Cinque Terre

Edgardo Bermejo Mora

[email protected]

A 30 años de la huelga de la UNAM

Se cumplieron treinta años de la huelga estudiantil que estalló en la UNAM en rechazo a las reformas impulsadas por el rector Jorge Carpizo. Participé de la huelga como estudiante de historia recién enrolado en la Facultad de Filosofía y Letras. Rescato de aquella historia tres relatos de algunos de sus personajes más emblemáticos, seres extraordinarios y misteriosos que la habitaron y la hicieron algo singular.

1. El Gabi

Para quienes estuvieron en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México los últimos años de la década de los 80, es decir, en el ciclo que abarcó las reformas del rector Jorge Carpizo y el movimiento del Consejo Estudiantil Universitario (CEU), no será difícil recordar a un personaje que habitaba en los pasillos y jardines de la Facultad y deambulaba como un espectro predecible en las asambleas estudiantiles a donde se aparecía cada vez que discutíamos algún asunto importante.

Al parecer estaba inscrito en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad, pero nadie podría recordarlo tomando clases, si bien ya por entonces su estancia en la universidad se remontaba varios años atrás. El Gabi, como se le conocía, solía irrumpir en las asambleas arrebatando la palabra para descalificar con furia todo aquello que se le viniera en mente, los convocantes de la reunión, los temas a discutir, los procedimientos acordados, lo que fuera. Su arribo siempre aparecía como un momento de inevitable disturbio que él mismo estelarizaba con discursos encendidos, amenazas virulentas, muecas revolucionarias y todo tipo de desplantes que normalmente terminaban en el momento que se daba media vuelta y abandonaba la sala entre las risas o las rechiflas de los presentes.

Delgado y de pelo largo, de piel blanca, rostro afilado y el brillo del fanatismo en la mirada, al Gabi se le podía ver con frecuencia rodeado de un pequeño grupo de incondicionales cuyo aspecto lumpenizado contrastaba ostensiblemente con el resto de los estudiantes. Si el propósito era pasar desapercibidos lograban todo lo contrario pues era un secreto a voces que el Gabi y sus huestes formaban parte de alguna agrupación política radical que por entonces normalmente identificábamos con el Partido de los Pobres (PP) o con el Partido Revolucionario Obrero Campesino (PROCUP) –curiosamente no sabíamos en aquel entonces que en el estado de Chiapas también se organizaba un movimiento armado y que su principal dirigente, el subcomandante Marcos, había egresado de nuestra facultad.

De modo que el Gabi formó parte del paisaje del activismo estudiantil de la Facultad en un paradójico clandestinaje exhibicionista que lo llevaban lo mismo a tomar por la fuerza un cubículo estudiantil, que a organizar una tocada de rock en el estacionamiento, en donde la indumentaria de los asistentes incluía una cerveza en la mano, un cigarro sin filtro en la otra y una playera estampada con la imagen del Che Guevara o del rockero mexicano Alex Lora. Fuera de ello, el Gabi y los suyos eran políticamente inofensivos y más bien nos habíamos acostumbrados a su presencia.

Cierto día el Gabi apareció, como era su costumbre, a la mitad de una asamblea en la que discutíamos algo relacionado con la organización del Congreso Universitario. Me había tocado moderar aquella reunión y me sentía por lo tanto obligado a contener la intrusión disrruptora del conspicuo Gabi. Así lo hice en tres ocasiones que intentó tomar la palabra por asalto y que me adelanté cediéndole el micrófono a quien le correspondía el turno conforme una lista de oradores acordada desde un principio.

Furioso, se levantó de un salto, alcanzó a gritar algo que no pude distinguir pero cuyo mensaje era claro me acusaba de manipulador y de agente de algún enemigo en turno: la rectoría, la dirección de la escuela, el imperialismo, da igual, y antes de abandonar la reunión noté que desde el fondo del auditorio me apuntaba con el dedo índice mascullando entre dientes algo que podía considerar una amenaza y que si no fuera porque estábamos en la Universidad y no en la secundaria bien podría traducirse como un “nos vemos a la salida”.

Algunas horas después caminaba yo a un costado de la facultad por el pasillo de columnas que conduce a la Facultad de Derecho, acompañado de mi querido amigo y compañero de banca Morelos Torres, cuando tuve una visión aterradora: a lo lejos, caminando en sentido opuesto al mío, distinguí la silueta inconfundible del Gabi seguido de cerca por alguno de sus fieles escuderos. Mientras lo veía acercarse, yo, que nunca he tenido madera de mártir, comencé a sudar frío y a calcular una posible ruta de escape pero ya era demasiado tarde. Cuando por fin nos topamos de frente mi olfato descubrió enseguida que el Gabi ya traía varios tragos encima. Para mi tranquilidad no cumplió de buenas a primeras sus amenazas e incluso, con una sonrisa mordaz y perturbadora, me ofreció un trago.

