar más repisas en mi librero. Quizás es una cuestión de ego mirar todos esos libros acumulados y conservarlos como testimonio patente de las lecturas que se han realizado a lo largo de la vida.

En fin, cuando han llegado personas con un libro en préstamo no solicitado a mí, experimento una especie de extraña sensación, en primer lugar no me puedo quitar de la cabeza que me están dejando tarea, es decir, siento una obligación implícita de cumplir con la valiosa responsabilidad que me han conferido, y aunque en ocasiones no haya disfrutado la lectura, siempre he cumplido cabalmente con esta “obligación” abstracta.

Por otro lado, cuando se me presenta la situación antes descrita, no puedo evitar pensar que la persona que me ofrece el libro en préstamo vivió una experiencia tan seria, profunda y estética con la lectura del libro en cuestión, que tiene la inevitable necesidad de compartir dicho placer sublime con alguien más. Ese impulso irrefrenable de participar de las mismas letras de un texto, es el que hace que, en muchas ocasiones, terminen libros que no pedí en mis manos y, seguramente, en las manos de otras personas.

Ahora bien, ya que el préstamo se llevó a cabo, inicia el proceso de la lectura, que para mí siempre revela cosas del “arrendatario”. Es decir, primero me pregunto: ¿Por qué quiere que yo lo lea? ¿Qué tiene que decirme a través de este libro? Y, claro está, el título del mismo me dice aunque sea un poquito de su lector anterior, al menos me entero de su interés, gusto o disgusto por cierto tipo de textos, o de ése en específico. Después, entro de lleno en el texto y, en ocasiones, existe otro fenómeno interesante que me hace entrar en contacto con el lector inicial, y es, justamente, que aparezcan subrayados o notas a mano en las páginas del libro, que resalten frases o apunten diversas especificaciones, emociones o marcas dentro de la obra.

En este sentido, pienso que entro en una conversación a distancia con aquél que me prestó el libro: “¿Por qué subrayó esta frase? Quizás yo hubiera resaltado otra que él no”. “¿De veras le pareció interesante esta parte? A mí no tanto”. “¿Por qué puso la palabra ‘fundamental’ en esta orilla de la página? Para mí el fundamento está en otro lado”. O tal vez también concuerde: “No puedo estar más en sintonía contigo”. “Amo está frase también”. “A mí no hubiera salido tan bien esta nota”. Quiero decir que encontrarme con este tipo de marcas le otorga voz participante al dueño del libro y lo involucra, ahora de manera directa, en la percepción artística de la obra por parte de quien ahora la está compartiendo con él.

Me parece que leer un libro ajeno es una búsqueda de sentido trilateral: el sentido de la obra misma, el sentido que le da el lector original y el sentido que yo mismo pueda encontrar en ella. Por ello, la experiencia se magnífica, pues a diferencia de la lectura netamente individual, sin préstamo o incluso sin recomendación, en este tipo de proceso lector se involucra un jugador más que añade su propio toque a la vivencia.

Por supuesto, cuando he terminado la lectura asignada, es momento de devolver el libro (sí, yo sí los regreso) y de comentarlo con su dueño para cerrar con broche de oro el momento y presentar “la tarea en clase”, como buen alumno responsable. Esta conversación también resulta muy reveladora y me permite aclarar ciertas situaciones y conocer las respuestas, de viva de voz, a aquellas preguntas que habría planteado durante la lectura y que solamente el prestamista puede contestar sin temor a equivocaciones.

Resulta que leer libros ajenos es una manera de conocer al otro, pues primero se convierte en una especie de confesión por parte de quien lo encomienda, que nos permite profundizar en su manera de ver y vivir el mundo y, por supuesto, también brinda la oportunidad de descubrir quién es ése que nos presta un libro y cómo vive la experiencia lectora. Además, el hallazgo de notas y subrayados se convierte en un placer extraño que da mucho material para la reflexión y es, en cierta forma, un preámbulo para la conversación final. El proceso que termina y corona la tarea; el intercambio en vivo y a todo color para descubrir, ahora más claramente, los motivos de un préstamo no solicitado.

Todo lo anterior me da oportunidad de concluir que el proceso de la lectura se ve enriquecido en medio del acercamiento a un libro ajeno, pues, como bien han dicho o sugerido diversos autores de la literatura universal a lo largo de los años: “somos lo que leemos”, y en este sentido, después de haber terminado una obra prestada, tendríamos que haber descubierto alguna faceta de la vida de quien nos dio la confianza de prestarnos un libro, alguien que además se expuso doblemente: primero, a no tener de regreso su querido texto y, segundo, a que el nuevo lector sepa cosas de su vida que seguramente antes no sabía, aunque sea de manera implícita. Todo ello añadido al propio viaje existencial que la lectura siempre representa, sea de préstamo o no, el viaje hacia nuestro interior y el descubrimiento de la persona que somos, la suerte de espejo en que siempre se transforma una lectura ante nuestros ojos. Por ello reitero que el camino ya no es de doble vía, sino de triple, es decir, el camino tiene que habernos cambiado aunque sea un poco en tres sentidos: saber algo de nosotros mismos, saber algo del mundo reflejado en el libro o de la obra misma y además saber algo del dueño, tercer elemento que le pone sal y pimienta a este platillo literario para que, sin duda, sepa mejor.

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