Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

Vuelta a la esclavitud

¿Cómo vive íntimamente una mujer el hecho de que, después de haber disfrutado de algunos derechos humanos elementales, se le cancelen todos los derechos, se le reduzca a una condición de esclavitud?

El corazón de la causa de la dignidad humana está de luto. Los talibanes han derrocado al gobierno de Afganistán, lo que supone que las mujeres afganas perderán todos sus derechos, todas las libertades y consideraciones de que habían disfrutado en los últimos lustros, serán humilladas, se ultrajará día a día su dignidad.

Como advierte la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán, los talibanes tratan a las mujeres peor que a sus animales. En las zonas bajo su control es ilegal tener animales enjaulados, pero a las mujeres se les recluye entre las cuatro paredes de su casa: se les condena a prisión domiciliaria perpetua.

Los talibanes imponen a las mujeres una serie de restricciones que les impiden una vida decorosamente humana, una calidad de vida mínimamente aceptable. Entre esas prohibiciones y limitaciones están las siguientes:

Trabajar fuera del hogar, excepto médicas y enfermeras en los hospitales, pues las mujeres no pueden ser atendidas por médicos o enfermeros varones.

Realizar cualquier actividad fuera de casa, incluso salir a la calle si no es en compañía del cónyuge o algún familiar.

Asomarse al balcón y tener ventanas que no sean opacas, pues los varones no deben verlas desde fuera.

Hacer tratos comerciales con hombres.

Estudiar en universidades o cualesquiera otras escuelas. Los talibanes han convertido las instituciones de enseñanza para mujeres en seminarios religiosos.

Salir a la calle sin burka, prenda que las cubre de la cabeza a los pies, y que están obligadas a llevar aun en los días de calor infernal. Una mujer puede ser no sólo injuriada, sino azotada, si muestra en la vía pública aunque sea un centímetro de tobillo.

Maquillarse.

Hablar o estrechar la mano a varones que no sean su cónyuge o sus familiares.

Reír a carcajadas.

Usar zapatos de tacón, pues este calzado hace ruido al caminar y los hombres no deben oír los pasos de una mujer.

Presentarse en la radio, la televisión y las reuniones públicas.

Otras prohibiciones son comunes a hombres y mujeres, como las de escuchar música, ver televisión o tener un nombre no islámico.

El castigo a las mujeres acusadas de tener relaciones sexuales fuera de matrimonio es la lapidación.

Los talibanes han llevado la misoginia a extremos bárbaros: las mujeres no tienen derechos. Su fanatismo es enemigo de la alegría de vivir y de la libertad de conducir la propia vida, incluso de la libertad de conciencia. Quienes viven bajo su dominio están sometidos a un régimen de terror que desconoce los avances del proceso civilizatorio.

Las imágenes de las pistas del aeropuerto de Kabul saturadas y las de quienes intentan aferrarse al fuselaje de un avión en un intento desesperado, angustioso, de escapar a toda costa, son estremecedoras.

Por poderosos que sean sus armamentos, por buenos guerreros que sean, ¿el mundo civilizado no es capaz de derrotar a esos fanáticos que esclavizan, en los territorios bajo su dominio, a la mitad de la población, la femenina, y sojuzgan a todas y todos con normas de conducta tan irracionales como asfixiantes?

Una mujer afgana huida a la India lamentó, sin poder contener las lágrimas: “No puedo creer que el mundo haya abandonado a Afganistán”. Es un asunto político, sí, pero, sobre todo, una cuestión moral. Más allá de las razones de Joe Biden para retirar a sus tropas, ¿puede el mundo civilizado abandonar a los afganos, especialmente a las mujeres afganas, a su suerte? ¿No es monstruoso mirar para otro lado al tiempo que todos los habitantes de un país son sometidos a condiciones de vida absolutamente indignas por un grupo de fanáticos?


Este artículo fue publicado en Excélsior el 19 de agosto de 2021. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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