Cinque Terre

José Luis Durán King

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Director general de Opera Mundi. Autor del libro de cuentos Tabula Rosa

A Sangre fría, ¿una novela a la carta?

A sangre fría, publicada en 1996 por Penguin Books, comenzó cuando el escritor estadunidense Truman Capote leyó un artículo de 300 palabras en las últimas páginas del New York Times que describía un asesinato aparentemente inexplicable de cuatro miembros de una familia rural de Kansas ocurrido el 15 de noviembre de 1959: “Un acaudalado granjero de trigo, su esposa y dos hijos fueron encontrados muertos el día de hoy en el interior de su hogar. Habrían sido asesinados a balazos después de ser amordazados… No había signos de lucha y nada les fue robado. Las líneas telefónicas habían sido cortadas”.

Capote se sintió impactado por la historia y viajó a Kansas -acompañado por la también escritora Harper Lee-, iniciando así un periplo que se convertiría en libro. Pasó seis años recabando información para su obra y, al terminar, estaba seguro de haber inventado un género: la novela de no ficción o de testimonio, concepto que desde un principio causó controversia.

Wendy Lesser señala que la literatura contemporánea de Estados Unidos arrancó con la publicación por entregas de A sangre fría en la revista New Yorker, aunque también establece que la de Capote no fue la primera novela estadunidense que mezcla el reportaje sustentado en hechos reales con el género de la novela.

“(…) para encontrar la primera, uno tendría que retroceder a 1952 cuando apareció Picture, de Lillian Ross (n. 1927), o incluso aún más allá, a las anécdotas y perfiles sobre Nueva York escritos en los años cuarenta y cincuenta por Joseph Mitchell (n. 1908) y que fueron publicados en una recopilación intitulada Up in the Old Hotel (1992).” [John Sturrock (compilador). Guía de las letras y autores contemporáneos. pág. 179].

Dos apuntes más del interesante ensayo de Wendy Lesser, el cual, en primer término, niega que A sangre fría marque “el principio del interés en los Estados Unidos por el asesinato como tema literario, pues, ante todo, ya se contaba con Edgar Allan Poe desde un siglo antes” (Idem, pág. 179).

Por otra parte, para Lesser, la mayor aportación de A sangre fría es la forma en que capta al mismo tiempo dos Estados Unidos: el de un villorrio pequeño de economía agrícola, “seguro, de una inocencia infantil y familiar, de los años cincuenta (el crimen que reseña tuvo lugar en 1959)”, y el de la actualidad de entonces, ambiguo, violento, “infestado por los medios de comunicación, inseguro y dominado por los programas televisivos de tema policiaco”.

Lo que resulta irrefutable es el precedente que sentó A sangre fría, pues fue a partir de esta obra de los años 60 que la literatura de Estados Unidos dio un vuelco hacia el estudio de la mente criminal en sus diferentes presentaciones. Homicidio, asalto, conspiraciones son el pan diario de de las grandes obras que siguieron a la novela testimonial de Capote.

En este contexto destacan La canción del verdugo de Norman Mailer, Libra de Don DeLillo y El misterioso señor Ripley de Patricia Highsmith, por mencionar sólo tres de ellas. Amén de que A sangre fría se considera de forma casi unánime el texto cumbre de Truman Capote, que cimentó la reputación de escritor de su autor, también mostró al mundo cómo un modesto agente rural se convierte en un detective sagaz e innovador, como fue el caso de Alvin Dewey Jr., a quien se le comparó incluso con el legendario marshall Wyatt Earp.

Esa trayectoria idílica, sin embargo, da visos de resquebrajarse, al salir a flote una serie de datos que ponen en entredicho la objetividad de la obra en mención, y de paso emerge una investigación periodística en la que al parecer hubo tráfico de influencias y contratos en la industria cinematográfica para recompensar favores recibidos. Harold Nye, por ejemplo, agente ya fallecido del Buró de Investigación de Kansas (KBI), declaró en su momento: “Yo tenía la impresión de que el libro sería objetivo, y no; fue un libro de ficción”, según se lee en uno de los párrafos del libro Truman Capote: In which Various Friends, Enemies, Acquaintances and Detractors Recall His Turbulent Career de George Plimpton, publicado en 1998.

Y, precisamente, el cadáver en el armario, o más bien, en este caso, en las oficinas del Buró de Investigación de Kansas, fue recogido por Harold Nye en forma de un fajo de documentos que describen el curso que tomaba el caso del homicidio de la familia Clutter y que difieren de forma importante de lo que Capote plasmó en su libro. El señor Nye guardó los papeles en su casa y ahora su hijo tiene toda la intención de publicar o vender el archivo, acción a la que se opone el Buró, lo que ha resultado en un litigio entre ambas partes.

El argumento de la KBI es que los documentos pertenecen al estado de Kansas y que su difusión viola la privacidad de los miembros sobrevivientes de la familia Clutter, por lo que el tribunal estatal en Topeka obsequió una orden de restricción contra las intenciones de Ron Nye -hijo de Harold Nye- y de Gary McAvoy, propietario de un negocio de productos vintage en Seattle.

