Cinque Terre

María Cristina Rosas

[email protected]

Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Xonacatlán

La miré con ansiedad, con los ojos bien abiertos y procuré la mejor de mis sonrisas. “¡Sonríe!” me aconsejaron, “porque una sonrisa provocará que ella te vea.” Yo no sé si tenía el ánimo para mostrar mi sonrisa. Después de todo, he sonreído para tantas personas: niños, niñas, mujeres, hombres, jóvenes, ancianos… Hasta ese momento creo que ya estaba resignado a permanecer en la vitrina a la que llegué desde hace ya mucho tiempo… Con todo, lo intenté una vez más.

¿Has escuchado aquello de “al mal tiempo, buena cara”? Creo que tengo buena cara, aunque nunca he visto mi reflejo en el espejo. Pienso que soy apuesto porque, en todo este tiempo, muchas personas se han detenido a mirarme. Me observan… algunos posan sus manos en el cristal que nos separa, mascullan algo que no alcanzo a escuchar y… se van. Tal vez no soy tan apuesto y quienes se detienen a verme lo hacen por lástima y posiblemente exclaman “¡mira! ¡qué feo es!”

Me siento agobiado. Aquí en la vitrina que comparto con otros de mi especie, se dicen muchas cosas y afloran los rumores. Como estamos muy amontonados, cada que alguien de nosotros comenta algo, todos nos enteramos. No sé cuánto tiempo tengo en este lugar. Me parece que ha sido una eternidad. Pero antes de que yo arribara, tal parece que pasaron muchas cosas…

Cuentan por ahí que una vez llegó un padre con su hijo por uno de nosotros. El pequeño extendió sus manos señalando a quien quería. Todo era felicidad para el “elegido”, puesto que por fin saldría de la vitrina para ser recibido por una familia que lo querría y cuidaría. Bueno, eso es lo pensaban sus compañeros de vitrina. “¡Qué afortunado es!”, se repetían todos, mientras miraban cómo metían al “elegido” en una caja de regalo que entregaron al hijo. El pequeño se apreciaba feliz, como si tuviese en sus manos un tesoro. Esa alegría, característica de quien recibe lo que quiere, hizo pensar a los residentes de la vitrina, que también querrían que se fijaran en ellos y los sacaran de este lugar. Asumían que serían bien recibidos, cuidados, amados. No había razón para que las cosas fueran de otra manera.

Pero eso no fue lo que ocurrió con el compañero “afortunado.” Los rumores, aunque con variantes, coinciden en lo esencial: que, una vez instalado en su nuevo hogar, el “elegido” fue maltratado, prácticamente destruido por ese mismo niño, quien, afirman, disfrutaba haciéndole daño. Relataban, con estupefacción, que el susodicho le arrancó las orejas, los brazos y luego, al verlo tan maltrecho, lo tiró a la basura.

¿Qué cómo se enteraron de lo sucedido? Porque un poco después, el mismo padre con su hijo volvieron por otro “ejemplar.” El niño replicó el ritual: señaló a quien quería, se lo pusieron en una cajita de regalo y el padre lo pagó. Pero en esa ocasión se escuchó cierto enfado de parte del progenitor: “si vuelves a arrancarle las orejas y los brazos, nunca más… ¿me oyes?… ¡nunca volveré a comprarte nada, por más que insistas!” El niño asintió en señal de entendimiento y ambos salieron. No se volvió a saber más de ellos. No regresaron al lugar. Se cree que el niño aprendió su lección. Pero los más pesimistas aseguran que destruyó al nuevo “elegido” y que el padre, furioso, cumplió su promesa y no volvió a ceder ante los caprichos de su vástago

XONACATLÁN, ESTADO DE MÉXICO, 28ABRIL2019.- Más de 60 productores de peluches en este municipio trabajaron durante dos meses en el Oso de Peluche Más Grande del Mundo con el que consiguieron el Récord Guinness; Xonita, como fue llamada este oso de peluche fue exhibida en el estadio Fútbol Gustavo A. Vicencio, para que las familias asistentes al evento pudieran tomarse la foto del recuerdo. CRISANTA ESPINOSA AGUILAR /CUARTOSCURO.COM

Cuando llegué a este lugar, estaba asustado. No conocía a nadie. Todos me miraban sin decir nada. Dos manos me tomaron de la barriga y me acomodaron -o eso intentaron- en el interior de la vitrina. Fue en esos momentos que escuché a los de mi especie por primera vez: “estamos en esta vitrina porque antes no había nada que nos separara de las personas, fuesen adultas o infantes… nos agarraban, nos apachurraban, nos ensuciaban y al final nos dejaban botados. Así que nos construyeron esta vitrina para protegernos.”

