Cinque Terre

Ulises Castellanos

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Director de Círculo Rojo

7:19, septiembre, CDMX 1985

Aquella mañana del 19 de septiembre de 1985, los habitantes de la ciudad de México despertamos con un temblor inusual, tronaban las paredes de casa, caía todo de los libreros, me costaba trabajo vestirme, escuchaba gritos y alcanzaba a ver a varios vecinos rezar desde sus ventanas. Después de unos minutos, todo era silencio.

Nada, nadie.

Ese día decidí ser fotoperiodista. Tenía 17 años.

Entonces vivía con mi madre, era estudiante de fotografía y estaba en la Prepa 6 de Coyoacán.

Salí con la Canon A-1 que me había regalado mi padre para estudiar en Casa de las Imágenes, allá por la Roma. Cargué con 12 rollos Tri-X de blanco y negro y le dije a mi madre: “Voy a dar una vuelta, a ver qué hay. Regreso enseguida”. No volví en tres días.

Esa fue mi primer experiencia con la cámara y el desastre, la muerte y la destrucción, el caos, el desconcierto y la solidaridad.

Se cayeron los teléfonos, Televisa salió del aire, no existía Internet. Jacobo Zabludowski hizo una transmisión de radio espectacular desde un teléfono móvil pegado a su Mercedes. México se desconectó del mundo. Era otro mundo.

La Roma, Centro Médico, Insurgentes, Reforma, Av. Chapultepec, el Centro Histórico, el Hotel Regis, Tlatelolco, Televisa, la Doctores, buena parte de nuestra ciudad estaba irreconocible.

Tomé la decisión de fotografiar lo que duele, lo que lastima. Fotografiar para “No Olvidar”, como se dice. Tardé 72 horas en volver a casa, porque no daba crédito a la devastación, porque había que cargar piedras y tomar fotos, porque había que ayudar y conseguir agua y comida para los albergues y porque había que ser testigo en primera fila de la destrucción.

En aquellos años, ser fotógrafo sí era excepcional, nadie cargaba una cámara, salvo los profesionales y nosotros, los estudiantes.

Esa mañana dejé de ser adolescente, los intereses y prioridades se re configuraron. Regresé a casa y no era el mismo. Vi mis primeros muertos, gente atrapada en las escaleras del edificio Nuevo León en Tlatelolco. No olvido a una mujer muerta, desnuda y atrapada en la tina de su baño, sepultada por toneladas de concreto, varillas y ladrillo derivados del temblor y la corrupción en las obras de Nonoalco.

Mis fotos del terremoto no son buenas. Caray, tenía 17, nunca había publicado, era menos que novato. Pero allí está el documento visual. La principal de esta página fue tomada aquella tarde de septiembre en los Multifamiliares Juárez, más tarde demolidos por completo y aplanados en forma de calle.

Ahí está la sociedad civil frente a un gobierno estático y rebasado por la gente. Fue el nacimiento de la ciudad que hoy tenemos.

Desde 1985 ya nada fue igual, vino el Mundial México 86, el CEU en la UNAM, el 88 de Cárdenas y el Frente Democrático, la fundación del PRD, la creación del IFE, Conaculta, Derechos Humanos. La Jornada apenas cumplía un año. La tele seguía cerrada. Era otro México.

El terremoto nos enseñó a organizarnos, vino el referéndum, luego las elecciones en 1997 y la ciudad se ganó su mayoría de edad. Vinieron todo tipo de movimientos sociales, legítimos, oportunistas; ya nada fue igual.

A 29 años de aquel terremoto, vale la pena recordar de dónde venimos para no perder el rumbo.

Aquella mañana el destino y el libre albedrío se conjugaron para determinar buena parte de lo que soy como persona y como profesional.

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