Nye y McAvoy niegan que la restricción sólo esté encaminada a velar por la privacidad de los sobrevivientes de la familia Clutter. Ambos afirman que el objetivo principal de esa acción es suprimir las verdades poco halagu%u0308eñas del KBI. Dichos documentos, señalan, “contradicen directamente varios segmentos de A sangre fría”, según quedó asentado en un expediente de la Corte el 1 de febrero pasado.

Pero la defensa de Capote y su obra máxima ha convocado personajes que en 50 años habían demostrado un silencio a prueba de balas: los familiares de los Clutter, quienes se han pronunciado en contra de la venta de las fotografías en torno al asesinato.

El fiscal de Topeka, Michael Clutter, quien por cierto es pariente de la familia asesinada, hizo patente su preocupación en una carta enviada el 15 de agosto de 2012 a Gary McAvoy: “No puedo describirle el dolor y angustia que causaría a la familia si esos temas se hicieran públicos”.

Servicio a la carta

A sangre fría no solo llenó de orgullo a su autor, Truman Capote. El Buró de Investigación de Kansas comparte ese sentimiento; de hecho, en las oficinas de la agencia los visitantes pueden apreciar en una vitrina una copia del libro, así como el arma de fuego que se utilizó para segar la vida de las víctimas.

La arrogancia de la KBI no es gratuita, quizá tiene que ver con los señalamientos de unos años para acá que cuestionan la presunta imparcialidad con la que debió actuar ante los medios. Antes de su muerte en 1987, Alvin Dewey Jr. Negó en una entrevista haber dado un trato preferencial a Capote. “Nunca traté a Truman de una manera diferente a como lo hice con cualquiera de los otros medios”, declaró.

Sin embargo, fue el propio Capote -a través de sus cartas manuscritas, actualmente archivadas y en resguardo de la Biblioteca Pública de Nueva York- el que desmiente a Dewey, pues en varias de ellas expresa a “Foxy” (como el escritor llamaba cariñosamente al agente) por la información y los documentos recibidos.

Pero hay más. Las notas son explícitas al describir que en una de las ocasiones en que Capote y Harper Lee viajaron a Garden City gozaron de un privilegio exclusivo: el acceso a los archivos por una semana, y una vez que los sospechosos del homicidio múltiple fueron detenidos, la concesión de entrevistas privadas con Richard Eugene Hickock y Perry Edward Smith, presuntos autores de la matanza, como lo ha establecido el escritor Charles J. Shields, quien estudió exhaustivamente los archivos mientras preparaba una biografía de Harper Lee llamada Mockingbird. Dicho sea de paso, una vez que Hickock y Perry fueron arrestados, el agente Dewey había sido enfático en que no se concedería entrevistas con los delincuentes a medio alguno.

Sin embargo, las entrevistas con los infractores existieron, son parte crucial de A sangre fría. Como también existió una cooperación incondicional de Dewey con Capote, al grado que éste incluso solicitó al agente que intercediera con el subprocurador Logan Green para que hablara con el escritor en torno al caso, ya que el fiscal West se había negado rotundamente a tocar el tema. ¿Se logró el propósito? Al parecer sí, o al menos así lo sugiere una carta de 1960 a Dewey: “Lo bendigo por su ayuda con Logan Green, el resultado fue excelente”.

Una intervención similar de Dewey ocurrió con Bobby Rupp, el novio de Nancy Clutter, quien por el hecho de ser la persona que vio viva por última vez a la familia asesinada se convirtió en uno de los sospechosos iniciales, condición que pronto fue desechada por las autoridades de Kansas. Rupp carecía de cualquier interés de hablar del caso con Capote. Sin embargo, dijo, “Sólo lo hice porque me aconsejó Al Dewey”.

La ayuda de Dewey a Capote fue por diferentes flancos. Pese a los cinco años que invirtió en la investigación y escritura de A sangre fría, el autor pasó un tiempo relativamente corto en Kansas, lo que no fue obstáculo para que Dewey interfiriera para que Capote obtuviera su licencia de conducir, pese a que carecía de una dirección en ese estado.

La muerte de Harold Nye y la consecuente liberación de la documentación que mantuvo en su poder durante varias décadas en torno a las investigaciones del homicidio de la familia Clutter y el proceso de elaboración de A sangre fría ha dejado en claro que la colaboración prestada por el agente Dewey a Truman Capote no fue del todo desinteresada, al quedar en evidencia la sugerencia que hizo el escritor a Columbia Pictures de que Marie Dewey -esposa del funcionario— fuera contratada como consultora en la realización de la cinta de 1967 basada en los sucesos de Holcomb, servicios por los que Marie Dewey recibió un pago de 10 mil dólares.

A sangre fría de Truman Capote fue un éxito literario rotundo, un clásico instantáneo de la literatura estadunidense que se tradujo en ganancias millonarias para su autor, aunque sin la asistencia de la KBI y del agente Al Dewey posiblemente los resultados hoy serían muy diferentes.

Referencias:

Con información de: José Luis Durán King. “Truman Capote. Ángeles e insectos”. Opera Mundi (http://www.operamundi-magazine.com). Mayo 11, 2009.

John Sturrock (compilador). Guía de las letras y autores contemporáneos. Fondo de Cultura Económica. “Lengua y Estudios Literarios”. México, 2001.

Kevin Helliker. “Capote Classic ‘In Cold Blood’ Tainted by Long-Lost Files”. Wall Street Journal. Febrero 8, 2013.

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