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Playboy, un espacio para la libertad

Ignoro si estamos en presencia de un cambio cultural de enormes proporciones o nada más atravesamos por una variable más, que de vez en cuando, pone de moda la política correcta. Eso pienso mientras veo el aluvión de críticas en las redes sociales contra Hugh Hefner, justo la noche que falleció, el pasado 27 de septiembre.

Es imposible reseñar siquiera el cúmulo de prevaricaciones contra el fundador de Playboy expresadas en aquellas plataformas, también lo es aludir al reconocimiento, entre veras y chistoretes, que tuvo uno de los hombres más reconocidos en el mundo por ser el convocante de bellísimas mujeres. Entonces, mientras miro las admoniciones (y río por las miles de manos que ahora se expresan huérfanas pero siempre agradecidas) me pregunto si la enérgica oposición a que las mujeres sean convertidas en objetos o vueltas icono de belleza tiene presente que Hef fue un gran promotor de la revolución sexual y de la libertad personal, y creo que no, que no lo sabe. Más aún, creo que el enfoque políticamente correcto es sustancialmente ignorante.

Antes de seguir, comento que tengo una gran simpatía por Playboy y por la trayectoria de su dueño, y que ello es una mezcla de gratitud por innumerables momentos de la adolescencia, nostalgia porque sé que en aquellos instantes fui feliz y porque el solaz de los ardores de la carne implican, al menos para mí, recuerdos imborrables. Junto con ello reconozco que hay un argumento que funciona como pretexto pero también tiene una solidez incuestionable al momento de alinearse en favor de Hefner. Bueno, son dos: que la revolución sexual fue la etapa más importante en la historia reciente para la propia libertad de las mujeres: la píldora anticonceptiva, la minifalda o el uso del bikini, junto con algo más: la libertad para que las mujeres hagan con su cuerpo lo que quieran y no sólo para halagar la vanidad sino incluso para hacer negocio: sin duda alguna Marilyn Monroe y Bettie Page, por ejemplo. La segunda razón es porque entre la década de los 70 y mediados de los años 80, en sus versiones −Caballero y Signore, por ejemplo− fueron una oferta de lectura literaria (y a veces política) que no se podía hallar en otros medios de comunicación, por lo que ahí teníamos acceso a grandes escritores internacionales y del país que en Playboy encontraron espacio.

No quisiera incurrir en desfiguros de viejo reclamando a la ignorancia del joven políticamente correcto y, junto con ello, echar a andar la máquina del tiempo para decir que esa época es mejor que la actual. No, comprendo que la diversidad implica romper estereotipos de belleza y también asumo que ahora el reto no es si una mujer puede o no usar tanga, solo digo que esto último es parte de un proceso que no se explica sin personas y empresas que iniciaron el esquema de libertades que ahora nos parece tan natural, y qué bueno, además hoy en día se pueden leer a los escritores que sea y sin necesidad de ir al puesto de periódicos, junto con esa posiblidad para disfrutar mujeres sin ceñirse a un estereotipo (y ahora también, hombres). Por ello, el señor Hefner no es el maldito tirano que el buen comportamiento pretende dictar.

Cuando estoy a punto de enviar este texto a la editora Alejandra Escobar (que es tan joven que no puede imaginar un tiempo en que el que una mujer no podía usar minifalda sin que alguien se espantara o la censurara), cuando estoy cerca de hacerle llegar ese texto, repito, me entero de que, casi un mes después de la muerte del gran Hef, el 26 de octubre pasado, Playboy anunció que tendrá a su primera “Conejita” transexual, se llama Inés Raú, y eso me da mucho gusto porque así se escribe un episodio más en la historia de esta publicación en favor de las libertades. Imagínen ustedes si a mediados de los 50 era muy difícil difundir imágenes de mujeres en traje de baño o semidesnudas y desnudas con discreción, simple y llanamente no podía haber fotos de un transexual. Y es ahí donde me asalta una duda: ¿no deberíamos celebrar esa expresión de libertad sexual? Pero de inmediato contesto: la política correcta es, además de ignorante, profundamente conservadora, no se plantea reconocer esa diversidad y, entonces, no salen del closet de las proclamas, parecen de esos viejitos necios que no saben valorar lo que ahora tenemos y no quieren continuar con esos pasos. Les da miedo.

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