Mi respuesta fue la de un nerd consagrado: “no gracias”, le dije. “Ándale, insistió tómate un trago, mira lo que traigo”, y entonces dio un paso hacia adelante para mostrarme el contenido de su morral que apenas tenía cupo para dos objetos singulares: una botella de Chivas Reagal a medio tomar, y a su lado, arrogante y mudo, un pistolón automático ante el que debí quedarme bizco. Sin decir nada ya, retomé la marcha a grandes zancadas mientras escuchaba a mis espaldas las carcajadas del Gabi y su secuaz.

Alguien que podía a esas alturas cargar una botella de Whisky en el morral, y que en el lugar donde habitualmente guardábamos libros escondía una pistola, era digno de cualquier sospecha.

Con el tiempo lo dejé de ver, imagino que de haber estado comprometido en alguna organización armada hoy deberá andar a salto de mata en algún lugar de Guerrero, de Chiapas o de ciudad Neza; quizás es profesor en alguna preparatoria popular, o tal vez se desempeñe como oreja de alguna oscura oficina de inteligencia gubernamental en donde cobre un salario quincenal. No lo sé, pero como él, muchos personajes pintorescos poblaron y aún habitan en la selva universitaria, y su historia, que yo sepa, no ha sido aún documentada con precisión.

2. El Camo

Mientras que el Gabi era un personaje fácilmente reconocible y hasta cierto punto acartonado, esto es, un fundamentalista con claros visos de provocador que, o bien militaba en algún grupo de ultra izquierda o bien cobraba en Gobernación, hubo otros personajes por aquellos años de finales de los 80 que resultaban más bien misteriosos y extravagantes, seres extraños que le daban un matiz de extravagancia tropical al paisaje de la política estudiantil en la Universidad en los tiempos del CEU.

Uno de ellos era el Camo, un ser extrañísimo, a caballo entre la locura y la genialidad, que sólo en una lectura muy simple podría ubicársele como un porro a sueldo, o un provocador. Era más bien un auténtico out sider que a muchos causaba repulsión por su aspecto desgarbado y pringoso, y cuya vida se ocultaba en un manto de misterio que lo hacía aún más atractivo. Una especie de clochard ilustrado, un retablo barroco que condensaba locura, indigencia, radicalismo mesiánico y formación humanística. Como salido de una novela de Balzac.

Lo vi por primera vez el mismo día que ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras, una mañana de noviembre de 1986 en la que daban inicio los cursos. Lo recuerdo apostado en el corredor principal que conduce a los salones de la escuela. Vestía una gabardina añosa que le arrastraba hasta el piso acentuando aún más su pequeña estatura y su delgadez extrema. Calzaba unas botas acorazadas de plataforma gruesa que por entonces no estaban de moda. Con una mano empuñaba un magnavoz por el que transmitía balbuceantes arengas de bienvenida, y con la otra sostenía un fajo de volantes en los que se alertaba a la comunidad del peligro que amenazaba a la universidad tras la aprobación en las vacaciones de verano de las reformas del rector Carpizo.

Su actitud era de constante turbación, siempre al borde de la histeria. Cuando hablaba pelaba los ojos como un sapo, y esto hacía aún más notorio el tic en uno de ellos que a veces brincaba de un lado a otro como si quisiera desbordarse de su cuenca. La cercanía revelaba su edad: mucho mayor que la del promedio de los estudiantes, la acumulación de arrugas en las comisuras de los párpados y el pelo entrecano indicaban que andaba, por lo menos, bastante pasado de los 30. Era común verlo caminar por los pasillos ligeramente encorvado y balanceando los hombros como un mono. Se llamaba Jorge, pero todos le decían el Camo y nunca supe por qué.

Vinieron las primeras movilizaciones, después la huelga, y el Camo, que estaba matriculado en el Colegio de Historia y contaba con el aprecio de algunos profesores que en verdad le reconocían virtudes académicas, se convirtió en una parte más de la escenografía. Creo que vivió en la facultad todo el tiempo que duró la huelga. Siempre estaba de guardia en algún sitio, siempre con la misma ropa, cada vez más sucio y repulsivo pero al mismo tiempo cada vez más familiar. Era el único que se alimentaba a diario con las barbaridades que se cocinaban en algún salón de la escuela. Aún puedo verlo empujándose una torta de sardinas rancias y un vaso de kool-aid tibio de piña con resignación estoica.

También lo recuerdo sonriendo, como pocas veces se lo permitía, alrededor de una fogata noctámbula en las puertas que dan a la Avenida Universidad, con una taza de café en la mano y un cigarro sin filtro en la otra. Discutiendo acaloradamente, imponiendo su verdad y su lustre al grupo radicalizado de sus amigos, siempre menos inteligentes que él, e impartiendo cátedra un tanto ideologizada pero consistente sobre la historia de la Universidad. Naturalmente él fue uno de los que se opuso hasta el final al levantamiento de la huelga, pero supongo que no sólo había una convicción radical en su negativa, sino acaso un asunto afectivo, no tanto político como de sobrevivencia emocional. Para el Camo entregar las instalaciones equivalía a renunciar al único ámbito familiar y acogedor en el que se pudo sentir a sus anchas y justamente recompensado.

