Felipe Chao Ebergenyi

Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y director general de Comunicación Social del IFAI.

¿A cómo el voto?

Las campañas electorales son un fenómeno de comunicación política, son un momento de diálogo entre gobernantes y gobernados en el que los ciudadanos, mediante su voto, renuevan su representación, califican el ejercicio del poder y escuchan las propuestas de los aspirantes a gobernar. Entre muchos de los documentos históricos sobre campañas electores, existe uno que aparentemente es del año 64 antes de Cristo (Commentariolum petitionis) del que se considera autor a Quinto Tulio Cicerón. Aunque algunos autores han puesto en duda la autoría de este manual, tiene particular relevancia para nuestro país recordar una de sus reflexiones que se refiere a la ligereza para proponer soluciones pues una campaña electoral: “tiene al menos la ventaja que permite decir y hacer cosas inconcebibles en una situación normal…”.

Lo anterior viene a colación por las propuestas económicas que en días pasados hicieron dos de los principales candidatos a la Presidencia y que despertó entusiasmo en algunos sectores, feroces críticas en otros y un enorme escepticismo en la mayoría. La pregunta es ¿Por qué proponer algo que difícilmente llegará a buen puerto? Puede ser por lo señalado por Quinto Tulio Cicerón, pero quizá, encuentre su veracidad en la teoría del voto económico.

De acuerdo a la teoría del voto económico que sostienen, entre otros autores, Anthony Dows, Adam Przeworsky y Susan C. Stokes, los gobiernos ganan o pierden elecciones según sea su desempeño económico. El voto económico, tiene como características, las siguientes: a) los votantes extrapolan el desempeño anterior del gobierno y formulan predicciones sobre el desempeño económico futuro; b) los votantes entienden que el gobierno actual es el causante del desempeño económico pasado y c) al evaluar el desempeño económico del gobierno los votantes no se dejan llevar ni por la envidia ni por la solidaridad. Esto es, el votante evalúa los beneficios que obtuvo por el partido en el poder y trata de predecir qué recibirá en el futuro, estimando los resultados que el partido o los partidos de oposición habrían conseguido de haber ocupado el poder. Es decir, el elector adopta su decisión después de comparar flujos reales e hipotéticos de renta de utilidad. En brutal castellano, qué partido le beneficiará más y qué posibilidades de éxito tiene, ya que si su partido favorito no parece contar con oportunidades de triunfo, vota por otro candidato que las tenga para impedir la victoria del que menos le gusta.

En tiempos de campaña electoral, no importa si las propuestas son verdaderas o falsas, la prioridad es persuadir y convencer, asegurar el triunfo dialéctico sobre el adversario así lo verosímil se encarame por encima de lo verdadero. La finalidad es seducir para vencer y para esto, la oferta económica de los candidatos se ajusta a las necesidades y deseos manifiestos y difusos del electorado.

¿Son viables, posibles y factibles las propuestas económicas que escuchamos? Pareciera que su realización e implementación va más allá del ajuste y reestructuración de los programas sociales. Sin embargo, su efectividad como recurso discursivo no está en duda.

Ante la diversidad y fluctuaciones climatológicas, la serpiente se dispone a hibernar.

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