Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

¿Vivir para trabajar?

Una inaudita revolución se está viviendo en Estados Unidos: cada vez hay menos gente dispuesta a resignarse a los excesos laborales, así que unos cuatro millones al mes están renunciando a su empleo por un motivo que antes de la pandemia parecían ignorar: quieren vivir. Es una batalla por el tiempo, por el derecho a disfrutar de la existencia —única, irrepetible y breve— más allá del horario de trabajo, que cuando es abrumador mengua considerablemente la calidad de vida. La condena bíblica ordena ganarse el pan con el sudor de la frente, pero no exige que sólo haya que trabajar, malcomer y dormir.

La pandemia, que tantos males trajo consigo, nos dejó también la conciencia de que el trabajo se puede organizar de una manera que no perjudique la salud física o mental, que nos permita, sin desatender los deberes que impone, dedicarnos a todas las formas enriquecedoras del ocio: la conversación grata, las caminatas, los libros, la buena mesa, el amor, la convivencia con los seres queridos, el cine, la música, la televisión, el dulce no hacer nada, la meditación… en una palabra, los tesoros que nos brinda el estar vivos.

“Dios mío, es intolerable pensar que uno tenga que pasarse trabajando toda la vida, como una abeja obrera, trabajando y nada más”, escribió Charles Darwin en una hoja suelta entre 1937 y 1938 (Nexos, diciembre 2021-enero 2022). Fernando Savater sostiene que toda persona con auténtica vocación de libertad y escasa afición a la servidumbre entiende que el trabajo es una obligación, hija de la necesidad, mientras que la actividad que se hace cobrando, pero que uno haría también sin remuneración, y en ocasiones hasta pagando por el privilegio de llevarla a cabo, es el ejercicio alegre del deseo (Mira por dónde: autobiografía razonada, Taurus).

Cada vez son más los que anhelan seguir llevando a sus hijos a la escuela sin estresarse por el avance de las manecillas del reloj; desayunar hojeando los diarios con varias tazas de café; leer un capítulo de una novela sin cabecear después de cumplir con los deberes laborales; abrir una botella de vino cuando todavía se tiene ánimo para degustarla; ver una película sin quedarse dormido por la hora avanzada y el cansancio acumulado; evitar el tránsito infernal de las horas pico que son precisamente las de entrada y salida del trabajo.

Una situación laboral angustiosa contamina toda la vida. La sicóloga Alba Fernández Zamora diagnostica el estado de agotamiento mental, emocional y físico que se presenta como resultado de exigencias agobiantes, estrés crónico o insatisfacción laboral (nota de María Sánchez Sánchez, El País, 14 de noviembre). La gran pregunta después del confinamiento es: ¿resulta razonable volver a lo de antes? El fenómeno de la Gran Dimisión se circunscribe a Estados Unidos porque allí los dimitentes han tenido otras opciones laborales, incluyendo la creación del propio negocio montado con los ahorros de años, que supone librarse de la dictadura de un salario, pero el índice de tendencias globales de Microsoft (30,000 entrevistados en 31 países) indica que el hartazgo es global: siete de cada diez quieren que el trabajo a distancia y con horario flexible continúe, y cuatro de cada diez se declaran agotados.

Robert Louis Stevenson observó: “No hay deber que subestimemos tanto como el deber de ser felices” (Apología de los ociosos). Borges confesó en un poema: He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer: no he sido / feliz. Tras acontecimientos dramáticos, no son pocos los que se replantean sus prioridades, sus deseos, el sentido de su vida; vuelven a soñar; se dicen a sí mismos la obviedad, que parecía olvidada, de que uno es más que su trabajo. Ernst Jünger sentenció: “La pasión es siempre el índice de lo que hay que hacer, pero también de aquello a lo que hay que renunciar”.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 30 de diciembre de 2021. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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