Manuel Cifuentes Vargas

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Doctorante en Derecho por la UNAM.

Votar y votar bien

Saber vota. Hay que darle valor y utilidad al voto. Si vamos a votar, no hay que desperdiciarlo. Hay que hacerlo valer realmente, y no solo de manera formal. No hay que echarlo al cesto de la basura, como coloquialmente se dice. En otras palabras, tirarlo y dejarlo sin mayor valor, porque ciertamente va a contar, pero únicamente para la estadística.

Para ver cuántas personas votaron y, en todo caso, a través de la simple numeralia, observar si bajó, se elevó o si se mantuvo el mismo estándar en el número global de la votación ciudadana. En esta misma radiografía, también se podrá ver cuántos votos obtuvo cada partido político y cada candidato; cuántos votaron por personas no registradas como candidatos; cuántos votos nulos hubo y, haciendo la resta correspondiente de la sumatoria de todos estos factores, finalmente cuántos dejaron de votar; pero solo hasta ahí. Sin el mayor potencial que se le puede dar al voto, para consolidar o hacer ganar a un candidato y partido político que se les pudiera considerar como los más positivos y constructivos en tiempos de retroceso, rescate o transformación.

Pero en este tenor que salgamos decididamente a votar, lo importante no solo es que seamos contados cada que hay una elección, sino también que contemos todo el tiempo. Esto es, que exijamos ser tomados en consideración y que participemos activamente desde los inicios de los gobiernos electos hasta que estos concluyan con su periodo, en la formulación de las políticas de gobierno responsables y que, mediante los mecanismos instituidos, seamos  realmente vigilantes y exigentes para que los gobiernos cumplan y hagan lo que se les mandató a través del voto, y no que tergiversen el sentido genuino del mismo, fabricando falsos escenarios y expectativas, a veces incluso adversas, amparándose simplemente en que una mayoría relativa los favoreció en las urnas electorales.

Hay que ser fuertes demandantes  de una verdadera rendición de cuentas transparente. Ya es tiempo que nos comportemos como ciudadanos de a de veras, y sepultemos el “valegorrismo” y el ser simples ciudadanos de papel; de juguete, para que políticos y gobernantes aprendan a valorar, a tomar muy en cuenta y a respetar a los ciudadanos, y no los vean como simples objetos, ni los consideren o los traten como “rebaño”.

Ya seamos serios: valorémonos; respetémonos a sí mismos y alcemos la voz si es necesario y exijamos enérgicamente cuando debamos hacerlo si tenemos la razón; y un mecanismo instituido apropiado, legítimos y legal, es a través del voto. Dejemos a un lado la apatía, tomando actitudes de esperar pasivamente que los demás lo hagan. Tenemos que hacer la parte que corresponde a cada uno de nosotros como ciudadanos. No dejemos que otros decidan por nosotros. No dejemos en manos de los demás nuestro bienestar y destino. Hagamos con responsabilidad lo que nos toca, y un primer acto de responsabilidad, es votar y votar bien; esto es, saber votar.

Debemos y podemos darle más valor, importancia, peso e impulso a nuestro sufragio, para efectivamente tener recia presencia y vigorosa voz, a fin de influir en los gobiernos y orientar o reorientar el rumbo del país, del estado o del municipio, según sea el espacio de que se trate y de la tipología de la elección. Y para esto, entre otras cosas, hoy también hay que desideologizarse un poco; es decir, matizar nuestra propia ideología cuando del bien superior del país se trata, y ser más pragmáticos políticamente hablando, pues los radicalismos ideológicos también se convierten en una especie de atadura. En otro contexto, pero atadura o esclavitud al final del día, bien dijo Patrick Henry, cuando de la libertad e independencia de su país se trataba: “dadme la libertad o dadme la muerte.”[1]

Porque seamos realistas, los candidatos una vez que son electos y se convierten en gobierno junto con su partido y partidos afiliados, sí lo hacen; y hoy en día no piensan tanto en ser religiosamente fieles a sus ideologías, sino en lo útil que puede ser migrar en la forma de pensar y de actuar para el logro de determinados fines. Que lo deseable es que siempre fuera para el bien del país y del bienestar de la sociedad entera. Pero hay muchas experiencias que no siempre es así; y de ahí viene en parte la desilusión; la pérdida de la esperanza y, por lo mismo, la desconfianza y falta de credibilidad de la gente en los gobiernos.

