Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

100 años de historieta en Argentina

La primera historieta publicada en Argentina fue “Viruta y Chicharrón”, de Manuel Redondo (revista Caras y Caretas, 1912 los protagonistas eran la clásica pareja despareja formada por el alto y delgado Chicharrón y el bajo y regordete Viruta quien ante el fracaso de cada una de sus aventuras exclamaba: “¡Llama a un automóvil!”; apenas un año después, Redondo crearía “Don Goyo Sarrasqueta y Obes” (1913), un hombre que intenta aprovechar cualquier situación para vivir sin trabajar (o hacerlo lo menos posible).

En 1916, Arturo Lanterí, reconocido por moldear sus personajes sobre gente real, crea “El negro Raúl”, toma como base un sirviente que los niños bien usaban para bromas pesadas pero Lanterí se hará famoso seis años después, cuando publique “Pancho Talero” en la revista El hogar, el típico marido dominado por su mujer y sus hijos a quien ni siquiera sus sirvientes respetan.

La historieta argentina no nace, como la norteamericana y la inglesa, en los grandes diarios, sino en revistas de gran circulación donde un grupo de humoristas a partir de modelos propios e influencias extranjeras, van puliendo su estilo y perfeccionando la combinación de texto y dibujo hasta acercarlo a lo que posteriormente se conocerá como historieta moderna con globos de texto, recuadros para descripciones, onomatopeyas y movimiento secuencial.

La transición de las revistas a los grandes diarios se produce muy lentamente por la resistencia que genera la historieta en editores tradicionales que consideran el formato adecuado para niños y adolescentes pero no para adultos; esto marca la diferencia con Estados Unidos, meca de los comic-strip, donde los dos grandes magnates de la prensa, Joseph Pulitzer y William Randolph Hearts, contratan a creadores como Outcault, Opper, Fischer y McManus para que desarrollen tiras fundacionales del género, por sus innovaciones técnicas y temáticas como “The Yellow Kids” y “Mutt and Jeff”.

A diferencia de ellos, durante las dos primeras décadas del siglo XX, la historieta argentina aparece exclusivamente en revistas humorísticas como Caras y Caretas y PBT, o misceláneas como Tit-Bits (1909), quien ayudo a difundir y popularizar el género aunque la mayor parte de su material era norteamericano y Billiken, el semanario para niños y adolescentes fundado por Constancio C. Vigil en 1919.

Como señala Jorge B. Rivera en Panorama de la historieta en Argentina: “los diarios argentinos, recién acusarán el impacto del éxito historietístico a comienzos de la década del veinte, cuando la historieta internacional, en su forma moderna, tiene no menos de treinta años de vida”.

El tradicional diario La Nación, finalmente, publica historietas en 1920 pero en vez de escoger obras de autores locales compra “Bringing Up Father” de George McManus rebautizando la serie como “Pequeñas delicias de la vida conyugal” y al matrimonio de nuevos ricos protagonista de la historia como Trifón y Sisebuta, iniciando así una costumbre que se repetirá durante las tres décadas siguientes: adquirir obras extranjeras y “argentinizarlas”.

Seis años después, “La Nación” compra “Betty”, de Charles Voight, sobre una descocada chica típica de la era del jazz, pero, aun con el éxito de “Pequeñas delicias…”, los responsables del diario sienten la obligación de introducir una larga aclaración previa para disculparse ante los lectores que piensan que el nuevo género, por muy entretenido que sea, disminuye el valor de un diario tradicional cuyo principal deber es informar seriamente al público.

“Desde hace más de cinco años nuestros lectores vienen regocijándose con las andanzas, ya profundamente cómicas, ya fuertemente grotescas o impregnadas de un dejo de melancolía, de don Trifón Opez, el popular personaje creado por George McManus. A la distancia recordamos todavía la oposición que en una parte de nuestros lectores encontró la innovación que significaba el hecho de incluir un material de esta especie en nuestro diario”. Un concepto un poco arcaico de lo que debe ser el periodismo hizo, en efecto, que al principio resultase chocante la publicación de aquellos dibujos en un diario tradicionalmente serio. Pero no transcurrió mucho tiempo sin que se advirtiese que esa seriedad características sobre todo de la columna editorial y de ciertas secciones de señalado matiz intelectual, no eran de ningún modo incompatibles con la nota artística destinada a poner en los labios del lector todas las mañanas, antes de emprender las tareas del día, una sonrisa. Así, lo que alarmó al principio adquirió bien pronto una popularidad grande… El fondo de interés humano que revestían las historietas hizo, por lo demás, que estas cautivasen a grandes y a chicos. No hay en nuestro país un ejemplo equivalente de que lo destinado a los lectores adultos atrajese en igual proporción a los lectores infantiles (La Nación, 30 de julio de 1926).