Finalmente se levantó la huelga y en los meses posteriores el Camo seguía apareciéndose como un fantasma por los pasillos de la Facultad, y en los salones donde de vez en cuando tomaba alguna clase, siempre dispuesto a interrumpir al profesor para lanzar algunas de sus filípicas mitad geniales y mitad paranoicas.

Recuerdo haberme molestado el día que interrumpió a gritos una sesión solemne en homenaje al gran historiador mexicano Edmundo O’Gorman. A la mitad de la ponencia de algún expositor decidió que había llegado el momento para las preguntas a quemarropa y poniéndose de pie soltó toda su infantería verbal entre los abucheos de algunos, la sorpresa muda de la mayoría, y la mirada de terror del anciano O’Gorman que no daba crédito a la escena.

Hubo un tiempo que ya no se le venía por la Facultad. Los rumores señalaban que el Camo había emprendido un largo viaje a los Estados Unidos y que trabaja como indocumentado en alguna plantación de California.

Dos o tres años después apareció de nuevo, pero cada vez era más notorio su extravío. Todavía hace una década o poco más me pareció verlo a un costado del mercado de San Ángel, en un puesto de comida miserable para los trabajadores que a diario acuden a la plaza San Jacinto en busca de un empleo temporal. Si efectivamente era él, y espero que no, estaba más deteriorado que nunca. Me intriga saber cómo lucirá y cuántos años tiene ahora, aunque prefiero decir como Walt Whitman: “No me pregunto quién eres, eso carece de importancia para mí. No puedes hacer ni ser más que aquello que yo te inculco”.

3. Alcira

¡Alcira, Alcira, dios mío! Maravillosa, hermosa, qué bella y pura, qué noble, terrenal, amada, entrañable, nada de este mundo. No sé qué decirte Te amo. Te amaré toda la vida. Eres un ser insensato y transparente.

Estarás en mi vida para siempre, en mis hijos, en todo lo que ame y toque. Nada hay más hermoso que no hayas muerto, que vivas, que seas. ¡Y te dejamos sola! ¡Cobardes, sucios desaprensivos, criminales! Quiero verte y besar tu frente y tus párpados, tus pies maravillosos, tu ser tan verdadero. ¡Qué bella, qué prodigiosa, qué nube, qué agua, qué aire, qué luz eres!…”

José Revueltas, México 68: juventud y revolución.

Si me hubieran dicho, en aquel tiempo del CEU y la huelga que ahora cumple tres décadas, que lo más memorable, lo más literario, acaso lo más histórico, no sería el movimiento mismo, o la disyuntiva que enfrentaba la UNAM –castigada por las crisis económicas de la década y la masificación desbocada–, y que a la memoria del futuro le sería más dable recordar a un personaje entrañable y no por ello menos enigmático de aquellos pasillos, aulas y asambleas en la facultad de Filosofía y Letras, no lo hubiera creído.

Pero la memoria, esa forma abstracta y maleable de la verdad, es no menos implacable que impredecible, y hace, con el tiempo, sustancial y central lo que parecía ancilar. Lo que en apariencia era anecdótico y acaso exótico –un dato más del paisaje revuelto de aquellos días, y que deviene en algo más profundo, en algo más emocional y más digno de registro con el paso del tiempo. Me refiero a la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo, el tercero de los personajes que he querido recordar con la distancia opresiva de 30 años.

No las reformas truncas, acaso bien intencionadas, del rector Carpizo; no el diálogo extraordinario, jubiloso y estridente entre estudiantes y funcionarios “que no funcionaban” (Andrea González dix.it) en el Auditorio Justo Sierra –un atisbo de tolerancia que sigue reclamando su lugar en la historia de la democracia mexicana; no las izquierdas universitarias que salían del limbo radical de los 70 en la antesala de su renovación cardenista, al tiempo que Rafael Guillén se abría paso en las montañas de Chiapas; no las marchas festivas e iracundas –con La Maldita Vecindad tocando sobre un camión de redilas mientras avanzábamos lentamente por el Paseo de la Reforma–; no todas aquellas movilizaciones callejeras acogidas por una sociedad capitalina que sanaba cicatrices del 68 y del 71 entre los escombros del terremoto; no el concierto de Silvio Rodríguez en el Campus incendiado, que sería con el tiempo declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Nada de eso habría de pasar a la memoria de nuestros días con la contundencia de esa otra historia ahora contada mil veces, y acaso nunca reconstruida con todo rigor, de la desdentada Alcira: nuestra Casandra de huipil, morral y mezclilla. Nuestra loca subversiva, nuestra poeta extraviada, el verdadero eslabón que une en el plano anecdótico dos historias de nuestro país: la de 1968, y la de su heredo guango, el movimiento del CEU.

