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Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

Volver a lo (más) básico: Los presupuestos de la nación

Damos por sentado que el presupuesto que gasta nuestro gobierno es un instrumento que significa lo mismo para todos y en cualquier momento o situación. Los más común: el presupuesto entendido como el gasto de una ama de casa. Ahí tiene esa bolsa de dinero y corresponde repartirla conforme a las necesidades del hogar. Asómense a los diarios, las revistas, la radio, la televisión y por supuesto las redes, y verán que la noción dominante es la de una bolsa para gastarla.

Hay algo de eso, por supuesto, pero los presupuestos de un país constituyen un instrumento que puede ser utilizado de diferentes formas conforme a las ideas, prioridades, doctrinas y la sagacidad del gobierno en turno. De modo que el presupuesto puede ser un acelerador o un freno, una palanca para saltar o un espejo para quedarte donde estás, un tranquilizante o un vitamínico.

Lo importante es comprender que un gobierno y un país no son lo mismo que una persona o una empresa.

Número uno. El presupuesto contiene una visión de cómo andarán las cosas el año que viene. Si habrá mucha compra y venta en mercados muy animados, inversiones crecientes, entonces, se cobrarán más impuestos y el presupuesto crecerá. Si por el contrario, la perspectiva es más bien pesimista (baja actividad económica) entonces el presupuesto descenderá.

Foto: Cuartoscuro

Y aquí empiezan los problemas. Cuando banqueros o calificadoras dicen que “el presupuesto no es creíble” están diciendo que el gobierno está exagerando la actividad económica del siguiente año. Está inflando las cifras para disimular una situación difícil. Esta es una de las cosas que ocurre ahora en la discusión económica mexicana: el gobierno no habla con la verdad, dicen.

Otra dimensión es si el gobierno usará el presupuesto para crecer o para “tranquilizar a los mercados”, con lo que quiere decir que prefiere garantizar el pago de los intereses de su deuda, aún a costa de reconstruir escuelas u hospitales dañados por el terremoto, por ejemplo. Cuando el gobierno federal anuncia que mantendrá un “superávit primario” de 0.7 por ciento está diciendo que va a gastar menos de lo que recaudará y por eso tendrá recursos suficientes para solventar sus deudas. El gobierno del presidente López Obrador se comporta como un buen muchacho. Los mercados sonríen.

Luego está el asunto de las prioridades. Con lo poco que tenemos ¿qué es lo que vamos a atender? ¿carreteras, hospitales, escuelas, presas, aduanas? ¿o seguridad y los gigantescos programas de entrega de dinero líquido inaugurados en este sexenio? Esto siempre es una decisión difícil, pero en México la peculiaridad es que cada año se vuelve más y más difícil porque se cobra una cantidad ridícula de impuestos.

Lo que nos lleva al cuarto tema: cobrar o no cobrar más impuestos. El presupuesto de salud y de educación se mantiene tablas para 2020 pero con millones de mexicanos adicionales exigiendo sus servicios. El presupuesto de medio ambiente acusa ya una reducción del 70 por ciento en esta década: ya no cuidamos nuestros bosques, océanos y áreas protegidas en plena emergencia climática global. Y aún así desde el primer mandatario hasta el último líder empresarial el instinto que domina sigue siendo un cavernario NO a los impuestos.

En resumen nuestro presupuesto, aunque optimista cree que 2020 será un año típico como de Peña Nieto. Busca sobre todas las cosas garantizar el pago de deudas. No apuntala al crecimiento económico. Se descuida en el extremo muchas áreas esenciales de nuestra vida colectiva y se niega a reconocer la urgencia estratégica de una profunda reforma fiscal.


(Para hurgar en lo básico del PEF 2020 véase el estudio presentado por Enrique Provencio del Consejo Consultivo Ciudadano “Pensando en México” @PensandoEnMX).

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