Cinque Terre

Salvador Mendiola

Yo, el Estado Total

Unas elecciones democráticas implican una opinión pública libre y crítica: lo ideal es que haya diversidad y debate, muchos puntos de vista, una amplia variedad de argumentos. Que los medios y los periodistas no dependan ni sólo del Estado (“propaganda”) ni sólo del Mercado (“publicidad”), que los medios y periodistas sean capaces de crear un discurso crítico efectivamente independiente en lo público (“opinión”), para proteger lo propio o privado. Porque la libertad de expresión democrática razona, vigila y determina mejor los procesos políticos, los hace de verdad “democráticos”, cosa de discurso y razón, el autogobierno ciudadano de una sociedad abierta.

El actuar que llamamos ¨populista¨ no valida la diversidad ni cree en la argumentación o el diálogo, el populismo no cree legítima la opinión pública. Por eso es más que nada un problema para la libertad y la democracia. Los populistas todo lo reducen al enfrentamiento maniqueo de dos fuerzas antagónicas: de un lado está el pueblo bueno, o sea, “nosotros”, y del otro lado están los ricos malos, o sea, “ellos”. Así de simple y así de burdo, por tal causa funciona igual a la derecha que a la izquierda. Dentro de la trama de lenguajes enfrentados de la democracia contemporánea, el populismo no valida la discusión ni el debate, no cree en argumentos, confía en la fuerza. El actuar populista sólo entiende de la confrontación total, es el discurso del “todo o nada”.

La forma de operar del populismo es el corporativismo, se integran grupos con empresarios y con representantes de los poderes fácticos (religión, educación, delito organizado, espectáculo, etc.); pero no con obreros ni empleados. Son asociaciones fácticas, una prolongación de los brazos del Estado; pero no son organizaciones de clase. El populismo integra grupos de modo vertical; pero no los unifica, los conserva separados. Todos dependen del centro en la punta de la pirámide y no hay relaciones horizontales entre las partes. Por tal motivo está prohibida la crítica y la discusión libre, todo se reduce a obedecer al líder, sólo obedecer.

El Estado populista no teme endeudarse ni inventar dinero inexistente, porque considera que a largo plazo todos estaremos muertos. Se falsifica el pleno empleo contratando a todo mundo como un subproducto de la burocracia. Eso hará que de principio aumente el consumo, pero no la producción; al final se contrae el consumo junto con la producción, por culpa de la inflación creciente que provoca la invención de dinero.

El estatismo total del populismo es hacer que todo mundo trabaje para el Estado y nadie de verdad para sí, es la enajenación de la soberanía en los caprichos del líder unificador del pueblo. Porque el Estado total del populismo se autoplantea como portavoz del pueblo bueno: los pobres, los explotados; para reclamar justicia a los malos: los ricos, los explotadores. Se habla de un abstracto “bien común” que está por encima del individuo o ciudadano: La Voz del Pueblo como Estado, que no es otra cosa más que la confiscación del pueblo por parte del caudillo y su nomenclatura, la invención interesada (“egoísta”) de un pueblo representado por el “yo” del líder máximo.

Todo se justifica con ideología, nada se explica con ciencia política. Se dice que los conflictos y carencias se deben a que está ocurriendo una “revolución”, “La Revolución”. Pero en la realidad el gobierno populista es un simple rodeo hacia los objetivos del conservadurismo más retrógrado.

Para el populismo, el “Estado fuerte” es el único que puede estar en condiciones de mantenerse alejado de los “asuntos no estatales”. Y lo “no estatal”, de acuerdo con este discurso maniqueo, es la confusión de los intereses egoístas de la “sociedad civil”, todo lo que no sigue los dictados del Gran Jefe que es La Voz del Pueblo, y así sucesivamente. De forma que la despolitización o silenciamiento de la sociedad civil es un acto político: se les hace callar y se les da una cabeza o centro: el caudillo, el partido, la revolución y bla-bla-bla, no más. El Estado total del pueblo total que “Soy Yo” es quien “mejor” decide por los indecisos; se les hace elegir lo que dicta el caudillo y ya. Y quien critique al caudillo es porque no es del pueblo. Así de facilito.

El Estado total es “total” en el sentido de la cualidad y la energía. La cualidad es dictadura, aprovechar la libertad que da la democracia para quitar la libertad que da la democracia; porque el Estado populista total significa que los nuevos medios de poder pertenecen exclusivamente al Estado y al crecimiento de su poder / el líder único y Yo Real de todos es el Supremo Señor de Justicia del pueblo mexicano, y párenle de contar. Es el dogma del pueblo para el pueblo, su enajenación absoluta en el sujeto dictador único.

Semejante Estado no deja que se alcen en su interior fuerzas portadoras de hostilidad ni de crítica, todo eso será considerado y atacado como contrarrevolucionario, el mal total, lo que debe ser totalmente erradicado para que se cumpla el dogma del pueblo. No se acepta nada de estorbos o de sospecha siquiera de descomposición estatal, porque el yo ideal pero cierto que ejerce el poder del pueblo no piensa en abandonar en manos de sus enemigos y potenciales destructores los nuevos medios de poder ni piensa en dejar enterrar su propio poder popular bajo las palabras de moda: liberalismo, Estado de Derecho, acción comunicativa, instituciones, democracia deliberativa o lo que se prefiera. El Estado Total cree que puede distinguir perfectamente entre amigo y enemigo: el primero soy yo y quien me reconoce como yo digo que me dice el pueblo, y el segundo es quien no me reconoce como el yo del pueblo que yo expreso. Tan-tan.

Es en este sentido maquiavélico como el populismo plantea que todo Estado auténtico tiene que ser un Estado Total, porque lo Político es lo Total, el Estado, o sea, El Príncipe, es la economía y el gobierno y la opinión y todo, porque todo esto lo ejercen los gobernados mismos por medio del caudillo unificador total. Lo demás debe ser silencio. Obedecer y callar. Hasta que triunfe en definitiva la revolución populista mundial. Pura utopía.

El Estado Total populista está en contra del individuo y lo privado, valores trascendentales para la opinión pública dentro de la sociedad abierta posmoderna. No hay plena libertad en el Estado Total del populismo, porque no hay lugar allí para el individuo real ni para lo auténticamente privado que lo identifica y vuelve un ser soberano. Porque el totalitarismo populista todo lo hace público (“panóptico”): como en las cárceles.

El populismo es un efecto o producto anómalo de las deficiencias de la democracia real. Es el efecto de un defecto, su empeoramiento, un círculo vicioso. Un grave síntoma de enfermedad. Pero no puede ser de ningún modo una solución o siquiera una opción deseable para la cura del mal.

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