Alcira, o mejor dicho, el recuerdo de Alcira, convoca autores: José Revueltas, Luis González de Alba, Elena Poniatowska, entre muchos otros. Más reciente, Fabrizio Mejía, que la conoció por los mismos días que yo lo hice, escribió una crónica fantástica donde admite que pese a todo Alcira es un personaje incomprensible. Y al centro de esta reconstrucción memoriosa, su gran demiurgo: Roberto Bolaños, que escribió acaso la novela en español más influyente en el último cuarto de siglo, porque es puente entre dos centurias de nuestras letras: Los Detectives Salvajes, donde Alcira no es Alcira sino Auxilio Laucuture, un personaje de tal dimensión literaria que mereció una secuela y un close up novelístico con el título Amuleto.

Alcira formaba parte del paisaje de la Universidad y especialmente de la Facultad de Filosofía y Letras en los tiempos del CEU. Fue mi compañera de banca en el primer semestre de la carrera de historia, Boris Berenzon, quien me la presentó, cuando él y yo trabamos amistad y complicidad en aquellos días febriles en los que todos era novedad y excitación.

Boris me contó su historia y su leyenda mientras caminábamos por aquellos pasillos tapizados de carteles de protesta e invitaciones a la movilización estudiantil. Poco antes, Alcira lo había saludado con gran familiaridad y le daba la bienvenida a la Facultad. Entonces Boris me explicó que su padre, el doctor Ignacio Osorio, quien participó en los movimientos universitarios de 1966 y 1968, la había conocido y apoyado a lo largo de los años. Boris la conocía desde niño y ella a él. Confieso que a su lado me resultó más fácil acercarme a ella y conocerla, dado su aspecto perturbador. Supe entonces del capítulo que aun ahora centra su leyenda y la convierte en un personaje al mismo tiempo histórico y literario, cuando la poeta Alcira –ya muy ganada por la demencia como lo registra José Revueltas en su relato del 68–, se quedó encerrada por espacio de varios días en el octavo piso de la Torre de Humanidades de Ciudad Universitaria tomada por el ejército de Díaz Ordaz faltando dos semanas para la matanza de Tlatelolco. Las diversas versiones coinciden en que Alcira sobrevivió tomando agua de los baños y papel higiénico. Doce días habría durado aquel encierro, hay quienes recuerdan que la encontraron moribunda, una suerte de resistencia involuntaria y no por ello menos épica y memorable. La toma de Ciudad Universitaria ocurrió un 18 de septiembre de 1968, el mismo día que fallecía en México el poeta exiliado español León Felipe. Dice otra parte de esta leyenda que durante la toma del ejército, Alcira reprodujo en los altavoces de la Facultad la voz de León Felipe registrada en la colección Voz Viva de México.

Tras la derrota del 68, este mismo personaje sobrevivió otros tantos movimientos en la UNAM, un par de encierros forzosos en hospitales psiquiátricos y más de tres lustros después seguía ahí, campante, a ratos risueña, a ratos furiosa, repartiendo volantes, regalando poemas y armando alboroto en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras.

En las marchas que antecedieron a la huelga estudiantil de la UNAM de principios de 1987, el contingente de Filosofía y Letras se distinguía de los otros por la presencia de Alcira Soust.

Se trataba de un grupo siempre nutrido y variopinto de estudiantes y algunos profesores de los colegios de Filosofía, Letras, Historia, Teatro, Geografía, de Estudios Latinoamericanos, Pedagogía y Bibliotecología, de manera que la fauna rara de “filos” era ya suficientemente heterogénea y pintoresca y, no obstante, gozaba además del privilegio de contar entre sus filas, siempre hasta el frente, siempre sosteniendo la manta que nos identificaba como facultad, a la poeta uruguaya que era el eslabón perdido del 68. “¡¡Fi-Fi-Filosofía…!!”, coreaba el grupo para identificarse y hacerse presente en la calle, y entonces la voz rasposa, seca, en sordina de Alcira Soust remataba la consigna nominal con una precisión necesaria: “¡¡…y Letras!!”

No me es difícil ahora imaginarla de nuevo: su rostro surcado de arrugas y erosionado por el tiempo y la locura; una figura calavérica de ojos azules, brillantes y profundos, pero casi siempre extraviados; la cabellera rubia y recogida con una cola de caballo, curiosamente tenía pocas canas con todo y que cifraba más de 60 años por aquel entonces; su andar en sandalias, incansable y ligero, como de roedor; su huipil colorido pero con una pátina amarillenta donde alguna vez hubo una tela blanca; y unos pantalones de mezclilla astrosos, a prueba del tiempo. Despedía un humor mezclado y desafiante: tufo picante de nicotina, de vejez, de piel seca y desaseada, aunque a veces alguien le regalaba unas gotas de pachuli.

Era cariñosa con sus amigos y los defendía con una bravura canina; temía de los policías, de los funcionarios y siempre creía que alguien estaría a punto de ir por ella para encerrarla en un manicomio. Al hablar se cubría la boca con la mano todo el tiempo para ocultar su condición desdentada. Recuerdo que reía mucho, como también recuerdo su rostro encendido, de furia, cuando hablaba de aquellos que no le caían bien, o que creía que le querían hacer daño.

