Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Warkentin y el equilibrismo

Un pasito pa’delante, otro pa’trás, uno a la izquierda, otro a la derecha, como pida la ocasión. Es a lo que orillan las escuelas de periodismo con la falacia de la objetividad, que por supuesto es imposible, incluso a nivel sensitivo. Me llamó la atención un tuit de la maestra Gaby Warkentin a principios de año: “Año electoral que será particularmente polarizado”, escribió. “A quienes tengan que tomar partido porque se les va la vida en ello, mucha suerte. Y a los que nos toca narrar y contextualizar lo que pasa, mucha serenidad. Aquí arranca todo, nos miramos al final del año.”

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En tiempos de normalidad democrática el mensaje también sería tibio pero no reprochable. Además, hemos convenido que un tuit no resume la carrera o el pensamiento de nadie, mucho menos su vida. Incluso podríamos ignorar que a principios de sexenio la maestra Warkentin presentó el libro infantil El sueño de Andrés junto a Tatiana Clouthier sobre un niño pobre del sureste mexicano llamado Andrés que juega béisbol y sueña con cosas grandes para México pero que –aclaró ella– no tiene nada que ver con ese Andrés.

No es eso. El mensaje es impreciso. Porque en tiempos de demagogia autoritaria no sólo somos periodistas. También somos ciudadanos, y tal vez eso antes que nada. Incluso el periodismo informativo –la rama periodística más irreflexiva y acrítica, si bien necesaria– debe tomar postura: ¿Cuál? La de defender nuestra débil e incipiente democracia. ¿Defender de qué? De López Obrador, por supuesto. Si algo aprendí de los más admirables disidentes de Trump en los medios, fue eso: no fueron meros megáfonos de hechos. Fueron, antes que nada, defensores de la república.

Claro que la maestra Warkentin puede negar que estemos en tiempos de demagogia autoritaria, o que López Obrador sea como Trump, o plantear –como en su tuit– una falsa equivalencia entre el gobierno y la oposición, pero entonces ya no habría nada que hacer, estaríamos frente a aquél que tanto busca el poder cuando no tiene un porrista: un periodista “objetivo” que al menos le dé algo de cancha, que informe lo que también se hace bien, que confunda resistencia con polarización.

Me ha motivado la cursilería gringa tras el asalto infructuoso al Capitolio. En estos momentos, la narrativa teleológica del excepcionalismo liberal, del triunfo del bien contra el mal, cae bien en muchos lados, así que la aprovecho para ofrecer una escena: imaginen que un periodista está en la cabina de un avión con un piloto loco dispuesto a estrellarse en un edificio con 300 pasajeros a bordo. ¿Qué debe hacer? ¿Transmitir el suceso hasta su culminación?

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