A esta explicación se sucede otra donde se intenta convencer al público de la necesidad de considerar la historieta como un arte similar al cine o al teatro: “Este género de trabajo exige del dibujante la posesión, en alto grado, de aptitudes distintas, que sólo en contados casos es posible encontrar adecuadamente combinadas… Es preciso, ante todo, que sea un artista destacado. Ha de ser, por otra parte, un observador sagaz de la vida, en cuyo atisbo constante encontrará temas interesantes. Debe ser, además, un filósofo y a menudo ironista, dotado de fino ‘humor’. Este conjunto de condiciones, que de por sí requieren una cultura poco común, es lo que en la tarea diaria da por resultado las historietas realmente populares”.

Crítica será el segundo diario en publicar historietas gracias al interés de Natalio Botana, su fundador y director, por incorporar material innovador para competir exitosamente con los diarios tradicionales. A diferencia de la La Nación, Crítica apuesta por tiras nacionales como “Un porteño optimista” (sobre un pícaro de Buenos Aires) creada por Dante Quinterno rebautizada luego como “Las aventuras de don Gil Contento”. En la historieta hace su primera aparición el indio Patoruzú quien en 1930 pasará al diario La Razón como protagonista absoluto de su tira.

Botana incluye abundante material extranjero comprado al “United Features Syndicate” que somete, como La Nación, a un proceso de “argentinización” transformando “Polly and her Pals” de Cliford Starret en “Don Jacobo en La Argentina”, a “Tots and Casper” de Jimmy Murphy en “Breves tragedias de la vida moderna” y a “Blondie” de Chic Young en “La pebeta del Pasaje”.

Al adaptar estas historietas para el público local, los traductores terminan produciendo un producto nuevo, una historieta híbrida que mantiene los dibujos originales pero cambia los textos adaptándolos a circunstancias que se vivían en ese momento en Argentina.

Roberto Arlt comenta esta situación en su aguafuerte sobre “Félix the cat” de Pat Sullivan: “Amado Villar, cuando toma la historieta en inglés, desecha el texto y mira a su compañero de tareas, lo estudia, imagina a Félix situado en la ciudad de Buenos Aires, con los prohombres de la ‘city’, entre los políticos, los muleros, los sinvergu%u0308enzas, los asaltantes con prebendas, y entonces se producen estas leyendas maravillosas: ‘ya me tienen cansado los animales sin libretas de enrolamiento.”

El éxito de La Nación y Crítica permite a Lino Palacios crear su sirvienta Ramona -anticipo de la Catita de Niní Marshall-, para el diario La Opinión, y a Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia, para La prensa. Otra revista donde los nuevos talentos pueden mostrar su trabajo es Páginas de Columba, el emprendimiento lanzado en 1922 por Ramón Columba, un dibujante y caricaturista de 30 años que trabaja como taquígrafo del Senado. En Páginas… publicarán sus primeras creaciones Dante Quinterno, Guillermo “Willy” Divito, José Luis Salinas, Raúl Roux, Juan Ángel Cotta y Néstor Gonzáles Fossat.

Las Páginas de Columba incluían un pequeño suplemento que en 1928 se independizara de su hermana mayor para convertirse en El Tony, la primera revista dedicada completamente a la historieta de todo el mundo.

“En mi condición de dibujante y de editor -contará el propio Columba en 1954- supe, en su hora, interpretar las inquietudes de nuestra época, al lanzar el 26 de septiembre de 1928, la primera publicación de Sud América dedicada íntegramente a la historieta. Era un suplemento infantil que se entregaba con mi revista Páginas de Columba. Yo lo separé y lo convertí en El Tony”.

La revista de formato tabloid tenía 16 páginas impresas en color verde, azul o sepia, se vendía a 10 centavos (precio que mantendría hasta 1943) y estaba orientada a un público infantil al que se le ofrecían adaptaciones de las mejores novelas de aventuras de autores como Julio Verne, Alejandro Dumas o H. G. Wells.

En su primer número, El Tony publica “El tigre de los llanos”, con guión y dibujos de Raúl Raumage, basado en la vida de Facundo Quiroga, considerada la primera historieta argentina realista y poco después, “Jimmy y su pupilo” de Néstor González Fossat, sobre las aventuras de un boxeador y su manager basados en Ángel Firpo y su representante; Gonzáles Fossatt producirá para la revista El hogar, una de las primeras tiras de niños en Argentina, “Aventuras de Nenucho” (1929), donde destaca “Rabanito”, el expresivo perro del protagonista.