Hoy sabemos más cosas de Alcira, el hecho de que Roberto Bolaño la elevara a la calidad de personaje literario ha servido para restarle sombra a su vida, de por si misteriosa e inexplicable. Su aparición en la obra del escritor chileno nos hizo recodar a muchos una historia trágica y confusa que estaba más bien en el olvido. Bolaños la internacionalizó y la sacó a luz, si bien no hay hasta ahora luz suficiente que pueda hacernos entender las causas y las tramas de su extravío.

Hoy sabemos un poco más de ella. Sabemos que nació en una ciudad de provincia en Uruguay en 1932, que fue maestra rural y que llego a México a principios de la década de los 50, a los 28 años de edad, con una beca de la UNESCO para estudiar pedagogía en Michoacán. En esa primera década de su estancia en México se sabe que estudio pintura en Guanajuato, que se mudó a la Ciudad de México y que se casó en 1960 con un médico de la Cruz Roja con el que habría de durar muy poco.

La Alcira que se recuerda en los años 70 empieza por su acercamiento a la poesía de mano de los poetas españoles del exilio, Emilio Prados, Pedro Grafías y León Felipe. Al parecer su primera inclinación literaria y sus vínculos con los círculos intelectuales mexicanos fue paralela a su lento, gradual pero inevitable trastorno psiquiátrico que ya era muy visible al final de la década. Se sabe que tuvo tratos con Rufino Tamayo, con José Revueltas, con Rubén Bonifaz Nuño, entre muchos otros y que a la mitad de la década de los sesenta su condición económica era incierta y que carecía desde entonces de un domicilio propio. Nadie sabía dónde vivía: a ratos en casas de amigos, muchas noches en los salones, pasillos y cubículos de la Universidad. Escribía poesía, traducía del francés y del italiano, colaboraba con Radio UNAM, y encontró en el movimiento universitario de 1968 una suerte de refugio y destino.

José Revueltas escribió sobre Alcira en el 68: “fui a sentarme junto a Alcira, ante su mesa. Temblaba, sufría, no cesaba de llorar era casi alarmante su estado psicológico. Me hizo sufrir también. Desde el inicio del movimiento de 1968 estaba ahí. Le fui a saludar y le recordé del poema que me dio en 1967 y era otra mujer su espíritu se había de nuevo y combatiente.”

En Los días y los años, Luis González de Alba, la recuerda también importunando a los activistas encargados del mimeógrafo donde se imprimían volantes y carteles del movimiento, toda vez que Alcira quería a su vez imprimir sus dibujos y poemas que distribuía incansable por donde fuese que se moviera.

“No, no podíamos seguir desperdiciando papel en los poemas de Alcira, Marjorie. Pero si sólo habían hecho unos cientos. ¿Y el esténcil? Además, retrasaban la impresión de los volantes. Estaba bien, los harían cuando el mimeógrafo no se ocupara. Alcira se había enojado conmigo cuando intenté suspender sus ediciones privadas, pero al fin llegamos a un arreglo: no más de medio millar. Está bien, los repartirás en las manifestaciones pero trata de que mejor no tengan contenido político. Sí, está bien, pues, Alcira. Muy bien, Alcira. Y ayudar en ‘Radio Humanidades’. Sí, pues. No había querido decir que sí, sino que no. Que no intervendría a favor del ‘güerecito de los lentes’ cuando discreparan en la programación de los únicos cuatro discos que teníamos. Estaba bien, Marjoire, que la dejaras, pues’. Vendría entonces la noche de la entrada del ejército a la Ciudad Universitaria mediados de septiembre de 1968.

El 18 de septiembre de 1968, en punto de las 10 de la noche, el ejército mexicano violó la autonomía universitaria y tomó las instalaciones de CU para intentar aplastar la revuelta estudiantil que para entonces se había multiplicado en otras escuelas y en otras ciudades del país. Doce días más tarde, ante la presión pública nacional e internacional, se retiraron las tropas en lo que sería una jugada engañosa faltando 48 horas para el gran golpe de Tlatelolco.

Muchos activistas del movimiento lograron escapar aquella noche de la redada del ejército. Otros tantos fueron capturados, interrogados, torturados, y puestos tras las rejas. Solo una persona permaneció aquellos días en CU sin que nadie lo percatase. Sobrevivió tomando agua de los baños y comiendo –dice una versión casi legendaria– papel higiénico en el octavo piso de la Torre de Humanidades: ella era la poeta uruguaya de 45 años Alcira Soust, y aquel incidente, acaso una forma extrema de la resistencia, un extravío mayor provocado por el miedo y la demencia, habría de convertirse en una leyenda y en una pieza de literatura de la mano genial de Roberto Bolaño.