Yo seguía sin entender. Tengo recuerdos vagos de cómo llegué aquí. Sé que cuando vi el mundo por primera vez con los ojos recién cosidos a mi cara, sentía piquetes en todo el cuerpo… veía una especie de agujas que iban y venían a mi alrededor, zurciendo partes de mí: los brazos, las patas, la colita…Visualizo como en un sueño, cuando me rellenaron de algo llamado delcron siliconizado -recuerdo el nombre porque, donde me crearon, había mucha gente que iba y venía con ese producto que usaban para darle forma y consistencia a cojines y almohadas. El delcron se acababa rápidamente y escuchaba con mis orejitas recién cosidas a mi cabeza que una persona gritaba: “¡se acabó el delcron! ¡Juan! ¡¡¡¡Juan!!! ¡Oye! tienes que ir por más delcron!”

Lo que más me sorprende es que en ese lugar donde nací, no había otros como yo. Estoy seguro de ello. Todo era cojines y almohadas. Parece ser que les sobró material y decidieron usarlo para crearme. No sé si eso me convierte en alguien especial, pero recuerdo que cuando terminaron de hacerme, una niña que siempre estaba con Juan exclamó: “¡qué lindo! ¿Puedo quedármelo?” Ella me acercaba a su pecho abrazándome. Me besaba y acariciaba. Creo que realmente quería que yo estuviera a su lado. Pero Juan le dijo: “hija, es difícil para mí explicarte pero… no te puedes quedar con él… necesitamos venderlo… necesitamos ese dinero… las ventas de cojines andan mal… ya nadie compra almohadas… tenemos pocos pedidos… necesitamos explorar otras opciones, otros productos… si este personaje les gusta, haremos más como él y podrás tener el tuyo…” La niña asintió con tristeza y me entregó a Juan.

No sé si fue él quien me llevó al lugar en el que me pusieron en una vitrina porque sólo recuerdo que me metió en una bolsa de plástico negra y pasó mucho, mucho tiempo, sin que pudiera ver un rayo de luz. En medio del zangoloteo de tanto traslado dentro de la bolsa, supongo que me quedé dormido y cuando desperté ya me estaban acomodando en esa vitrina y sólo escuché que me tendrían a consignación, que porque todos los que estaban ahí, procedían de China y yo venía de Xonacatlán y era, por lo mismo “diferente.” Comprendí que no era como los demás, pero pensé que era mejor estar en la vitrina… al menos aquí había seres semejantes a mí y tal vez podríamos ser amigos.

Desafortunadamente mis compañeros de vitrina me trataron con recelo desde el principio. No alcanzo a imaginar qué tan diferente era yo respecto a estos camaradas chinos, pero siempre me miraban: se acercaban para escudriñar mis patas, mis brazos, mi cabeza, mis ojos… Luego se miraban entre sí, contrariados. Uno de ellos preguntó a los demás: “¡Vaya! ¿Pueden creerlo? Este intruso viene de Xonacatlán. Debe sentirse superior por no provenir del mismo lugar que nosotros. Lo mejor es ignorarlo.”

Yo tenía muchas preguntas, muchos temores. Quería saber por qué no querían convivir conmigo. ¿Qué tenía de malo haber nacido en Xonacatlán?

De lo que sí me di cuenta es de que, las personas, cuando pasaban por el lugar, se detenían a ver el contenido de la vitrina y era sobre todo a mí a quien miraban y señalaban. Tal vez soy extraño, raro y llamo la atención. No sé si eso generó más celos entre mis compañeros. Pero entre más tiempo pasaba, los comentarios soeces de ellos hacia mí se incrementaban y yo me sentía muy solo. No sabía que mi vida iba a cambiar.

Tal vez fue por recelo, por ser diferente, por tener un acta de nacimiento de Xonacatlán, o por todas esas razones que cuando ella se acercó a la vitrina y me miró, mis compañeros exclamaron con entusiasmo: “¡sonríe! Porque una sonrisa provocará que ella te vea.” Yo, francamente, ya quería irme de ahí. Es feo que te excluyan por tu apariencia, por tus orígenes, por el lugar en que naciste. Fue por la actitud de mis compañeros que supe que éramos distintos, pero yo creía que, por estar en circunstancias parecidas, me aceptarían y podríamos convivir. Pero no fue así.

Ella entró al lugar, acompañada de otra mujer más adulta que, presumo, es su madre. Pidieron verme y tocarme. Ella me examinaba con mucho cuidado, extasiada, feliz. Acariciaba mi cabeza, mi barriga, me acercó a su pecho. Me dijo: “¡qué lindo eres!” Y luego se dirigió a la mujer más adulta y preguntó “¿puedo quedármelo?” Recordé a la hija de Juan y contuve el aliento. Estaba seguro que la respuesta sería negativa…

En ese momento se sucedieron en mi cabeza muchos pensamientos… recordaba las historias del padre con el hijo que visitaron dos veces el lugar… el maltrato y desmembramiento de dos de los compañeros de vitrina -por lo menos uno de ellos comprobado- a manos del vástago…la fría recepción y discriminación por parte de mis compañeros cuando llegué aquí… La incertidumbre de no saber qué pasaría conmigo. ¿Tendría yo el mismo destino de aquellos? Si me llevaran de aquí: ¿me harían daño? ¿Me desmembrarían? ¿Sería amado?

