Cinque Terre

Adolfo Miranda Castillo

30 años del CEU: Durante unos meses todo fue nuevo

Lo mejor del 86-87 fue su carácter libertario, irredento, fresco y generoso. El movimiento fue más que una protesta testimonial; y su fuerza fue tal que logró evitar que la universidad nacional diera un giro hacia la exclusión y el elitismo.


A 30 años se impone hacer un paréntesis para recordar lo que éramos y lo que, para bien y para mal, dejamos de ser.


En 1986 los activistas universitarios eran una legión variopinta y algo gitana. Unos eran herederos de luchas anteriores (desde Salvador Martínez della Rocca, los impulsores del autogobierno de arquitectura, algunos sobrevivientes del sindicalismo universitario, hasta quienes no habían olvidado la noche del 68). Ellos, más que nuestros compas, eran parte de un viejo olimpo izquierdoso.


Otro segmento generacional estaba en las licenciaturas y los posgrados, que fue donde surgieron los liderazgos más importantes. Los del bachillerato éramos de plano chavos, la mayoría entre 16 y 19 años, aunque uno que otro había afianzado raíces en la grilla “de primer piso”, y parafraseando a “El Pino”, en vez de envejecer acumulaban juventud.


En esa situación, cuando el rector Carpizo impuso su paquete de reformas cometió un error de cálculo. Esperaba lo lógico: que esa multitud de grupos no lograran articularse y que la modernización vertical tuviera éxito. Pero ocurrió lo contrario, gracias a la virulenta exclusión que propuso la rectoría.


En una época sin Internet ni celulares, el intercambio de opiniones se hizo a pie, de escuela a escuela, pero ocurrió un cambio importante: la discusión no se quedó entre los activistas, sino que la raza identificó muy rápido los peligros excluyentes y sin titubeos rechazó la reforma.


En el otoño de 1986 la conclusión de prácticamente cualquier estudiante era claridosa, casi a nivel de axioma científico: está cabrón.


Así que la respuesta masiva e irreverente rompió el sectarismo. Ese espíritu colectivo se consolidó con un nombre y estructura, que a propuesta de los veteranos, recuperó el nombre del Consejo Estudiantil Universitario de 1966.


Durante un momento increíble, rompimos las pequeñas siglas para defender una causa común y más grande que nosotros mismos: el proyecto de una universidad y un país sin exclusiones.


Aquí se impone otro paréntesis para recordar a los compañeros del CCH Sur: De entrada, Sergio González y todas las hermanas y hermanos Juárez Pérez; además de Aida Luz, los zorrillos que cuidaron la puerta del estacionamiento, Miguel Ángel Gamboa, las tres hermanas Contreras, Arturo “el trostko”, los Olivos Cuéllar, Irma Sandoval, Ricardo Bautista, mi tocayo Llubere, Abigail Mendoza, Pilar González, los del CLEI, Ciro Murayama, Carlos Bedolla, Carlos Cotto, Maggie Ramírez, Carolina de la Peña, Mauricio López entonces conocido como “el tribi”; ademásde todos quienes se me trastocan en los apodos como el ratón, “el monstruo de tazmania”, “el diablo”, “el voz”, “el paco piojo flaco”… Y para no olvidar a nadie, a los de las comisiones de cultura, finanzas, guardias, cocina, y a todos los representantes de los grupos de clases de los cuatro turnos.


 


¿Y con qué fin toda esta dialéctica en la historia?


Si recuerdo bien esa frase de El Huerto, creo que incita a un balance lúdico. El mío se resume en que ganamos la huelga y que superamos la tentación de convertirnos en mártires orgullosos de la derrota.


Cuando logramos la cancelación de la reforma levantamos los brazos y festejamos. Pero precisamente por eso es que no tenemos un dolor ni una tragedia que evocar, y por eso estamos condenados a no ser nostálgicos, a no tener un ritual para lamentarnos y clamar justicia. Sinceramente lo prefiero.


Después del movimiento, cada quien siguió su camino, con el signo que marcó a toda una generación.


En el breve tiempo de tres décadas, algunos de los muchachos de antes, formaron partidos de izquierda, otros ayudaron al primer gobierno democrático de la ciudad, otros se convirtieron en académicos, otros son sindicalistas, otros son periodistas, otros impulsan la organización comunitaria y popular, otros son poetas, músicos, arquitectos, ingenieros, médicos o ciudadanos del mundo, pero todos saben que una buena parte (y quiero decir también una parte buena) de lo que son hoy la construimos entre todos, en una rebeldía sin dueño. Sin lugar a dudas lo mejor del ceu fueron los ceuístas.


Ha pasado el tiempo, y precisamente porque somos quienes somos, no tiene caso vivir en el espejo retrovisor.


Asumamos que lo siempre ajeno y lo nunca nuestro lo hemos estado tomando y ya lo hemos estado construyendo; nunca conforme a un plan maestro que nadie escribió.


Digamos con orgullo que nuestra generación mantiene, en lo fundamental, el mismo espíritu de ganar calles y libertades, de ejercer y demandar derechos, de luchar y también de construir puentes y diálogos ante el país.


En 2016, con humildad, todos vemos que nuestro éxito de hace 30 años no bastó para cambiar lo que queríamos. Pero confío en que aún quede energía y ánimo para que cada quien, desde donde esté y como pueda, siga adelante.


Ahora todavía muchas cosas van mal en este país, de manera que festejando lo que hicimos, lo que nos debe alentar es insistir en la terquedad de que las cosas cambien.


Así, sigamos acordándonos del ayer. Pero lo mejor es que la esencia de cada ceuísta sea un fractal, desbordado y actual, para recuperar la libertad y seguir luchando por construir lo común para todos.

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