Alcira sobrevivió al movimiento, y se mantuvo a la deriva de forma casi inexplicable, por muchos años más, en una suerte de indigencia rebelde y poética, arropada por la izquierda universitaria que siempre encontró la forma de darle abrigo, comida, y de incorporarla al paisaje emocional y político de varias generaciones de universitarios.

Su domicilio acabó siendo la Facultad de Filosofía y Letras. Alcira convocó casi siempre solidaridades, simpatías, afectos, efímeras complicidades literarias –a decir verdad nadie tomó demasiado en serio su obra poética impresa y distribuida en volantes, y sus acciones poéticas conocidas como “poesía en armas”. Pero lo cierto es que nadie supo bien a bien qué hacer con ella. Con todo, llegó a publicar algunos poemas en la Revista de la Universidad, y por algunos años, a mediados de los 70, incluso dispuso de un modesto sueldo como auxiliar académica en la Facultad. Hay que decirlo, detrás de la simpatía y las aproximaciones asistenciales a su vida errante, no hubo para ella un tratamiento psiquiátrico sistemático y profundo que era lo que a fin de cuentas siempre necesitó. Hubo en todos esos años a quienes les hacia la vida imposible, como al director de la Facultad José Moreno de Alba, a quien le dejaba comida podrida en las puertas de su despacho, y a quien llegó a insultar, a arañar e incluso morder.

Desde cierta ceguera anti sistémica, hay quienes vieron en aquellos actos furibundos una legítima expresión del radicalismo revolucionario. No lo era, era demencia, por más que se le revistiera de locuacidad genial. Y en ese sentido estamos en falta con ella, nos ganó el personaje y dejamos perder y abismarse en el extravío a la mujer que habitó alguna vez en la querida y tristemente mal comprendida Alcira. Se le quiso y se le ayudó desde una suerte de romanticismo rebelde, pero nadie pudo detener su continuo deterioro. Quisimos tanto Alcira –como escribiera Cortázar de Glenda– pero la comprendimos tan poco.

Hubo también quienes no la veían así, quiero decir, con ojos románicos y compasivos. Hablo de profesores y directivos que más bien la padecían por sus abscesos de furia y su paranoia. Y esa otra parte de quienes debieron de padecerla tomaron más de una vez la iniciativa de mandarla por la fuerza a un hospital psiquiátrico. Pero siempre fracasaban en el intento. En más de una ocasión se organizaron comandos para rescatarla, se firmaron desplegados, se escribieron cartas a la Rectoría en su defensa, y se le volvía a “liberar”, y a recibirla de nuevo en los pasillos de la Universidad con el júbilo de quien ve excarcelado a un preso político.

Sus seguidores veían en el encierro una prolongación siniestra del autoritarismo del régimen y su brutalidad. De nuevo estamos en falta con ella: hicimos de su demencia un estandarte libertario. Incluso sus “archienemigos” de la rectoría en tiempo de Guillermo Soberón llegaron a pagar sus gastos hospitalarios cuando ya no había manera de tenerla afuera sin riesgo de que perdiera la vida. La misma comunidad universitaria que la apapachó y la procuró por años llegó a realizar colectas para mantenerla por breves temporadas en sitios como la clínica psiquiátrica San Rafael, cuando sus crisis eran mayores.

Eso explica la increíble historia por la cual Alcira llegó viva, desdentada y jubilosamente loca a mitad de los años 80, y por lo tanto su cuarta aparición como el personaje más vistoso y bizarro de las revueltas políticas de la UNAM. Fue emblema del 68, como lo fue de la huelga de trabajadores del 73, de la huelga de académicos del 77 y del movimiento estudiantil del CEU en 1986 y 87.

Recuerdo ahora la deferencia amorosa con la que la trataba Ruth Peza, la lideresa del sindicato de la Facultad, y la devoción con la que la procuraba Antonio Santos, que la sentía –y acaso lo era, parte de su familia. Y recuerdo también a mi colega Germán Martínez, todo un personaje, estudiante de historia por aquel entonces –y años después alcalde de Tamazunchale en San Luis Potosí– que la albergó por largas temporadas en su departamento en Coyoacán, donde Alcira convivía con German, sus hermanos y otros estudiantes de provincia.

Alcira nos acompañó por esos años, que fueron sus últimos en México, y en una de sus tantas entradas y salidas de los psiquiátricos alguien –tal vez la propia Ruth Peza– finalmente comprendió que no había manera de continuar esta historia sin que se siguiera deteriorando cada día más. Se tomó la decisión final: se armó una colecta, se localizó a sus parientes en Uruguay, y en junio de 1988, un poco con engaños, ya terriblemente extraviada y adormilada por el medicamento, tomó un avión de regreso a su país. Tenía entonces 65 años de edad y 36 de vivir y sobrevivir en México.