Resignado al escuchar que la mujer más adulta aceptaba el trato, me preparé para que me pusieran en una cajita de regalo y me sacaran de ahí. Sé que tendría que estar contento. Después de todo, ya no pasaría más días y noches en esa vitrina. Pero, ¿no te ocurre que cuando estás siempre en un mismo lugar y por tanto tiempo, te acostumbras a que las cosas sean como son? No es posible un mundo mejor. Consideras que lo que vives es el mejor de los escenarios. Que podrías estar peor. Te conformas. Aceptas el trato de los demás, aun cuando no sea el más cordial.

Sin embargo, para mi sorpresa, no me pusieron en una cajita de regalo. Tampoco me echaron a una bolsa negra de plástico. Eso me sorprendió. Pensé que el ritual de que saliéramos del lugar en una cajita o, peor aún, en una bolsa negra, era algo que tendría que ocurrir siempre. Pero, pensándolo bien: ¿acaso quienes nos llevan sienten vergüenza de que nos vean con ellos y por eso nos colocan en la dichosa cajita o en una bolsa negra? No cabía en mi asombro cuando ella dijo: “¡no lo pongan en esa caja! Lo llevaré cargando” Y me abrazó y al poco tiempo salimos ella, la mujer más adulta y yo del lugar.

Ella me mira y habla todo el tiempo. “Eres muy lindo. Voy a ponerte un nombre… Mmmmm…. ¡Ya sé! Te llamarás Zorrito y siempre seremos amigos”, me dijo. Así que, a partir de ese momento, tuve un nombre. No sabía por qué escogió Zorrito, pero esa noche lo descubrí.

Ella tiene un libro en su alcoba, en su cama. Cuando llegamos, me sentó a un lado del libro. Pensé que era un libro de números, como aquel en el que Juan anotaba gastos y otras cosas. También vi un libro similar durante el tiempo que estuve en la vitrina. Pero el libro de ella no era de números. No es que sepa mucho de libros, pero este tenía en la portada el dibujo de un niño sobre un planeta rodeado de estrellas.

Ella tomó el libro y empezó a leer…

“Fue entonces que apareció el zorro:
– Buen día – dijo el zorro.
– Buen día – respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio a nadie.
– Estoy aquí – dijo la voz –, bajo el manzano…
– ¿Quién eres? – dijo el principito. – Eres muy bonito…
– Soy un zorro – dijo el zorro.
– Ven a jugar conmigo – le propuso el principito. – Estoy tan triste…
– No puedo jugar contigo – dijo el zorro. – No estoy domesticado…”

Ella interrumpió la lectura y me miró por largo rato… Luego me explicó: “este es mi libro favorito… trata de un piloto cuyo avión sufre una avería en el medio de la nada y de repente es visitado por el principito, con quien dialoga sobre muchas cosas… él es el principito” -lo señaló en la portada del libro.

Ella continuó explicándome: “el principito cuenta muchas cosas al piloto… le relata los diversos viajes que ha hecho a diversos lugares y en uno de esos viajes conoció al zorro, un zorro como tú”, me dijo.

Yo escuchaba con la mayor de las atenciones. Por más que no quisiera mirarla, no podía quitar mis ojos de ella. Cada vez que se dirigía a mí, lo hacía sonriendo, obligándome yo -no porque ella lo pidiera, sino para corresponderle- a sonreír más.

Una noche me dijo “¿estás de acuerdo en que te domestique Zorrito? Quiero decirte que la historia de este libro, al menos entre el zorro y el principito, no termina bien entre ellos, porque el zorro es domesticado, se acostumbra a la presencia del principito pero luego éste continúa su viaje y se va y no quiero que eso pase entre nosotros. Yo quiero que siempre estemos juntos…”

Hace poco tuve un mal sueño: estaba en un pozo, atrapado, porque me caí al intentar beber agua. De repente ella se asomó, me vio y me peguntó si el agua estaba fresca… estoy seguro de que este sueño lo tuve luego de que ella me leyera unas fábulas en las que, según me explicó, el protagonista era un Zorrito, personaje astuto que casi siempre se las arregla para salir adelante. Tengo que reconocer que me agradan esas fábulas, aunque no siempre me identifico con el protagonista, que muchas veces me lleva a recordar a mis compañeros chinos de la vitrina.

Han pasado días, meses y ella y yo seguimos juntos. Nunca me ha hecho daño y no creo que vaya a hacerlo. Para ella soy una especie de confidente. Para mí ella es todo. Por momentos la veo triste, pensativa y es cuando me esmero aún más por mostrarle la mejor de mis sonrisas. Quiero retribuirle de alguna manera, porque, la razón de que estemos juntos es porque yo estaba triste cuando ella me miró a través de aquella vitrina y, en ese instante, sonreí, no muy convencido. Hoy no tengo una sola duda: sonreír enriquece no sólo a quien nos ve, sino a nosotros mismos y cambia nuestras percepciones sobre lo que nos rodea. Tal vez soy ingenuo, pero prefiero sonreír porque pueden ocurrir muchas cosas buenas si lo hago… y sé de lo que hablo.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password