Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

Volver a lo (más) básico: Extinciones masivas

La gente está sufriendo, la gente está muriendo y los ecosistemas están colapsando. Estamos en el principio de una extinción masiva y de lo único que ustedes hablan es de dinero y cuentos de hadas sobre crecimiento económico eterno”.

¿Exagera? No creo que tanto.

La cosa fue pronunciada por Greta Thunberg, la activista sueca de 16 años en su discurso señero, el 23 de septiembre pasado, en Nueva York.

Ecosistemas moribundos, riesgos que abarcan a todo el globo y la certeza de aproximación hacia un profundo abismo de muerte por todas partes. Pero, detengámonos ¿qué es una extinción masiva?

Un acontecimiento que la tierra ha visto otras cinco veces con anterioridad, en épocas muy tempranas de su existencia y en otras de mayor madurez geológica. Alude al hecho de un cambio dramático en las condiciones ambientales por las cuales se deja de reproducir el 70 por ciento de la vida conocida, cuanto menos. Una alteración que impide la continuidad de la selección natural y que condena a la desaparición rápida de miles de especies, antes, enseñoreadas en el mundo.

El diccionario básico de ciencia¹, señala dos puntos definitorios que caracterizan a una “extinción masiva”: un cambio ambiental, en el sistema de circulación del oxígeno global que provoca la desaparición, de al menos, 70 por ciento de las especies de plantas y animales vivientes. Algo horrible, una asfixia, de proporciones inabarcables.

Las cinco extinciones masivas ocurrieron en el Ordovícico, Devónico, Triásico y Cretácico y la más terrible de todas: la devastación Pérmica, una catástrofe sin parangón que vomitó todo el fuego del centro de la tierra durante cientos de miles de años, activó casi todos los volcanes en varios cinturones a lo largo del globo e incendió toda Rusia y el continente asiático.

El gas de efecto invernadero se propagó durante 50 millones de años y la lava quemó todas las reservas de carbón enterradas, también, ricas en sulfuro. El clima se desestabilizó (recuerden, el detonante central de una extinción masiva) y una nube de ácido sulfúrico oscureció el planeta, llevándolo abajo del punto de congelación. Muy pocas plantas y animales pudieron adaptarse a tan rápidos y dramáticos cambios de temperatura: de las llamas del infierno a los fríos glaciares, propios de Neptuno.

La capa de ozono fue destruida por el metano expulsado del lecho de los océanos evaporados y en su convulsión, nacieron unas bacterias diabólicas que respiraban oxígeno pero devolvían gas sulfuro a la atmósfera, envenenando más y más un ambiente congestionado y ya moribundo.

En ninguna otra era, la muerte estuvo tan cerca de vencer a la vida. Solo sobrevivió el 8 por ciento de las especies de plantas y animales: un desastre llevaba al otro envolviendo al globo en un manto negro, polvoriento, seco e inerte.

Pero, algo parecido a una rata larga y trompuda sobrevivió y gracias a su pericia los mamíferos estamos aquí, necios, listos para causar la sexta extinción masiva en uno el actos más imperdonables que haya podido escenificar especie alguna en las ramas rotas de la vida.

De modo que la primera extinción causada por un ser vivo (los humanos) sería en realidad, la sexta, en el planeta tierra. Y parece que, ciegos, nos encaminamos hacia ella.


  1. Diccionario básico de Ciencia, Tecnos, Madrid, 1989. 

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