Raúl Roux realiza admirables adaptaciones de grandes clásicos para Columba, incluyendo “Hansel y Gretel” (1928), “Robinson Crusoe” (1929), “La isla del Tesoro” (1929), “Simbad el marino” (1929) y “Búfalo Bill (1930) antes de escribir “Más allá”, una didáctica historieta de aventuras interplanetarias en 1937. La revista además publica a los personajes más reconocibles del cómic norteamericano y adaptaciones italianas de novelas de Emilio Salgarí.

Viendo el éxito de su ex editor, Quinterno funda, en noviembre de 1936, la revista Patoruzú, cuya primera edición de 10 mil ejemplares se agota rápidamente. Si Botana era una copia argentina de los grandes magnates de la prensa extranjera, en quienes veía a sus iguales, Quinterno tenía su referente más cercano en Walt Disney al controlar tanto la calidad artística del producto final como la forma de comercializarlo. Siguiendo el ejemplo de Disney, Quinterno producirá en 1942, “Upa en apuros”, primer dibujo animado argentino basado en uno de sus personajes más carismáticos.

En Patoruzú, además de las aventuras del cacique, aparecen “El fantasma Benito se divierte” y “Don Fierro” del propio Quinterno, “Hernán el corsario” de José Luis Salinas, “María Luz” de Roberto Battaglia, “Oscar dientes de leche” de Wily Divito, “Bólido” y “Cara de Ángel” de Eduardo Ferro (quien además escribe “Pampa Bárbara” para el Libro de Oro de Patoruzú que se edita a fines de cada año) y “Mi sobrino Capicúa” de Adolfo Mazzone.

Los proyectos de Quinterno y Columba confirman, como señala Rivera, la “existencia de editores, de sindicatos, de proyectos económicos bien definidos, de circuitos de consumo perfectamente delimitados” que estimulan la aparición de revistas como Pololo, Mustafá, Rataplán, El Gorrión y Pifpaf donde se consolidan los viejos artistas y comienzan a trabajar los nuevos. Sin embargo, la necesidad de cumplir con las demandas del público -EL Tony pasó de vender 10 mil ejemplares a 200 mil que pronto treparán a 300 mil- obliga a los editores a replantear los mecanismos de producción.

Enrique Lipszyc en Técnica de la historieta, un libro fundamental sobre el género, dice: “debido a los cortos tirajes del mercado interno, el dibujante escribía hasta ese momento también los textos, y tenía a su cargo todos los aspectos de la realización de la tira”.

El propio Alberto Breccia, antes de convertirse en el dibujante de personajes clásicos como “Mort cinder” y “Sherlock Times”, sufrió estos inicios donde el dibujante estaba obligado a producir constantemente para poder ganar un magro sueldo: “A los 19 años, en 1938, ganaba un peso por cuadro y lo copiaba todo”.

“La urgencia de apurar la producción editorial y estandarizar las series provoca el nacimiento de un nuevo rol: el de guionista -escribió Guillermo Saccomanno ensu iluminador ensayo ‘Los comics argentinos buscan su identidad’.- La creación de historietas, a partir de ahora, se dividirá: la escritura del argumento por un lado y su interpretación en dibujo por otra. Los defectos y riesgos de la innovación no tardarán en apreciarse: los bloques de texto aumentan desmesuradamente, relegan la imagen a un plano secundario. La historieta argentina recibe, por estos años, el aporte de periodistas, escritores, redactores publicitarios. Pocos son que alcanzan a comprender con nitidez los fundamentos de una imprecisa y nunca hasta entonces definida técnica de los cómics.

La historieta en Argentina, como bien señala Saccomanno, pese a su inmenso éxito popular, aun generaba vergu%u0308enza y muchos escritores trabajaron como guionistas durante años ocultando pudorosamente su nombre bajo diferentes pseudónimos; Leonardo Wadel, que comenzó su carrera profesional creando un detective aventurero para la revista Mustafá (“Kharu, el hombre misterioso”, 1936) fue el primer autor argentino en firmar sus trabajos sin avergonzarse.

El comienzo de la edad de oro, comercial y artística, del género, cuando la historieta se vuelve lo suficientemente respetable para que los artistas ya no se avergu%u0308encen por su trabajo, inicia con la aparición casi simultánea de tres revistas: Patoruzito de Quinterno, Intervalo de Columba y Rico

Tipo de Divito que convertirán lo excepcional -el guionista que se enorgullece de su trabajo- en algo común

¿Continuará?

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