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Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Vuelta, la ignorancia de López Obrador y su historia en laminitas

Este jueves, el presidente ejecutó uno de sus juegos recurrentes: hacer que las cosas giren alrededor de él, aunque en realidad no traten sobre su persona. Ante el cuestionamiento por la iniciativa de que el SAT espíe a las personas, sacó una de sus respuestas de cajón: ahora ya no se hace eso, pero a él lo espiaron.

Y comenzó una de sus narraciones de laminita.

En esta época digital es muy probable que varios no conozcan esos productos, ofertados en las papelerías: eran unas piezas de papel cuché con ilustraciones y datos sobre temas escolares. Funcionaban como una especie de tarea prefabricada, ya que tocaban los temas previstos en los programas de educación elemental, como sucesos históricos, conceptos de biología o química. Para un estudiante flojo, esas estampas significaban deshacerse de los deberes vespertinos. Por unos pesos, un chico tenía ilustraciones, textos y organización de la tarea. Las laminitas eran la versión analógica de pictoline o la Wikipedia: información predigerida para evitar el esfuerzo mental.

Los profesores de educación básica emprendieron una cruzada contra esos materiales, prohibieron su uso y, si bien desaparecieron las tareas cínicamente construidas con dos cromos pegados en una hoja de cuaderno, el trabajo intelectual adicional se reducía a la transcripción de los textos contenidos en esos pliegos satinados.

Los docentes no sólo vedaban el uso de las laminitas porque favorecían la pereza infantil de no consultar libros y enciclopedias, sino porque sus contenidos solían ser incompletos e inexactos. No tan erróneos como el matrimonio que López Obrador le impuso a Carmelita Romero Rubio con Juárez, ni tan absurdos como endilgarle a Vicente Guerrero el dictado de los Sentimientos de la Nación, pero lo suficientemente equivocados para que un chico obtuviera un seis o siete de calificación por su trabajo chambón.

Resulta triste que el presidente de México, por su intento de aparentar que es como Marco Aurelio o Alfonso X de Castilla, más bien se asemeje a una nuez del mismo lugar.

Quizá deba recordársele a López Obrador que, en el México previo a la democracia, no era extraordinario que las personas tuvieran expedientes en la policía política, incluso aquellas cuya presencia pública era marginal.

También sería recomendable que sus asesores le explicaran que aludir al espionaje de los años setenta, cuando le preguntan por una atribución que actualmente le quieren otorgar al SAT, equivale a que el presidente explicite la siguiente pregunta: “si antes se hizo, ¿por qué se quejan ahora?”. Poco importa que el mandatario alegue que nuestros nobles y sensibles recaudadores sólo tienen buenas intenciones, los límites en los cateos existen para que no tengamos que depender de la buena voluntad del gobierno.

Por lo demás, me parece inexcusable la narrativa de laminita del presidente López. Recuerdo que, cursando tercero de primaria en una escuela de gobierno, le comenté a mi padre que el maestro nos dijo que Juárez había salvado a México de las intromisiones del clero, los conservadores y los franceses. Después de una explicación puntual de la palabra eufemismo, de que desamortización es una indirecta para no decir robo, que el gobierno de Juárez dilapidó los bienes eclesiásticos que se adjudicó, la existencia del tratado McLane-Ocampo y lo que hubiera implicado, mi padre tomó un ejemplar de la Breve Historia de México de Vasconcelos y me lo dio, con una recomendación: “léelo con cuidado, para que no te vuelva a echar cuentos ese profesorcillo adoctrinado e ignorante”. Cuando comenté en clase lo que había leído en el texto de Vasconcelos, mis padres recibieron una llamada de la dirección, para quejarse de mis “posiciones y lecturas reaccionarias”. El posterior afán persecutorio fue tal, que mis progenitores me cambiaron a un colegio privado, donde hice casi todo el resto de la primaria. No volví a la escuela pública hasta sexto grado.

La postura de mi familia era plenamente explicable: a pesar de que mi tatarabuelo paterno fue alcalde al mismo tiempo en el que su amigo, el general Lázaro Cárdenas era presidente, mis parientes también habían disfrazado y escondido al arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, cuando el gobierno anticlerical lo perseguía. Mi padre siempre tuvo una pésima opinión del PRI, a pesar de que uno de sus tíos era senador de la República y de la simpatía que tuvo por algunos presidentes de México. Por el lado materno, la revolución había asesinado a mi bisabuelo, el juez que fue padre de mi abuelo Constantino, tampoco de ese lado había mucho afecto por la revolución institucionalizada, sin importar los magistrados y ministros que había en el clan. No era de extrañar que en la biblioteca familiar estuvieran textos de Francisco Bulnes o que mi diccionario de todos los días fuera el Espasa-Calpe de cuatro tomos que mi abuelo Jorge adquirió en los años cuarenta.

Disfrutaba tomar los volúmenes de las enciclopedias de la casa para leerlos de corrido y mi padre me leía el ejemplar de Biografía del Poder que adquiría cada semana. Recuerdo la explicación de la gordura y riqueza creciente de Álvaro Obregón y episodios extraídos de otros documentos, como el grito de Guadalajara de Elías Calles o la forma en que, al ya expresidente Lázaro Cárdenas, le impidieron subirse a un avión, para irse de miliciano. Por ello, no fue de extrañar que mi primer libro adquirido fuera la Historia General de México de Cosío Villegas y que mi lectura lúdica cotidiana estuviera en el texto de José Gaos, Historia de nuestra idea del mundo.

Aún estaba en la primaria —era 1979 o 1980— el día que entré al estudio de la planta alta de la casa y vi a mi padre leyendo un nuevo libro de Octavio Paz, El ogro filantrópico. Le pregunté sobre qué trataba. “Debes leerlo, pero te adelanto: el ogro es el PRI-Gobierno”, me dijo. Hasta la fecha, la ensayística de Paz y Borges son mis compañeras de reflexión y punto de pivote: la mejor forma de explicar que el Análisis Económico del Derecho es perfecto para el examen de lo mexicano, pasa por conectarlo con “Los hijos de la Malinche” de El laberinto de la soledad.

A partir de la licenciatura, Vuelta se convirtió en mi compañera matutina. Esperaba a que saliera a la venta y, con el ejemplar bajo el brazo, iba a un café a desayunar. Buscaba con avidez los textos de Sheridan, para reírme a carcajadas. Luego a Zaid, para encontrar el análisis de precisión que nunca hallé en las revistas supuestamente tecnocráticas que también habitaban los estantes de los puestos de periódicos. Seguía con Daniel Bell y después revisaba el número desde el principio. Cuando Cartas de Copilco se publicó, pasó a ocupar un lugar permanente en mi maletín. Hay textos de ese libro que leí más de cuarenta veces… hasta que alguien se robó mi ejemplar. Me hace falta reponerlo, pero la hemeroteca digital me consolaba. Ahí descubrí un artículo de Zaid donde documentaba todos los ingresos y dividendos que recibía el presidente de México, además de su salario. La profundidad intelectual de Vuelta contrastaba con la frivolidad de algunas publicaciones con gráficos de pastel en la portada, cuyo fondo recordaba el título de la comedia de Shakespeare sobre don Pedro: mucho oropel para tan poca sustancia.

Quizá, por estos antecedentes, me disgusta que el primer mandatario diga barbaridades, de lunes a viernes, que parecen sacadas de una incursión a la papelería de la esquina. México no se merece una conversación presidencial de ese nivel.

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