Los gobiernos no deben decidir finalmente, nada más porque sí; por estar en la línea de mando en algunas de las esferas de gobierno, quiénes nos deben representar en el legislativo o en la administración pública, poniendo candidatos y candidatas amparándose en atribuciones meta político-legales, a través de los partidos políticos, y menos induciendo el voto para que se sufrague en determinado sentido. Su obligación primaria es hacer buenos gobiernos con espíritu patrio, y con eso ya nos damos simplemente por servidos; y los electores con toda libertad, conciencia y, sobre todo, responsabilidad, decidir por quien vota. Esto es; decidir con total conciencia y responsabilidad ciudadana el rumbo del país, del Estado al que pertenece, del municipio o alcaldía del cual es oriundo, así como también decidir  quiénes deben ser los verdaderos legisladores y no los del poder en turno. Bien decía el mismo político y orador estadounidense Patrick Henry: “La libertad perfecta es tan necesaria para la salud y el vigor del comercio, como lo es para la salud y el vigor de la ciudadanía.”[2]

No hacerlo así, de manera responsable, con perspectiva de buen futuro y con certidumbre, es traicionar al país y traicionarse a sí mismos, las más de las veces, ilusionándonos con unos insignificantes “espejitos” y demás minucias que entregan a la gente a cambio del voto, sin valor ni utilidad alguna. Ya basta que a los ciudadanos solo los busquen en tiempos electorales y los ignoren después. Debemos pensar bien y reflexionar con toda serenidad y seriedad, si esos artículos desechables o consumibles instantáneos,  es lo que valemos como personas; como ciudadanos; como mexicanos, y si es lo que  estimamos vale nuestro importante voto. Tenemos que ser íntegros y no menos preciarnos; sino por el contrario, justipreciarnos. Hacer ver y sentir lo que realmente somos y valemos, y no lo que ellos equivocadamente creen que valemos o, peor aún, que simplemente les valgamos ya saben que. Como ciudadanos tenemos la autoridad político-jurídica para exigir integridad, a fin de tener gobiernos íntegros y de altura.

Pero para ello también es necesario que sepamos quiénes son los candidatos; con qué pasado y presente cuentan; qué perfiles y cualidades tienen; si están o no preparados y capacitados para gobernar con probado profesionalismo. Se necesitan políticos estudiados; no de estudio o improvisados. Bien preparados académicamente y en la vida pública práctica. Gobernados y gobernantes tenemos todos en conjunto que pensar y actuar como estadistas. El país, los estados, los ayuntamientos y los legislativos lo requieren, lo reclaman, lo necesitan y lo exigen.

Si eliges decencia, gobiernos decentes tendrás; si eliges mediocridad, gobiernos mediocres tendrás y si eliges basura, gobiernos de basura tendrás. Es tu elección. Piensa y medita bien las cosas. Se tú, y tú eliges. Un voto en plena libertad, consiente, razonado, prudente y responsable, es un voto inteligente.


[1].- Patrick Henry fue uno de los promotores más fervientes de la Independencia Estadounidense y como tal, uno de los padres de su fundación constitucional.  Esta es una de sus frases más celebres. En 1775 pronunció un discurso, que se dice, puede ser considerado como la primera proclama de la independencia de las colonias británicas asentadas en Norteamérica, cuya pieza oratoria concluía precisamente con esas palabras.

[2].- De él se afirma que finalmente acepto el nuevo el gobierno federal implantado en los Estados Unidos, después de que fue aprobada la Carta de Derechos, de la que en muy buena medida fue el responsable. Al adquirir la Independencia los Estados Unidos de América de la corona británica, se constituyó en el primer gobernador  del Estado federado de Virginia; su Estado natal.

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