Los que la conocíamos menos dejamos de saber de ella hasta que reapareció convertida en personaje de Bolaño. Hoy sabemos que a su regreso vivió algunos años bajo la protección de su familia, que intentó con poco éxito mantener correspondencia con sus principales amigos en México, que tuvo momentos últimos de lucidez pero que siempre regresaba, más artera y filosa, la espada implacable de la demencia. Y sabemos que en 1992 se extravió de nuevo y que la familia le perdió la vista por años. En 1997, tras un lustro en el que no se supo de ella, Alcira murió una muerte anónima en un hospital psiquiátrico de Montevideo. Tenía 74 años. Estaba sola.

Me duele pensar cómo fueron sus últimos años sin la protección de la comunidad universitaria mexicana que, pese a todo, logró mantenerla con vida y rodeada de afectos por más de dos décadas. La recuerdo ahora, sonriente, con su carcajada de bruja fumadora, regalándome en un pasillo de la Facultad un poema y un dibujo. Hay cosas que uno no se perdona, yo no me perdonaré haber extraviado aquel obsequio que hoy solo puedo reparar con la memoria.

4. Colofón

Hace algunos años regresé luego de mucho tiempo de ausencia a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para escuchar un ciclo de conferencias del historiador italiano Carlo Ginzburg, autor de uno de los libros más deslumbrantes que he leído en los últimos años: El queso y los gusanos, el cosmos según un molinero del siglo XVI.

Carlo Ginzburg no sólo es conocido en México por su labor historiográfica, sino también porque en los 90 publicó en forma de libro el intercambio epistolar que sostuvo nada menos que con el subcomandante Marcos y con Adolfo Gilly, en el que los tres le tunden duro al neoliberalismo y reivindican si bien con algunos reparos la causa del zapatismo armado.

Este último dato me llevó a reflexionar (al salir de su conferencia magistral donde nos dio una lección impecable a propósito de La Utopia de Tomás Moro) sobre ciertas paradojas de la vida intelectual y las ideologías que a veces no alcanzamos a comprender.

Me explico. Carlo Ginzburg es uno de los historiadores más importantes del último cuarto de siglo, su erudición es asombrosa, la sencillez de su discurso también. Me sorprendió, por ejemplo, saber que en los 70 dirigió junto con Italo Calvino una revista literaria que finalmente nunca se publicó, y que fue precisamente de la mano de Calvino que se orientó en su propia vocación como historiador narrador. Mi admiración por él es definitiva, no obstante que no comparta sus opiniones políticas de extrema izquierda y su entusiasmo por los neozapatistas mexicanos.

En ello estriba la paradoja que me condujo a una sencilla reflexión: no es con el rasero de la inteligencia o la racionalidad con el que necesariamente debemos medir las opiniones políticas de un intelectual o las motivaciones de un movimiento estudiantil, hay veces que se impone el corazón, las convicciones personales que nos acompañan a lo largo de la vida, y en suma, la fe, esa poderosa y extraña forma que adopta la inteligencia humana.

Entendí pues que no necesariamente hay contradicción entre la inteligencia abrumadora de un escritor e historiador como Carlo Ginzburg y sus filias o fobias políticas. Esto que parecería tan sencillo de entender, solemos olvidarlo a la hora que nos gana el prejuicio o la ideología al elegir nuestros afectos y desafectos intelectuales, o a la hora de descalificar de un plumazo el radicalismo de los movimientos estudiantiles.

En eso estaba cuando crucé casi sin darme cuenta en medio de una asamblea de estudiantes del colegio de Filosofía, apostados en el pasillo que conduce a la puerta principal de la facultad. Observaba casi emocionado una escena que se habría repetido muchas veces veinte años atrás, durante el movimiento del CEU.

No eran muchos, pero su aspecto me resultó inconfundible y entrañable: una veintena de jóvenes cuidadosamente desaliñados, que discutían con voz y mirada grave un plan de acción para oponerse a algo, no recuerdo a qué. Uno de ellos, no mayor de veinte años, con la barba a medio crecer, un cigarro sin filtro en la mano y en la otra un maltrecho block donde había escrito los puntos de su intervención, pidió la palabra y me detuve a escucharlo por mera curiosidad.

De la curiosidad pasé al interés cuando escuché sus primeras reflexiones. Habló de la necesidad de renunciar al radicalismo para no aislar políticamente al movimiento. Me pareció tan sensato que decidí escuchar el resto de su intervención. Más adelante reflexionó sobre la necesidad de renunciar a la herencia legendaria del CEU y la reputación radical y extrema del CGH. “Somos un movimiento distinto, nos tocó vivir otra época y tenemos que buscar nuestra propia identidad. Tenemos que dejar de imitar las acciones y los estilos del pasado, nosotros somos otra cosa”.

De acuerdo, pensé, utilizar los mismos argumentos que hace veinte años sería una barbaridad, el país y la Universidad ya son otros. Más adelante insistió en la necesidad de avanzar en positivo y sin titubeos por lo que terminó proponiendo un plan de acción dividido en tres puntos: “En primer lugar exigimos la renuncia inmediata e irrevocable del rector, de la junta de gobierno y del sistema entero de gobierno burocrático en la UNAM; el segundo punto es la creación de un autogobierno democrático con la participación de estudiantes, trabajadores y académicos pero también con representación de otros sectores del pueblo mexicano y las comunidades indígenas; y en tercer lugar, planteamos la cancelación de todas las parcelas actuales de conocimiento, que dividen artificialmente, como una herencia de la modernidad burguesa, que obstaculizan la búsqueda de un solo conocimiento universal y libertador”.

