30 años del CEU: el día anterior

Opinión

Jimmie G., decide Sacks llamar a su marinero. Aquel al que evoca al calor del pasaje de Buñuel, referido, por cierto, al modo en que su madre fue quedándose en blanco, vaciada de recuerdos por lo que entonces se nombraría no Alzheimer sino demencia senil. “Desvalido, demente, confuso y desorientado”, escribe Sacks decía la nota que acompañaba al paciente cuando llegó al hospital en el que trabajaba el neurólogo en 1975. Jimmie había sido reclutado con apenas 17 años, en 1943. 32 años más tarde, cuenta Sacks, el paciente era capaz de contar con viveza y hasta con alegría una primera parte de la vida plena e interesante.



El paciente de Sacks “recordaba con viveza, con detalle, con cariño…casi revivía , sus tiempos de guerra y de servicio militar, el final de la guerra y sus proyectos para el futuro…Recordaba el código morse y aún era capaz de manejarlo y de mecanografiar al tacto con fluidez”. Y sin embargo, por alguna razón, sus recuerdos se detenían ahí. Como una película que deja de correr, su capacidad para recordar se paraba. Jimmie estaba condenado a vivir, día tras día, con toda coherencia, verosimilitud e incluso un dejo de ilusión, una y otra vez, en aquel momento de 1945 en que su memoria, y con ella su vida, se habían anclado para siempre.


Leí el caso muchísimos años después de que concluyóla huelga de 1987 promovida por el CEU de aquel entonces. El mundo había cambiado. El Muro, por un lado, ya no era tal e Internet había hecho posible la idea de la Aldea global y todo lo que ésta ha traído consigo. Jimmie, probablemente vivo, probablemente no, seguía atrapado “en un instante sin sentido que cambia sin cesar”, tal como escribió Sacks. Una vida en un limbo, diluyéndose conforme recuerda lo que no deja de recordar, lo que al recordar, no deja recordar todo lo que no puede recordar.


Quién era Jimmie y dónde estaba, se pregunta Sacks. “Qué y quién era aquel pobre hombre”. Qué y quiénes somos, dónde nos hallamos al recordar o al vernos invadidos de espacios en blanco. Tiempo después del caso de Jimmie, narra el neurólogo, supo que la amnesia retroactiva era mucho más común de lo que se suponía. Una mancha de vacío se apodera no sólo de la mente sino también de la voluntad. Cómo hacer lo que se tiene que hacer, cómo ir a dónde se tiene que ir, sino hay más que silencio cuando el sujeto se pregunta a sí mismo qué día es hoy, dónde me encuentro.Una fisura en el tiempo. Un quiebre que puede convertirse en un abismo o contentarse con algunos días, algunas horas incluso. Pero ahí está, presente, representando por más paradójico que parezca a la no presencia. “El hombre sin el día anterior”, lo llama Sacks de modo estremecedor.


Al cabo de treinta de años, me encuentro de pronto con quienes de manera voluntaria se anclaron a ciertos momentos como lo más cerca que se ha podido estar a la lejana y brumosa frontera de la felicidad. En mi recuerdo, en la imagen del día anterior está una maratónica y extenuante asamblea en la que finalmente se logró votar a favor el levantamiento de la huelga. Después una fiesta no lejos de Ciudad Universitaria. Me fui a dormir a la casa que compartía con otros compañeros de la Facultad. Me fui solo. No sabría explicar porqué. Quizá porque la euforia me agota. Tal vez solo el cansancio acumulado. No siempre la poetización de uno mismo funciona.


No había celulares, pero sonó el teléfono. El dueño de la casa se había quedado en la fiesta. Había que celebrar que pronto habría un congreso universitario y se refundaría nuestra universidad; pero hoy beberemos como hiperbóreos, así dijo. Yo me caía de sueño, pero fue la primera vez que oí la palabra. Me pareció que teníamos razón en respetarlo como el intelectual del grupo de amigos. Tuve la certeza de que merecía ser novio de la chica que pretendía y que también estaba en la fiesta. Me fui, convencido de todo eso. Cayéndome de sueño, pero cierto de que el futuro no tendría problemas en aguardar una noche más.


Llegué y me dormí casi de inmediato. Sonó el teléfono, entonces. Me desperté. Mi amigo había sufrido un accidente. Llegué a toda prisa al punto donde estaban, él, la chica y otros dos cuyos nombres ni rostros recuerdo. Me acerqué a mi amigo, le pregunté si se sentía bien. Me dijo que sí, sin dejar de jugar con una pelota de pimpón que no tengo ni idea de dónde había sacado. ¿Estás seguro que te sientes bien?, insistí. Sí, me siento bien y ya hay que irnos, me dijo sin levantar la mirada. Tenemos guardia, hilvanó con un cambio de tono que hizo que la frase pareciera casi una orden. ¿Guardia en dónde?, le pregunté.


Algo no cuadraba. En la barricada, apúrate, dijo antes de ponerse de pie. ¿Es en serio?, volví a preguntar ya con un dejo de preocupación. No contestó nada. Comenzó a caminar, dejándonos a todos ahí. Lo alcancé, lo detuve y le dije: La huelga terminó ayer, ya se levantó. Parecía no escuchar. ¿Ayer? ¿Qué día fue ayer?, pudo articular. Entonces lo vi. Su mirada perdida en un punto tan lejano como la Hiperbórea. Estaba en blanco. Nos recibieron en Neurología como a las 6 de la mañana. Nunca podría recordar el día anterior, nunca.

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