Vaya, pensé, si estos son los moderados cómo estarán los radicales, tal vez organizando un pelotón de fusilamiento para el rector. Ni modo, concluí, aquí también habrá que aplicar el mismo principio que en el caso de Ginzburg: la comprensión, antes que la descalificación. Al término de su intervención crucé las puertas de la Facultad y recordé con nostalgia mis tiempos estudiantiles. Supe entonces que los movimientos estudiantiles se reciclan y se repiten a la manera en la que Borges concibe la historia. Acepté pues que el discurso de aquel joven no me molestaba del todo, lo sentí como parte natural e inevitable de la vida universitaria. En vano sentirse horrorizados, así es y así ha sido siempre ¿o qué? ¿Todo movimiento estudiantil pasado fue mejor El del CEU, está claro, no tendrá para la historia de los movimientos estudiantiles en México y para la historia misma del país el peso que tuvo el movimiento de 1968, del que el propio CEU es un legítimo heredero y en muchos sentidos su material de inspiración más reiterada: “Ay José, como me acuerdo de ti en estas Revueltas”, decía una pinta célebre y ya olvidada en el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras.

La revista etcétera es el único medio mexicano que le ha dedicado un número especial a esta efeméride. No es casual, su actual director, Marco Levario, y muchos de los colaboradores de la actual y la anterior época de la revista fueron, fuimos valga decir, activistas en distintos niveles del CEU y el efímero espacio de reflexión de política universitaria que se generó al levantarse la huelga. Un breve paso de esta nómina de colaboradores de etcétera formados en el primer hervor del CEU incluye a Ricardo Becerra, Ciro Murayama, Jesús Murillo, Fidel Astorga, Fabrizio Mejia, Julian Andrade, Boris Berenzon, Carlos Guevara, Antonio Tenorio y Jaime Ramírez Garrido, entre muchos otros.

Pero salvo el texto de Ciro Murayama en la edición del 16 aniversario de etcétera en su versión mensual, no veo por ahora quién haya levantado una voz crítica, artículada, severa y heterodoxa a la manera en que Luis González de Alba le paso el diente al movimiento del 68 del que fue protagonista. Salvo contados casos, como el de Ciro Murayama, hay más nostalgia y cierto orgullo generacional en los artículos y comentarios en redes sociales que he escuchado alrededor del aniversario del CEU. Justo hace veinte años escribía en las páginas de etcétera el siguiente texto en el que retomaba un artículo de José Vasconcelos a propósito de las huelgas estudiantiles:

“El 19 de marzo de 1944, la revista Todo –un semanario de ‘cultura y actualidad’ que hoy ya no se le recuerda, pero que se publicó desde 1934 hasta bien entrada la década de los 60, anunció con bombo y platillo la incorporación a sus páginas de un colaborador de lujo: el maestro José Vasconcelos, quien volvía al periodismo luego de un largo exilio. En aquel número Vasconcelos abrió su participación hablando precisamente de las huelgas estudiantiles, con un sentido tan agudo que permanece vigente hasta nuestros días:

“Baste reflexionar un instante en el origen y la índole del recurso de huelga, para darse cuenta de la confusión que supone aplicarlo a la escuela. (…) Una huelga de la enseñanza es una huelga que solo puede perjudicar a la enseñanza misma.

“Se imagina el estudiante huelguista que su posición heroica porque se opone a medidas emanadas de una autoridad legítima y que procede de buena fe (…) No hay gallardía en atacar a un ministros que cumple con su deber. El uso de la huelga entre los estudiantes no es sino el resultado de la confusión de ideas en que se ha vivido. Por legítima que sea la protesta estudiantil, nunca puede ella equipararse a la condición del obrero que reclama participaciones mayores en negocio que cree lucrativo. El Estado no lucra sirve a la sociedad.

“La huelga como recursos estudiantil ni siquiera tuvo su comienzo entre nosotros. Comenzó en la Argentina de las postrimerías del gobierno de Irigoyen y cuando dicho gobierno se hallaba en plena decadencia. (…) De suerte que si en épocas de crisis nacional nada bueno ha podido lograrse con la práctica de que abandonen los estudiantes las aulas (…) para lanzarse a la calle a la protesta ciega, que los más listos aprovechan, con mayor razón puede afirmarse de que es criminal la huelga en instantes en que se están desarrollando esfuerzos para corregir los defectos del sistema de enseñanza vigente”.

Las reflexiones de Vasconcelos parecerían escritas al calor del movimiento estudiantil de 1986-1987, pero en verdad las escribió medio siglo atrás. Su vigencia es sorprendente:por su espíritu habló la raza.

 

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password